domingo, 26 de mayo de 2013

Concejo de Nogueira de Ramuin: Teixeira, ermita do Virxen do Monte



‘Infierno o cielo, ¿qué importa?. ¡Al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo!’.

[Charles Baudelaire]
Al comienzo del pueblo, y poco menos que enfrente de uno de los prados que asiste impasible al desmoronamiento silencioso de parte de la casa consistorial adosada a la Igrexa parroquial, un sencillo crucero de piedra sacraliza –o mejor dicho, resacraliza- una antigua fuente, cuya visión, vuelve a traer a la memoria –o al menos, a la de este Caminante- esa ancestral predilección por el mundo de las fuentes y el universo simbólico-cultual relacionado, que se desarrolla con sorprendente fuerza y repetitividad precisamente en la única provincia de Galicia, que no tiene frontera natural con el mar. La Ruta Mágica prevista para la jornada, ha comenzado temprano en una mañana de domingo, que hasta entonces se ha caracterizado por el baile de san Vito –metafóricamente hablando- que acompaña a un tiempo primaveral inestable, en el que un sol mortecino y unas nubes sin duda agresivas, parecen mantener un pulso obstinado por llevar la jornada al terreno de sus respectivos colores. Como en la Españá cañí, destellos de luz y sombra, son aquellos que se suceden en el camino desde Allariz; se extienden en dirección a Xunqueira de Ambía, y por momentos ésta última –la sombra, que como manto benedictino suele preceder a la furia de la tormenta- amenaza con un inesperado diluvio camino del forno da Santa, en Santa Mariña. Por fortuna, y bastante más que pasado el mediodía, el sol parece transformarse en invictus, y en la tregua que precede a su pequeña victoria, el ambiente en torno a San Pedro de Rocas se transforma en amenas pinceladas de color, que realzan aún más, si cabe, esa herencia de belleza y misterio parida por la Madre Tierra hace miles de años. Como puntos de sutura en esas telúricas venas, las descoyuntadas rocas megalíticas de Moura –complejos funerarios antediluvianos, a los que por estas lindes denominan Mámoas- parecen gemir, mortalmente heridas por la soledad y los acordes inaudibles del silencio. Quizás, las notas de esa antigua canción se las haya llevado precisamente ese viento misterioso que parece soplar con exclusividad dentro del perímetro de la Mámoa, y que de alguna manera, similar a la magnética influencia de una flauta mágica, parece señalar en dirección a la Ribeira Sacra. Es la ruta más larga, pero después de todo, eso no importa. Por el nombre, ermita do Virxen do Monte, el Caminante presiente que, independientemente de lo transformado que esté el lugar sacro en la actualidad, en él se esconde un misterio.
La fuente a la que hacía referencia al comienzo, está situada al pie de una carreterilla que, culebreando, atraviesa algunas casas del pueblo y se pierde en dirección a una presentida incógnita. Y digo esto, porque esa y no otra, es la clave que mantiene en vilo a todo aquél que, como este Caminante -y perdón por la reiteración-, se deja cortejar por la intriga, o por la suspicacia derivada de ella, cuando menos, y emprende viaje hacia un lugar desconocido, en el que, al fin y al cabo, no sabe a ciencia cierta qué se va a encontrar. En el trayecto, no resulta difícil tampoco, por añadidura, plantearse la cuestión, definitivamente shakespiriana –que en el fondo, prácticamente todos llevamos dentro el sambenito de Hamlet, o al menos, así lo piensa el que suscribe-, de si todo realmente es casual u obedece a un oscuro plan, del que siempre, naturalmente, somos los últimos en enterarnos. Bosque, valle y monte se suceden durante un trayecto que comienza a hacerse más empinado, a medida que toma como referencia esos quijotescos aunque modernos molinos eólicos, semejantes al palo mayor de los temibles drakkars vikingos que asolaban el litoral cantábrico, pero el drama de cuyas incursiones aquí apenas es conocido por referencias. No recuerda si allí, en la colegiata de Xunqueira de Ambía, se lo ha pedido a la Virgen Peregrina, Patrona, a la vez, de travellers y caminantes, pero de alguna manera, presiente que tal vez ésta le esté procurando un afortunado camino.
Tal y como pensaba, el lugar está definitivamente transformado; y aun así, un sólo vistazo parece resultar más que suficiente para adivinar, presentir o imaginar, que en aquéllas especiales soledades otras culturas ancestrales rendían pleitesía a unas deidades sofocadas cuando el Cristianismo se introdujo en la región. En tal sentido, la fuente -otra vez la fuente- que se localiza a escasos metros de la fachada de la ermita, es el mejor ejemplo de ello. Aunque la actual construcción, del siglo XVIII, no reviste un interés especial, se supone que se construyó sobre una antigua ermita del siglo XV, levantada -como imaginaba- después de una manifestación mariana (1); detalle suficiente, y a la vez conveniente, para exorcizar definitivamente los antiguos cultos. Unos cultos que, posiblemente, y por las características del terreno, giraran no sólo en tono de la fuente, sino quizás también alrededor de algún elemento megalítico, del que no queda constancia hoy en día, o al menos, yo no la conozco. Acertada o no la suposición, el Caminante sabe, por experiencia, que no sería inusual encontrarse ante un lugar donde se ha elevado una ermita o una iglesia encima, por ejemplo, de un dolmen, siendo dos buenos ejemplos la ermita de la Santa Cruz, en Cangas de Onís y la ermita de Santiago, situada ésta última en la denominada majada de les capilles, en la cima del también asturiano Monsacro.
Con planta en forma de cruz y entrada por el oeste, llaman la atención, a ambos lados de la puerta, sendas aberturas, tipo ojo de buey, que recuerdan, inequívocamente, un símbolo de carácter universal: el del infinito. Símbolo que, por añadidura, utilizaron como marca epigráfica los canteros medievales que desarrollaron su oficio en lugares no excesivamente lejanos y dentro de la provincia, como pueden ser la iglesia de San Pedro da Mezquita, e incluso la propia catedral de San Martín, en la capital, lugar donde son mucho más abundantes. Tampoco la comparación con el ojo de buey es gratuita, porque, como pudo constatar después (2), estos animales tuvieron su protagonismo durante la referida aparición mariana (3), determinando el lugar donde la Virgen, aparentemente, deseaba que se le levantara la ermita y se la rindiera culto y homenaje.
Atisbando a través de estos, se puede observar, al fondo de la nave, que la cabecera está compuesta por un altar, sobre el que dan la sensación de elevarse tres arcosolios, ocupando el lugar del centro, una figura mariana de aspecto moderno. A tal respecto, es cierto que el Caminante todavía se pregunta, si dicha figura no será sustituta de otra mucho más antigua, románica o gótica, que la precediera; y de ser así, sería interesante saber si todavía existe y dónde se encuentra; si se destruyó o, como ha ocurrido en más ocasiones de las que se podría mencionar, fue víctima de los amigos de lo ajeno que, como as bruxas, habélos hailos.

