jueves, 17 de diciembre de 2015

Feliz Navidad


Hay una leyenda atribuida a los pigmeos africanos, que habla de un niño que encontró en la selva un pájaro que cantaba primorosamente y se lo llevó a su casa. Cuando le pide a su padre que traiga comida para alimentar al pájaro, éste se niega y lo mata. Llegados a este punto, cuenta la leyenda que el hombre mató al pájaro, y con el pájaro, mató el canto y con el canto, se mató a sí mismo. No matemos el Camino.

Feliz Navidad y Feliz Camino


jueves, 10 de diciembre de 2015

San Jerónimo el Real


No sólo parte de la mirada retrospectiva del arte arquitectónico que caracterizó ciertos periodos o modas en los siglos XIX y XX se dirigió a aquél estilo arcaico que los románticos definieron –con mucho acierto, en mi opinión- como bizantino, y que hoy día todo el mundo conoce como románico, sino que también fijaron sus pupilas y su imaginación, en aquél otro arte, más complejo, soberbio e inconmensurable, que procedente, quizás, de las nuevas incorporaciones a Occidente traídas por los cruzados de Tierra Santa –algunos investigadores, no obstante, suponen que su magnificencia y espontaneidad se debió exclusivamente a la necesidad de incorporar nuevas soluciones en los problemas y obsolencias del románico-, deslumbró desde mediados del siglo XIII hasta principios del siglo XVI, siendo sus mejores y más cautivadores exponentes, las grandes catedrales: el gótico. El neogótico o nuevo gótico, pues, también acaparó el interés de una sociedad que comenzaba a sentirse hastiada de los excesos del barroco y las austeras tiralíneas renacentistas, que tanto juntos como por separado, rompieron la armonía de los viejos templos románicos. Una buena prueba de lo que se habla, no sería, sino, éste magnífico templo madrileño de San Jerónimo el Real, conocido popularmente como los Jerónimos. También es cierto que su privilegiado emplazamiento, enfrente del Museo del Prado –al cual se incorporó como parte de la ampliación diseñada por el arquitecto Rafael Moneo, quedando su claustro renacentista como sala de exposición-, hace que tanto directa como indirectamente, sea uno de los edificios cultuales y culturales más visitado de Madrid. Si bien, ya existía como monasterio de jerónimos a finales del siglo XV –de hecho, fue uno de los más importantes de la época-, su estado de deterioro y la mencionada incorporación al Museo del Prado, hicieron que se desmontara y reconstruyera en el mismo lugar, añadiéndose, con probabilidad, algunos elementos, curiosamente heterodoxos, como el polisquel que se vislumbra en el rosetón principal, así como un no menos curioso tímpano, donde se aconseja, igualmente por su sutil heterodoxia, echar un detenido vistazo a esos capítulos del Nacimiento y la Adoración que se reproducen por debajo del Calvario, enmarcados, a modo de cenefa, por la foliacea abundancia de un profundo inconsciente, que podríamos denominar, sencillamente, Madre Natura.

De su interior, sin duda destacables y no exentas de arquetípico simbolismo, cabe destacar obras de relevantes artistas, como el San Jerónimo Penitente, de Alonso Cano, la Virgen con el Niño en un trono de ángeles, de Jerónimo Jacinto Espinosa o la Adoración de los pastores, de Francisco Rizi. Representativo, además, es el retablo lateral izquierdo, junto a la cabecera, que contiene una soberbia representación de la Trinidad cristiana, en la que se aprecia cómo el Padre sostiene al Hijo, crucificado éste en una emblemática cruz Tau. Pero sin duda, por su prodigalidad, se podría decir que uno de los detalles más interesantes de este magnífico templo, es su fijación mariana, siendo las más representativas, de todas las imágenes que se pueden apreciar, las de Covadonga, el Pilar y Guadalupe.


lunes, 7 de diciembre de 2015

La iglesia de San Manuel y San Benito


Menos conocida que la cripta de la catedral de la Almudena, pero siguiendo similares patrones neorrománicos que conformaron parte de los gustos o modas, elíjase lo que se prefiera, que imperaron a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, de los que, como ya se aventuró en la anterior entrada, fue en buena parte responsable el famoso arquitecto y restaurador francés Violet le Duc, la iglesia de San Manuel y de San Benito, es un hermoso compendio arquitectónico, que merece la pena conocer. Situada entre la calle Columela y la concurrida calle de Alcalá –justo enfrente del Parque del Retiro, no muy lejos del lugar donde se conserva parte de la portada y del ábside de la iglesia románica avulense de San Isidoro y algunos metros por encima de la archi-conocida Puerta de Alcalá-, los orígenes de este fascinante templo, hemos de situarlos entre los años 1902 y 1910, siendo los mecenas el empresario catalán Manuel Caviggioli y su esposa Benita Maurici, de cuyos nombres le viene la advocación y cuyos cuerpos reposan en la capilla de la Epístola. 

Residencia e iglesia de los Padres Agustinos –recuérdese, que el fundador, San Agustín, ejerciendo las funciones de evangelizador en la brumosa Bretaña, se le recomendó papalmente destruir los ídolos paganos pero conservar los templos para readaptarlos al culto cristiano-, fue realizada por el arquitecto que también acometió otra notable obra neorrománica –o neo-bizantina, como se prefiera-, como es el Panteón de Hombres Ilustres, situado en la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, cuya imagen, al contrario que la de la Almudena, sí es original y conserva prácticamente intactos sus negros atributos, incluida la manzana: Fernando Arbós y Tremanti. Por su aspecto, recuerda los fastuosos templos bizantinos que dieron fama a Constantinopla, la que fuera la capital indiscutible del Imperio Romano de Oriente, en lo que hoy es la actual Turquía. Tal vez se deba, precisamente a las corrientes mahometanas, el modelo para los minaretes que acompañan a una cúpula que se eleva sobre cuatro pechinas, las cuales, simbólicamente, representan a los cuatro evangelistas. La torre, no obstante y según los expertos, reproduce modelos italianos y aunque de hermosa factura, qué duda cabe, parece restar al conjunto, parte de esa magia oriental que se aprecia mejor cuando la alcanzan los rayos del sol y en cuyos ornamentos no falta la presencia de lejanos arquetipos simbólicos, como el Sello de Salomón.


viernes, 4 de diciembre de 2015

La cripta neorrománica de la catedral de La Almudena


No todos los caminos llevan necesariamente a Roma, ni pasando por Compostela, han de finalizar, per secula seculorum, en el Finis Terrae. Infinito, el Mundo del Espíritu ofrece multitud de puertos y escalas donde detenerse y dejar que las sensaciones afloren. No importa, tampoco, si el lugar en sí es antiguo o de reciente creación; tampoco importa cuán cerca o lejos se encuentre, pues, ya bien sea de origen natural o específicamente diseñado por la mano del hombre, hemos de suponer que contiene, a buen seguro, una parte más o menos considerable de ese lenguaje poético que subyace profundamente enterrado en el inconsciente colectivo del que nos hablaba Jung, cuyo vehículo de expresión –él lo definía estilo- de expresión, no son otra cosa que los arquetipos. Cierto es, así mismo, que si bien el Arte en general se ha valido, desde tiempo inmemorial, de ellos, el románico en particular –bajo mi punto de vista, por supuesto- abusó de tantos, hasta el punto de que el propio Jung –padre, entre otras muchas cosas, de la hipótesis del referido inconsciente colectivo-, llegó a considerar el estudio de los elementos mitológicos, tan destacables y abundantes en este estilo, como si fueran pacientes psicológicamente a tratar.

