miércoles, 23 de marzo de 2011

Una lágrima en los Picos de Urbión: la Laguna Negra



'Con su temperamento de poeta más que de científico, es posible que sea un soñador inspirado, pero sin duda, como erudito, resulta insuficiente...'.

[Morris West (1)]



Huyo de cualquier tipo de erudición, de manera que no se extrañe nadie que a la hora de ponerme a hablar de un lugar como la Laguna Negra de los Picos de Urbión, deje aflorar mi temperamento de poeta, o mejor aún, de soñador inspirado y les invite a compartir, si así lo desean, una pequeña fantasía.

Decía Antonio Machado, refiriéndose a este lugar, inapreciable y ensoñador donde los haya, que sus aguas son puras y silenciosas y en ellas se guarda el impasible reflejo de las estrellas. Desde luego, comparto su opinión, aunque quizás intente ir más lejos aún -es lo que tiene la ensoñación- al afirmar, sin falso recato, que a lo mejor se trata de una lágrima que se desprendió de la Luna, en la noche de los tiempos -como diría otro soñador, de nombre Barjabel (2)- y quedó eternamente atrapada en este idílico rincón soriano, situado en la villa y corte de pinares.

Un rincón, por otra parte, donde la magia y el misterio se dan celosamente la mano, dejándose sentir en todas y cada una de las diferentes formas de vida que crecen y se desarrollan a su vera, como parte de un mundo decididamente encantado. Retoños de la Madre Gaia, que se arropan unos a otros y tienden siempre a suspirar alrededor de la belleza impoluta de un óvalo acuoso que un día quedó irremisiblemente atrapado en el tiempo.

Un sueño de carácter natural, que comienza inmediatamente después de la explanada habilitada para estacionar los vehículos, en cuyo extremo, una carreterilla en cuesta repta hacia las alturas, flanqueada a ambos lados por un auténtico ejército de pinos y helechos, entre los que discurren, ocasional y alegremente, aguas de fuentes ocultas, dulces y transparentes, que adquieren un color plateado al ser acariciadas por los rayos del sol que se abren camino, con dificultad, a través del tupido enramado.




Hay, pues, oscuridades, profundas como boca de lobo; y sombras, de caprichosas formas y tamaños; y piedras ancestrales, como la tierra misma, que brotan de unas encías arcanas que se renuevan cada primavera, como el plumaje trascendental de esas águilas que sobrevuelan en círculo la laguna y sus alrededores, mostrando siempre una elegancia digna de reyes. Ojitos de oscuras pupilas, que atisban nerviosos detrás de las ramas y un viento suave, susurrador, que agita las hojas de los árboles como mano que mece la cuna; suspiros de sirena, que parecen provenir de esa garganta sin fondo de la laguna, cuyas aguas permanecen quietas y lisas como la frágil superficie de un cristal, puerta, no obstante, que oculta el acceso a un universo interior, misterioso y apenas conocido.


Antes de llegar a ésta, y a un lado de la senda que, entre rocas, conduce a la fantástica bahía, un pradillo deslumbra con el verde sobrenatural de su césped. Una cohorte de pinos centenarios lo flanquea, guardándolo como a un César. Ocasionalmente, el ganado retoza en él, y a veces agitan las cabezas, molestas con las moscas, haciendo sonar, como una llamada sacra, los cencerros que cuelgan de sus cuellos. Sin embargo, casi nunca se ve rastro del vaquero; hasta el punto de que quizás alguien se pregunte si tal vez esté dormido, en un jergón de helechos o quizás se encuentre husmeando por la orilla de la laguna, persiguiendo a esa hada del agua que, afirman las leyendas, habita en lo más profundo de sus aguas.