 
(1) El término, aun en su versión cristiana, no deja de ser genuinamente interesante, después de todo, pues se compone de dos vocablos -Mari y Ana- de inequívoca referencia a la ancestral figura de la Diosa Madre.
(2) Dado que no es la intención de este Caminante, aprovecharse de la labor y del esfuerzo de nadie, justo es precisar que la confirmación a sus sospechas sobre la relación entre el lugar y el fenómeno mariano, se vieron confirmadas en internet, en el blog de Antón Rodicio, 'De la Ribera Sacra', en cuya entrada 'La ermita de la Virgen del Monte y el "Camiño Brieiro"', realizada el domingo 29 de noviembre de 2009, el lector interesado podrá encontrar numerosos datos referentes no sólo a la leyenda de la aparición de la Virgen, sino también interesantes descripciones de los caminos y senderos que conducen al lugar. El enlace para acceder, es el siguiente: http://riberasagrada.blogspot.com.es/2009/11/la-ermita-de-la-virgen-del-monte.HTML
(3) Adviértase, que dentro de la extensa casuística relacionada con el fenómeno legendario de las apariciones marianas, suelen abundar los casos en los que aparecen, con relevante protagonismo, las figuras de bueyes y asnos. Por otro lado, la presencia, sobre todo de los primeros, dentro de un estilo artístico como el románico, no sólo podría considerarse como general, sino que también resulta particularmente representativa en el románico del norte peninsular. Los bueyes, sólo por citar algún ejemplo relacionado, no sólo determinan, con su obstinación a seguir caminando, el lugar elegido por la Virgen para la elevación de su santuario, como en este caso, sino que también resultan unos excelentes radiestesistas, que localizan el lugar donde yace enterrada una antigua imagen virginal, como en el caso de la Virgen del Mirón, en Soria, o guiados por ángeles, labran la tierra mientras un santo varón, celebrado prácticamente en todos los lugares de la Península, eleva sus oraciones al cielo: San Isidro Labrador.