Por otra parte, conviene reseñar, que hubo un periodo, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en el que la Bellas Artes, y en concreto la Arquitectura, experimentaron una visión retrospectiva y emulando el estilo más característico de la Edad Media –puede que también tuviera algo que ver, el carácter hermético y romántico de las antiguas iglesias y ermitas medievales-, creó una nueva definición: el neorrománico. En ese periodo, y como moda imperante en Europa, algunos autores destacan la enorme influencia ejercida por Violet le Duc, restaurador, entre otras, de la catedral de Notre Dame de París y responsable, en gran medida, de la asociación, no del todo correcta, de la planta octogonal como modelo de arquitectura templaria. De éste periodo, es la pequeña obra de arte que conforma la cripta de la catedral de la Almudena y cuyo acceso se localiza en un lugar con mucha tradición: la Cuesta de la Vega, en cuyas antiguas murallas se encontró la imagen de una Virgen Negra, Nuestra Señora de la Almudena, que en la actualidad es la Patrona de Madrid. La primera piedra se colocó en abril de 1883, siendo terminada por el arquitecto Enrique María Repullés y Vargas y abierta al culto, en 1911. Independientemente de que sirva de panteón de personalidades ilustres, la cripta neorrománica conforma un pequeño compendio sacro, que aúna belleza y simbología. De hecho, algunos de sus capiteles recuerdan los originales de otros lugares, como las cabezas de guerreros con casco asomando entre la maleza, motivo que se puede encontrar en un hermoso templo original de los siglos XII-XIII, como es el de San Pedro ad Vincula, en la localidad segoviana de Perorrubio; los castillos y mitras, aluden, posiblemente, a esa casta de obispos-guerreros –como Rodrigo Ximénez de Rada- que fue tan prolífica durante la Reconquista; el águila con el Libro abierto entre sus garras y la maleza a ambos lados de su cuerpo, como referencia al Apocalipsis y la figura del propio Evangelista que destaca exactamente igual en algunas iglesias del románico asturiano, y un largo etcétera que se puede ir descubriendo tranquilamente. 

Otra de las peculiaridades, y esto le será de agrado al peregrino, es que en su interior, no muy lejos de la magnífica talla del Cristo del Buen Camino -¿casualidad?-, se encuentra la imagen románica de otra auténtica Dama Negra capitalina, menos conocida por el público en general, pero no menos interesante que sus hermanas de la Almudena y de Atocha: la Virgen de la Flor de Lis.


miércoles, 21 de octubre de 2015

Ruinas de la iglesia avulense de San Isidoro


En un principio, estaba bajo la advocación de un santo, cuyo nombre, peculiar donde los haya, Pelayo –pelasgo, pelagio-, ya debería de ponernos en antecedentes sobre la sacralización de lugares de culto anteriores, que había en esa parte de la capital avulense pegada al río Adaja, donde se encontraba su emplazamiento original. Parece que fue a partir del año 1062 –posiblemente aprovechando los cambios en los itinerarios originales del Camino de Santiago, y el amplio tráfico de peregrinos que recibía la capital leonesa y en concreto, la espléndida institución isidoriana, previamente allí establecida-, cuando pasó a denominarse, también, de San Isidoro. Más que una simple ermita –como parece que se consideró hasta su defenestración final-, parece que, a juzgar por los restos, debió de ser, en tiempos, un hermoso templo, bien conocido por los peregrinos que visitaban la capital e incluso también, en épocas posteriores, por aquellos otros que aprovechaban la escala para rendir culto a una de las más grandes místicas del Siglo de Oro español: Santa Teresa de Ávila o de Jesús. Precisamente aquélla imponente mujer que fue fundando conventos e instituciones por buena parte de la meseta castellana –incluida la histórica Pastrana, lugar de gran riqueza histórica, donde estuvo recluida la princesa de Éboli y en cuya iglesia de Santa María o de la Asunción todavía se conserva un busto-relicario de la Santa-, y que, como en el caso de la soriana Sor María Jesús de Ágreda –la Dama Azul-, su personalidad, carácter y experiencias fueron investigadas por la Santa Inquisición, que no terminó nunca de aceptarlas como las grandes figuras femeninas –posiblemente, ahí radique el problema- y adelantadas a su tiempo, que en realidad fueron.

Con la Desamortización de Mendizábal, la iglesia o ermita de San Isidoro, ya en ruinas, fue adquirida por un particular, de nombre Emilio Rotondo de Nicolau, al precio de dieciocho mil pesetas de la época. Sucedía esto, en el año 1884, fecha en la que, también por su cuenta y mediación, fueron trasladadas al Museo Arqueológico Nacional, en cuyo patio estuvieron hasta marzo de 1896, periodo en el que fueron cedidas al Ayuntamiento de Madrid, procediendo éste, a su vez, a trasladarlas a su actual emplazamiento, en el Parque del Buen Retiro.

Allí, en esa parte de éste emblemático enclave mágico madrileño, y más concretamente en la confluencia de la Avenida de Menéndez Pelayo y la calle de O'Donnell, las ruinas –una portada y parte del ábside o cabecera-, ofrecen un toque exclusivo de romántica nostalgia, dormidas, cuál princesa de cuento, en espera, quizás, de ese príncipe que las libere de la burocracia y las retorne un día a su lugar de origen, si bien, en el pasado, hubo algunos conatos que, por el momento, se podría decir que han quedado en agua de borrajas. O lo que es lo mismo: en puro y duro silencio administrativo.


martes, 20 de octubre de 2015

Las Damas Negras de Madrid


'La gente que ama lo divino va con un agujero en el corazón, dentro del cual se encuentra el universo...'.
[Peter Kingsley]

Como todas aquellas que todavía se mantienen en los principales santuarios del Occidente cristiano, también éstas Nobles Damas, tan antiguas como el mundo, por muchas modificaciones que hayan sufrido a lo largo del tiempo y de la historia, recuerdan su ancestral soberanía y su invisible presencia. Y también lo hacen, mejor dicho, lo han hecho siempre, en éste Madritum o Magerit o Madrid, que en tiempos fuera, así mismo, un enclave salvaje, pero eminentemente sagrado. Un enclave fértil, propicio, misterioso, de umbríos bosques donde sus animales emblemáticos -aquéllos que habitaban con su Espíritu en lo más profundo de las cavernas, como el oso-, campaban a sus anchas, vivían y morían en su representación.

Hoy, simplemente, me apetecía recordarlas. Y puesto que este es un blog peregrino, creo que todo peregrino que pase por aquí, debería conocerlas.


martes, 6 de octubre de 2015

La iglesia de los Santos Cosme y Damián, de Encío


También en las inmediaciones de Pancorbo y su desfiladero y no muy lejos, tampoco, del monasterio cisterciense del Espino, así como de ese antiguo Término, en la actualidad conocido como Santa Gadea del Cid, que acabamos de dejar atrás, una visión netamente romántica sorprende a peregrinos y viajeros, haciendo bueno el refrán de que cualquier tiempo pasado fue mejor: la iglesia románica de los Santos Cosme y Damián. Perteneciente a la localidad de Encío, aunque no obstante, alejada por completo de su casco urbano, su situación, solitaria en la cima de una colina y sobre todo, su lamentable estado de conservación -a pesar de que en el año 2005 se hizo una inversión en su restauración-, hacen de este glorioso vestigio del pasado, un lugar sin duda melancólico, cuya amenaza de ruina inminente pone los vellos de punta. Vista así, en la lejanía y anclada cual arca petrea al altozano, su planta trae a la memoria otros interesantes templos, afortunadamente mejor conservados, situados en comunidades vecinas, como podría ser, por parecido razonable, el templo segoviano de Santa María de Riaza. Y algo en común debió de tener, quizás con aquél, pues de similar estructura, como se ha dicho, es de suponer que también debió de mostrar una hermosa galería porticada, en aquellos felices tiempos en que mostraba toda su hermosura y esplendor. Obvia el detalle, de decir, que de ésta no queda el menor rastro. Sí queda rastro, sin embargo, de esos alegres colores cromáticos -en este caso, rojo- en las arquivoltas de su portada principal. Sobreviven, aún a duras penas, dos capiteles en ésta, de los cuatro, al menos, que presumiblemente tuvo que tener en sus orígenes. El de la derecha, representa un motivo foliáceo, mientras que el de la izquierda, bastante más atacado por la erosión y la insensibilidad humana, muestra un motivo antropomorfo. Sobrevive, aunque fatalmente deteriorado, un pequeño ventanal por debajo de la espadaña, habiendo desaparecido tanto las columnas como los capiteles, mostrando la parte superior del arco, un bello motivo ondulado. Lisos los canecillos de los laterales, todavía conserva algo de imaginería en los canecillosde un ábside que, en vista de las resquebrajaduras que muestra, posiblemente no resista mucho más los embistes del tiempo y el abandono. Los motivos de los canecillos del ábside, se dividen entre rostros humanos, rostros monstruosos en algún caso, vegetales en algún otro, como los capiteles, y la cabeza inequívoca de un zorro que mantiene un objeto indeterminado y de forma rectangular entre sus dientes. Cabe mencionar, por su curiosidad, el canecillo que muestra dos rostros unidos, quizás referencia al siempre interesante y simbólico tema de los gemelos -recordemos que los titulares de la iglesia son precisamente eso, santos gemelos-, o quizás, sea una alusión a la conocida deidad romana relacionada con los solsticios: Jano. Además, es de suponer, por los restos óseos que se advertían, la existencia, en tiempos, de un pequeño cementerio junto al ábside. Hay, así mismo, distribuidos algunos metros por debajo de la iglesia, restos de edificaciones, tal vez, algún antiguo hospital de peregrinos. Como colofón y entrando en el mundo de la especulación, es difícil resistirse a la tentación de preguntarse -dada la advocación a los santos gemelos, la dualidad, el aislamiento del lugar, la presencia por los alrededores de antiguos vestigios precristianos, o incluso la cercanía, así mismo, de un monasterio con la peculiaridad de su nombre, del Espino-, si esta romántica ruina, que en tiempos debió de ser un espléndido templo y refugio de peregrinos, no estuvo custodiado, allá en sus orígenes, siglos XII-XIII, por esos abnegados custodios del Camino, que fueron los caballeros templarios.