Quien haya leído a Machado y recuerde su inolvidable poema épico, sentirá la belleza y el drama de la tierra de Alvargonzález circulando por la sangre de sus venas. Pensará, maravillado y entristecido a un tiempo, situado ya en la orilla, que esos árboles cuyas ramas apuntan silenciosamente hacia las aguas, son testigos que dan fe del lugar donde los parricidas arrojaron lacrado el cuerpo sin vida de su padre. Y si tienen oportunidad de hablar con los viejos del lugar, sentirán un irreprimible estremecimiento, al escuchar de sus labios, temerosos, que en ocasiones el viento acerca hasta el pueblo un quejido desgarrador; un lamento que en ocasiones preludio al truena y a la tormenta, que suelen ser infernales en las proximidades de la laguna. Pero si movidos por la curiosidad, ahondan en sus preguntas, éstos contestarán que se trata de los espectros malditos de los desagradecidos hijos, suplicando perdón durante toda la eternidad.


¿Realidad o fantasía?. Yo exactamente no lo sé. Pero sí sé, que en este lugar paradisíaco, cualquier cosa es posible; y también sé que, como diría el escritor y filósofo francés Paul Elouard, hay otros mundos, pero están en éste.


(1) Morris West: 'El Navegante', Mundo Actual de Ediciones, S.A., (edición para los lectores de Discolibro), 1977, página 16.


(2) René Barjabel, autor, entre otras, de dos interesantes obras de la literatura de ficción: 'La noche de los tiempos' y 'Día de fuego'.



domingo, 20 de marzo de 2011

El embalse de Nuévalos


Se diría que hablar del embalse de Nuévalos, conlleva referirse, acto seguido y por defecto, a uno de los lugares más extraordinarios no sólo de la comunidad aragonesa, sino también del resto de la geografía peninsular: el Monasterio de Piedra. En realidad, y en lo referente a los pormenores de la presente historia, la mención al Monasterio de Piedra -mal que me pese decirlo- es solamente circunstancial y su reseña, una simple referencia dentro de los pormenores de un viaje cuyo destino estaba situado una treintena de kilómetros más allá: Calatayud.
En efecto, mi destino era Calatayud, el Castillo de Ayud de la berbería conquistadora, y aparte de una visita a la ciudad de la Dolores, mis pretensiones se centraban, principalmente, en la iglesia del Santo Sepulcro y el Santuario de la Virgen de la Peña. Obviamente, no contaba con esas tretas inesperadas que el Camino a veces utiliza como anzuelo, de manera que cuando observé la referencia al Santuario de la Virgen de Jaraba, no me lo pensé dos veces y varié mi rumbo.
Jaraba es otro de los santuarios marianos que, como chakras, marcan los puntos principales de sa columna vertebral, geográfica y natural, que se desarrolla a lo largo del Alto Tajo, donde, curiosamente, se localizan, al menos, otros dos puntos o centros neurálgicos: el Santuario de la Virgen de Montesinos, en Cobeta, y el Santuario de la Virgen de la Hoz, distante, aproximadamente, nueve kilómetros de Molina de Aragón. Impresiona ver la ermita colgada, como una estrella fugaz atrapada en mitad de un universo pétreo. Pero al contrio que en los otros dos, alrededor de este Santuario se ha tejido un pequeño universo empresarial, que en parte le resta el valor mistérico que a lugares de tales características proporciona la soledad: varios balnearios, e incluso una fábrica de envasado de agua.
La aventura del regreso a la ruta original, no obstante se desarrolló por otros derroteros y perdiéndome voluntariamente, puse rumbo hacia Nuévalos y Alhama de Aragón, por una ruta paralela a la que siempre había llevado al ir al Monasterio de Piedra. Eso me permitió, observar el embalse de Nuévalos desde una nueva perspectiva; nueva perspectiva, dicho sea de paso, que me permitió disfrutar durante unos minutos del juego alquímico con que la luz actúa sobre el color de las tranquilas aguas, según sea la perspectiva desde donde se mira, así como el grado de profundidad de éstas. Especialmente sugerente de observar, me resultó, también, una zona cercana a la orilla, de intenso color verde, semejante, por su constitución, a los profundos pantanos de Louisiana o de Florida, que tanto salen en las películas.
Y no obstante, quizás el recuerdo más desgarrador fuera la visión, sobre lo alto de un promontorio cercano, de una singular iglesia, con todas las características de un original estilo románico, convertida en vivienda y finca particular.
En fin: tretas del Camino.

