viernes, 4 de diciembre de 2015

La cripta neorrománica de la catedral de La Almudena


No todos los caminos llevan necesariamente a Roma, ni pasando por Compostela, han de finalizar, per secula seculorum, en el Finis Terrae. Infinito, el Mundo del Espíritu ofrece multitud de puertos y escalas donde detenerse y dejar que las sensaciones afloren. No importa, tampoco, si el lugar en sí es antiguo o de reciente creación; tampoco importa cuán cerca o lejos se encuentre, pues, ya bien sea de origen natural o específicamente diseñado por la mano del hombre, hemos de suponer que contiene, a buen seguro, una parte más o menos considerable de ese lenguaje poético que subyace profundamente enterrado en el inconsciente colectivo del que nos hablaba Jung, cuyo vehículo de expresión –él lo definía estilo- de expresión, no son otra cosa que los arquetipos. Cierto es, así mismo, que si bien el Arte en general se ha valido, desde tiempo inmemorial, de ellos, el románico en particular –bajo mi punto de vista, por supuesto- abusó de tantos, hasta el punto de que el propio Jung –padre, entre otras muchas cosas, de la hipótesis del referido inconsciente colectivo-, llegó a considerar el estudio de los elementos mitológicos, tan destacables y abundantes en este estilo, como si fueran pacientes psicológicamente a tratar.

Por otra parte, conviene reseñar, que hubo un periodo, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en el que la Bellas Artes, y en concreto la Arquitectura, experimentaron una visión retrospectiva y emulando el estilo más característico de la Edad Media –puede que también tuviera algo que ver, el carácter hermético y romántico de las antiguas iglesias y ermitas medievales-, creó una nueva definición: el neorrománico. En ese periodo, y como moda imperante en Europa, algunos autores destacan la enorme influencia ejercida por Violet le Duc, restaurador, entre otras, de la catedral de Notre Dame de París y responsable, en gran medida, de la asociación, no del todo correcta, de la planta octogonal como modelo de arquitectura templaria. De éste periodo, es la pequeña obra de arte que conforma la cripta de la catedral de la Almudena y cuyo acceso se localiza en un lugar con mucha tradición: la Cuesta de la Vega, en cuyas antiguas murallas se encontró la imagen de una Virgen Negra, Nuestra Señora de la Almudena, que en la actualidad es la Patrona de Madrid. La primera piedra se colocó en abril de 1883, siendo terminada por el arquitecto Enrique María Repullés y Vargas y abierta al culto, en 1911. Independientemente de que sirva de panteón de personalidades ilustres, la cripta neorrománica conforma un pequeño compendio sacro, que aúna belleza y simbología. De hecho, algunos de sus capiteles recuerdan los originales de otros lugares, como las cabezas de guerreros con casco asomando entre la maleza, motivo que se puede encontrar en un hermoso templo original de los siglos XII-XIII, como es el de San Pedro ad Vincula, en la localidad segoviana de Perorrubio; los castillos y mitras, aluden, posiblemente, a esa casta de obispos-guerreros –como Rodrigo Ximénez de Rada- que fue tan prolífica durante la Reconquista; el águila con el Libro abierto entre sus garras y la maleza a ambos lados de su cuerpo, como referencia al Apocalipsis y la figura del propio Evangelista que destaca exactamente igual en algunas iglesias del románico asturiano, y un largo etcétera que se puede ir descubriendo tranquilamente. 

Otra de las peculiaridades, y esto le será de agrado al peregrino, es que en su interior, no muy lejos de la magnífica talla del Cristo del Buen Camino -¿casualidad?-, se encuentra la imagen románica de otra auténtica Dama Negra capitalina, menos conocida por el público en general, pero no menos interesante que sus hermanas de la Almudena y de Atocha: la Virgen de la Flor de Lis.

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