[Este recuerdo pertenece al año 2012. Es más que posible, que de no haberse tomado las medidas adecuadas, de este templo no queden ya nada más que escombros. Si esto fuera así, espero al menos haber contribuido a su recuerdo, presentándolo tal y como me lo encontré en la primavera, lluviosa a más no poder, por cierto, de dicho año].


martes, 29 de septiembre de 2015

Santa Gadea del Cid: ermita de la Virgen de las Eras



Es Santa Gadea del Cid, una curiosa población, que dista, aproximadamente, una veintena de kilómetros de Pancorbo y su significativo desfiladero. No siempre se llamó así; y tampoco hay que confundirla con la otra famosa población burgalesa, donde el Campeador –aquél indómito caballero que según la tradición, veló armas en la iglesia zamorana y extramuros de Santiago-, protagonizó la prueba del laberinto –metafóricamente hablando-, que traería como consecuencia su odisea personal, sus viajes de ida y vuelta por los numerosos rincones de la España cristiana y musulmana, la consecución de un mito que le elevaría a los altares del heroísmo nacional y la inefable melancolía del eterno retorno: la Jura. De hecho, a este lugar, como bien sabían los peregrinos de antaño –tantos y tantos pies, que fueron asentando el polvo de la tierra en los caminos-, se le conocía con el curioso nombre de Término. Con este nombre, fue una importante plaza de armas en la Edad Media y con este mismo nombre, D. Lope Díaz de Haro, quinto Señor de Vizcaya, le otorgó uno de los fueros más privilegiados del momento: el de Logroño. De hecho, el peregrino que recala en la actual Santa Gadea, observará, posiblemente herido de nostalgia, parte de la grandeza del antiguo Término, en los restos de la muralla que la circundaba; en el aspecto castellano medieval de las casas cercanas a la plaza –que poco a poco, van sucumbiendo también al empuje del mortero a granel y el ladrillo moderno-, y en una imponente iglesia gótica, de aspecto sólido, fortificado y de sobrestimada pecunia, en cuya portada principal, no obstante y sin embargo, encontrará, para su deleite, parte de los viejos mitos de siempre, si bien disimulados con nuevos hábitos, que le harán pensar, pudiera darse el caso, en esa ley inmutable que afirma que nada se crea ni se destruye, sino que tan sólo se transforma.

Ahora bien, si el tiempo y el cansancio no se lo impiden y cruza la carretera general que se pierde hacia el monasterio de la Santa Espina, y eleva la mirada por encima del viejo y deteriorado crucero del siglo XVI –al que se refieren en el pueblo como Crucero de Encima la Villa-, apreciará, solitaria, melancólica pero henchida de antiguo orgullo bizantino y con la espadaña oteando hacia los campos de labor, una vieja ermita. Precisamente dedicada a la Virgen de las Eras, puede que el peregrino, suspicaz, piense, al observar los campos de trigo en lontananza, no en esas gotas de sangre de Cristo –como piensan o pensaban antiguamente los campesinos de la Europa oriental refiriéndose al preciado cereal, según Mircea Eliade-, pero sí, quizás, en esas simbólicas menstruaciones con las que las antiguas divinidades femeninas, como Ceres, gratificaban el esfuerzo y el sudor de los antiguos y fieles campesinos que les rendían culto. Por otra parte la iglesia, cuya solera hemos de situar a lomos de los siglos XII y XIII, aún con signos evidentes de deterioro en algunos lugares y con añadidos posteriores, muestra una variada ornamentación, cuyos motivos seguramente le resulten interesantes, porque observará, en esos rostros inmutables -cuya mirada, más que ausente parece eternamente dormida, como esas otras alusiones a la Diosa que son, al fin y al cabo, las figuras de la Bella Durmiente y Blancanieves -, encantados modelos que una vez fueron de carne y hueso y que siglos ha, formaron parte de una sociedad cuyo pensamiento se debatía entre la nostalgia del ayer y los imprevisibles nubarrones del futuro: reyes, sacerdotes, soldados, campesinos, doncellas abrasándose en el fuego de la carne, enredados en los sarmientos del espíritu, ahogados en las charcas de la fe. Metáforas y alusiones aparte, puede incluso que la perspicacia del peregrino le llevé a observar, además y a ambos lados de las jambas de una portada que muestra un curioso arco lobulado, mudéjar tal vez, esos triples recintos en cuyo centro destaca una pequeña cruz paté, que le recuerden la antigua vigilancia de los custodios del camino; aquéllos, en cuyas iglesias, ermitas y encomiendas solían poner en práctica los signos de reconocimiento sugeridos por el Maestro Roncellín.

Santa Gadea del Cid, antiguo Término y su ermita de la Virgen de las Eras quedan atrás, pero el Camino continúa. Como los colonos americanos en las infinitas praderas, go west: siempre al Oeste.


martes, 4 de agosto de 2015

Bozoo: iglesia de los santos Julián y Basilisa


En los llanos que se extienden en las proximidades de Pancorbo y su peligroso desfiladero, y a apenas a una insignificante distancia de una decena escasa de kilómetros de éstos, un curioso pueblecito, que apenas sobrepasa el centenar de habitantes, Bozoo, muestra, entre los restos bizantinos de una iglesia quizás excesivamente reformada durante el siglo XVI y aún con posterioridad, elementos de ese arcaico y sentido lenguaje anímico que, según algunos cronistas y literatos, iluminaba los corazones de los canteros alto y bajo medievales. Es posible que tan singular nombre, Bozoo, derive de esa palabra, bozo, que se utilizaba antiguamente para designar al cabestro o caperuza que se ponía en la cabeza al ganado de tracción, principalmente bueyes. De ser así, nos indicaría, entre otras, la característica ganadera del lugar. Según Madoz, los restos bizantinos sobrevivientes en esta iglesia, dedicada a las figuras de San Julián y de Santa Basilisa, corresponderían, ni más ni menos, que al siglo IX, con lo cual, no resulta nada difícil hacerse una idea aproximada de la venerable antigüedad de un hábitat, parte de cuya historia está ligada, así mismo, a otra población más grande, y distante menos de dos kilómetros, de la que hablaremos en el futuro: Santa Gadea del Cid, llamada Término antiguamente, a la que no hay que confundir con aquélla otra Santa Gadea, en cuya iglesia de Santiago y Santa Águeda, se produjo el famoso episodio de la Jura del Cid Campeador. Dado que su cabecera y buena parte de la nave, se vieron irremisiblemente implicadas en las reformas a las que se ha hecho referencia, el montante bizantino sobreviviente, quedaría reducido, poco más o menos, a la portada principal, situada en el lado sur, y a un notable ventanal, orientado hacia poniente. Aun afectados, en mayor o en menor medida, por la acción del tiempo y la erosión, cabe destacar, entre los capiteles de dicha portada, la presencia de un elemento que, cuando menos, podríamos considerar poco habitual –evidentemente, no imposible ni tampoco único (1)-, en tal lugar y situación: la presencia de un Cristo crucificado. Un Cristo, cuya cabeza –el desgaste en esa parte, no permite asegurarlo con certeza-, quizás estuviera coronada originalmente, a semejanza de numerosas representaciones plásticas de naturaleza netamente románica. Junto a él, otro capitel nos muestra un bello motivo foliáceo, composiciones y temáticas, que quizás, en la mente del autor, respondieran a la intención de poner de manifiesto ese cíclico relevo cultual, que habría de relegar al estado de paganismo al resto de cultos y religiones anteriores. Aparte de los leones custodios, que parecen deslizarse subrepticiamente por debajo de las basas de apoyo de las arquivoltas –el diseño de rodillos de la principal, parece indicar posibles influencias de origen mudéjar- es difícil, pues su estado de conservación no lo permite, precisar la naturaleza y acciones de las figuras antropomorfas del resto de capiteles situados a la izquierda. Muy deteriorada, también en ésta parte izquierda, se aprecia una columna-atlante, que en origen, bien pudiera haber representado a cualquiera de los santos titulares. Por último, comentar que en el diseño del referido ventanal orientado a poniente, se observan formas geométricas –ondulantes y romboidales-, vegetales, así como ajedrezadas, del tipo denominado como jaqués o jacetano, que sirven de cobertura ornamentística a dos capiteles labrados: el de la izquierda, que muestra a un águila con las alas extendidas y el de la derecha, que nos ofrece una curiosa representación bafomética –entiéndase, comparativamente hablando-, de los tradicionales hombres-verdes, alusivos a los antiguos cultos celtas a la naturaleza.