martes, 21 de mayo de 2013

San Pedro de Rocas


'A la Naturaleza le encanta ocultarse'
[Heráclito]

Poco o nada importa, en este caso, si se guarda un estricto orden cronológico de los lugares visitados, pues, en realidad, todos resultan tan interesantes y personales, que comentar de forma indistinta las impresiones recibidas en cada uno de ellos, no altera para nada el desarrollo final de un viaje eminentemente mágico por el corazón de la provincia. Así al menos, piensa este Caminante, que antes de llegar a las estribaciones de esta gran incógnita que es San Pedro de Rocas, ya tuvo ocasión de visitar, en lo más alto de los montes cercanos, otro de los lugares que, aunque muy transformados y a priori no lo parezca, todavía conserva vestigios de haber sido en el pasado otro de los lugares mistéricos tan abundantes en la comarca: la capela do Virxen do Monte, a la que se accede desde el pueblecito de Teixeira, en el concejo de Nogueira de Ramuin (1).
Por otra parte, bueno es reseñar que Orense es la única provincia de Galicia que no tiene frontera natural con el mar. Sin embargo, resulta ciertamente desconcertante, cuando no sospechoso, comprobar la vocación, o mejor dicho, la intensa atracción que el agua ejerce sobre sus habitantes desde tiempos inmemoriales. Una atracción, que hace que ésta sea una de las provincias donde subsisten, convenientemente cristianizados, también es verdad, innumerables cultos a las aguas, y por consiguiente, a las ninfas y deidades con ellas relacionadas. Lo encontramos en lugares como esta capela do Virxen do Monte; en ciudades de cierta relevancia e interés, como Allariz; en Santa Mariña de Augas Santas, con sus fuentes y su probable ninfeo en aquel extraordinario lugar denominado como forno da santa, y lo volvemos a encontrar también aquí, en San Pedro de Rocas, con la denominada Fonte de San Bieito o Fuente de San Benito, figura fundamental, cuya Regla sustituyó a aquélla otra del misterioso San Fructuoso (2), que al parecer y previsiblemente, como en el caso del cercano mosteiro de Santa Cristina, se practicaba hasta el siglo X cuando menos, una vez hecho acto de presencia en el lugar los hábitos blancos y negros de cistercienses y benedictinos.
Hablar de San Pedro de Rocas, no obstante, supone para el Caminante, hablar de impresiones; o cuando menos, dejarse martirizar por los venenosos aguijones de la duda. Porque no deja de ser una gran verdad, que dudas, apenas te adentras en su entorno y comienzas a preguntarte, en primer lugar, si es real; y si, en este mundo perdido, conjurado a base de espíritu y piedra, de vida y muerte, hubo sitio, en aquéllos nebulosos días del siglo IV, para una comunidad de supuestos cristianos libres -herejes, obviamente, diría Roma, con su inflexible determinación- seguidores de las doctrinas de otro personaje no menos singular que los anteriores y muy vinculado también a esta tierra: Prisciliano. Y aún, todavía, si éstos, como los primitivos cristianos, vestían prendas rudas y se referían a su religión con el nombre -muy apropiado, evidentemente- de el Camino (3).
Un Camino, simbólica y comparativamente hablando, que nos introduce, a través de una inmensa necrópolis excavada en el punto neurálgico o corazón telúrico del lugar, en un mundo sobrenatural, no obstante soberano y palpable, que nos plantea, si somos capaces de cerrar los ojos por un momento para dejar fluir el tacto del espíritu, cuestiones sin duda trascendentales, como el detalle de que todas las tumbas, excepto una, están orientadas hacia el Ocaso; es decir, hacia el Oeste, siguiendo a esa Osa simbólica, plantada en la Vía Láctea, que guía al peregrino hacia Compostela; y aún más allá, por el mismo camino utilizado por los celtas y las demás culturas anteriores a estos, hacia ese Finis Terrae al que han apuntado siempre muchas culturas y civilizaciones y que hizo estremecer de terror incluso a las curtidas legiones romanas cuando pusieron los pies alli por primera vez. Lugar, que en el fondo, debería de hacernos comprender, o inducirnos a pararnos un momento a meditar sobre ese sentido de muerte y renacimientó, afín no sólo a este lugar sino a todas las culturas y pueblos que, independientemente como cómo se planteé en sus ritos y creencias, siempre han dejado abierto un apartado especial para un concepto trascendentemente fundamental: la Renovación. Quizás, por eso, nos muestran, aún desde las voces de su milenario silencio, la dirección de una ruta de rutas: la Ruta Sagrada.
Tal vez, estas mismas reflexiones estuvieran en la mente de aquéllos primeros cristianos y de los monjes que les sucedieron después, mientras excavaban en la dulce matriz de la piedra -según refieren algunas fuentes- aquéllas que serían sus propias sepulturas, su morada con vistas a las estrellas. Y quizás, si de trascendencia hablamos, puede que esas primeras comunidades, esas comunidades despiertas, rindieran también pleitesía a ciertas curiosas figuras del santoral, que no muy lejos de alli, en otro sacrosanto cenobio, como es Santa Cristina de Ribas de Sil, señalen al visitante la necesidad de trascender estos lugares no con la grosera visión de los ojos físicos, aquéllos mismos que reposan en el plato que sujetan las manos de Santa Águeda -una de las figuras a las que hacía referencia-, sino con esa visión interior y clarividente que conecta al individuo con la propia esencia del entorno, haciéndole ser, después de todo, una estrella más en un Camino sin límites: el Camino de la Vía Láctea.



