jueves, 19 de abril de 2012

Ruteando por la Asturias Mágica



'Comienzo con este libro mi peregrinación a los santuarios de la Asturias misteriosa; voy a llevar la humilde limosnica del amor y del esfuerzo a la historia de su origen; voy a beber el agua de su fuente y voy a buscar en ella las razones de sus usos, de su superstición, de su carácter...' (1).


Imagina que vas a iniciar una Ruta Mágica. Una ruta que comienza horas después de dejar atrás las asperezas de la Meseta, afrontando nevadas y lluvia, hasta recalar en un tranquilo hotel, situado a apenas unos insignificantes cuatro kilómetros del Santuario de la Madre, allí, en la mítica Cangas de Onís. Imagina un sueño reparador y un amanecer, con la claridad colándose alegremente a través de las cortinas de tu habitación. Una claridad que te deslumbra, deslizándose furtiva, aunque persistente, por el mármol sonrosado de tu cara. Te levantas, y aún somnoliento, descorres del todo las cortinas y abres la ventana. Un soplo de aire fresco acaricia tu cara, mientras escuchas el dulce canto del arroyuelo cercano e imaginas que una Xana se transfigura en espuma, dejándose llevar por la corriente. A continuación, miras hacia arriba, apoyado en el alféizar, y más allá de las copas de los árboles y los nidos con forma de madeja que el muérdago ha ido tejiendo entre sus ramas, descubres un cielo limpio y en dirección a Oriente, un nubarrón, oscuro como la noche, que se aleja. Supones que es el Nubero, que regresa a su casa de Egipto, después de descargar furiosamente sobre los campos. Descubres que existe vida en el gallinero, cuando el gallo entona sus primeros cantos, libre con el alba del temor a la raposa, a la que supones pernoctando en su guarida. Sientes el aroma del café, recién tostado y vuelves a respirar, más hondo todavía, mientras te apresuras, dirigiéndote al cuarto de baño. Allí, situado frente al espejo, observas un brillo de entusiasmo brotando como una diminuta supernova, mientras te embadurnas la cara con espuma de afeitar. Una vez en la ducha, recibiendo tu piel el bálsamo reparador del agua caliente, piensas en la aventura que está a punto de comenzar. Imaginas la ruta, fijándote objetivos, sin olvidar por un instante que todos estos lugares que estás a punto de visitar, fueron recorridos y analizados por un gran Maestro, hace poco más de un siglo: don Roberto Frassinelli, 'el alemán de Corao'. El místico, el emprendedor, aquél que puso en práctica el antiguo adagio de que su Patria estaba allá donde le dictaba el corazón. Y el corazón, le dictó que esa Patria era Asturias. Los Picos de Europa, el Santuario de Covadonga, los Lagos -principalmente el Enol o Cantábrico, donde Suetonio situó el episodio mistérico de Galba, aunque otros lo quieran situar en Medina de Pomar, en las Merindades burgalesas, y el Ercina-, Corao, donde en la actualidad se está rehabilitando la casa del Maestro, y allá, enfrente de ésta, a mitad de ladera, la Cueva del Cuélebre, donde se demostró que las leyendas, hasta cierto punto eran ciertas, y el Cuélebre custodiaba un estupendo tesoro en forma de objetos inestimables del más remoto pasado; la cueva del Buxu, con sus testimonios prehistóricos; el puente medieval sobre el río Sella y la capilla de Santa Cruz, que fue levantada encima de un dolmen que aún se puede ver en la actualidad; el monasterio de San Pedro, hoy convertido en Parador Nacional, pero que conserva una increíble iconografía, incluído un excelente morreo románico -perdón por la licencia- en la famosa escena de la despedida del caballero, un caballero que la tradición identifica con Fabila y su esposa Fruiliuba. Fabila, quizás el más conocido de los reyes astures, no por sus hazañas o por sus obras, sino porque todos saben que fue devorado por un oso. Un oso, el animal totémico de la casta de los guerreros...La ermita de San Bartolomé, sobre un plácido promontorio, allá donde el Sella hace sendos arcos de ballesta sobre el pueblecito de Las Rozas; el monasterio privado de San Antolín de Bedón, con sus portadas gemelas y los misterios de su fundación; Llanes, con sus referencias peregrinas, antonianas y templarias y su capilla de La Magdalena, a pie de puerto, donde se continúa celebrando la tradicional Salea, esa procesión marinera donde se pasea por mar a Santa Ana y María Magdalena...Quizás la sombra escurridiza de los fratres del Temple, allá, entre los valles de Parres, por donde discurre el antiguo Camín de la Reina; la misteriosa iglesia de Santa Eulalia de Abamia, con sus tormentos, su cuélebre y la resurrección de los muertos, enclavada en un lugar donde antaño hubo tres dólmenes; el Santuarín o la Capilla de las Ánimas, de La Estrada, según los expertos, lo única que queda de su género y asociada a siniestras leyendas y también al famoso Cuélebre...

Imagínate que estos y algunos otros, son los pormenores de la aventura que te ofrezco. Si estás dispuesto a embarcar, como diría la bruja Kalma, abre la ventana....¡y déjate llevar!.




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(1) Constantino Cabal: 'La mitología asturiana: los dioses de la muerte', Editorial Maxtor, 2008, página 1.



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