martes, 20 de mayo de 2014

Los Ángeles Cantores de Daroca



Independientemente del gran conjunto histórico, artístico y cultural que caracteriza a una ciudad tan interesante como es Daroca, sería imperdonable continuar haciendo camino, sin echar un vistazo y comentar, siquiera sea de pasada y echando mano de la fascinación que siempre conlleva el visionado de una obra plástica meritoria, esas curiosas pinturas góticas que decoran la cabecera del templo de San Miguel. Un templo, posiblemente de los más antiguos de la ciudad, cuyos orígenes se remontan al siglo XII, aunque su construcción se terminó bien entrado el siglo XIV y su estructura se haya visto irremisiblemente alterada por añadidos y modificaciones posteriores –en 1919, se derribaron algunas piezas relevantes, como la linterna de la torre e incluso una antigua torre mudéjar de ladrillo-, destino que lo equipara al sufrido por los diferentes edificios religiosos de la ciudad a lo largo de su historia.

Meritoriamente conservadas, así mismo, son las hermosas pinturas góticas, datadas en el siglo XIV, que decoran su ábside o cabecera y permiten seguir la pista de un misterioso Maestro, que dejó la impronta de su buen hacer en algunos pueblos de los alrededores. Pero no es mi intención hacer de detective histórico –al menos, en la presente entrada-, y sí dejarme llevar, por el contrario, por esa fascinación que conlleva observar un resultado artístico armonioso, de notable belleza y por supuesto, no exento de curiosidad. Porque aquí, en realidad, lo que el artista expuso, no deja de tener inesperadas y sospechosas intenciones –según mi punto de vista, claro está-, si tenemos en cuenta que la temática principal gira alrededor de una figura, la Virgen María, que prácticamente pasó inadvertida, se podría decir que hasta bien entrada la Baja Edad Media cuando, seguramente con la intención oculta de enmascarar algo mucho más antiguo, cistercienses y templarios fueron parte de los principales impulsores de su culto.

A este respecto, y posiblemente único en su género por su situación y temática, esta representación de la Coronación de la Virgen María, parece más típica, por otra parte, de esa cima, simbólicamente celestial, que suele caracterizar a la mayoría de los retablos, donde, curiosamente, se suele observar la intención de colocar la corona en la frente de María, por parte de las figuras del Padre y del Hijo, que sólo en algunos casos se observa consumada. La presente representación, no obstante dividido su conjunto en varias partes, muestra en su parte central la Coronación de María, consumada, puesto que ya tiene la corona ciñendo su frente, aunque obvia la figura, hemos de suponer que de Dios Hijo. La parte superior de la escena, representativa de su hábitat celestial, expone tres grupos de ángeles, donde los que llaman inmediatamente la atención, son el grupo de ángeles que portan una variedad de instrumentos musicales, primorosamente escenificados, mientras los otros dotan a la escena del misterio de la luz de los velones y el sublime perfume –que conoce todo peregrino- de los incensarios.
La parte de abajo, a la que bien se podría definir como terrenal, representa a los apóstoles. Todos tienen su nombre pintado por encima del nimbo que rodea sus cabezas y todos lucen sus atributos. Pero hay un detalle significativo, que a mí me da que pensar y que expongo para que cada uno saque sus propias conclusiones. Todos llevan vestiduras de colores, pero lisas. Todos, excepto uno: Bartolomeus. Es decir, San Bartolomé, un santo al que profesaban una especial predilección los templarios y que muestra en sus vestiduras numerosas representaciones de un símbolo crucífero y solar por antonomasia: la esvástica. Pero a la vez, ésta tiene también una singularidad muy especial, puesto que se trata de una cruz en forma de martillo -el famoso martillo del dios nórdico Thor-, de connotaciones levógiras; o lo que viene a ser lo mismo: sus brazos giran en sentido contrario a las agujas del reloj. La relación entre el símbolo y el personaje no podía ser más estrecha, por lo que se puede decir que aquí existe, cuando menos, una relevante e intencionado misterio. Un misterio y un concierto sublime, a los que invito a todos aquellos que sientan deseos de conocer Daroca y sus ángeles cantores. Y añado: en estas pinturas se esconden aún más misterios, de manera que recomiendo, también, que se miren con mucha atención.