viernes, 18 de marzo de 2011

In illia tempore: San Miguel de Lillo

'En el octavo libro de la Odisea se lee que los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar...'.
[Jorge Luis Borges, 'Del culto a los libros']

No lo puedo evitar: cada vez que pienso en este hermoso conjunto prerrománico de San Miguel de Lillo -o Liño, como lo denominan algunas fuentes, atendiendo a su nombre antiguo- recuerdo un episodio de la película Merlín (1), en el que el rey Vortigern -un hombre tirano y sin escrúpulos- manda ejecutar a varios maestros constructores, que ven impotentes cómo se desmoronan cuantos intentos realizan por levantar un castillo en un lugar a todas vistas inconveniente. Es un símil válido, bajo mi punto de vista, que define a la perfección las funestas consecuencias que pueden derivarse del enfrentamiento entre capricho y lógica. Al menos, una parte de la historia de San Miguel de Lillo, tiene ese lado épico, odiséico y desgraciado que, no obstante y quizás por milagro, aún se puede contar.

Es posible que las nuevas generaciones, olvidando las reflexiones de Homero, no aúnen su voz para cantarle a un lugar de las características de San Miguel de Lillo y tengamos que encarnar el papel de poetas algunos nostálgicos, que vemos, incluso en una mala elección del terreno, un derroche de sabiduría en el que el tiempo -flecha que apunta siempre en una misma dirección- nos ha birlado una parte esencial del conjunto. Aún así, cuando se salvan los escasos trescientos metros que separan ambas iglesias ramirenses, no ha de sorprendernos, si lo que primero nos asalta los sentidos, es el espejismo de la estética. No es para menos: un pequeño prado, de hierba de un color verde intenso, como las esmeraldas, flanqueado de árboles -últimos vestigios, probablamente de un ancestral y tupido bosque- sobre el que se asienta un templo en el que, quizás por efecto de la perspectiva, prevalece la altura sobre la anchura, dándole, metafóricamente hablando, el aspecto de un menhir enhiesto apuntando hacia el lugar de donde cabe suponer que desciende la Divinidad para alojarse en el sancta-santorum de su interior. A unos metros de distancia, las aguas de un pequeño manantial se deslizan ladera abajo, como gotas de rocío que resbalan sobre la aterciopelada superficie de los pétalos de una flor, dejando un suave susurro a su paso.

Posiblemente sea este manantial, o mejor dicho, esa fuente subterránea de la que procede, la responsable de que se terminaran hundiendo las dos terceras partes de su fábrica original. Ocurría esto en el siglo XI, y no obstante, lo que ha llegado hasta nosotros, diez siglos después, no deja de ser, sencillamente, espectacular. Tan espectacular, que no puedo evitar preguntarme cómo sería en los felices momentos de su concepción y posterior nacimiento.

Como en el caso de la iglesia de Santa Cristina de Lena, en el interior de esta iglesia de San Miguel, volvemos a encontrarnos con un elemento común: la tribuna regia. Un lugar de privilegio desde el que el soberano asistía a la celebración de los oficios en un mundo interior gobernado alternativamente por luz y sombra. Un universo cuya dualidad, probablemente, se viera desequilibrada siglos después, a favor de la primera, con la introducción de un estilo revolucionario que rompió los moldes de la época: el gótico.

