viernes, 16 de diciembre de 2016

Feliz Navidad y Feliz Camino


No es falta de imaginación; ni desgana; ni tampoco ganas de aparentar o de desaparentar y sí, posiblemente, de respeto, mucho respeto. Respeto, principalmente, a las creencias de cada uno; a las ideas, sueños, deseos y esperanzas de cada uno. Pero sobre todo, respeto a la Vida. Y respetando la Vida, respetemos, también, esa vía espiritual y humana, que es el Camino.

Como ya decía el año pasado, aproximadamente por estas mismas fechas, hay una leyenda atribuida a los pigmeos africanos, que habla de un niño que encontró en la selva un pájaro que cantaba primorosamente y se lo llevó a su casa. Cuando le pidió a su padre que le trajera comida para alimentar al pájaro, éste se negó y lo mató. Llegados a este punto, cuenta la leyenda que el hombre mató al pájaro, y con el pájaro, mató el canto y con el canto, se mató a sí mismo. No nos matemos a nosotros mismos. Y sobre todo, no matemos el Camino.


Feliz Navidad y Feliz Camino

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martes, 22 de noviembre de 2016

La Soterraña de Olmedo


'Los agujeros negros del universo no son nada comparados con los agujeros negros de nuestro pasado'
[Peter Kingsley (1)]

Menos conocido fuera de su ámbito provinciano y eclipsado, en parte, por la meritoria dramaturgia de Lope de Vega y su famoso, audaz y desdichado caballero, la medieval Villa de los Siete Sietes, Olmedo esconde un tesoro mariano –aparte del tesoro mudéjar de su románico, estilo al que ha dedicado un meritorio Parque Temático-, que si bien su historia conocida pretende remontarse a esos episodios milagreros y propagandísticos que la diplomacia cristiana supo tan bien aprovechar en su favor en ese turbio periodo de la Historia conocido como Reconquista, el hilo de Ariadna de sus antecedentes conducen, inevitablemente, a esos oscuros laberintos mistéricos celtas y al eco cavernario –siempre presente, a pesar de los esfuerzos por silenciarlo de los Primeros Padres de la Iglesia- de la Gran Madre: el santuario de la Soterraña. No deja de ser un hecho significativo, además, la existencia de tres santuarios dedicados a ésta figura de la Soterraña –o Virgine pariturae, como la denominaban los celtas, sobre cuyas grutas se elevaron no pocas catedrales- en tres comunidades vecinas que, sobre el mapa y de igual modo que los antiguos santuarios pre-cristianos –si hemos de tomar en consideración, parte las interesantes investigaciones de Eslava Galán, referidas a santuarios jiennenses similares-, forman un singular triángulo, como el manto o velo isíaco, que suele caracterizar algunas de las imágenes más significativas, como son el Pilar y Covadonga: ésta Soterraña de Olmedo; la Soterraña que ocupa el altar mayor de la iglesia basilical de San Vicente, en Ávila capital y aquélla otra, deliciosamente tostada por el sol, que vela en soledad –eso sí, custodiada por unas formidables pinturas de San Cristóbal- en lo más recóndito de la iglesia de Santa María la Real, en Nieva, Segovia, figura ésta última que, curiosamente, se encuentra hermanada con otra Soterraña –imagen más moderna y blanca, no obstante-, que se localiza en el interior de la iglesia de San Pedro -a escasos metros de distancia de la iglesia templaria de Santa María dels Horzs, también conocida como del Crucifijo por la forma de pata de oca de la cruz del Cristo renano que custodia en su interior- situada en esa localidad navarra donde se juntan los caminos y donde hace tiempo que no se tiene noticia de ese carismático y bienhechor pájaro txori que cada mañana acudía a limpiar el rostro de la Virgen que había junto al puente con lomo de asno levantado en el siglo XI para que los peregrinos pudieran atravesar el río Arga: Puente la Reina.

Anexa al ábside de la iglesia mudéjar de San Miguel -segundo Patrón de la ciudad, y dotada de un ábside que presenta la extraña particularidad de tener canecillos labrados- junto a la puerta y las murallas que llevan el nombre de dicho arcángel, sobre la cripta donde se conserva la imagen románica de la titular, del siglo XIII y posible sustituta de otra anterior, y el pozo asociado, también relacionado con la conquista del lugar por el rey Alfonso VI –remedo, tal vez, de la visión de Constantino, pues según la leyenda la Soterraña se le apareció para decirle que ganaría la batalla contra los musulmanes que resistían en la ciudad-, una capilla -probablemente levantada en el siglo XVII cuando, según las crónicas, la imagen fue trasladada de su lugar en el altar mayor de la iglesia-, llama poderosamente la atención, por su forma octogonal. Una forma, o mejor dicho, la recuperación de un modelo de arquitectura que, por algún motivo indeterminado, tuvo cierta proliferación en este siglo y que, según se puede constatar en muchos de los casos –Almazán, Briones, etc- alberga Cristos o imágenes marianas con fama de muy milagreros. A dicha cripta –como en el caso de la iglesia de Santiago, en la población zaragozana de Luna, que alberga una notable y misteriosa imagen de la Virgen del Alba-, se accede desde el altar mayor de la iglesia, observándose, en el lateral derecho del túnel y cerrado a cal y canto, el pozo del milagro –como sucede en algunos templos dedicados a una extraña santa, Marina, siendo de interés el que se localiza en la población orensana de Santa Mariña de Augas Santas, o incluso, no dejan de llamar la atención los frescos donde se representa a esta santa con el dragón a sus pies, como se puede comprobar en Madrid, en el antiguo monasterio de San Jerónimo el Real, junto al Museo del Prado-, que dan acceso a una capilla, profusamente decorada con un sinfín de barroquismos, entre las que no faltan las alusiones a los hombres-verdes de las tradiciones celtas o a santos de carácter mistérico, como aquél supuesto evangelizador de la India y figura muy venerada en el santoral templario, que es San Bartolomé. 

