martes, 25 de noviembre de 2014

Astorga: la cripta del Museo de los Caminos


Cripta es sinónimo de misterio, de agua pasada estancada en las palas de los molinos de la Historia, de ecos que resuenan huecos en matrices de peremne oscuridad. Tal vez por eso, cuando se tiene la oportunidad de acceder a una, el subconsciente, dudoso traficante de endorfinas y siempre terriblemente inquieto cuando no suspicaz, se prepara para afrontar aventuras con una cierta disposición a la incertidumbre. Como puerta simbólica hacia ese temido más allá -al vez a ello, ayude el adoctrinamiento de las viejas películas góticas- el ambiente en una cripta suele liberar, cuando menos en la imaginación, esencias fantasmales, presencias inadvertidas que se diluyen como polvo entre las sombras. La asociación entre el mundo de la materia y el mundo del espíritu, puede ser perfecta pero a la vez, inquieta. Panteón de recuerdos, también esta cripta del Palacio de Gaudí, actual Museo de los Caminos, vela, ajena al tiempo y a las leyes del espacio, salvaguardan con fidelidad infinidad de secretos. Es, por añadidura, receptora de viejas glorias, que atesora, si bien breves, algunos retazos del viejo mundo medieval. Un mundo y unos retazos que, en cuanto a sepulcros se refiere, nada tiene que envidiar a las magníficas glorias de la escuela palentina, cuyos talleres hicieron época en la gloriosa Carrión de tiempos ha. Antiguamente, se decía, parafraseando al mitológico semi-dios Hermes Trismegisto, que como es arriba así es abajo y hay quien sostiene la teoría de que los principales monumentos de la Antigüedad -entre ellos, las pirámides de Egipto e incluso el mismísimo Templo de Salomón- tenían esa ambivalencia subterránea. Quién sabe, entonces, si así fuera, los secretos que puedan ocultarse bajo unas losas que sostienen unos hercúleos sepulcros y que apenas besa ese tibio rayo de sol que se cuela a mediodía a través de los estrechos ventanales, coincidiendo en su centro geométrico. Un centro, donde sobresale el magnífico sepulcro de un caballero, quizás uno de esos fieles demandantes del Santo Grial que recorrieron en su momento, incansables, las rutas sagradas peninsulares, buscando su mágico Monsalvat.

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Pero no simplemente en ese triste derroche creado para tributo del incorruptible Caronte que en definitiva es el Ángel Negro, se pueden encontrar singularidades de vana ilusión, postrer homenaje a la opulencia del poderoso finado, en escenas bien reconocidas de las viejas escuelas románicas, donde los modelos a seguir parecían ser, generalmente, los viejos mitos de la Adoración de los Magos, la figura celestial y superior del Cristo en Maiestas imbuido de Gloria en el interior de esa misma mandorla con la que los pintores góticos le representaban siendo apenas un recién nacido, o expresivas representaciones de caza, con todo lujo de detalles, en las que subyace un simbolismo sagrado que probablemente se remonte a esas primeras edades del hombre, cuando a través del espíritu de la víctima inmolada, el cazador se acercaba también a Dios. Escenas éstas que, curiosa y singularmente, parecen calcadas de las que se pueden encontrar, yendo, aproximadamente doscientos kilómetros más adelante, en la iglesia de San Francisco de Betanzos, bien representadas como secuencias en la parte superior de los laterales de la iglesia o, algo más cercanas al suelo, en el magnífico sepulcro de Fernán Pérez de Andrade, O Boo. La que aquí se custodia, según reza un pequeño cartel, formaba parte de un fragmento de retablo procedente de la iglesia de San Martín de Tours, en Molezuelas de Carballeda, provincia de Zamora. O lo que es lo mismo: procede de esa Ruta hermana, caminera y bastante concurrida, que es la llamada Vía de la Plata. Más cercanas, pero no menos singulares, serían la pila bautismal, así como algunos canecillos e interesantes capiteles, que en su día lucieron orgullosos en la iglesia o monasterio de San Juan de Montealegre, en la población leonesa de San Martín de Montes y cuya visión, además de producir una profunda tristeza en el vidente -entiéndase, simple y llanamente, en su acepción de ver, no de ver más acá y más allá-, hace que también se haga una idea, siquiera fragmentaria, de a dónde a ido a parar ese magnífico románico que un día, como la lluvia según Borges, aconteció en el pasado del Reino de León. 

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