Por otra parte, no deja de conllevar cierta emoción, permanecer unos minutos en el interior de un lugar donde se tiene la impresión de que incluso las partículas de polvo que evolucionan en un ambiente de marcadas bambalinas, lo hacen atrapadas aún en las corrientes de unos ríos históricos, siendo el devenir de sus olas un desbarajuste en las playas del olvido, aunque no de la memoria. Por desgracia, de esas pinturas descubiertas por José Amador de los Ríos en 1877, apenas queda rastro; pero incluso ese leve rastro tan dificultoso de apreciar en la actualidad, reafirma la impresión de que en el fondo, muchos de estos templos constituían, en sí mismos, pequeñas capillas sixtinas, de las que quizás la más sobresaliente, por haber corrido mejor suerte sus pinturas, sea la de San Julián de los Prados.

Hundidas en el exterior, las jambas del interior recuerdan, sin embargo, motivos romanos; como los danzarines circenses, o Daniel con los leones, en clara referencia a la persecución y el martirio que sufrieron los primeros cristianos, una referencia que la Iglesia olvidaría en siglos posteriores, en su cruzada contra los cátaros, por ejemplo, o con las actividades del Santo Oficio.

San Miguel de Lillo, dormido en un sueño eterno del que quizás despierte un día para terminar de contarnos todo aquello cuanto todavía calla.

(1) 'Merlín', dirigida por Steve Barron; interpretada por Sam Neill, Helena Bonham Carter, John Gielgud, Rutger Hauer, Miranda Richardson, Isabella Rosselini y Martin Short. RHI Entertainment Inc. 1998


miércoles, 16 de marzo de 2011

In illia tempore: Santa María del Naranco

Cronológicamente hablando, conocí antes ésta iglesia de Santa María del Naranco, que la de Santa Cristina de Lena que he comentado en la anterior entrada. Y no obstante, los recuerdos, en ocasiones caprichosos, se han conjurado para que reviva mis emociones en segundo lugar. No se trata, pues, de una cuestión de preferencias y mucho menos de una selección prioritaria y al gusto, como pudiera interpretarse en un principio.
In illia tempore o en aquél tiempo, junio se presentaba caluroso. Y sin embargo, en aquélla latitud desde la que se divisa la ciudad de Oviedo como una piña alrededor de la catedral de San Salvador, una leve, agradable brisa agitaba las hojas de los árboles. Ramos de campanillas, diría mi mente subconsciente, agitadas por el vuelo invisible de las hadas encantadas, la brisa traía también, ocasionalmente, el mugido de las vacas que pastaban plácidamente en las laderas, ajenas, cuando no indiferentes, a la vieja reliquia del rey Ramiro.
Semejando una gran arca de piedra mecida por Eolo en unas aguas primordiales de intenso color esmeralda, la iglesia de Santa María de Naranco recién acababa de despedir a un grupo de visitantes, mientras otros aguardaban turno para presentarle sus respetos. Yo aguardaba con estos últimos, cansado de viaje que había comenzado en Madrid a las cinco y media de la mañana, cuando en el cielo de la noche aún brillaba alguna estrella peregrina, cuando no fugaz y el lucero del alba no había hecho ni siquiera intención de prorrumpir el primer bostezo, por una línea del horizonte que apenas se vislumbraba.
Como arca, comparativa y ensoñadoramente hablando, no dejaba de preguntarme si quizás de aquí habían salido, como en la de Noé, los animales más emblemáticos de la región: el oso, el lobo, la raposa (1), la coruxa (2), y con ellos, la gran cantidad de espíritus elementales que pueblan estas montañas, habitan sus tupidos bosques y retozan como niños en las aguas cristalinas de sus manantiales y riachuelos. Leones y grifos, no obstante, quedaron petrifricados en su interior, víctimas, seguramente, del sortilegio de alguna xana sobre el martillo y el cincel de un anónimo cantero, que los encerró para siempre en el interior de un círculo mágico. Pero de estos detalles, por supuesto, se percata uno previo pago de la entrada, una vez que la guía termina con el primer grupo y regresa de la iglesia de San Miguel de Lillo, situada a apenas trescientos metros más arriba.
Curiosamente, cuando se accede al interior de este navío milenario, en el que apenas se diferencian proa y popa, apenas se tiene la impresión de hallarse en un templo; o mejor dícho, en una iglesia. Y no resulta estraño, pues su utilidada y su diseño iniciales, fueron de residencia palaciega. Una villa a las afueras de ese Ovietum urbanita, que aún hallándose en pleno corazón del reino astur, de sobra conocía las contínuas y terribles razzias musulmanas. Imagino que desde ésta posición, y atisbando a través de los pesados cortinajes que protegían sus interiores de la lluvia y de las frías noches de invierno, el rey Ramiro veía arder la capital del reino en alguna ocasión.