(1) De mis impresiones sobre ella, hablaré en una próxima entrada.
(2) Muy relevante debió ser este personaje, San Fructuoso, incluso después de muerto, pues, como también nos recuerda Rafael Alarcón en su extraordinaria obra La huella de los templarios, Ediciones Robinbook, S.L., 2004, página 145: ',,,en 1102 Gelmírez había organizado el robo de las reliquias de San Fructuoso, depositándolas en la ciudad portuguesa de Braga, para privar al condado de un importante símbolo nacional (ni más ni menos, este añadido es mío), acto consumado que la historia conoce como "el pío latrocinio"'.
(3) Este dato, aunque no se refiere explícitamente a Prisciliano y su denominada herejía, puede localizarse, para quien esté interesado en profundizar más, en el libro de Timothy Freke y Peter Gandy: 'Los misterios de Jesús: el origen oculto de la religión cristiana', Editorial Grijalbo Mondadori, S.A., año 2000, página 105.

Publicado en STEEMIT, el día 27 de marzo de 2018: https://steemit.com/spanish/@juancar347/san-pedro-de-rocas

sábado, 18 de mayo de 2013

Ribeira Sacra: Monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil



'El más bello sentimiento que cabe tener es el sentido del misterio. Es la fuente de todo arte verdadero, de toda verdadera ciencia. Quien no ha conocido esa emoción, quien no posee el don de maravilla y de arrebato, más valdría que hubiese muerto. Sus ojos están cerrados...'.
[Albert Einstein]
Cualquier comparación, en el fondo, no deja de ser odiosa. Pero para el Caminante que accede por primera vez a la profunda soledad en la que se ubica este interesante mosteiro de Santa Cristina, el viaje resulta una auténtica aventura, tan digna, cuando menos, de la épica gloriosa de Homero, sobre todo si antes ha pasado por una auténtica, fabulosa Escila, como es San Pedro de Rocas, donde ha tenido la ocasión de sentir fluir, desde muy dentro, ese don de maravilla y arrebato al que hacía referencia Einstein. Dada su situación, en lo más profundo de esta parte de los cañones del Sil, formado, no por el martillo, que no es el que deja perfectos los guijarros –como diría Rabindranath Tagore en su famoso poema- sino por el agua, con su danza y su canción, durante el descenso tiene la sensación de estar viviendo una auténtica experiencia de déja-vû, o desdoblamiento, que le hace pensar que ya ha estado allí. Y sin embargo, sabe perfectamente que no es verdad; que sus pies jamás han hollado semejante lugar, ni siquiera en sueños. Puede, no obstante, que su mente lo asocie a otro lugar, eminentemente mágico también, que se oculta en lo más profundo del corazón berciano, custodio, igualmente, de ancestrales secretos: Compludo, el Valle del Silencio, la Tebaida. De alguna manera, sabe que estos lugares guardan una estrecha relación con una figura, cuyas obras y milagros, como diría Einstein también, rondan la maravilla, el arrebato y seguramente el más profundo sentido del misterio: San Fructuoso.
De este peculiar personaje, ya advertía el infatigable caminante que fue Juan García Atienza, que curiosamente, aparece siempre en suelo peninsular fundando monasterios o haciendo milagros en lugares tocados de algún modo por la oscuridad de su origen y por los cultos ancestrales que se celebraron en los alrededores (1). De cultos ancestrales, algo ha visto ya el Caminante en su camino; incluso ha sentido la extraña, desalentadora caricia del viento, en las no excesivamente lejanas Mámoas de Moura gemir lastimosamente alrededor de un conjunto funerario megalítico, que dista mucho de guardar en la actualidad su forma original, equiparable, posiblemente, a un pequeño Stonehenge. Al menos, comparativamente hablando.