(1) Otro caso similar, por ejemplo, se puede encontrar en la denominada Puerta del Perdón, de la puntera iglesia de Santiago, en Villafranca del Bierzo, aunque, a diferencia de ésta de Bozoo, su temática está relacionada con otros pasajes de la vida de Cristo, entre los que destacan el sueño y la adoración de los Magos.

miércoles, 22 de julio de 2015

Peregrinando por el norte de Burgos


Una espesa niebla se abate fantasmal sobre el desfiladero de Pancorbo, desprendiendo una ligera llovizna que preludia la llegada de un rocío, cuyas imaginarias lentejuelas plateadas se van acrecentando sobre una hierba que se obstina en sobrevivir en el duro suelo de unos caminos montañeses. Hermanada con uno de los múltiples promontorios que a la luz de la luna adquieren, cuando menos, formas mucho más amenazadoras que a la luz del día, una pequeña espadaña y un sagrado campanil avisan y dirigen al peregrino desorientado de la proximidad de un pueblo –llamado también como el desfiladero bajo el que se asienta-, en el que podrá encontrar cobijo y resarcimiento de las penalidades del Camino...

Este podría ser el comienzo de una de las muchas historias, a cual más amena y fantástica, que se pueden vivir en ésta zona, lindante con Álava y La Rioja, donde las rutas no son fáciles para el peregrino, pero la experiencia, a modo de compensación, puede resultar, después de todo, sumamente gratificante, toda vez que a la espectacularidad de unos paisajes verdaderamente arrobadores, se suma la contemplación de una serie de monumentos históricos, artísticos y religiosos, que incluso desde la más miserable ruina a la aparentemente más sencilla ermita rural pueden ofrecer claves de intenso conocimiento, muchas de ellas inesperadas e incluso poco conocidas en general. Es, en ese misterioso terruño de la Vieja Castilla, donde el peregrino e incluso también el curioso o simplemente el viajero, puede encontrarse con ascetas orientales –tipo budas o brahmanes, al lado de sapos, espárragos y peces-, como parte de la ornamentación de una iglesia románica; o toparse con otra Santa Gadea del Cid, que poco o nada tiene que ver con la del famoso episodio cidiano, en cuyas afueras podrá contemplar, no obstante, una hermosa ermita románica dedicada a una figura mariana de curiosa advocación, la Virgen de las Eras, y algunos kilómetros más allá, un monasterio que ha perdido su primitiva belleza, pero cuyo nombre –de La Espina-, está ligado no sólo a la historia de una legendaria aparición mariana, que vendría a sustituir, como el caso de la mencionada de las Eras, los antiguos cultos precristianos del lugar, probablemente dedicados a la figura de la Gran Diosa Madre –también en ocasiones representada en capiteles que suelen confundirse con la lujuria, por las serpientes que maman de los pechos- en muchos casos, sino también a profundos significados alegóricos no desconocidos para todo peregrino: como son sacrificio, iniciación y conocimiento. O las rústicas pero sugerentes, simbólicamente hablando, aves que coronan el tímpano de la pequeña iglesia de Bortedo; la arruinada iglesia de Encío, elevada en solitario sobre una colina, bajo la advocación de dos santos, médicos y gemelos, como son Cosme y Damián; la no menos significativa ermita de la Virgen del Castro –cuyo nombre ya indica el lugar sobre el que se eleva-, en Momediano, a cuyos canecillos, habrá que prestar una especial atención…

En fin, un pequeño viaje peregrino por los confines de Burgos, visitando lugares que, alejados y dentro o fuera de las rutas tradiciones de peregrinación, no sólo merece la pena conocer, sino que, además, invitan a la reflexión y la especulación. Se inicia, pues, una nueva etapa.



lunes, 6 de julio de 2015

Sirenas del Gran Estanque


Siguiendo con ese aparente, inadvertido pero simbólico triunfo del paganismo, y sin dejar, al menos por el momento, esa genuina magia de atracción del agua y sus criaturas asociadas, bueno es detenerse un instante y pensar en aquéllas historias cantadas por los grandes bardos del Camino. Uno de ellos fue, qué duda cabe, ese inquieto y viajero cronista mindoniense, Álvaro Cunqueiro –aquél, que entre su prolífica prosa, dio vida a la fascinante novela Merlín y familia, ambientada en su maravillosa Galicia-, a través de cuyas crónicas y reflexiones, uno siempre recuerda que el Camino –y vuelvo a insistir en lo que ya comentara anteriormente, con respecto a las fuentes-, es un lugar de encuentros insólitos, de sucesos prodigiosos y de señales más o menos certeras, donde recuperar la venerable mediatidad de los viejos mitos que siempre han acompañado a la humanidad como una segunda sombra. Tan antiguo como los mitos de la Creación, el tema de las sirenas, así mismo, ha despertado siempre las más encontradas de las fantasías, hasta el punto de que hombres ilustrados, como el padre Benito Feijoo –que independientemente de que sea discutible, la credulidad no tiene por qué ser sinónimo de ignorancia o de tachón cultural-, creía en ellas a pies juntillas, cual Ulises cuyos oídos se hubieran dejado eternamente encandilar por la pasión generada por sus embriagadoras e irresistibles canciones. Pero no deja de ser simbólicamente fascinante el tema, además –porque de hecho, recoge uno de los interminables mitos asociados a ese arte tan afín a los caminos, que fue el románico, que tanta pasión genera hoy en día, pero que tan vilmente ha sido vapuleado por la incomprensión y la ignorancia a lo largo de los siglos-,  si lo meditamos bajo el punto de vista de esa visión de Cunqueiro, cuando nos habla de la encantada Ayfir, sirena del agua, y nos plantea, a continuación, la pregunta clave del origen del mito: ¿no se llevará agua al aire, para morar allá esos siete años en que es como ave ? (1). Llegados a este punto, reconozco que no soy muy peregrino en mi ciudad –quizás sea mejor profeta en tierra ajena-, aunque no obstante, sí es cierto que en ocasiones, dejando el hatillo en casa pero colgándome las cámaras al hombro sin más compañía que mis más fieles compañeros de camino , que no son otros que la pluma y la libreta, me acerco hasta ese rincón donde habita la fantasía, el parque del Retiro –creo que nunca un nombre ha sido más apropiado para un parque, si exceptuamos aquél otro del Capricho, donde la nobleza madrileña saciaba su hambre de fantasía a golpe de talonario-, y acercándome hasta el Gran Estanque, contemplo melancólico a aquéllas desgraciadas sirenas que una maldición convirtió en bronce para toda la eternidad. Y cuando esto ocurre –tachesemé si se quiere de costumbrista-, recuerdo que, observando su infinita tristeza, siempre me hago la misma pregunta: ¿no será por añoranza a esa libertad absoluta que tenían cuando fueron aves?.