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(1) Peter Kingsley: 'En los oscuros lugares del saber', Ediciones Atalanta, S.L., 3ª edición, Girona, 2010, página 58.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Infiesto: Santuario de la Virgen de la Cueva


Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva,
los pajaritos cantan,
las nubes se levantan...
Eco de esas manifestaciones de la Gran Madre, surgidas desde lo más profundo de la noche cavernaria y útero metafórico al que retornó el primer homínido en busca de consuelo y protección, algunos enclaves todavía parecen transmitir, a pesar del exceso de beatitud judeo-cristiana que los engalana, cual hacen las bolas en el tradicional árbol de Navidad, parte de ese ancestral magnetismo que hizo de ellos lugares sin duda alguna especiales. Infiesto, a escasa distancia de Arriondas y del entorno mágico de Cangas de Onís, Covadonga y los Picos de Europa, conserva, algunos insignificantes metros más allá de donde Tánatos expende billetes para la nave de Caronte -el Tanatorio-, uno de esos lugares especiales y posiblemente, también, el origen de aquélla coplilla popular que los sufridos aldeanos dedicaban a los cielos y los niños -cuando el Corte Inglés y los juguetes apenas eran un arma cargada de futuro-, coreaban en sus juegos: el Santuario de la Virgen de la Cueva.

En efecto, salvadas las mansas aguas del río Piloña por un pequeño puente de piedra, en cuyo arco y con mucha imaginación, cualquiera puede pretender ver esa jiba de asno que caracterizaba el meritorio trabajo ingenieril de los maestros pontífices del Camino -no olvidemos, que por estos andurriales transcurría un camino real que muchos peregrinos seguían en dirección a la catedral de San Salvador de Oviedo, pues no en vano se tomaban muy en serio el dicho de que quien va a Santiago y no al Salvador, visita al siervo y olvida al Señor, y que en las cercanías se localiza un curioso templo románico dedicado a la no menos curiosa figura de San Martín de Escoto-, un interesante abrigo natural se congratula en la actualidad con las bendiciones Orbi et Orbe y los loores a María, desdibujados por la maza de la ortodoxia y el escoplo del suplantamiento de identidad, los antiguos laberintos y espirales que lo asociaban con una sacralidad mucho, muchísimo más antigua, posiblemente conocida por los peregrinos medievales, pese a los maquillajes cluniacenses.

Independientemente de ello, no deja de ser cierto, después de todo, que el lugar, visto con los ojos y la disposición de alma que a cada uno le apetezca, es un lugar hermoso y apacible, en el que poder hacer oportuno descanso y sufragar parte de esa ardiente fiebre que sufre todo aquél que, de alguna manera, emprende un viaje a la busca y captura de la más escurridiza de las Musas: Sophia.

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miércoles, 2 de noviembre de 2016

La Cabrera: convento de San Antonio


No es falta de valoración, pero sí de conocimiento, aquello que muchas veces nos induce a buscar fuera de las fronteras de la comunidad donde vivimos, unas maravillas que, por afortunadas circunstancias, parecen ser más prolíficas en comunidades foráneas. En este caso, y bueno es reconocerlo, puede decirse que ignorancia -mea culpa, Sophia me absolva- y casualidad -dudo que no se pudiera aplicar aquí el parámetro causalidad, o como diría Paulo Coelho, cada uno llega a los sitios en el momento en el que se les espera, pero eso ya es otra historia que tal vez cuente algún día cuando hable de ese curioso fenómeno que se llama sincronismo-, me sorprendieron cuando hace unas semanas emprendí un viaje corto sin más objeto que valorar y cumplir con una invitación a comer, así como con la perspectiva de pasar unas breves horas en grata y amistosa compañía. Cierto es, también, que junto con la invitación y parafraseando a Goethe, se me tentó con la vieja levadura, haciéndome saber de ciertas piedras que posiblemente –crea fama y échate a dormir- podrían interesarme. Poco podía imaginarme entonces, que aproximadamente a 70 kms de Madrid, podía existir un lugar tan genuinamente interesante, como es el convento de San Antonio, en La Cabrera. Y no sólo interesante, sino además, deliciosamente sorprendente, porque aparte de ubicarse en un lugar sobresaliente por su belleza, destaca –dime Sancho, de dónde proceden estos maravillosos lodos-, por exponer algo que todos solemos dar prácticamente por perdido en las insondables ciénagas de la Historia: el románico de Madrid.

En efecto, a la vera de los picos Cancho Gordo y de la Miel –esos que uno nunca se cansa de contemplar, las tropecientas veces que va o viene por la autovía de Burgos-, este lugar –que en modo alguno ha olvidado el bordón del peregrino y la hospitalidad benita-, nos sorprende por la pureza románica que todavía conserva en la cabecera y en parte de la nave de la iglesia. Una cabecera, que sigue la línea de otras inconmensurables construcciones –algunas de las cuales, como el monasterio de Santa María de Moreruela, en Zamora, que han corrido peor suerte y hoy día muestran los efectos de la ruina y el abandono- mostrando un ábside principal y cuatro absidiolos laterales y una iglesia, en cuyo trazo y columnado puede advertirse, quizás, una piadosa mano de alarifes mozárabes, digna, de cualquier modo de admiración.

De su historia, lejana en el tiempo y misteriosa en sus orígenes, se supone que germinó a partir de los eremitorios que hubo en sus inmediaciones –alguno posteriormente utilizado como corral y cuarto de aperos-, aunque se acepta, generalmente, la hipótesis de que éste hijo pródigo del románico peninsular vio la luz a partir de una pequeña ermita. Pero si atrayente es por sí mismo este pequeño Shangri-Lá perdido en las estribaciones de Somosierra y Guadarrama, no lo son menos los datos arqueológicos e históricos relacionados con su entorno, ni tampoco los ricos arquetipos que contiene. De lo primero, se puede dar referencia de la existencia de un castro celta en las proximidades; de un cementerio visigodo y también de la existencia, en época medieval, de un poblado con un nombre un tanto peculiar, que ya nos pone en antecedentes de cuando Magerit estaba en el punto de mira de reyes conquistadores como Alfonso VI: San Julián de Toledo. En cuanto a los arquetipos con él relacionados –buena antigua levadura para el peregrino-, no estaría de más meditar, en primer lugar, en el nombre de uno de los picos –de la Miel-, la Fuente Octogonal –por cierto, y salvando la ornamentación, muy similar a otra que se encuentra en los jardines del esotérico parque madrileño del Capricho-, la existencia del Thuja orientalis o árbol de la vida –de donde se extrae la madera también para fabricar ataúdes, otro símbolo relacionado con el retorno a la Madre- y, sobre todo, volviendo la mirada a ésta genuina Figura, la desconcertante presencia de una Mater, negra y primordial, la de Montserrat, visible en un altar conformado por otro elemento que, como la tierra y el agua y sin ser Thuja orientalis -¿o sí?-, la caracteriza: el árbol. Un árbol y unas ramas que, si hemos de ser suspicaces, por su forma, conforman otro símbolo ancestral: el tridente o la pata de oca. El lugar, en tiempos modernos, fue propiedad y residencia de recreo –ego les absolva- de una relevante personalidad: Carlos Giménez Díaz. Desde el año 1991, no obstante, reside en él una pequeña comunidad de monjes franciscanos; aquéllos que, en los tiempos oscuros no sólo acogieron entre sus filas a sus defenestrados hermanos del Temple, sino que también iban sofocando las hogueras encendidas por los dominicos.