Pero los designios de los reyes, como los designios de Dios, suelen ser a veces inescrutables, y probablemente, nunca se sabrá, con severa certeza, por qué la decisión de transformar el palacio inicial en templo.

Fue Jovellanos, según creo, el primero en hablar del Arte Asturiano, al referirse a estos soberbios testigos, producto, en mi opinión, de la desintegración de antiguos imperios y la formación de otros nuevos que, sin olvidar la antigua sabiduría sagrada, aplicaban ésta a nuevas concepciones de pensamiento que, siglos después, desembocarían en dos estilos fundamentales: el románico y el gótico.

Sea como sea, entrar en un edificio de las características de éste de Santa María del Naranco, no deja de ser una singular experiencia; una experiencia, que actúa de forma particular con las percepciones de cada uno. En mi caso, poco importaban, en realidad, las explicaciones de la guía, a cuyo alrededor nos agolpábamos como palomas esperando unas migajas de pan. Reconozco, y no me avergüenza confesarlo, que no sentí ninguna vibración especial por hallarme en un lugar sacro, aunque sí un atisbo de emoción, intentando pensar con mente matemática, que al fin y al cabo, dentro de aquél rectángulo perfecto -que bien pudiera haber pasado por la residencia de un patricio romano- se conjugaban unas proporciones exquisitamente áureas, que hacían de aquél, al menos, un lugar de culto geométricamente sagrado.

Eso sí, me impresionó bastante, por qué no decirlo también, la pequeña aventura de la bajada a la cripta, que se realiza por mediación de unos estrechos escalones de piedra, que desembocan en un pozo cuadrangular, donde llega un momento en el que la oscuridad prevalece de tal manera, que uno piensa que está en lo más profundo de la tierra.

Toda una experiencia recomendable para todo aquél que quiera poner a prueba la agudeza de sus sentidos.

(1) El zorro.

(2) La lechuza.

lunes, 14 de marzo de 2011

In illia tempore: Santa Cristina de Lena

Finales de junio de 2009. Aunque se vislumbran algunos nubarrones por encima de las montañas que rodean a ésta apacible población asturiana de Pola de Lena, no parecen amenazar lluvia. Al menos, de momento. Resulta extraño, sin embargo, encontrarse en una provincia como Asturias y no verse sorprendido por esa lluvia meona, de nuberos o juancabritos, característica de la región, al igual que las fumarolas de niebla que se desplazan sigilosamente laderas abajo, hasta cubrir unos valles que rebosan vitalidad a raudales.
La brisa, ligera hasta el momento, se ve acompañada por los tañidos ocasionales de los cencerros de las vacas que pastan plácidamente en los prados aledaños a este promontorio espiritual hacia el que me dirijo, en cuya cúspide, marcando con milimétrica precisión el punto geodésico, la iglesia prerrománica de Santa Cristina permanece estática e inmutable al devenir del tiempo, tan profundo e inmemorial es el sueño encantado que la guarda.
No obstante el silencio, así como la repentina sensación de soledad, reafirman una belleza que, definida en una proporción sin lugar a dudas áurea, habla por sí sola. Siendo ligeramente posterior a la vecina iglesia de Santa María de Naranco, su misterio se acentúa -proporcional, cuando no superior- en los detalles, posiblemente metafísicos que influyeron en su ubicación, así como en la ausencia de mención en crónica alguna de la época. Detalles sobre los que uno no puede, por menos, que preguntarse el por qué. Pero son multitud las preguntas que quedan sin respuesta, cuando uno permanece, siquiera unos minutos, en un lugar donde anida el espíritu. Como el abad Virila de Leyre, uno podría dormir aquí un sueño centenario y despertar en otro tiempo, cuando no en otro mundo. Un mundo, quizás, donde el susurro del viento todavía conserva inmemoriales ecos de olvidadas liturgias de origen celta e incluso anterior.

