martes, 15 de febrero de 2011

El Camino: Misterio y Magia

Escribía Howard Phillips Lovecraft, en la introducción de su pequeño ensayo El horror en la Literatura (1), que la emoción más antigua y más intensa de la humanidad, es el miedo y el más antiguo e intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido. El Camino, es esa frontera, a veces irracional, que el hombre debe salvar para trascender una existencia que, en el fondo, le parece anodina y hasta en ocasiones vacía, considerando que las respuestas a la gran pregunta, están ahí fuera.
Yo no diría que cuando me aventuro por esos caminos de Dios, lo hago con miedo; si así fuera, me quedaría en casa silente, adoptando el papel de jilguero que termina aceptando el alpiste como lo más natural, resignado, entre gorjeo y trino, a que los barrotes de su jaula sean el cielo más alto al que puede llegar.
Cierto es, así mismo, que a veces, saliendo con o sin destino definido, resulta imposible no pensar, siquiera por un momento, cómo se desarrollará ese viaje y qué avatares, imprevisibles pero reales, me tendrán preparados los hados. Muchas veces viajo solo, y al hacerlo, la atención y las emotividades son más intensas. La alerta, cuando se va conduciendo, hace en ocasiones que las percepciones sean más definidas y los sentimientos más sutiles. Suelo ver amanecer en carretera, y cada vez que observo al sol perfilándose en el horizonte como un complejo huevo cósmico, me acuerdo, también, de la magia del ocaso, e intuitivamente, un arquetipo acude a mi mente con precisión inalterable: el lábaro. El precedente de los crismones románicos, que contienen ese principio universal e inmutable del Alfa y el Omega, el Principio y el Fin.
El meandro de un río puede ser, pintados los árboles y la vegetación de sus riberas con los colores del otoño, esa idea de belleza y renovación con que la Naturaleza nos instruye, año tras año, simplemente para decirnos que en el fondo, nada es sino apariencia. Incluso ese río, que a simple vista parece inalterable, ya no es el mismo, porque el aliento vital que es el agua, ha sido alterado por la corriente, una imperceptible fracción de segundo después de haberlo visto. Y al volver a mirar, ya no ves el mismo río, sino un río que, aunque lleve el mismo nombre, ya es otro.
Son pequeños ejemplos; simples, quizás, pero que en el fondo constituyen pequeñas lecciones sobre las que generalmente no solemos meditar. Y es que todo es tan relativo, y prestamos tan poca atención a las señales...

(1) Howard Phillips Lovecraft: El horror en la Literatura, Alianza Editorial, S.A., 1984.

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