[Quiero expresar públicamente mi gratitud a José Antonio y Merche. Primero, por su exquisita hospitalidad; y segundo, porque gracias a ellos tuve la oportunidad de conocer este maravilloso enclave].
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martes, 18 de octubre de 2016

Sepúlveda: iglesia y santuario de la Virgen de la Peña


En la parte alta de la ciudad, allá donde termina ese alargado brazo chinesco que es el casco antiguo de Sepúlveda y apenas alejado unos insignificantes metros de la sede de la Guardia Civil, otro notable santuario nos recuerda, como en el anterior de Brihuega, la veneración a una Mater, que si bien el color no lo evidencia en la talla que se venera en el altar mayor de la iglesia, sus orígenes son tan oscuros -¡oh, hijas de Jerusalén!- como la matriz donde se la encontró: la Virgen de la Peña. La cueva donde se halló la imagen, en ese singular siglo XII en el que parece que hubo una auténtica explosión de apariciones y descubrimientos marianos –algo comparable a lo sucedido apenas terminada la Segunda Guerra Mundial con esas cosas que se ven en el cielo-, en los que los guardianes del Camino, es decir, esos cambeadores y celosos guardianes de la tradición que fueron los templarios, casualmente no andaban lejos, todavía existe en la actualidad, si bien la última vez que estuve visitando el santuario, las lluvias habían producido desprendimientos de tierra en la ladera y no se podía bajar.

Tiempos de caminos y caminantes; de prodigios y milagros; en definitiva, de espiritualidad. Una espiritualidad desbordante, que a partir de la Reforma y con posterioridad a ella –como ya advirtiera Jung, en una conferencia pronunciada en Viena, en 1931-, sería, posiblemente, el caldo de cultivo para un racionalismo que habría de elevar a la materia a la categoría de Pater Noster o cuando menos de avatar en las eras posteriores. Sin olvidar el espíritu, puesto que precisamente le da sentido a ésta entrada, pero dejándonos llevar irremediablemente por el materialismo implícito al santuario y su conjunto, no estaría de más añadir que posee éste unas singularidades, que a pesar de todo, conectan todavía con ese mundo medieval, donde lo fascinante quedaba moldeado en piedra para aviso de peregrinos, navegantes y psicólogos modernos. Peregrinos y a la vez psicólogos, seguramente, fueron esos canteros que, cual salvaje –por lo de libre- manada de ocas, dejaron marcada en los sillares la impronta de sus patas, como una bandada que hiciera el camino inverso, es decir, de oeste a este, buscando, quizás, el lugar donde nace el sol para completar el círculo al compás de un fenómeno batallador, llamado Reconquista.

Porque viendo el exceso de libido en algunas de esas representaciones, que en modo alguno habría que interpretar de una manera literal, uno se siente héroe que, a pecho descubierto, reclama esa flecha dorada que ha de clavarse en su corazón. Lo que, de alguna manera se hace, cuando menos simbólicamente hablando, al acceder al santuario de la Madre, representatividad de un inconsciente en el que hay que sumergirse para volver a ascender: en definitiva, muerte y renacimiento.

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lunes, 3 de octubre de 2016

Brihüega: iglesia y santuario de la Virgen de la Peña


'MEFISTÓFELES:
No es bueno descubrir tan gran misterio...
Hay diosas en sus tronos solitarios,
que no rodea el tiempo ni el espacio;
resulta muy difícil hablar de ellas.
¡Son las Madres!'.
[Goethe: 'Fausto']

Siempre resulta una experiencia realmente emocionante, tener la oportunidad de acceder a un antiguo lugar de culto, independientemente de la provincia donde éste se sitúe, sin importar, después de todo, que los efectos del tiempo y sobre todo, aquellos quizás más importantes provocados por la mano del hombre, resten una buena parte de la excelencia sacra que éste tuvo en su momento. Uno de los más interesantes, y a la vez, del que todavía podemos sacar relevantes conclusiones, no es otro que este Santuario de la Virgen Peña. Localizado en la histórica ciudad alcarreña de Brihuega, nos revela no sólo lo que debió de ser, en tiempos, un verdadero centro espiritual de culto a la figura primordial de esa Gran Diosa Madre que, llámese como se quiera –Isis, Ashera, Astarté, Tanith, etc- bajo su manto –sea o no éste el original con forma inequívoca de triángulo, señalando ese carácter tripartito que tenían muchos de los santuarios más primitivos- se acogieron y nutrieron prácticamente todas las culturas de la más remota Antigüedad, sino que además, en su propia historia, o mejor dicho, en esa corriente popular que generalmente suele llevar siempre consigo algo de inmaculada agua histórica –como suelen decir algunos autores, entre ellos el estimado Maese Alkaest (1)-, viniendo, quizás, a indicarnos, así mismo, olvidadas y ancestrales rutas de peregrinación de las que cada vez van quedando menos huellas en ésta, nuestra mágica Hesperia.

No parece ser casual ésta advocación –de la Peña-, a la que además hay que añadir el detalle del color específico de las imágenes –negras- que parece señalarnos unos lugares muy determinados, cuyo denominador común –aparte del dato consignado de su remoto culto-, parece ser la presencia de una orden que, si hemos de tener en cuenta sus supuestos estatutos secretos, tenían a la figura de Nuestra Señora como el principio y final de su religión, porque ya existía antes que las montañas –aquéllas a las que se refería el propio San Bernardo, como parte de los mejores lugares de aprendizaje- y la tierra: la Orden de los caballeros templarios.