El espíritu se manifiesta, también, en ese caracol que asciende indolente los milenarios sillares, dejando un tenue rastro plateado a su paso. A cuestas lleva, perfecta y sublime, la espiral de los maestros constructores. Extraordinario: ¡qué modelo tan grande, para un ser tan pequeño!. Un enigma conocido prácticamente por todas las culturas y civilizaciones de la Antigüedad; incluso por aquéllas que, según la ortodoxia oficial, nunca tuvieron contacto, como la maya. O al menos, así nos lo quieren hacer creer. Maese Gaia, pues, no puede evitar ponerte una lección tras otra ante los ojos, siquiera para que nunca olvides que no hay mejor filántropo ni maestro que ella.

No fue el magister que levantó Santa María, pero piensan los expertos que el mago que soñó ésta iglesia de Santa Cristina pertenecía, como aquél, a ese corpus hermeticum que, cual miembros de una camelotiana corte de caballeros constructores, vivía a la sombra del rey Ramiro. Tampoco se conoce su nombre. Frente a tan hermético silencio, tengo la impresión, en ese sentido, de hallarme frente a una herejía similar, comparativamente hablando, a aquélla otra que llevó a los airados sacerdotes de Amón a borrar cualquier mención del faraón adorador del sol y monoteísta: Amenofis IV, también conocido como Akhnatón.

Traspasar el umbral de este templo montañés conlleva, en un acto a priori tan simple como mecánico, una experiencia extrasensorial, acorde con un universo en el que la luz y la oscuridad continúan ejerciendo una pugna que se remonta al alba de los tiempos. La confianza que genera una, desparramándose por los intersticios de los ventanales contrasta, sin embargo, con zonas lunares en las que por un momento se tiene la impresión de ser escrupulosamente observado, siquiera por la impregnación simpática de unos recuerdos que, en el fondo, se niegan a desaparecer.

Su vinculación con la arquitectura visigoda, posiblemente resulte más evidente en ese maravilloso iconostasio que permanece inalterable, como un orgulloso centinela, delante de un altar en el que impera una talla de Santa Cristina, de época indeterminada, que, cual Ícaro imaginario, sostiene una pluma en su mano. La arquería, pieza clave en su conjunto, se torna por un momento colosal, vista desde la tribuna regia, por la que se accede mediante unos escalones situados al fondo de la nave. Tal es su curioso efecto, vista desde ésta posición de privilegio, que los arcos de medio punto semejan olas: las olas de un mar de piedra que acercan a la orilla de los bancos la magia geométrica de unas celosías elaboradas artesanalmente en bloques unitarios de arenisca, en cuya elaboración eran auténticos maestros los canteros astures.

Y no obstante el sonido de los pasos sobre el empedrado, seco, como la explosión final de un trueno rasgando un silencio que a veces se puede incluso palpar, metafóricamente hablando, la paz que se respira en el interior de esta pequeña joya arquitectónica, conlleva una certera sensación de unidad cuando, algún tiempo después, y ante la mirada tranquila de la guardesa de mediana edad, deshaces el camino realizado al principio, fundiéndote con un entorno en el que nunca deja de acompañarte la sensación de que incluso el tiempo, ese Judío Errante condenado a vagar eternamente, ha encontrado por fin un lugar en el que descansar. Si no en este lugar sagrado, sí al menos en un entorno en el que, después de todo, aún vagan numerosos fantasmas por las ruinas de castros y campamentos romanos, numerosos en las proximidades.

