domingo, 5 de enero de 2014

Frómista: la Virgen del Buen Camino


'Como el lirio entre espinas, así mi amiga entre las hijas...'
[Cantar de los Cantares]
 
Si bien en Frómista los descalabros, en cuanto al Arte en general se refiere han sido múltiples y no todos reducidos precisamente al ámbito de la magnífica iglesia románica de San Martín, sería imperdonable, no obstante, continuar haciendo camino sin al menos rendir un pequeño gesto de admiración -o cuando menos, una merecida pleitesía- a una preciosa Virgen Negra, la del Buen Camino, así como a los maravillosos retablos góticos que, todo sea dicho de paso, aún incompletos y con buenos esfuerzos, todavía se conservan en la cercana iglesia de San Pedro. De éstos, y de su referencia con el Santo Patrón de España, hablaremos en una próxima entrada, e incluso continuaremos hablando, algo más, cuando los pormenores de nuestro viaje por estos parajes palentinos nos obliguen a detenernos en la cercana localidad de Villalcázar de Sirga, que por algo fue encomienda de los más aguerridos guardianes del Camino y donde, después de todo, su antiguo hospital continúa atendiendo a los peregrinos, al menos en cuanto al buen yantar se refiere.
No me consta, por otra parte, que en mi anterior visita a Frómista, acaecida en agosto de 2010, ésta preciosa y venerada imagen se encontrara en el lugar donde se encuentra hoy; es decir, en el lugar que por belleza, equilibrio, medida y perfección pueda ser considerado, en buena ley, como el más digno de la ciudad para albergarla: la propia iglesia de San Martín. O lo que vendría a ser lo mismo, ese tabernáculo salomónico, comparativamente hablando, en el que el más sabio de los reyes de Israel compuso los más bellos versos en honor de la más hermosa de las doncellas de la época: la negra reina de Saba.
De ésta pequeña talla de la Virgen del Camino, se puede opinar, que no sólo por su color nos recuerda a esa mítica tierra de Shem, donde la tradición sitúa el nacimiento de la Alquimia, sino que también su propia entronización y su propio hieratismo, nos recuerdan a la más persistentes de las Diosas Madres que han permanecido con más ahínco en el subconsciente colectivo: la Diosa Isis. Precisamente aquélla que, según nos refieren los textos clásicos, se le apareció en sueños a Plutarco, hablándole así: '....los atenienses, naturales y allí nacidos, me llaman Minerva cicrópea, y también los de Chipre, que moran cerca de la mar, me nombran Venus Pafia. Los arqueros y sagitarios de Creta, Diana. Los sicilianos de tres lenguas me llaman Proserpina. Los eleusinos, la diosa Ceres antigua. Otros me llaman Juno, otros Bellona, otros Hecates, otros Ranusia. Los etíopes ilustrados de los ardientes rayos del sol, cuando nace, y los arrios y egipcios, poderosos y sabios, donde nació toda la doctrina, cuando me honran y sacrifican con mis propios ritos y ceremonias, me llaman mi verdadero nombre, que es la reina Isis...'.
Llama la atención, por otra parte, el color dorado de su túnica, comparable con esa callada y ardua operación alquímica de transmutar en la perfección del más noble de los metales hasta al más vulgar de los minerales. Pureza comparable, además, con la de una de las flores más hermosas que la representan: el lirio. O flor de lis, elemento que, simbólicamente, vendría a concretarse en la famosa Runa de la Vida escandinava y en términos medievales, en la señal reina del Camino de las Estrellas y símbolo de identidad de los Maestros Constructores: la Pata de Oca.
Por último, sólo me resta añadir que, cuando le pregunté a la persona que atiende la iglesia de San Martín sobre la procedencia de ésta talla mariana, apenas me dijo que fue un regalo de las monjas de Saldaña al párroco de Frómista, que la tenía en su casa. Tal vez eso explique por qué no pude verla la primera vez que pasé por Frómista.