(1) Álvaro Cunqueiro: 'Los otros caminos', Tusquets Editores, S.A., 2ª edición, Barcelona, julio de 2004.

sábado, 4 de julio de 2015

Fuentes, las aguas del Paganismo


Decía Campoamor, refiriéndose a esas peculiares ninfas de las aguas, que son las maravillosas y encantadoras xanas asturianas -donas d'aigua en la vecina Galicia-, aquello de ¡ay del que va en el mundo a alguna parte y se encuentra a una rubia en el camino!. Y es que el Camino -sígase o no en dirección a los principales santuarios de la cristiandad, cuyos itinerarios Coello comparaba, según fuera el tipo de iniciación pretendida por el neófito caminante, con los distintos palos de la baraja: oros, copas, espadas y bastos-, ha sido siempre, es y continuará siendo, el mejor escenario en el que darse de bruces con los encuentros más extraños, con las casualidades más casuales o cuando menos, el vehículo más apropiado para recalar en esos pequeños microversos tradicionales que formaban parte de unas creencias tan arraigadas en los pueblos y culturas que nos precedieron, los cuales, reconvertidos en símbolos, ritos, mitos...y modas, han acompañado siempre a la humanidad en la más fabulosa de sus aventuras: la de vivir. Pero hablar de aventura, de caminos, de mitos, de símbolos y de creencias no se reduce únicamente a aquéllas experiencias foráneas al entorno en el que habitualmente vivimos y nos desenvolvemos. Por el contrario, no es difícil tropezarse continuamente con ellos en nuestra vida cotidiana, sobre todo si tenemos la suerte -o la desgracia, según se mire, que en el fondo se suele añorar cualquier sitio menos en el que se vive-, de vivir en una gran urbe. Dioses y Diosas de los panteones precristianos, que vigilan continuamente ese trabajosa locura en la que nos desenvolvemos, acostumbrados a mirar sin verlos, ingrávidos y regios en sus divinas monturas, como Cibeles y Neptuno; o la Osa, elevadas sus patas delanteras sobre el madroño, que posiblemente sea la misma que busca el peregrino en los cielos y que le indica el camino de Compostela, que revive en el escudo y en el km 0 de Madrid, la vieja historia de aquélla otra que, golosa, intentaba en vano acceder al panal que se ocultaba dentro de la boca del león desquijado por Sansón. Pero de entre todos estos restos de sabias y antiguas sabidurías, sobresalgan, sobre todo en las épocas de estío, aquellas pequeñas deidades que coronan, viven y protegen las fuentes: esas xanas o donas d'aigua a las que nos referíamos al principio, eternas en su piel de blanco mármol cuya canción, acompañada por el sonido titilante del agua al deslizarse en caída libre a través de los grifos, siempre nos atrae y nos recuerda, queramos o no reconocerlo, que nunca murieron del todo; que los sanmartines dumienses no consiguieron erradicar su recuerdo y que estando ahí, luciendo su misteriosa hermosura a través de los años no puede, sino, hacerme pensar, no obstante y a pesar de todo, en el triunfo final del paganismo.


martes, 23 de junio de 2015

Una visita a la catedral de Calahorra


‘Hacia los confines de la Rioja por la parte de Navarra, encuéntrase la antiquísima ciudad de Calahorra, cuya fundación, como la de otras muchas de España, se pierde en la oscuridad de los tiempos…’ (1)

De esa oscuridad de los tiempos, como afirmaba el anónimo cronista del Semanario Pintoresco, piensa el peregrino que proceden aquéllos otros afluentes legendarios que, lejos de la naturalidad de esos dos grandes ríos que besan sus lindes –el Ebro y el Cidacos-, enturbian con anacrónico dramatismo los charcos floridos en cuyo limo reposan su sueño eterno las más variopintas de las historias y leyendas. De camino a la catedral, que se eleva –según se comenta, se rumorea o se afirma- sobre el sitio donde fueron sacrificados sus santos Patronos –Emeterio y Celedonio, santos gemelos cuyos relicarios o cabezas bafométicas ocupan un lugar destacado en el altar-, imagina el peregrino las escenas de valor desesperado de los antiguos habitantes calagurritanos, cuyas hazañas libertarias quedan resumidas, no obstante, en esa fascinante figura femenina, émula de las grandes matriarcas de la antigüedad íbera, que se conoce con el nombre de la Matrona de Calahorra y cuya estatua se distingue, orgullosa y firme en su pedestal cercano al Parador Nacional, por mantener firmemente empuñada una espada corta en una mano y el brazo cortado de su enemigo en la otra. La catedral, obviando por costumbrismo los diferentes estilos, en los que, si los hubo, brillan por su ausencia los románicos -que aun sucumbiendo a los tiempos, las modas y los hombres dejaron algún que otro recuerdo en los templos de la ciudad-, ofrece, al menos en la opinión del peregrino, un conjunto temático cultural, no exento, en modo alguno, de detalles e interés. Tal vez, el primero de ellos radique en los ángeles trompeteros u apocalípticos, que allá, en su portada orientada al norte, mantienen esos antiguos patrones compostelanos, bien localizados en la portada de Platerías de la catedral de Santiago. O en ese pila bautismal que llama la atención apenas se entra en el sacro recinto; una pila gótica, de ocho lóbulos y dos metros de diámetro que marca, según la tradición, el lugar exacto en el que fueron martirizados en el año 300, durante las famosas persecuciones de Diocleciano, los mencionados Emeterio y Celedonio. Ese metafórico viaje en el tiempo al que invitan las formidables colecciones artísticas, de diferentes épocas y estilos, en las que una genuina diversidad de autores, consagrados en diferentes escuelas, ofrecen, sin embargo, un atisbo de pensamiento heterodoxo en esos detalles, que generalmente pasan desapercibidos, interpolando con símbolos, nombres, gesticulaciones y elementos ajenos pero aparentemente inocentes en su exotérica beautitud, afín a sus encargos neotestamentarios, parte de lo que bien se podría considerar como su contribución particular en favor de una corriente gnóstica sumergida, oculta y desde luego peligrosa en las mismas barbas de la temible Inquisición. Como digno de atención, por más detalles, le parece al peregrino la magnífica talla románico-gótica de un Cristo, denominado como de la Pelota, que formaba parte de un antiguo Descendimiento y que trasladado en 1638 a una capilla propia, está asociado –como la Patrona de la Rioja, la Virgen de Valvanera- a una curiosa leyenda que cuenta que el brazo se le desclavó milagrosamente para señalar al culpable de un asesinato. Pero obviando estos detalles, el peregrino no puede ocultar su inesperada y a la vez placentera sorpresa cuando descubre el deambulatorio, de forma octogonal que, como en el caso de la ermita del Santo Cristo de Briones, o de Santa María de Eunate, o de Torres del Río, o de la Vera Cruz de Segovia, o incluso como señalan algunas fuentes al mal denominado claustro de San Juan de Duedro, son una clara referencia hierosolimitana al Sepulcrum Domini…

En fin, misterios de una tierra legendaria: misterios de La Rioja.


(1) Semanario Pintoresco Español, J,A., 6 de agosto de 1854.

sábado, 30 de mayo de 2015

El Vino de los Salvadores



Posiblemente no sea de Carrara, pero sí parece tener un hálito renacentista, cuando no de fría palidez en su marmórea constitución. De proporciones perfectas, su latina cabeza, levemente girada hacia el oeste, observa con mirada pícara la copa griálica que mantiene alzada en su mano derecha, y de reojo, posiblemente a hurtadillas, mira también hacia una ciudad, Briones, que duerme el sueño de los justos, embriagada su tierra con la savia sanguina que alimenta sus inmemoriales cepas. No obstante apoyado en el tronco de una de ellas, árbol de la vida o columna primordial –no sabría decir en este caso, si de nombre Jakim o Boaz-, da la espalda a San Vicente de la Sonsierra, donde en la Edad Media muchos de los caballeros que partían en la trascendente aventura de la demanda del Santo Grial se purificaban en las aguas de su parroquial, dedicada a la figura de Santa María de la Piscina. De su singularidad solar, no sólo da fe esa melena ensortijada de efebo afortunado y eternamente joven, sino también la piel de león que porta sobre los hombros y le cae sobre la espalda como la capa de un sobrenatural milite, aunque nada tiene que ver ni con Daniel ni tampoco con el poderoso Sansón, referentes posteriores, que tanto protagonismo tuvieran en el simbolismo de ese Arte afín al Camino y sus caminantes, que es el románico. Observándole, me permito la licencia de pensar que como Adán o como Eva –lo que no termino de entender, es que si se acepta generalmente que el árbol del bien y del mal fue un manzano, por qué tanto antagonismo entre la hoja de parra y la de higuera para cubrir vergüenzas- la hoja de parra suple el engorro textil para tapar un sexo que, al contrario del de los ángeles, está generalmente bien definido, independientemente de cualquier otra obscena consideración que, de cualquiera manera, según dicen, merma cuando se abusa en exceso del líquido ardiente que está a punto de llevarse a los labios.