Santa Cristina de Lena, otro enclave del Espíritu en la tierra de la Reconquista.


martes, 8 de marzo de 2011

Vivencias del Alma: San Baudelio de Berlanga


'- Qué historia tan hermosa -dijo el Alquimista'.
[Paulo Coelho (1)]
Evidentemente, el Alquimista no se refiere a la historia de San Baudelio de Berlanga, sino a la historia de Narciso, aquél que, según la leyenda, iba todos los días al lago a contemplar su propia belleza hasta que un día, fascinado consigo mismo, cayó al agua y se ahogó. Hablar de San Baudelio, es también hablar de belleza. Pero al contrario que la belleza del pagado Narciso, la belleza de San Baudelio se encuentra en su interior, en ese espacio recóndito, pero vital que busca siempre el sabio y que, paradójicamente, suele ser musa e inspiración para el poeta.
Una belleza tímida, pudorosa, escondida entre unos montes paraméricos, en los que hace siglos se extinguió la simiente que nutría el lugar de frondosos bosques. Esos mismos bosques que, cuando se levantaron sus cimientos, allá por el siglo XII, la sirvieron de cuna, salvaguardándola de los avatares de un choque de civilizaciones. Un mundo, el cristiano, que todavía agachaba la cabeza y se persignaba ante el recuerdo de un aliado del Apocalipsis: el invencible Almanzor, el azote de los reinos cristianos. Luz y Sombra; Bien y Mal.
Dicen que éste pasó por alli, siglos antes de que la ermita se gestara aún como proyecto de tributo a Dios en la mente geométricamente sagrada de un desconocido Magister de origen mozárabe; y también se afirma que venía gravemente enfermo o herido después de la refriega de Calatañazor. Digo bien, refriega. Y aún más: se dice que jamás consiguió llegar a Medinaceli y que murió en Bordecorex, un pequeño pueblecito situado en las cercanías, cuya pieza cumbre es la iglesia de San Miguel. Y que fue enterrado en alguna parte del pueblo o de sus alrededores, y no en el castillo de Medinaceli, como pensaba el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada. Pero, después de todo, se dicen tantas y tantas cosas...
Lo único cierto, es que la ermita mozárabe de San Baudelio aún hoy día continúa conservando un discreto lugar entre bambalinas, convenientemente oculta por los altibajos de un terreno, cuya parte llana fue aprovechada para hacer una carreterilla comarcal que siguiendo el curso del río Escalote, se adentra corcoveando como el cuerpo en movimiento de una sierpe, en la vecina provincia de Guadalajara, hasta desembocar en la villa de Atienza.

Inmutable como la ermita, su custodio aguarda paciente. Es un hombre de pocas palabras, pero a fuerza de ir una y otra vez, uno llega a entenderle y a comprender, de paso, que su silencio es oro. Creo, y lo digo honestamente, que es un hombre que adora el lugar; un hombre que lo entiende y que lo mima porque comprende, quizás mejor que nadie, que ésta ermita es como una mujer maltratada. Una mujer vejada, a la que unos hombres sin escrúpulos robaron su virginal tesoro a fuerza de talonario, en una época en la que la ignorancia invadía España como una pandemia imposible de atajar. Una mujer que pese a todo, continúa enamorando apenas uno comienza a conocerla.

No importa si ha envejecido. Y no importa porque, a pesar de haberla despojado de sus galas, aún conserva, en su serena humildad, buena parte de su encanto, como esa ancianita cuyas arrugas el tiempo, en ocasiones piadoso, consintió en transmutar por dulzura.

El misterio y lo esotérico resultan aquí intranscendentes. Lo trascendente de ésta ermita, aquélla utopía fundamental que deberíamos encajar, occidentales y orientales como una lección del pasado, es que aquí un día, quizás no tan lejano si nos atenemos a las leyes de la relatividad, convivieron vírgenes y uríes. Y de esa maravillosa unión, nació todo un legado: una hermosa dama que es, a la vez, iglesia y mezquita.

