lunes, 9 de febrero de 2009

Música para el Camino

Siempre he creído que la música, como elemento cultural de primer orden, acercaba a los pueblos, consiguiendo el milagro de unirlos los unos a los otros. La música, unida a la emoción de un viaje, a la belleza de un paisaje; escuchada a solas, o compartida con un ser cercano, tiene unas propiedades tan singulares, que rayan en la más pura de las acepciones de la magia. Porque en eso consiste la música: en penetrar por el oído vibraciones que se graban en el alma.
Un momento mágico, es aquél en el que uno se siente en armonía consigo mismo y por lo tanto con el mundo. Más o menos, esas eran las impresiones que sentía en la madrugada del pasado sábado, mientras circulaba prácticamente en solitario hacia uno de mis destinos favoritos: la provincia de Soria.
Porque, en el fondo, magia era lo que iba buscando. En esa jornada en particular, buscaba la magia de una leyenda acaecida en plena Reconquista, y que tuvo por escenario un pueblo situado en los campos de Gómara -Almenar-, un Santuario -el de Nª Sª de la Llana- y un milagro: el del cautivo de Peroniel.
Y lo hacía, desplazándome en paz, por un país en paz. Un país al que adoro; un país del que procuro disfrutar y del que hay tanto, todavía, por aprender. Aprender de sus provincias, de sus gentes, de sus parajes naturales, de su impresionante belleza...
Esta mañana temprano, acudía al trabajo, como todas las mañanas, pensando en mi último viaje. Aguantando con estoicidad, como todas las mañanas, ese tráfico endemoniado que colapsa las grandes capitales y que altera los nervios, por mucho que pensemos que estamos ya de sobra acostumbrados. Iba, como todas las mañanas, hacia mi centro de trabajo, situado en la calle de la Ribera del Loira, enfrente del Recinto Ferial. Como cada día, sobre las 7,20 de la mañana, entraba por la puerta, dejaba el coche en el garaje, sacaba un aguachirri de la máquina -decir café no sería hacer honor a la verdad- y me sentaba en mi mesa, comenzando una larga jornada. Pero jornada, al fin y al cabo, con cuya compensación, y a duras -muy duras penas- me procuro esos pequeños placeres de ir sobreviviendo -que no es poco- y algún fin de semana buscar la paz y la aventura fuera de las fronteras de mi Comunidad.
Apenas eran las ocho de la mañana, cuando un aviso de bomba nos obligaba a desalojar el edificio, situándonos en la parte de atrás. No era cuestión de tomárselo a broma, pues unos años antes, ya habíamos sufrido las consecuencias de otro atentado. Con la preocupación de un momento así en el rostro y ateridos de frío, asistimos, como ratones atrapados en la ratonera -como aquél que dice- a los acontecimientos.
No eran siquiera las nueve de la mañana, cuando una ensordecedora explosión, aproximadamente producida a unos doscientos o trescientos metros de nuestro centro de trabajo, nos ha sobrecogido a todos.
Yo no podía pensar más que en esos momentos mágicos a los que me refería y recordar esas canciones entrañables de Serrat. Aunque, afortunadamente, hoy no se han producido víctimas, no puedo reprimir la triste sensación de que mi corazón está de luto. Luto por tanta barbarie sin sentido; luto por mis compañeras, algunas de ellas embarazadas, que con el rostro descompuesto y lágrimas en los ojos, han sido desalojadas por la parte de atrás del edificio y caminaban ateridas de frío por el arcén de una M40 congestionada de coches; luto, porque aunque la explosión se ha producido dos edificios por debajo del nuestro -en el de Ferrovial- podía habernos tocado a nosotros. Y luto, porque, igual que en ese genial poema de Miguel Hernández, al que un día Serrat puso música, todos, absolutamente TODOS NOSOTROS también sangramos, y luchamos y pervivimos cada mañana por nuestro pan y nuestra LIBERTAD.
Cuando uno sale al Camino, nunca sabe con quién se cruza. Ahora bien, en estos momentos, no dejo de preguntarme: ¿qué música escucharán esos individuos, esos miserable que se mueven libremente por un país Libre, portando muerte y destrucción?.