Y los lugares que merece la pena reseñar y que conformarían una auténtica ruta de Vírgenes Negras atravesando diferentes provincias de la Vieja y la Nueva Castilla, no son otros que Calatayud, Ágreda, Brihuega y Sepúlveda. Aquí, además, se da la circunstancia de que en la propia tradición que envuelve esta asombrosa figura, se cita a personajes, como la princesa mora Zulema, hermana de otra doncella mora cristianizada, en cuyo honor se levantó también en un lugar de antiguos cultos precristianos en la Bureba, un magnífico santuario: SantaCasilda. De la cristianización de este lugar, así como de la posterior tradición eremítica que se instaló en él, llaman la atención los escalones labrados en la roca, así como la presencia de dos arcos románicos, que a su vez recuerdan otro lugar, no excesivamente lejano, donde también se cristianizó un lugar precristiano, levantándose una ermita en honor a Santa Elena junto a la cueva sagrada, en cuya entrada puede apreciarse otro singular arco románico: la ermita y cueva de la Santa Cruz, en Conquezuela, en la vecina provincia de Soria. Si bien la reproducción que podemos ver en este santuario es una copia, sin duda, responde fielmente al original, que se conserva en la cabecera de la iglesia que lleva su nombre, levantada sobre el mismo farallón, al lado del antiguo castillo moro, hoy día, cementerio municipal.



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(1) Rafael Alarcón Herrera.

martes, 20 de septiembre de 2016

Montserrat


'...llegar allí es tu meta, / más no apresures el viaje. / Mejor que se extienda largos años / y en tu vejez arribes a la isla / con cuanto hayas ganado en el camino, / sin esperar que Ítaca te entristezca. / Ítaca te regaló un hermoso viaje. / Sin ella el camino no hubieras emprendido, / más ninguna otra cosa puede darte. / Aunque pobre la encuentres, Ítaca no te engañó. / Rico en saber y en vida, como has vuelto, / comprendes ya qué significan las Ítacas...'.
[Kavafis: Poema a Ítaca]

Hablemos de Santuarios. O de la vuelta a Casa. O de ese mítico viaje a Ítaca, que nos retiene o nos hace avanzar de oca en oca, permitiéndonos volver a tirar porque nos toca, para devolvernos transfigurados al lugar de partida, que al fin y al cabo, de eso se trata. Hablemos de lugares, de sentimientos, de anhelos, de esperanzas. Citémonos con Eros y con Psique y mientras ellos se rechazan con argumentos irreconciliables, hagamos las paces con Deméter y con María. Revolquémonos en estos lodos, causados por aquéllos antiguos charcos. Recojamos las piedras que fuimos dejando atrás, en las encrucijadas de los caminos a los que ya no hemos de volver, y continuemos avanzando, con ellas en el bolsillo, sabiendo que siempre hay nuevos caminos que recorrer y otras encrucijadas que esperan esa piedra tuya que te han de guardar hasta el día en que vuelvas a reclamársela. Y mientras hacemos camino, sin olvidar jamás de beber el agua y el vino de las tabernas, hablemos de Ítaca; así, sin apresurar el viaje, como decía Kavafis. Y al hablar de Ítaca, recordemos, entonces, ese antediluviano poema de Gilgamesh que, metafóricamente hablando, es en el fondo ésta auténtica Creación que llamamos Montserrat. Montserrat es uno de esos lugares trampa, cuya tela de araña se enreda en el espíritu de tal manera, que cuando partes de allí, en tu alma llevas grabada a fuego la consigna de que has de volver necesariamente, como antiguamente se iba y se volvía a la cueva de la Sibila. Es un imán sobrenatural, cuyo magnetismo atrae y a la vez repele; que toma y da, que quita y pone, que habla y calla a voluntad. Un lugar encantado; sagrado, si se prefiere, por derecho propio, donde mora una Diosa de piel morena, ¡oh hijas de Jerusalén!, de la que cabe preguntarse, sin embargo, ¿cómo pudo haberla tostado el sol, si durante siglos permaneció en lo más profundo y recóndito de su santuario?. Como las antiguas Madres celtas a las que tanto Shakespeare como San Bernardo veneraban y ante las que el pueblo danzaba en corro al son de los tambores. Hoy los corros son filas interminables que no bajan a la cueva, sino que suben a la basílica, como ascendiendo por una mítica escala de Jacob. Hoy en su piel de alabastro no se refleja la luz de las estrellas que antaño se colaba entre las estalagtitas y las estalagmitas de su antigua morada, sino que en ella se remarcan, detrás de la urna de cristal que la ampara, las llamas vacilantes de velas piadosas de cera de abeja, acreedoras de peticiones y milagros. Ahora Ulises envejece con Penélope y Telémaco se ha independizado. Ahora la Odisea, simplemente se llama Fe.

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domingo, 18 de septiembre de 2016

El Pasatiempo de Betanzos


'Y todo es una parte del diverso
Cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierran a tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores...'
[Jorge Luis Borges]

Non xove en Betanzos, cuando el viajero cruza el umbral, apenas una sencilla puerta de barrotes deslucidos y oxidados por el tiempo y la humedad, y accede, metafóricamente hablando, a ese otro lado del ocaso, donde sabe, supone o incluso presiente -como en los proféticos versos de Borges, que rondan su memoria-, que le esperan, sin aspavientos de ocarina, tambor, gaita o dulzaina, multitud de Arquetipos y Esplendores. Es el famoso Pasatiempo; el regalo de un indiano desprendido -el viajero sonríe para sus adentros, cuando recuerda que en la vecina Asturias se referían a ellos como americanos del pote-, que posiblemente pensara que con la aportación de algunos duros de la época, recobraría unos afectos que la vida le arrebató cuando llevó a cabo, maleta de cartón, pañuelo, mda en mano y ronchones en el alma la decisión, obligada o deliberada -tanto monta, monta tanto-, de cruzar el charco en busca de El Dorado o de la Fuente de la Eterna Juventud, o de la Madre de todas las Quimeras, que en el fondo, fueron siempre las Américas. El viajero, involuntariamente, se estremece ante los mitos de avidez del ser humano, y dejándose llevar por un inesperado impulso, observa el cielo.

Paradójicamente, tiene la extraña sensación de que el sol está inusualmente más alto que de costumbre; parece como, si por la ley de la gravedad de una conjunción astronómica desconocida, quisiera alejarse de aquélla línea del horizonte, que orientada a poniente -justo por el lado contrario de donde llegaron a Belén los Magos, cuyos restos se supone que descansan en un arcón de la catedral de Colonia-, le recuerdan, de manera drástica y perentoria, su obligación de suicidarse, como cada tarde -¿cabría plantearse una relación entre Sísifo y el Sol?-, en el cercano Finisterre. No obstante, como símbolo universal y Arcano Mayor que es, su luz, nítida e hiriente, deja al descubierto, apenas el viajero penetra en el recinto mágico, un espectáculo decadente, que en forma de abatido olvido, debería de ser clavo lacerante en la llaga del orgullo de una municipalidad dormida, independientemente de que sea domingo y fiesta de guardar y el encogimiento de hombros sea la excusa perfecta para señalar a la crisis como la pandemia maldita del siglo XXI que ha arrasado intenciones y presupuestos, obras y amores y por supuesto, todo un rosario de buenas intenciones. Pelillos a la mar, naveira, naveira, naveira do mar.