(1) Paulo Coelho: El Alquimista, Círculo de Lectores, S.A., 1996.

sábado, 5 de marzo de 2011

Enigmático Valle de Losa: San Pantaleón

'Según cuenta una leyenda, cuando Lucifer fue expulsado del cielo se desprendió una piedra de la maravillosa corona que le habían presentado sesenta mil ángeles. Esta pìedra de singular belleza al caer a la Tierra, se transformó en una vasija que después de mucho tiempo llegó a las manos de José de Arimatea. Ella fue ofrecida a Cristo, quien la usó en la Última Cena. Más tarde, José la recuperó y la utilizó para recoger la sangre que manaba del costado del Salvador. Gracias a esta circunstancia se creía que la copa tenía poderes mágicos, aseguraba abundancia, salud y larga vida a quien la poseyera...' (1)

Hay lugares difíciles de olvidar. Lugares que, a pesar del tiempo transcurrido, continúan conservando intacta una virginidad mistérica, que los convierte en el punto de mira de una infinitud de casanovas que, a la postre, regresan rendidos a sus lugares de origen, con el rabo entre las piernas y su poder de seducción en entredicho. Veamos esta iglesia de San Pantaleón, pues, como esa doncella encantada que duerme su sueño inalterable esperando, siglo tras siglo, a ese príncipe que, alejado de los convencionalismos típicos de una sociedad rendida a los privilegios de un ilusorio bienestar, ha olvidado una parte fundamental de su mediática existencia: hacer hablar a su Yo; y más difícil aún, conseguir que éste se manifieste.
Para conversar con un lugar como San Pantaleón, no basta acercarse a esas brumosas y griálicas Merindades burgalesas, y en concreto, a éste espléndido Valle de Losa donde se encuentra. No basta subir ese calvario de pendiente -como lo definiría Juan Ignacio Cuesta Millán (2)- que circunstancial y simbólicamente hablando, sería un puente de peregrinos ascendiendo hacia el cielo, y cámara en mano, esperar encontrar respuestas observando eternamente una colección de fotografías que, a la postre, son las mismas que tiene todo el mundo y en el fondo, contribuyen a generar una Babel de pensamientos.

En Losa hay un misterio, evidentemente; pero un misterio a la vista de todos. Quien diseñó la iglesia de San Pantaleón, lo hizo de tal manera que sabía que utilizando las artes de la psicología y su elemento más subliminal, el símbolo, abarcaría múltiples evidencias para esconder una única verdad, que no ha hecho, si no, perpertuarse a lo largo de los siglos.
Desde este punto de vista, la propia historia del santo en cuestión, contendría elementos similares a otras concepciones cultuales anteriores, y así mismo, albergaría, en síntesis, la esencia de la más maravillosa de las leyendas medievales: el Santo Grial.
Por eso, posiblemente, cada uno de los peregrinos que antaño acudía a San Pantaleón, continuaba su camino con una concepción sugerida desde lo más profundo de su ser, y por lo tanto, renovado.
Porque si nos fijamos bien en muchos de los símbolos que adornan esta milenaria iglesia, tanto en el interior como en el exterior, todos tienden a señalar una dirección determinada: la Renovación; la idea, muchas veces inalcanzada pero sublime, de ir más allá de.
Sea como sea, estuve en San Pantaleón de Losa, no como peregrino sino como turista. Y posiblemente regresé como tantos otros, con el rabo entre las piernas y la auto-suficiencia herida al comprender que continuaba siendo un completo ignorante. Pero en el fondo, quizás demasiado en el fondo, intuyo que algo cambió; una pequeña chispa, desde luego, que sólo el tiempo dirá si se convierte en hoguera: volví, quizás, más observador.

(1) Mauro E. Lombardi: 'Grandes mitos de la Edad Media', Edimat Libros, S.A., 2006, página 63.
(2) Juan Ignacio Cuesta Millán: Lugares Mágicos, América Ibérica, S.A., 2007.