domingo, 18 de septiembre de 2011

Pueblines del Camín: Santa Eulalia de Morcín (Santolaya)




Cuenta la Tradición, que fueron guerreros de Morcín los que, habiendo acudido a la llamada del rey Rodrigo y habiendo sobrevivido al desastre del Guadalete, guiaron y escoltaron a don Pelayo por las montañas del interior de Asturias, hasta llegar a la cima del Monsacro, donde depositaron el Arca con las sagradas reliquias que Santo Toribio había traído de Jerusalén. Sucedía esto, poco antes de la caída de la capital del reino visigodo, Toledo, y la prueba de su veracidad, la encontramos en el interior de la Cámara Santa de la catedral de San Salvador de Oviedo, a donde fueron trasladadas por mandato del rey Alfonso II el Casto. Precisamente aquél rey, bajo cuyo reinado se produjo el milagroso descubrimiento de los restos del Apóstol Santiago; rey que, motivado por tan extraordinario suceso, se convirtió, propiamente hablando, en el primer peregrino, inaugurando, en su desplazamiento, el que sería conocido como Camino Primitivo, que se desarrollaba desde Oviedo, por el interior de Asturias, hasta el Locus Sancti Iacobi, en Santiago de Compostela.

Recuerdo esto, porque la Tradición, el Monsacro y Santa Eulalia de Morcín, están estrechamente ligados. No en vano, ésta emblemática población asturiana, se encuentra situada a los pies mismo de un monte que ya ostentaba su condición de Sacro, siglos, quizás milenios antes de que las reliquias recalaran en él, como demuestran -o mejor dicho, demostraban- los dólmenes que había en su cima (1), de los que no queda rastro, así como los túmulos funerarios que, aún disimulados en la orografía del terreno, aún se pueden contemplar.

Situada a escasos ocho kilómetros de Oviedo, en plena cuenca minera -doce kilómetros la separan de un pueblo minero por excelencia, como es Mieres del Camino- los avatares históricos modernos han causado mella en uno de los elementos, bien determinados, que hubieran podido convertirla, hoy en día, en otro foco cultural de atención principal, en lo que al llamado Arte o Prerrománico Asturiano se refiere: su iglesia dedicada a la figura de Santa Eulalia de Mérida.

Como en muchos otros lugares de la Península, el arte religioso asturiano se vio terriblemente afectado por periodos históricos bien determinados: la invasión francesa, la desamortización de Mendizábal, la revolución de octubre de 1934, y por supuesto, los terribles avatares de la Guerra Civil. Durante la revolución minera de 1934, la iglesia de Santa Eulalia fue incendiada y prácticamente destruída. Bien es cierto, que las posteriores remodelaciones no la han hecho ninguna justicia, aunque de aquélla arcana solera que se remonta -según su piedra fundacional, que milagrosamente se conserva en uno de los muros situados enfrente del altar- al año 896, aún se pueden distinguir algunos elementos interesantes: las jambas del pórtico de entrada, con impresionantes polisqueles y un extraordinario nudo de Salomón; un ventanal en el ábside; la pila de consagración original y un ara celta, cubierta de yeso, disimulada en una de las capillas laterales, aunque no existencia no ha pasado desapercibida para Cultura y Patrimonio.



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Por lo demás, el visitante que accede por primera vez al lugar, se encuentra, si es observador, con una Santa Eulalia estructurada en dos estratos bien diferenciados: uno, señorial, que se localiza al principio del pueblo, compuesto por algunos bares -incluido el Robert, donde solía acudir por la noche a tomar un bocadillo y una cerveza- y algunas manzanas de pisos con características residenciales, y otro más cercano y rural, localizado más arriba, junto a la rotonda, con la iglesia, el ayuntamiento, la farmacia y un pequeño supermercado de comestibles. Unos metros más arriba de ellos, llama la atención una antigua casona de varios pisos y las paredes pintadas de varios tonos de verde, el color del campo asturiano. Se trata del hotel rural La Casa Vieja, cuyo propietario, Maxi, cuenta con un hórreo y un antiguo molino, que gusta de enseñar a los curiosos, y que a día de hoy, funciona perfectamente. Precisamente en mi último desplazamiento, acaecido hace apenas una semana, la ventana de mi habitación daba a la parte del molino. Después de un intenso día de recorridos y descubrimientos, con la ventana abierta, resultaba gratificante dejarse llevar por los brazos de Morfeo, escuchando el dulce sonido del río -no sabría decir a ciencia cierta si el Riosa o el Morcín, ambos afluentes del Caudal- y esa nana misteriosa que, traída por el viento de las neblinosas cimas del Monsacro se colaba en la habitación en silencio y a oscuras, trayendo consigo la magia de antiguas historias.



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(1) Se supone que una de las dos ermitas románicas que hay en la cima, la denominada capilla de arriba o ermita de Santiago, de planta octogonal, se levantó precisamente encima de un dolmen.