En realidad, tampoco importa; o no importa demasiado, si se tiene en cuenta que el viajero opina que en el fondo y después de todo, siempre hay un deje de sempiterna melancolía en lo decadente, que equilibra las balanzas de lo pasado y lo por venir con filigranas doradas de austera realidad. Sin llegar a aquello que el gran poeta Virgilio definía como etiam ruinas periere -¡hasta las ruinas perecieron! (1)-, pero acercándose peligrosamente a ese punto de no retorno -no return, no return, como la letra de esa inolvidable canción de Dimitri Tiomkin, relativa a aquél peligroso río que tuvieron que vadear, no sin esfuerzo y dificultad Robert Mitchum y Marilyn Monroe para darse cuenta de lo enamorados que estaban realmente (2)-, constituido por la unión inefable entre abandono y maleza -como algunos edificios góticos que tanto agradaba visitar al Maestro Gaudí-, el viajero, hasta donde abarca su visión, piensa y siente, luego debe de ser cierto que existe -escuela cínica-, que está pisando los delicados pétalos de una rosa en descomposición. Rosa Rosae. A su derecha, y en esa media curva de ballesta que soporta parte del peso de la escalinata superior, un buzo intenta hacerse con el cofre del tesoro, detalle que, aun yendo más allá de lo literal y ornamental, le parece una auténtica metáfora junguiana relativa a la que quizás sea la mayor aventura que pueda emprender un ser humano: el viaje interior; el descenso a las profundidades de uno mismo para descubrir quién se es en realidad.


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Por el contrario, y aun obviando las numerosas referencias masónicas de los escudos -incluidos los sugestivos gorros frigios, los apretones de manos, los soles, las estrellas, los cuernos de la abundancia o las pirámides-, correspondientes a esas hijas republicanas que le salieron rana a la monárquica España, el viajero concentra su atención en el muro, algo más allá, donde una recopilación de relojes fusilan horas que son recuerdos, minutos que son suspiros, segundos que son dolor: ¿quién inventó a Cronos, sino el hombre, quien a su vez parió a Cupido, a quien hizo siempre responsable del error dorado, cuando, en realidad, su único error ha sido, es y será la impuntualidad?. ¿Y quién, llegados a este punto, no soñaría con tener poder sobre el tiempo y atrasar o adelantar a voluntad ese fatídico instante en el que tomó una mala decisión y dejó salir de su vida a alguien realmente importante?. Fue Cupido quien disparó, sí. pero seguramente no lo hizo a ciegas, como generalmente se le atribuye, sino a destiempo. Y eso, al fin y al cabo, ¿qué es, sino una humana falta de paciencia, como la que demostraban los alquimistas de la Edad Media -precursores de la química moderna-, intentando acelerar un proceso de transmutación que maduraba a la perfección, en el seno de infinita paciencia de la Madre Tierra?.

Con paciencia, seguramente, piensa el viajero a continuación, que debieron de esculpirse esos templetes sobre los que estrecha un prolongado abrazo la pátina promiscua del tiempo. Una pátina, que se extiende al resto de la mitológica estatuaria, cuyas venas de mármol duermen el sueño eterno, quizás soñando con despertar un día a la carne. El templete central, que se eleva sobre una piscina invadida por la verdura, le recuerda, también, que después de todo, hasta en el agua estancada se pueden encontrar rastros de vida. Y es que la vida, como todo lo que tiene sentido, siempre se abre paso sin importar las dificultades. Difícil, finaliza el viajero sus reflexiones mientras se aleja en dirección al cercano Hiper Chino -los chinos, está convencido, de que son los actuales indianos que hacen las Américas en España-, sería no mirar hacia esa otra curva de ballesta, situada en el lado de poniente del estanque y no recordar, o mejor dicho, comparar, viendo esa cueva y esas estalagtitas, esa técnica de aprovechamiento natural del espacio, que ya pusiera en práctica Gaudí en su genial Park Güell. Un Pasatiempo, este de Betanzos, que, después de todo, continúa siendo mágico. 

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(1) Mi agradecimiento a D. Miguel de Unamuno, por recordármelo, cuando en Salamanca y allá por agosto de 1911, recordaba con esta cita parte de su impresión de las ruinas del monasterio de Santa María de Moreruela.
(2) Referencia a la película de Otto Preminguer, River of no return: Río sin retorno.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Betanzos...de los Caballeros