En esta latitud sobre la que se asienta Santa Cristina, allá donde el Sil hace curvas de ballesta sobre montañas que duermen su sueño eterno, el viento que mece las hojas de robles y castaños, parece cantar una melodía oscura, imprecisa, con la seguridad de que deja, en los pensamientos de este loco de los caminos, la certeza del misterio insondable que se oculta con obstinación en los abismos más profundos e imprecisos de sus orígenes. Unos orígenes probablemente megalíticos, druídicos cuando menos, cuya mágica herencia fue aprovechada por un eremitismo que hizo de estos parajes otro canto a la paz y al silencio, digno de ese manantial de fe y contemplación, que brotó también, cual golpe de vara de Moisés, en el corazón de la vecina comarca berciana. De alguna manera, aquí dejó también su huella el misterioso San Fructuoso, antes de que su regla fuera sustituida por la de San Benito, sobre todo en el siglo XII, cuando monjes blancos y negros jugaban una partida de ajedrez fundamental, en unas tierras cuyos caminos comenzaban a llenarse de peregrinos, atraídos por la magia jubilar del apóstol Santiago.
Unos y otros dejaron su huella, utilizando como matrices la roca viva. Una roca, que fue sufriendo modificaciones a lo largo del tiempo, pero en la que hombres hábiles, aliados con el lenguaje universal de los símbolos, dejaron mensajes de luz y esperanza, que las generaciones futuras nos vemos incapaces de interpretar, sobre todo, porque no terminamos de comprender y valorar el entorno que las hizo brotar. Cierto es que, a pesar de su aislamiento, de esa bendita soledad que susurra al paciente el secreto de las estrellas, el lugar gozó de popularidad, creciendo con la generosidad de reyes que daban la espalda al norte, mientras sus ojos y sus deseos tomaban rumbo hacia las tierras tartésicas de un sur que ya comenzaba a recular. Quién sabe, quizás Santa Cristina, como Oseira o como tantos otros monasterios gallegos, fuera también lugar de reposo de guerreros de la fe, implicados en el combate por la gloria de Dios. Quizás tampoco fuera casual, que en las tumbas de sus abades, la espiral de los ancestrales petroglifos figurara en sus báculos junto a la cruz del martirio y la sabiduría de unas hermandades de canteros que, curiosamente, no dejaron grabados en los sillares, la marca de su contabilidad, como generalmente se cree. Porque, en el fondo, se mire por donde se mire, todo aquí no deja de tener -y me reitero con Einstein- un monumental sentido del misterio. Y no obstante, divagaciones de Caminante, todo aquí tiene su sentido, su proporción, su justa medida y ese equilibrio cuyas balanzas, según con qué actitud se miren, se inclinan entre lo racional y lo sencillamente maravilloso.


(1) Juan García Atienza: 'Guía de la España Mágica', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1981, página 48.

lunes, 6 de mayo de 2013

Orense: la catedral de San Martín


'...el edificio sagrado es la imagen de la comunidad cristiana, la cual representa el cuerpo de Cristo. No obstante, hay una similitud más manifiesta entre el edificio religioso y la figura humana del Salvador cuando los fundamentos tienen la forma de una cruz latina, como en las iglesias abaciales románicas o las catedrales góticas. "La disposición de la iglesia -escribe Durand de Mende- es a imagen del cuerpo humano; en efecto, el coro, o el lugar donde está situado el altar, representa la cabeza, las dos ramas del transepto son como los brazos y las manos, y la nave, dirigida hacia el oeste, corresponde al resto del cuerpo". Cuando el altar mayor, como ocurre a veces, está colocado en el crucero, representa el corazón del Hombre-Dios' (1)