Aunque nació del vientre de la Tierra –su madre conocida, según dicen, fue Minerva-, y fecundado por su padre el Sol, alguna familiar relación debe de guardar también con el matusalénico Noé, el babilónico Unapishtin, de quien se dice que fue el primero que plantó un viñedo cuando las aguas del Diluvio Universal volvieron a su cauce y de hecho, se convirtió, conditio sine quanum, en el primer Genarín de la Historia, toda vez que se excedió probando su fruto destilado, creando, resulta más que objetivo suponer que sin presumible intención o conciencia de ello, la primera bebida sagrada de la Humanidad; aquélla que, siendo vino también, denominan Soma en otros lugares del mundo, como la India, y que de alguna manera le tomó el relevo al alimento primordial de los dioses, aquélla encantadora pero a la vez peligrosa casita de gnomo, consumida -eso sí, en proporciones adecuadas- por los chamanes primitivos, que sabían perfectamente con lo que estaban jugando y al que –bueno es avisarlo a tiempo- en la actualidad llamamos, con todo tipo de pompa y circunstancia –que las lenguas muertas, por muy latinas que sean, siempre son sinónimo de intelectualidad-, amanita muscaria. Por si no lo han adivinado, llegados a este punto de la presente narración, estamos hablando de Baco. O mejor dicho, para adecuarlo al título que precede a ésta crónica, de Soter. Es decir, nombre que una vez traducido a esa vulgata latina que en cualquier caso es la lengua castellana y para que todos nos vayamos entendiendo, significa Salvador.

De Tierras, Salvadores y Vino, me resulta difícil no pensar, en el momento en el que escribo estas líneas, en dos regiones muy particulares de este interesante caldero de antiguos y sabrosos néctares que es el terruño hesperio de Gárgoris y Habidis: La Rioja y Palencia. Sobre todo, si tenemos en cuenta que fuera posiblemente en cualquiera de ellas, donde naciera el popular refranillo:  aquel que de buena ley afirma, cuando no a su vez confirma, que con pan y vino se anda bien el Camino, como saben y podrán refrendar perfectamente todos esos esforzados arrieros de la fe y la cultura, que son en el fondo todos o casi todos los peregrinos. Posiblemente muchos de éstos, hayan pasado por Briones y visitando el Museo de la Cultura del Vino de la Dinastía Vivanco, hayan recalado en los jardines que llevan su nombre, Baco. Y sugerir por sugerir, quizás también, fijándose en el otoño pintar tonos de gloria en el color de la hoja de parra moribunda, se hayan preguntado, como se preguntó servidor, si ese futuro vino llevará también incluido el aroma del olvido, el sabor de la nostalgia y el espíritu del recuerdo. Porque recordar, dicen que cuando menos, es volver a vivir. Y recordando o reviviendo, no puedo dejar de pensar en la curiosa paradoja palentina, que me recordó la visión de este Baco-Salvador con aquélla otra, visiblemente más dolorosa y cruel, de un Jesús-Salvador, crucificado en una cepa, posiblemente atacada de otoño también y que apenas conocido fuera de los ámbitos de la iglesia-museo de Santiago, en la ciudad de Carrión de los Condes, se conoce y venera como el Santo Cristo de la Cepa y la Salud. Una talla que, si bien puede que no sea única, sí resulta cuando menos significativa, cuya añada y elaboración se remonta al siglo XVI, figurando su denominación de origen en el taller de Isidro de Villoldo, que fuera, para más señas, discípulo de Alonso Berruguete. Por eso, al igual que ya hicieran algunos años los integrantes del Nuevo Mester de Juglaría –que Castilla siempre ha sido tierra de pan y vino, pero también de excelentes juglares-, yo también quiero cantarle al vino que nace de la tierra, madura en la bodega y muere en la taberna. Porque, si bien es cierto que el Vino es Cultura, no es menos cierto que, así mismo, es Historia, es Espíritu y, ¡qué duda cabe!, es Religión.

[Publicado por primera en el número de Noviembre de 2014 de la Gazeta del Glorioso Mester de la Picardía Viaxera]


lunes, 25 de mayo de 2015

Briones


El camino continúa y una vez dejados atrás los interminables llanos castellanos, las agridulces historias caballerescas de don Lope y el humilde encanto mudéjar de los templos olmedinos, el peregrino encamina sus pasos hacia otra tierra legendaria, conocida en el mundo entero por la brillantez del tesoro magenta que brota a borbotones de las venas de su afortunada tierra: La Rioja. A un lado quedan, también, los místicos montes, quebradas y desfiladeros del norte de Burgos –la proximidad del desfiladero de Pancorbo, acerca al recuerdo del peregrino la emoción de viajes anteriores-, así como la cercanía de otra tierra no menos mítica, Euskalerría, y una llanada, la alavesa, cuya sanguina savia comparte protagonismo, cuando no rivalidad, con la anterior. Rioja Alta. El primer punto de destino es una ciudad, Briones, sobre cuya génesis corren innumerables fuentes de agridulce sabor que confluyen en el sarmentoso mar de la Historia. No en vano, vista en su conjunto desde la distancia –por ejemplo, a la altura de uno de sus complejos bodegueros más reconocidos, las Bodegas Vivanco-, el casco histórico de Briones, elevado sobre un montículo, como sus precedentes, los antiguos castros, semeja un pequeño y somnoliento baluarte varado en un espacio-tiempo netamente medieval. Destaca, asentada por encima de las antiguas murallas, hacia la izquierda y orientada al este, el atractivo diseño de la ermita, de planta octogonal, del Santo Cristo de los Remedios –y de hecho, bastante similar, en líneas generales, a la ermita de la Vera Cruz de Sigüenza-, levantada en el siglo XVII sobre las ruinas de la antigua iglesia románica de San Juan Bautista, y en cuyo interior, aparte de la venerada talla del Cristo doloroso y el recuerdo a una Virgen Negra por excelencia, la de Guadalupe, el peregrino tiene ocasión de encontrarse con otro venerable personaje, estrechamente ligado al Camino de Santiago: Santo Domingo de la Calzada. Más orientada hacia el centro del casco histórico y situada junto a la Plaza Mayor y el Ayuntamiento –antigua casa palacio del siglo XVIII, que en su momento perteneció a los Marqueses de San Nicolás, en cuyo escudo, puede apreciarse la significativa figura de un árbol a cuyo pie permanece un fiero dragón alado, así como también el lirio o flor de lis-, destaca la impresionante mole de la iglesia-colegiata de Santa María, también conocida como de la Asunción, en cuyo interior, soberbio y pintado sobre uno de los lienzos de la nave, el gigantón Christóforos o San Cristóbal, recuerda, como un aviso de atención a navegantes, el mismo servicio a Cristo que el que ya prestara Hércules anteriormente a Dionisos. Como si del bauceant templario se tratara –comparativamente hablando-, luz y penumbra guardan el sueño carismático de una Virgen Teothokos, la de la Estrella, que reina eternamente sobre el Retablo Mayor, no muy lejos de una monumental escultura ecuestre de Santiago, o de los artísticos cenotafios que guardan los sepulcros de algún relevante miembro de la poderosa familia Mendoza, junto a las alegorías, henchidas de referencias paganas –como en la catedral de Astorga, lugar de obligado paso también del peregrino-, que entre míticas ramas y otras yerbas de guardar, conforman el dintel de acceso a las diversas capillas. Alegorías, sobre todo en cuanto a referencias a los antiguos cultos –recordemos, que el Cristianismo ya se consideraba sucesionista desde los tiempos de los primeros Papas- presentes en los numerosos hombres-verdes que, por ejemplo, también en el frontal del coro comparten protagonismo con un apostolado que juega con el lenguaje de los símbolos en base a los objetos o utensilios que les caracteriza. Simbolismo, no ausente, en modo alguno, tampoco en esa magnífica pila bautismal –probablemente de origen románico tardío o gótico-, que se custodia en la capilla del Santo Cristo, junto con dos objetos que ya comienzan a verse poco: los bustos-relicario que, como su nombre ya da a entender, en algún momento contuvieron –o quizás, todavía contengan- algún santo resto capaz de arañar la fe y el corazón de los creyentes. Pero probablemente, lo que mejor defina, tanto a La Rioja como a ésta ciudad, sea esa fantástica pintura a escala gigantesca, que viajeros y peregrinos se encuentran al entrar en la ciudad: una magnífica Copa o Grial, de donde brota, como un torrente irresistible, la vida, la abundancia y la prosperidad en forma de una carismática ciudad: la propia Briones.