Betanzos es un poema. Un poema de rimas melancólicas que, como las nieves de antaño en las que se refugiaba el poeta Villon cuando el otoño pintaba estrellas de ocre fugacidad en su pecho, aluden a un pasado que tal vez no fuera mejor, pero seguramente sí más interesante. De hecho, el peregrino, el caminante o simplemente el taciturno buscador de quimeras que piense en él, reparará que su sobrenombre, de los Caballeros, no es una gratuidad, sino que éstos figuran en su pasado con similar persistencia a como el árbol, antecesor de la cruz, figuraba per secula seculorum en los escudos del antiguo reino del Sobrarbe; entiéndase, nuestro actual Aragón. Pulcra e inmaculadamente aposentado en su honorífico sillón, el docto historiador –a su manera, poeta también, pero de la rima sosa y fácil de la Historia-, verá en esa referencia, una alusión inequívoca al universo estelar de la nobleza galaica, cuya estrella principal, sin llegar, no obstante a alcanzar la luminosidad de Sirio o a enturbiar siquiera una mácula el brillo de esa Osa Mayor que los antiguos navegantes llamaban simplemente el Candil, es, no cabe duda, Fernán Pérez de Andrade, apodado –seguramente no por todos sus súbditos, pero sí por los más allegados o los más agradecidos, como ocurre hoy en día- O Boo; es decir, el Bueno –también al principio lo era el Señor del Segre, hasta que se demostró lo contrario y se convirtió en el mismísimo Diablo de la leyenda de Bécquer- y cuyo sepulcro, eso sí, magnífico, inconmensurable y esotérico descansa bajo el coro de la iglesia de San Francisco, una vez demolida la Capilla de la Quinta Angustia que era, en realidad, el panteón familiar elegido para sus eternas vacaciones en el Valhala judeocristiano. Porque eterna, feliz o indocumentada, pero inmaculadamente infantil, después de todo, es esa respetable y darwiniana memoria popular que no entiende ni se preocupa por los avales escritos para saber -porque por algo nace ya con los genes convenientemente avalados por siglos de experiencia, que los Caballeros originarios de esta Betanzos, cuya marinería danza al compás de las flechas de Diana Cazadora-, entender y no dar mayor importancia, que no fueron otros, sino aquéllos mismos pioneros que en el año 1251 permutaron sus posesiones betanceiras con el rey Alfonso X el Sabio –cuya Musa también los retrató jugando, en sus famosas Tablas de Ajedrez-, a cambio de ciertas posesiones en tierras zamoranas, como Alcañices y Alba de Aliste: los Caballeros Templarios. No templarios, presumiblemente, pero sí auténticos caballeros del tonal y del nagual –como diría el antropólogo Carlos Castaneda, para referirse a la creatividad y la expresividad que se complementan y desarrollan en los dos hemisferios cerebrales para la consecución de un fin, cuando menos, llamado Arte-, en Betanzos todavía se recuerda la visita de parte de esa desafortunada Generación del 27 –Lorca, Dalí, Cernuda…-, a quienes una de las dos Españas heló el corazón. Y viene a colación comentarlo, porque fueron precisamente inmortalizados en una histórica fotografía, al pie de ese trueno pagano o altar a los manes de los caminos, que es el crucero de piedra que como un inmutable Axis Mundi se levanta entre las iglesias de Santa María del Azogue y la mencionada de San Francisco, que era, en realidad, el lugar que ocupaba la iglesia o la encomienda –las fuentes, tanto historiadas como populares navegan en este aspecto en aguas igual de turbias que las del melocotón en almíbar- que los templarios tenían en Betanzos, y en la que todavía sobreviven, sobre todo en la portada de poniente –aquella que orienta al peregrino en su camino hacia el ocaso-, algunos retazos simbólicos del primitivo lugar donde los monjes-guerreros abandonaban sus espadas en el armero, para repetir su eterno mantra de Non nobis, Domine, non nobis sed Nomini Tuo da Gloriam: No para nosotros, Señor, no para nosotros sino para Gloria de Tu Nombre.

Como gloria otorga, por otra parte, aunque, entiéndase, en sentido figurado, metafórico o peyorativo, asistir, siquiera sea por un inesperado aunque afortunado guiño de ese fatum griego que conocemos como destino, a una boda por lo civil m-ante la mirada atónita de una cerrada iglesia de Santiago-, con acompañamiento de gaita celta, traje regional y una calabaza marca Volkswagen por carroza –que por algo lleva el nombre de coche del pueblo-, que recuerda las utópicas ilusiones de los felices viajeros psicodélicos de los años setenta, cuando el profeta Robert Zimmerman, nuestro universal Bob Dylan, proclamaba a los cuatros vientos, querido amigo, que la respuesta está en el viento.

En definitiva, Betanzos: un lugar donde perderse y reencontrarse.

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lunes, 15 de agosto de 2016

San Miguel de Breamo



Cuenta la tradición, o la leyenda o ese afluente de los ríos de la memoria que generalmente vienen siendo los dimes y diretes de los pueblos, bendito e inagotable tesoro, que fueron los caballeros templarios quienes, allá por el año de 1187 y coincidiendo con la derrota del ejército cristiano en la batalla de los Cuernos de Hattin -que supuso el comienzo del fin del Reino Cristiano de Jerusalén, y por defecto, del dominio de éstos de Tierra Santa-, levantaron este misterioso poema de piedra en la cima de este solitario monte, hoy en día invadido de eucaliptos, desde el que se tiene una visión decididamente privilegiada de Pontedeume y su bahía.

La Historia, por el contrario, no menciona o no quiere mencionar a los templarios y sí hace constar, sin embargo, la presencia, cuando menos hasta los siglos XV ó XVI, de los canónigos regulares de San Agustín. Pero hay un detalle, que cuando menos, induce a la suspicacia: los documentos que avalan ésta última presencia, son posteriores a la edificación del templo. Pontedeume, es una hermosa villa marinera, que está situada a una veintena de kilómetros -kilómetro más, kilómetro menos- de la espectacular y señorial Betanzos. Y como en el caso de ésta, cuenta en su memoria histórica, con la presencia, pues no obstante, fue también señorío suyo, de una figura extraña y relevante de la nobleza gallega medieval: el conde Fernán Pérez de Andrade, apodado O Boo, el Bueno, cuyo magnífico y desconcertante sepulcro, se encuentra en el interior de la iglesia de San Francisco de Betanzos.

No menos curiosa, puede resultar la apreciación de que en las proximidades, en un pueblo que lleva, precisamente, el apellido del noble, Andrade, sobrevive una iglesita románica, más o menos contemporánea, la de San Martiño que, bendita sea la coincidencia, también algunas tradiciones populares aseveran que fue, en tiempos, iglesia templaria.

Sea como sea, y dado que no es cuestión de hacer aquí un ensayo sobre el templarismo del lugar, véase la presente entrada, como una conjugación perfecta de arte y belleza, digna de conocer. Siguiendo esta misma carretera general, y en aproximadamente dieciocho kilómetros, se llega a otro lugar, que también tiene su puntito de interés: el antiguo monasterio de Monfero.

