martes, 27 de enero de 2009

La leyenda de la Virgen del Moncayo

Como cabe suponer, y recurriendo a ese gran auxiliar que es el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, leyenda -en la acepción fonética a la cual se hace referencia en la presente entrada- es una 'relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos'. La leyenda que se pretende recojer aquí, procede de un lugar -el Moncayo y sus alrededores- que aún hoy, recién traspasado el umbral del siglo XXI, sorprende, y mucho, no tanto por su espléndida belleza, como por la fama de sobrenatural misterio que le precede, cuál carta indiscutible de presentación.
La época, desde luego, no le va a la zaga, pues se refiere a aquéllos oscuros tiempos de la Edad Media, donde lo prodigioso tenía el carácter irreversible de lo cotidiano. Si a ello le añadimos el cariz poco menos que místico, en ocasiones rayano en la fantasía anecdótica vinculada a la fundación de numerosos monasterios de la Orden del Císter y como aderezo, incluimos a un gran introductor de la leyenda y el lugar -como fue nuestro genial poeta Gustavo Adolfo Bécquer-, encontramos elementos dignos de una fascinante novela de aventuras.
El Monasterio de Veruela -considerado como el primer monasterio cisterciense construído en Aragón-, se encuentra situado poco menos que a los pies del Moncayo -recordemos que su pico más alto tiene aproximadamente 2316 metros de altitud y está bautizado con el nombre de un personaje no menos emblemático, como es el Arcángel San Miguel, en contraposición a ese pretendido templo dedicado a Júpiter al que se refieren algunas otras leyendas que circulan por la zona- constituye uno de los más bellos exponentes de una orden que, escindiéndose de la opulencia decadente de Cluny y deseosa de recuperar el verdadero espíritu de sobriedad y sacrificio que caracterizaba a los primeros cristianos, legó a Europa una arquitectura y un arte de belleza y valor considerables.
Es precisamente enfrente de este monasterio -se supone- donde en la actualidad se levanta la llamada Cruz Negra o Cruz de Bécquer, donde se desarrollaron los pormenores de la aparición mariana de la que, a partir de entonces, se conoce como la Virgen de Veruela o del Moncayo.
La fecha, 1141; el protagonista, Pedro de Atarés.
Históricamente hablando, la importancia de nuestro protagonista, Pedro de Atarés, radica en la nobleza de su sangre: hijo del infante Don García y de Doña Teresa Cajal, y nieto de Don Sancho, por añadidura, hijo bastardo del rey Ramiro I.
Activo en las numerosas batallas libradas en la época contra el invasor musulmán, se cuenta de él -aunque este detalle tiene un cariz hipotético, que no es compartido por la mayoría de historiadores, más que nada por la falta de pruebas o testimonios escritos que lo corroboren- que tras la conquista de Borja a los sarracenos -plaza que a partir de entonces constituyó parte de su señorío, junto con el de Atarés- y en unas cortes celebradas en dicho lugar, la nobleza convino en ofrecerle la corona de Aragón a la muerte del rey Alfonso I.
Aunque finalmente la corona recayó sobre las sienes del hijo de éste, que pasó a la Historia con el nombre de Alfonso II, se recalca aquí la presencia de un personaje de considerable relevancia en su época, e insisto en que el detalle es importante, puesto que en la gran mayoría de apariciones marianas registradas a lo largo de la Historia, los protagonistas suelen coincidir, precisamente, en su condición de notable humildad.
Por otra parte, la leyenda no le hace ningún demérito, y sí le asigna, sin embargo, la promoción y fundación del Monasterio de Veruela, facilitando el asentamiento de los monjes blancos llegados del Monasterio de Fitero.
Pero nada más lejos de mi intención, que anticiparme a los acontecimientos. De manera que, siguiendo el hilo de Ariadna de la leyenda, hallábase este 'señor de la guerra' cansado de repartir mandobles entre las filas enemigas, que decidió dedicar su tiempo -o al menos, una parte de él- a actividades más lúdicas y placenteras.
Éstas se resumían en una sola que, considerada como un deporte y prácticamente al alcance de todo el mundo en la actualidad, en aquélla época, sin embargo, se hallaba estrictamente restringida a la nobleza: la caza.
Tampoco resulta ningún hecho fantástico, la presunción de que otra de las singularidades que afectan al Moncayo, es la facilidad con la que el tiempo tiende a variar, sacando los ases que mantiene ocultos en lo más profundo de su naturaleza, para después mostrárselos al jugador más confiado en el momento en que éste menos se lo espera.
Don Pedro, posiblemente buen cazador pero mal conocedor de las señales de la naturaleza que todo aldeano identifica enseguida como si ya nacieran de antemano predispuestos con semejante dón, no intuyó tal circunstancia. La leyenda especifica que la jornada no le fue propicia al noble Don Pedro, aunque, por lo que se puede entrever -dato que puede parecer inusual a priori, dadas las circunstancias de una época convulsa e insegura- sí da a entender que se encontraba solo y que al final de la jornada, se topó con una cierva, a la que nuestro fogoso cazador persiguió con saña, adentrándose, despreocupado, en lo más espeso del bosque.
Tal era su afán por conseguir tan excelente trofeo, que el escenario -apacible hasta entonces en cuanto al tiempo se refiere- fue cambiando progresivamente, sin que Don Pedro se percatara de ello; al menos, no en un principio.
Porque otra de las características del Moncayo, son esas tormentas y nieblas, repentinas y fantasmales, que suelen ocultarle durante gran parte del año y han contribuído, en gran medida, a acrecentar la leyenda de insondable misterio que le rodea.
De lo que no cabe duda, es de que una vez perdido el rastro del animal -es muy posible que Bécquer tuviera aquí suficientes argumentos para alguna de sus leyendas, como La corza blanca- y deambulando por lo más profundo del bosque completamente desorientado e incapaz de encontrar la salida, se desató una repentina y terrible tormenta.
Terrible debió de ser, en verdad, para que tan notable guerrero, que había cruzado el temple de su acero en cientos de combates, se echara a temblar e implorara, completamente desesperado, la intercesión de la Madre de Dios.
No deja de ser una constante, que se repite prácticamente en todas las tradiciones relacionadas con este tipo de apariciones, la presencia, deslumbrante, de una luz o unas luces.
En efecto, con tanta fe se encomendó Don Pedro a la Virgen, que ésta -rodeada de luces, según la leyenda- le mostró la salida, pidiéndole que en ese mismo sitio se le levantara un lugar de culto. Hasta aquí, los pormenores de la leyenda.
Ahora bien, no me gustaría finalizar la presente entrada, sin hacer algunas puntualizaciones que, creo, pueden resultar de interés:
En primer lugar, no deja de ser interesante, el detalle del gran parecido existente entre la Virgen del Moncayo -o de Veruela- y la Virgen del Pilar, al menos en cuanto a altura se refiere: unos 30 ó 40 cmts. Es decir, hablamos de imágenes marianas que, por su reducido tamaño, bien podrían compararse con aquellas otras que, portadas en la silla de las monturas de obispos y prelados, acompañaron a los tropas cristianas en numerosas batallas contra el invasor musulmán.


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