Recuerdos de un Peregrino: Briones, 18 de octubre de 2014.


domingo, 10 de mayo de 2015

Olmedo


'Tengo el morir por mejor,
Tello, que vivir sin ver...' (1)

Perverso dilema éste, con el que don Lope de Vega y Carpio, audaz en su papel de dramaturgo de ángeles y demonios, nos tienta en labios de un enamorado don Alonso, caballero de antiguas caballerías y de apellido inmortalizado en una ciudad, Olmedo, cuya conciencia histórica se debate entre un alma castellana y un corazón mudéjar. Un corazón antiguo, que late, fluye y bombea dardos apasionados entre las sombras chinescas que al anochecer se abaten como alas de murciélago en esa parte de palacio que da a la calle Abrazamozas -¿recuerdo, quizás, de antiguas citas; de espinas de rosa, de capa y acero templado en las fraguas de los filtros de amor?- que desemboca en ese preciso lugar donde la perfección del octógono protege el santuario de una Astarté olmedina: la Soterraña. Junto a ella, San Miguel, intra y extra murallas que, a falta de soldadesca, olvidadas las antiguas glorias de Tarik, cautivo, desarmado y deshecho el ejército godo, estandartes blanquinegros vuelven a asentarse en sus torres desmochadas. Son las emisarias de la Diosa, aquéllas que llevando sus beauceant -perdón, sus colores-, como bien sabe ese sabio conservador de mitos que es el pueblo, verás por San Blas. Haylas, como las meigas celtiñas, también en Santa María la Mayor, enfrente de la Casa Consistorial -antiguo convento mercedario, curiosa orden de origen catalán, creada en el siglo XII con el fin de liberar cristianos prisioneros, que luce los colores condales en su escudo y una pequeña cruz paté, ¡toma ya!, y con cuya presencia este peregrino lleva varios encontronazos en su camino, el último en el monasterio pontevedrés de San Juan de Poyo- y del antiguo hospital de San Nicolás. Vénse también en San Andrés, gloria mudéjar cuya nave tiembla al aire libre mirando, quizás las mismas estrellas que sigue el peregrino y en su ábside el glú-glú de las palomas resuena como los antiguos misereres de los monjes; y en San Juan, con su cimborrio octogonal que, aunque en activo, su sagrada constitución conoció tiempos mejores. Los silenciosos soportales, cuyas vigas cristobalinas soportan la cristófora Casa de la Villa. Y algo más allá, en su gótico amaneramiento, la Casa del Reloj y el Real Posito, actualmente reconvertido en Biblioteca Municipal. Es noche cerrada cuando el peregrino recala en Las Mesnadillas, la vieja posada que se remonta al Siglo de Oro. Marcial, el posadero, ha echado un buen leño en la chimenea y al arrullo del grato calor, el cansancio del peregrino se vuelve de color magenta, como el último trago de vino. Antes de dormirse, y mirando ese rayo de luna que se cuela por un resquicio de las cortinas de la ventana, el peregrino sólo logra murmurar: ¡Ay, don Alonso: que la poesía, el misterio y el camino -que no la mediocridad- sean por muchos años armas cargadas de futuro.


(1) Lope de Vega: El caballero de Olmedo.

martes, 5 de mayo de 2015

Olmedo: Parque Temático del Mudéjar de Castilla y León


Barcelona y su magia quedan atrás. Pero en la mente inquieta del peregrino resuenan, como un eco profundo y lejano, las misteriosas palabras de un filósofo francés, Paul Elouard, quien dejó escrita para la posteridad aquélla famosa frase de: hay otros mundos, pero están en éste. Uno de esos mundos, como bien saben los peregrinos y viajeros que se desplazan infatigables por los interminables llanos castellanos -o inclusive, aquéllos otros que lo hacen por tierras del antiguo Sobrarbe, término con el que se denominaba en la Edad Media al antiguo Reino de Aragón-, es una parte muy particular de un estilo artístico afín al Camino, el románico, que contando con alarifes de origen árabe como mano de obra principal, no sólo dejó una imborrable huella cultural de índole hispano-musulmana, sino que también, en el terreno económico, abarató los costes, llegando a sustituir la piedra -no siempre las canteras estaban en las proximidades, con la consiguiente dificultad y encarecimiento de su transporte- con elementos más livianos y fáciles de conseguir, como es el ladrillo. Más austeros y menos prolíficos en cuanto a ornamentación, es cierto -recordemos, no obstante al respecto, que los musulmanes tenían estrictamente prohibido la reproducción de imágenes- pero más livianos, no menos complejo en cuanto a geometría sacra aplicada y en cierto modo, armónicos y elegantes en su conjunto, los templos de constitución mudéjar siempre se han visto relegados a un inmerecido segundo plano. Tal vez por ello, así como por el planteamiento, honesto de cualquier manera, de explotar los aspectos culturales e históricos de unos templos, que después de todo, constituyen una excelente herencia patrimonial, Olmedo -la Villa de los Siete Sietes (1)-, acoge, seguramente para acrecentar aun más la fama de ciudad ejemplo del glorioso Siglo de Oro español, conocida mundialmente gracias a la prolífica pluma de uno de sus más insignes escritores, don Lope de Vega y Carpio, un pequeño tesoro de esparcimiento lúdico-cultural que, reproduciendo con una asombrosa perfección parte de los principales templos (2), castillos (3) e incluso algún edificio civil (4) de esa herencia mudéjar castellana, constituye una pequeña delicia para los sentidos: el Parque Temático del Mudéjar de Castilla y León.


(1) Se la denominaba así durante la Edad Media, porque poseía siete pueblos en su alfoz, siete arcos de entrada, siete iglesias, siete conventos, siete caños o fuentes y siete casas nobles.
(2) San Salvador de Toro (que fue del Temple), San Pedro de Alcazarén, la Asunción de Muriel de Zapardiel, San Tirso de Sahagún, San Andrés y San Miguel de Olmedo, San Juan Bautista de Fresno el Viejo, San Boal de Pozalvez y la Lugareja de Arévalo.
(3) Los de Coca y la Mota.
(4) Las puertas de Medina y Cantalapiedra (Madrigal de las Altas Torres, Ávila), el Palacio de Pedro I (Astudillo, Palencia) y el Arco de San Basilio (Cuéllar, Segovia).

miércoles, 29 de abril de 2015

Mágica Fuente de Gracia


La Fuente de Gracia o la Fuente Mágica de Montjuic. ¿Qué importa el Nombre?. Sólo importa la visión. Sólo importa el recuerdo. Sólo hay que dejarse llevar. Dejar que fluya el sentimiento a través del dulce vals que bailan al unísono el Yin y el Yang, el Agua y el Color. Querer seguir en el mundo, pero con el tiempo detenido: un segundo, una eternidad, un suspiro pero nunca un adiós. O mejor aún, tal y como dijera Unamuno en sus versos, pensar que el Ayer es Todavía y es Hoy y también es Mañana: Nocturno el río de las horas fluye desde su manantial que es el mañana eterno... Sobran las palabras. Yo sólo sé que Barcelona era una Fiesta.


lunes, 27 de abril de 2015

Tibidabo: el Sagrado Corazón


Hay algo de occitana resonancia en ese sonoro nombre, Puig de l'Áliga o Cerro del Águila, con el que antiguamente se denominaba al pico más alto de esa sierra de Collserola, cuyo nombre actual, Tibidabo, recuerda -o así lo creen muchos-, a aquél otro lugar de Tierra Santa donde el Diablo -posiblemente el mismo fatigado y melancólico con largas horas taciturnas que describía Apollinaire, y que posiblemente inspirara también el Mefistófeles de Goethe-, fracasó en sus pretensiones de tentar a Cristo. Desde luego la comparación, lejos de ser gratuita, le viene al pelo a un lugar que, como aquél sacromonte tentationis, despliega una inconmensurable visión a sus pies. Tal vez por eso, para alejar espíritus perversos, o quizás, para no permitir que los dioses volátiles de los antiguos cultos volvieran a campear por sus respetos amenazando a la católica, apostólica y romana doña Cuaresma, se decidió levantar en su cima, a principios del siglo XX, otro templo de filiación modernista -su padre fue Enric Sagnier i Villavecchia-, que a menor escala, pero sin duda influido por los cercanos bocetos del no en vano calificado como arquitecto de Dios, Antoni Gaudí, y posiblemente mirando de reojo al corazón de las angustias de la parisina Montmartre, pretendía incidir también, en la remisión del hombre a través de otro Templo Expiatorio: el del Sagrado Corazón. Un templo expiatorio que, al igual que el templo expiatorio por antonomasia, la Sagrada Familia -posiblemente, en cuanto a visitas anuales y admiración, incluso más popular aún si cabe que el del Apóstol- vuelve a recordarnos, con todo lujo de símbolos -el que tenga ojos, que observe la portada principal- una gran verdad que ya conocían los constructores a lo largo de la Historia: de la caverna a la catedral. Y como en tantos otros elevados sobre lugares jupiterinos, una cuando menos significativa presencia: la Virgen Negra. Claro que, en éste caso, no podía ser otra más que la Reina de Catalunya: Nª Sª de Montserrat.