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viernes, 12 de agosto de 2016

El románico peregrino de La Coruña


Tiene La Coruña, entre otros muchos atractivos, desde luego, dos antiguas iglesias románicas que, situadas en el interior del casco antiguo, atraen irremisiblemente la atención del peregrino: la iglesia de Santa María do Campo y la iglesia de Santiago. Más o menos contemporáneas, en ambas se aprecian detalles y elementos no exentos de interés que, a la postre, contribuyen a enriquecer, siquiera sea de una manera lúdica y cultural, los pormenores de un viaje que ya de por sí conlleva unas especiales características. Posiblemente más conectada con aquello que los especialistas consideran como influencia compostelana, la portada principal de la iglesia de Santa María do Campo, orientada hacia poniente, ya nos muestra, en la escultura de su tímpano, un tema que nos vamos a encontrar en numerosas iglesias situadas, sobre todo, a lo largo de la costa: la Adoración de los Magos. Una escena, en la que, en el caso que nos ocupa, se da especial relevancia a la figura de María, pues bien observada, aún entronizada, aparece más alta que el resto de los personajes, conformados estos por San José y los tres magos. Merece la pena hacer hincapié y llamar la atención sobre esta escena, porque además, el cantero introdujo, por partida doble, un motivo en el que cabe, cuando menos, cierta suspicacia: la inclusión de la torre. Situadas en ambos extremos, muestra la de la izquierda las cabalgaduras –no hemos de olvidar, la figura del caballo como vehículo psicopompo- de los magos, detalle que también se puede encontrar en la temática afín a alguno de los magníficos sepulcros medievales que se conservan en la catedral vieja de Salamanca. Mucho más arquetípico, no obstante, resulta el tímpano de la portada sur, cuya escultura, también es cierto que más afectada por la erosión, muestra una curiosa escena, en la que sobresalen, quizás como claves, la inclusión de varias ruedas crucíferas, elementos que podrían conectarse no sólo con la figura de Santa Catalina –como ocurre con un capitel de la iglesia de Santiago, en Ribadavia, Orense (1)-, sino también con ese curioso arcano del Tarot, el Carro –por la forma en que se distribuyen estas ruedas crucíferas-, tan relacionado con el sentido de movimiento y que podría aludir, de paso, a ese viaje no sólo exterior sino también interior que, teóricamente está realizando el peregrino, cuyos antecedentes ya encontramos en el Antiguo Testamento, en las circunspectas experiencias de personajes como Enoch o Ezequiel. Otra curiosidad que ofrece este templo, son los orientalismos –comunes, en muchos casos, al románico de Galicia- añadidos, posiblemente en época posterior, como la pirámide que culmina la torre situada en el lado de poniente y el curioso templete añadido del ábside.

Tal vez más sencillo en apariencia, pero no menos interesante en cuanto a referencias y simbolismo, el templo de Santiago, situado en las inmediaciones de la Capitanía General, muestra, en su portada principal, también orientada a poniente, una imagen ecuestre de Santiago, siendo el motivo que ocupa el tímpano de la portada sur, el tradicional Agnus Dei, motivo que suele ser bastante común a numerosos templos situados en diferentes lugares de la costa e incluso en el interior. Aparte de las curiosas marcas de cantería, apreciables sobre todo, en este lateral sur, donde también se observa la presencia de arcosolios que pudieron contener sepulcros en sus orígenes, la portada principal también nos unos curiosos botones crucíferos y la presencia de ángeles turifarios, portadores, en algún caso, de los elementos de la Pasión. Domina el altar mayor, una hermosa escultura de Santiago, escoltado por San Joaquín y San José y en uno de los laterales, una curiosa Virgen de la Leche, imágenes que hubo una época, a partir del siglo XVI en la que se prohibieron por decoro, pero que, como demuestra la famosa alegoría de San Bernardo su significado es más profundo y trascendente.

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(1)   Ese mismo tipo de rueda, figura en una curiosa imagen entronizada, posiblemente de Santa Catalina, que al menos en 1985, año en el que Juan García Atienza publicó la primera edición de su Guía de la España templaria, se localizaba en el templo de San Juan de los Caballeros, en Benavente.

domingo, 31 de julio de 2016

La Torre de Hércules


Hay quien opina, que en este mismo lugar estuvo un día situada la bailía templaria de Faro, que daría origen a esta hermosa ciudad que es La Coruña. Otros, por el contrario, opinan que no, que en realidad, ésta se encontraba entre las marismas situadas más al interior. Y por supuesto, hay también muchos que ni siquiera consideran la presencia de los monjes guerreros ni en este preciso lugar, ni tampoco en sus alrededores y que los establecimientos del Temple en Galicia no fueron tan importantes como pudiera pensarse a priori y como nos gusta especular a los románticos. En realidad, tampoco importa mucho el detalle de si, en lo más alto de este faro que, según cuenta la leyenda, se eleva sobre los restos del rey Breogán -desmadejado en tiempos protohistóricos por la certera maza de aquél posterior Cristobalón que fue Hércules-, hubo en algún nebuloso momento del siglo XII, centinelas templarios oteando un horizonte sombrío, cuya neblina matinal en muchas ocasiones ocultaba la llegada a la costa de esas águilas vikingas que con tanto interés y frecuencia asolaban las costas gallegas, llegando a penetrar, incluso, bastantes kilómetros en su interior . Tampoco importa, si en las vecinas ensenadas, lejos de las escolleras donde las olas se deshacen en espuma con sobrenatural ímpetu, originando esos seres fantásticos, que en las leyendas de las vecinas costas asturianas llaman ventolines y espumeros, los navíos de la flota templaria iban y venían de los puertos normandos, llevando importantes cantidades de productos destinados a soportar al ejército templario en Tierra Santa, cuyo declive comenzó a partir del año 1187 -fecha, por cierto, en la que se construyó la enigmática y cercana iglesia de San Miguel de Breamo, desde cuya cima se domina la bahía de Pontedeume- cuando en las arenas ardientes de Hattin quedó sepultada para siempre la flor y nata de la caballería cristiana, el orgullo de los Lusignan, la Vera Cruz y también aquél siniestro Deus lo Vult, pronunciado cien años antes.

Importa, y eso lo sabe el peregrino que va o que viene, dejarse llevar por ese influjo misterioso de la Rosa de los Vientos y escuchar, como en Fisterra, no el sonido del silencio, como diría el grupo vintage Simon & Garfunkel, pero sí la llamada de lo incognoscible: ese canto de sirena que, cuando permanecemos durante mucho tiempo viendo ir y venir las olas, llegan a sugerirnos la peligrosa posibilidad de soñar con otro tipo de caminos. Aquellos que un gran hombre, un gran poeta o un hombre bueno, como también gustaba de definirse, llamó una vez...Caminos sobre la Mar.

