jueves, 16 de diciembre de 2010

Paseando con Ocas por la ribera del Tajo

'Para don Juan, la brujería era el acto de corporizar ciertas premisas especializadas, tanto teóricas como prácticas, acerca de la naturaleza de la percepción y el papel que ésta juega en moldear el universo que nos rodea'.
[Carlos Castaneda: 'El arte de ensoñar', Editorial Seix Barral, 1993]

El camino está señalado por una Virgen Negra, que aseguran se llama del Tiro y fue templaria. Cuelga en un cajetín acoplado al muro de la catedral -no muy lejos de donde se localiza una marca con la forma de pata de oca y pocos metros más abajo de la Librería Anticuaria Balaguer, donde posiblemente permanezca olvidado en algún oscuro rincón algún ejemplar del tenebroso Picatrix- misteriosamente oculta por un cristal que ha ido oscureciéndose progresivamente con la pátina de los siglos. A veces, según sea la posición del sol, un rayo lo ilumina y aguzando la vista, se puede ver su rostro, hierático, solemne y regio mirando fijamente hacia una calleja que se pierde en bajada, sinuosa como la cintura de una bailarina árabe, hasta alcanzar las márgenes del río. Un río, el Tajo, que cuando las aguas se calman después de una riada, devuelve a la orilla numerosas reliquias del pasado.
Recuerdo que esa mañana de domingo, el frío penetraba hasta el tuétano, a pesar de los esfuerzos del sol, tímido, no obstante, que en ocasiones se veía interceptado por el paso lento y amenazador de alguna nube de aspecto aterrador y grises intenciones. En la parte alta de la ciudad -allí donde las calles posiblemente forman un laberinto más impenetrable- y donde la tradición sitúa la Casa del Temple, cercana, para más señas, a los callejones del Diablo y del Infierno, las campanas de la iglesia de San Miguel el Alto llamaban a misa. Su eco, seco y lejano como un trueno, reverberaba en el silencio de una calle, cuyos vecinos apenas comenzaban a bostezar.
Mientras, Toledo se desperezaba también lentamente, deshaciéndose del mágico influjo de la noche, y los turistas comenzaban a abandonar las confortables habitaciones de hoteles y posadas, con su mochila al hombro y los mapas de la ciudad en la mano.
Lejos de la bacanal algarabía de los infantes, fieles custodios domingueros de unos padres que se niegan a abandonar la costumbre de acercarse hasta el quiosco de la esquina para comprar, entre otras, la prensa deportiva, las ruinas de los baños árabes permanecían ajenas, recostadas sobre la ladera, sumergidas en el sueño abismal de su antiguo esplendor. La ermita de la Virgen de la Vega, colgada como un farol algo más arriba, aunque en la ladera opuesta del río, parecía revestida de un halo especial al recibir de frente los primeros rayos del sol. Detrás de ella, cuál si fuera un ancla en la pendiente, la Peña del Moro ofrecía el aspecto de un viejo dromedario recostado, con la cabeza ladeada hacia atrás, sin advertir, por tanto, a ese esforzado ciclista que ascendía en solitario la cuesta a la altura del Arroyo de la Degollada.
Apenas llegado a la ribera, tuve un primer atisbo de que el tiempo, relativamente einsteniano, se había detenido milagrosamente, y junto al embarcadero, el paisaje, seguramente a la manera tradicional de la consecución de la Gran Obra comentada en los arcanos manuales de alquimia que aún se ocultan en algunas librerías de viejo y colecciones particulares, sufrió una repentina transformación. Es posible que esa misma naturaleza de la percepción que el brujo don Juan intentaba hacer entender a su afortunado discípulo, hubiera conseguido que ribera y embarcadero formaran ahora parte de un Juego mistérico y trascendente, tan antiguo como el mundo. Un Juego, contenido en un artistico Tablero, en el que, bajo una nueva visión, los elementos hasta entonces conocidos, de manera precipitada aunque extraordinaria, se hubieran disuelto para a continuación transmutarse en la enigmática Casilla 64 del Tablero: el Jardín de la Oca, cuyas puertas sólo se abren después de un largo, arduo y difícil aprendizaje.
La ermita de la Virgen de la Vega, que hasta el momento colgaba en la ladera como un farol guiando al peregrino, era ahora una enigmática ermita situada enfrente de un monte denominado de la Estrella, cuyo exterior, según la Tradición, había que recorrer descalzo tres veces antes de entrar en el sancta-santórum de su capilla de planta octogonal: Eunate.
Una pastora permanecía en cuclillas sobre la base del embarcadero, el cayado sujeto en la mano izquierda sobresaliendo de su cuerpo como un robusto roble, mientras la manada de gansos -algunos en proceso de renovación, a juzgar por el estado de su plumaje- acudían a comer, en grupos de a siete, las migas de pan que ésta mantenía en su mano derecha, completamente abierta y extendida.
Gaia, la Gran Alquimista, había conseguido una sublimación perfecta, y en la mezcla de azufre, mercurio y sal, del inmenso atanor natural habían brotado con espectacularidad suicida los colores del último estertor del otoño: muerte y resurrección. No obstante, algunos jugadores permanecían anclados en la orilla, sujetando pacientemente sus cañas de pescar, esperando que de las pozas ocultas en el fondo del río surgiera la llave que les liberara del hechizo y les permitiera continuar su camino. Otros, sin embargo, más afortunados que los anteriores, cruzaban alegremente el puente en dirección al montículo sobre cuya base se levanta, impertérrito al tiempo, el castillo templario de San Servando, y de hecho, el hospicio donde podrían descansar y recuperar fuerzas para continuar marchando sobre un Tablero que, semejando una galaxia por su forma espiral, apuntaba siempre hacia el Finis Terrae...
Pero como ya he dicho, quizás don Juan estudiara no sólo el arte de la brujería sino también el de la ensoñación en las catacumbas de Toledo; a lo mejor en Higares, en la vedada Cueva de Hércules y todo cuanto he relatado sólo sea producto de....¿una ensoñación?.