Entrar en una catedral, independientemente de los motivos que nos animen a ello, e independientemente también de la fe o del agnosticismo que profesemos, es como sacar un billete en la máquina del tiempo y prepararse para vivir una auténtica aventura. Una aventura, con los suficientes elementos añadidos, como para mantener la expectación durante todo el trayecto y llegar al final, sintiendo la agonía de no poder traspasar, después de todo, el oscuro velo que oculta una infinidad de misterios, a cual más escurridizo e inaprehensible. ¡Elemental, querido Whatson!, diría el incorruptible personaje de Conan Doyle. Porque si cada persona es un mundo, cada catedral, después de todo, también lo es. O más apropiado aun, una pequeña galaxia en la que brillan, dentro de su autonomía atemporal, estrellas de diverso origen y consideración.
Como ya aventuraba en la entrada anterior, la catedral de Orense, en cuanto a dimensiones, no es de las más grandes. Pero igual que las demás, y como si de una persona se tratase –comparativamente hablando-, fue atravesando diferentes etapas durante su desarrollo, hasta convertirse en la entidad adulta que contemplamos hoy en día. Etapas, qué duda cabe, que marcaron su destino y forjaron su carácter. Posiblemente, las más relevantes, fueran aquellas que recuerdan sus primitivos orígenes; unos orígenes que aún conservan, al cabo del milenio, buena parte de los genes, permítaseme el símil, de su misterioso progenitor. Un progenitor, del que apenas se conocen datos, a excepción de su profesión, indudablemente Magister Muri, y de su nombre: Mateo, como el evangelista, uno más de los innumerables personajes que fue hábilmente cincelando al dictado de su fe, de su imaginación y de su corazón. A sus manos, posiblemente, se deba, también, ese misterioso personaje que parece salir del corazón mismo de la piedra, en uno de los transeptos, observando de reojo hacia un lugar situado más arriba, donde dos no menos oscuros y enigmáticos personajes sujetan, o mejor dicho, despliegan en forma de espiral la materia pétrea que ha de conformar un pequeño óculo, cuya utilidad, precisamente allí, da no obstante que pensar. Y aun por encima de éste, otro personajillo surge también del corazón de la piedra, como cerrando ese imaginario emblema del infinito, que posiblemente el Maestro y su Escuela dejaron en los sillares exteriores como símbolo de cantería representativo de un gremio que no creía en las limitaciones y detalle de especulación para las sociedades futuras, cada día más ajenas al trabajo artesanal.
Artesanal, por otra parte, es el cimborrio de forma hexagonal, que se eleva, figurativamente hablando, sobre el plexo solar de ese simbólico cuerpo de Cristo que es la planta, por debajo de la cabecera, donde el altar suple, también simbólicamente hablando, ese lugar desdeñado por la Ciencia, donde casi todas las culturas de la Antigüedad coincidían en situar el alma. Allí, impertérrito en su pasión, el Cristo milagrero trasciende en silencio reinos que no son de este mundo, en compañía de venerables santos de los caminos, a la vera de los más simbólicos y enigmáticos de todos: los venerables San Roque y San Antón. Aquellos que se dejan ver por las capillas aledañas, en compañía de no menos veneradas santas, como Santolaya –de Mérida- patrona, quizás por mérito y gracia de la inmemorial trashumancia, de buena parte de la Cornisa Cantábrica. Pero sin duda, la figura más representativa, se encuentre al final de la nave, allí donde, como remedo a la gloria compostelana, el Maestro y su Escuela dejaron una auténtica maravilla llamada, con justicia, Puerta del Paraíso. Y en el centro, majestuoso y hierático en su trono de base hexagonal también, como el cimborrio, la figura de Santiago olvida su infausto sobrenombre de Matamoros, cambiando el uso de su espada en la ordenación de nuevos caballeros. Caballeros del Espíritu, ordenados en un lugar donde precisamente éste, el Espíritu, alienta con fuerza, incluso brotando de la belleza cincelada igualmente en unos sarcófagos que se extienden a ambos lados de la nave, dando testimonios de unos moradores cuya relevancia bien les valió un billete para la gloria.
Ecos que resuenan en los laberínticos entramados de un recinto sacro, que parecen sombras chinescas cuando luz y sombra se reconcilian para bailar un antiguo vals. El crujido de las puertas al cerrarse y la incierta sensación de haber entrevisto apenas una parte insignificante de los grandes misterios que allí reposan en silencio.



(1) Titus Burckhasrdt: 'Chartres y el nacimiento de la catedral', José J. de Olañeta, Editor, 2011, página 27.