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viernes, 29 de julio de 2016

Santa María de Cambre


Se dice, se comenta, se rumorea que en Cambre hubo monjes cambeadores que ejercieron también el noble arte de la hospitalidad, atendiendo a los peregrinos que se dirigían a la tumba del Apóstol, siguiendo las pautas del camino de la costa, aquél que también se denomina Camino Inglés y que cuenta, o contaba en el pasado, con muchos lugares de atención. Y dicen, también, que aquellos monjes guerreros mostraban con orgullo una cruz roja en sus blancas vestiduras, a la altura del corazón, lugar que suele atraer como un imán a las flechas más certeras, independientemente de cuales sean las intenciones del Cupido en ciernes que las lance. Por otra parte, y al igual que esos muertos, a los que C.G. Jung dedicó lo que posiblemente sean sus sermones más gnósticos y crípticos, no se sabe a ciencia cierta si vinieron de Jerusalén sin encontrar lo que estaban buscando o sí vinieron de la ciudad santa, por contra, con las alforjas repletas de tesoros como aseveran numerosas leyendas. Pero, sea como sea, cuenta la Tradición –divino tesoro, después de todo, río metafórico que, como gusta de decir ese amigo y Maestro que es Rafael Alarcón, agua histórica lleva- que custodiaron y dejaron aquí, en el interior de ésta hermosa iglesia de Santa María, una de las hidrias de las famosas bodas de Caná, donde los evangelistas refieren que Jesucristo convirtió el agua en vino, en un escenario repleto de controversias, hasta el punto de que todavía hoy, en pleno siglo XXI, no se sabe a ciencia cierta quiénes fueron en realidad los esponsales. Tema que tiene, no obstante cierta relación, con otro lugar situado también en este Camino Inglés y que tuvimos ocasión de visitar a apenas unos insignificantes kilómetros de distancia de Muxía: San Xulián de Moraime

Verídica o no tan sugestiva reliquia, el templo al que acuden parroquianos y peregrinos, curiosos, estudiosos y buscadores no deja de ser, de cualquier manera, digno de admiración y ofrece generosos contrastes que, después de todo, no dejan indiferente. Entre ellos, llama la atención la austeridad de los canecillos de sus absidiolos que contrastan –perdón por la redundancia-, con el notable simbolismo de las esculturas de la portada, esvásticas incluidas, donde se puede observar una curiosa reproducción de un Agnus Dei –símbolo, que no exclusivo pero sí asociado con numerosas construcciones templarias- escoltado por sendos ángeles o ese capitel, tradicional, por supuesto, en su temática, en cuya psicostasis o pesaje de almas ese san Miguel –o ese san Anubis-, tiene que hacer verdaderos esfuerzos de concentración frente a las trampas del demonio, empecinado siempre en hacerse con almas humanas sea de la manera que sea, sin importar calidad ni cantidad; es decir, a saco. Pero sin duda, lo más representativo, o mejor dicho, lo que a servidor le llamó más la atención –independientemente del detalle de que el interior de la iglesia está dotado de esa rotonda circular característica de los grandes monasterios que imita la anastasis del Santo Sepulcro hierosolimitano, como Melón o Carboeiro- es esa representación de Daniel, orientalizada, con un libro abierto en el regazo y una flauta o caramillo en los labios, tranquilizando a los leones que están a su lado, de la misma manera que un faquir hindú actuaría con ese espléndido pero temible animal, que es la cobra.

En fin: belleza, arte, misterios y curiosidades en el Camino de Regreso.

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martes, 26 de julio de 2016

Santa María la Real de Sar


'...el occidente. Allí se pone el sol. Allí está el auténtico crepúsculo y es más bonito que aquí. Sólo allí, en occidente, el mundo se da cuenta de que muere. Por eso, en occidente, los hombres aman la historia; porque ella les recuerda incesantemente que los hombres y las civilizaciones son mortales...' (1)

En el Camino de Regreso, el peregrino recala por segunda vez en Compostela. Pero en ésta ocasión, lo hace lejos -o cerca, según se mire- de la Plaza del Obradoiro, de las exquisiteces no siempre bien comprendidas del Maestro Mateo y sin la necesidad implícita de volver a presentar sus respetos a los restos mortales del Apóstol o, en su defecto, a las cenizas de Prisciliano. Sus pensamientos, a veces vitales a veces mortales, como ese occidente que, según Mircea Eliade vive tan apegado a su sentido de la propia mortalidad, van y vienen, vienen y van en tal sucesión, que hay un momento en el que, comparativamente hablando, piensa que en su interior se está desarrollando una auténtica secuencia Fibonacci. Enfrente suyo, la Real Colegiata de Santa María de Sar. Un templo extraño, un auténtico diplodocus de piedra que, no obstante hermoso, conserva, como uno de sus misterios quizás más extraordinarios, ese extraño mimo con el que la Rueda de la Fortuna ha querido que sus cimientos no se tambalearan hace siglos, cayendo a tierra como un castillo de naipes. De hecho, tal desgraciado suceso debió de suceder en algún momento temprano de su historia, a juzgar por los gruesos contrafuertes laterales que le proporcionan un aspecto extraño, cual una araña apegada a su red de tierra y canto.

Tan extraño y a la vez tan atrayente, como debió de ser, a juzgar por los grabados de época que todavía se conservan en los olvidados semanarios que acumulan polvo de siglos en los rincones más apartados de las viejas bibliotecas, aquél otro templo, dedicado también a la figura de Santa María, que los templarios tuvieron en Ceínos de Campos. Y como los nueve fundadores que, según las crónicas se instalaron en lo que fueran las antiguas caballerizas del templo hierosolimitano de Jerusalén, también en esta colegiata cargada de ecos y silencios, hubo un tiempo, en sus comienzos –cuando una de las caras de Jano miraba hacia los ejércitos cristianos en expansión y la otra comenzaba a mostrarles otra vez el camino del Estrecho a los musulmanes- en que los misteriosos canónigos que residían en este lugar, no sobrepasaban ese significativo número y obtuvieron, así mismo como aquéllas, numerosas concesiones y prebendas. Lástima, por otra parte, siente el peregrino por la pérdida de la mayoría de los frescos que decoraban el interior del ábside principal y que, de alguna manera, pudieran haber estado conectados, por temática, no sólo con Augas Santas sino también con algunas capillas situadas en esos Pirineos franceses que, bien sea por el interés de un rey, Felipe IV, supieron inventariar los bienes de una Orden, cuya presencia aquí, en la Península, se nos quiere vender como menos importante de lo que en realidad fue.

Por sus símbolos los conoceréis, afirmaba el Maestro Roncellín. De símbolo en símbolo, tirando porque le toca, continúa caminando el peregrino en su Camino de Regreso.

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(1) Mircea Eliade: 'La noche de San Juan', Editorial Herder, S.A., Barcelona, 1998.