miércoles, 6 de mayo de 2009

Santa María la Real de Nieva: Monasterio-convento de la Virgen de Soterraña

Santa María la Real de Nieva, monasterio-convento de la Virgen de Soterraña. Situado a 30 kilómetros escasos de Segovia capital, constituye un auténtico legado cultural, que todo enamorado del románico, del gótico, de la Historia, de los misterios -por ejemplo, las enigmáticas vírgenes negras o las no menos sorprendentes apariciones marianas, que en este caso, ambas se dan- así como del Arte en general, debería visitar al menos una vez en la vida. No es la primera vez, ni será la última, tampoco, que afirmo y afirmaré que hace tiempo que dejé de creer en la casualidad y también que cada día estoy más convencido de esa filosofía Coelhiana -que nadie se asuste, no es ninguna asignatura nueva, sino que hace referencia al apellido Coelho, escritor brasileño entre cuyas premisas se encuentra aquélla que dice que 'cuando alguien desea algo, todo el Universo conspira para que lo consiga'- que ha dado la vuelta al mundo y ha sido traducida a múltiples idiomas.
A esa Musa bienhechora llamada Causalidad -por no decir al Universo-, atribuyo, entonces, el cúmulo de circunstancias que consiguió que durante el pasado puente, festividad -y merecida, caramba- del trabajo y por tanto, de los trabajadores, fuera la figura de la Virgen María -en sus múltiples manifestaciones- el nexo de unión de dos jornadas realmente inolvidables y ricas en descubrimientos, cuyos pormenores -aún a riesgo de aburriros- iré desvelando en sucesivas entradas.
Sí puedo añadir, que a pesar de no serme desconocido tan fascinante lugar, en mi pensamiento ni siquiera se entreveía próxima la ocasión de visitarlo. El sábado, pues, y a este respecto, pintó en bastos. El artífice de que en mis manos aparecieran como por arte de magia esas deseadas 'cuarenta' que todo jugador de cartas requiere para sí cuando juega al tute, tiene nombre y apellidos: Manuel Gila. Aunque yo cariñosamente lo describa como ese duende inquieto y simpático procedente de la tierra del Indalo, que nadie se lleve a engaño. Abogado de profesión y hombre de un elevado nivel cultural -el que no me crea que pruebe a visitar Segovia, por ejemplo, teniéndole como guía- Manuel, astuto como el Diablo y conocedor, por tanto, de todas las tretas, consiguió -aunque me pica la curiosidad, prefiero no saber cómo- que las puertas de esta increíble Enciclopedia pétrea se abrieran para nosotros como por arte de birlibirloque.
Birlibirloque o no, no deja de ser una gran verdad, que cuando uno asoma la nariz por el claustro de Nª Sª de Soterraña, todo cuanto ve hace que la famosa avaricia del rey Midas se quede irremisiblemente corta frente al deseo irreprimible de saber. Porque, lo que en realidad los ojos transmiten al corazón y al cerebro es un conjunto tan impresionante de elementos y materias, que inmediatamente sabe que podría pasarse años enteros estudiando, para terminar tan sólo entreviendo lo que bien podríamos denominar como la punta del iceberg.
Y es que en Nª Sª de Soterraña, el Verbo -lejos de hacerse Carne- se hizo Piedra. Moldeados con inimitable esmero, hay tantos y tan variados secretos en esa Piedra -perdurables, a pesar del tiempo y la barbarie- que simplemente con el intento de atreverse, siquiera, a fabular sobre ellos, uno podría obtener una diplomatura cum laude en ese peculiar estilo artistico que, equivocadamente o no, ha pasado a ser conocido en la Historia como Arte Románico.
Os invito, no obstante, a ser pacientes y dando tiempo al tiempo, a compartir con este Caminante -que por cierto, espiritualmente hablando, ya no puede considerarse como una estrella solitaria- todo este cúmulo de maravillas que, espero, contribuyan a fomentar vuestra curiosidad, consiguiendo que os hagáis preguntas -muchas preguntas, cuantas más preguntas mejor- y sobre todo, lo más importante aún, si cabe, que os lleve a intentar buscar las respuestas.
Os invito y os doy la bienvenida, pues, al fascinante Universo de Nª Sª de Soterraña.

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