lunes, 20 de abril de 2015

La Casa del Cuatre Cats y el Ángel del Progeso


La visita del peregrino a la Ciudad Condal va tocando a su fin. No obstante, como si de un viaje iniciático se tratara -a fin de cuentas, qué viaje no lo es-, es consciente de que hay lugares muy especiales sobre los que centrar la atención, que al igual que los diferentes santuarios del Camino -o mejor dicho, de los Caminos-, merecen, cuando menos, una mínima atención. Dos de tales lugares, complementarios, en realidad, de los anteriores, por cuanto focos, también, de sabiduría, en cuanto a su genuino y sorprendente simbolismo, son la notable Casa dels Cuatre Cats y la no menos emblemática estatua de la Fuente del Genió Catalán, también conocida como el Ángel del Progreso.

La Casa dels Cuatre Cats

No deja de ser, curiosamente interesante, que tanto un establecimiento hostelero como el edificio que lo alberga, se ubiquen en una calle cuyo nombre, Montsió -Monte Sión-, contenga una carga tan importante de referencias simbólicas, algunas de ellas, relacionadas con un auténtico y legendario objeto de poder que, aunque supuestamente perdida durante los oscuros años de la invasión musulmana, se supone todavía convenientemente oculta en algún lugar de la Península Ibérica: la famosa Mesa o Tabla de Salomón. De manera, que en ente venerable, urbanita y condal Monte Sión, comparativamente hablando, vio la luz, en 1896, parido con la gracia del romanticismo y de la imaginación, un edificio de claro aspecto neogótico, tan relacionado con ese nuevo movimiento modernista o Reinaixeça que, sin embargo, se caracterizaba en parte porque miraba hacia la belleza del pasado con ojos de futuro. Contemporáneo del Maestro Gaudí, el Maestro Cadafalch -padre prolífico que también lo fue de la magnífica Casa Ametller-, pronto sus bajos habrían de hacerse notoriamente famosos cuando un año después, el 12 de junio de 1897, uno de sus primeros padrinos -Pere Romeu i Borrás-, abrió para el público de la época un establecimiento hostelero que, basándose en el glamuroso Le Chat Noir o El Gato Negro parisino, recogía lo mejor de la tradición francesa en cuanto a locales ambientalmente bohemios que recogían, en conjunto, la magia de la cervecería, el restaurante y el cabaret. No es de extrañar, pues, que durante los seis años que se mantuvo abierto, supusiera una auténtica referencia para la flor y nata de los intelectuales del referido modernismo catalán. Hoy en día, aunque con notables diferencias, el Cuatre Cats continúa desarrollando su labor de restauración.


La Fuente del Genio Catalán o el Ángel del Progreso

Similar, en cuanto a ese aire de arcana cuando no melancólica bohemia, la Fuente del Genio Catalán, más conocida, posiblemente y en base a la figura que la corona, como el Ángel del Progreso, muestra otro de esos inesperados fascícula sapientiae de simbología, que en ocasiones suelen pasar desapercibidos, confundidos con el espejismo monumental del conjunto. Tal vez no sea casual, tampoco, que en éste, su emplazamiento en la Plaza del Palau, el esbelto, luciférico o quizás mejor, prometeico ángel que sujeta una estrella de cinco puntas sobre su cabeza a modo de real corona -similar a aquél otro, mucho más melancólico, desde luego, que custodia doliente una vieja tumba agraciada con el orín de los años, situada en el cementerio anexo a la iglesia soriano capitalina de la Virgen del Espino, no lejos de donde reposan los restos mortales de Leonor, la primera esposa del insigne poeta Don Antonio Machado-, mire con nostálgico deseo hacia el cercano obelisco en cuya cima Colón, el Gran y cada día más desconocido Almirante, señala con su dedo el puerto de Barcelona y esa aguerrida mar océana, cuya travesía mató a las fantásticas criaturas que poblaban la imaginación medieval -otro mar de sentimientos y temores, al fin y al cabo-, dejando completamente obsoleto el supersticioso non plus ultra de los pendones marineros. No es de extrañar, hablando de referencias, pendones y blasones que en el frente del pedestal, camuflado entre las vigilantes cabezas de león de cuyas bocas sale un chorro de agua representativo -según dicen- de los cuatro ríos más significativos de Catalunya -como los del Paraíso: el Ebro, el Segre, el Llobregat y el Ter-, el antiguo lema de la rancia y milenaria familia asturiana de los Kauros, Coiros o Quirós -después de Dios la casa de Quirós-, sorprenda al observador, pues no en vano, la fuente está dedicada a la memoria del que fuera Gobernador General: Francisco Bernaldo de Quirós, marqués de Campo Sagrado, promotor de la traída a la ciudad de las aguas procedentes de la Sierra Moncada. Curiosamente, a los pies del ángel, se observa un ancla. Y unidas a ella, unas cadenas cuyas argollas están cerradas sobre los picos de las alas, quizás sugiriendo que genio -catalán o no- y progreso, como el vino, deberían tomarse o ejecutarse con prudencial moderación. Después de muchos avatares y desperfectos -incluidos los de la Guerra Civil-, el monumento fue restaurado por Frederic Marés. Aquél Marés, precisamente, que en 1946, fundó uno de los museos artísticos -con expolio o sin él- del mundo: el Museo Marés.


viernes, 13 de marzo de 2015

El Park Güell


No sólo se trata de uno de los lugares más alucinantes y mediáticos del monumental conjunto histórico-artístico de una extraordinaria ciudad, como es Barcelona, sino también, de un lugar del Espíritu de primer orden. Su extraordinaria disposición, su incipiente telurismo, y el detalle de que nada está dejado al azar, sino que, por el contrario, en su diseño se tuvo en cuenta una de las uniones más perfectas con el entorno natural sobre el que se asienta -parte fundamental en el pensamiento gaudiniano-. hacen de ésta inconmensurable obra del genial arquitecto catalán Antonio Gaudí i Cornet, uno de los lugares más atractivos y espirituales no sólo de Cataluña y la Península Ibérica en particular, sino del mundo en general. No es de extrañar, en este sentido, que haya autores que, aun exponiendo sus teoría en obras de ficción (1), observan ciertas semejanzas con las antiguas artes arquitectónicas orientales, empleadas mayoritariamente por chinos y japoneses hace milenios, donde el concepto fundamental de Armonía -recordemos, que este concepto formaba parte también de los fundamentos primordiales de las arquitecturas románicas y góticas de la Edad Media occidental- equilibraba las frágiles balanzas entre dos fenómenos muy singulares que no debería de ser, en modo alguno, antagónicos: Arquitectura y Entorno. Lo notable del caso es que, con o sin conocimiento de dichas técnicas y artes milenarias, Gaudí, no obstante atrevido, propuso, en la disposición y características de este inconmensurable lugar, una ruptura simbólicamente contestataria, cuando no revolucionaria, que atacaba, con su filosofía de retorno a la naturaleza y respeto del entorno -fuera por encargo de las clases pudientes de la sociedad de la época, pero sentando también, después de todo, aquello que podrían considerarse como los pilares, cuando menos, del ecologismo-, los entramados de un mundo que se debatía en las heridas abiertas por una Revolución Industrial que provocaba en la Tierra las mismas heridas que los romances medievales del ciclo del Grial atribuían a Amfortas, el Rey Pescador.

Sensaciones de un Caminante
Park Güell, Barcelona, agosto de 2014


(1) Por ejemplo, la novela de Esteban Martín y Andreu Carranza, 'La clave Gaudí', Editorial Plaza & Janés, S.A., Barcelona, 2007.