miércoles, 24 de diciembre de 2008

Jesús, ese gran desconocido

El verdadero respeto
Durante la evangelización en el lejano Japón, un misionero fue hecho prisionero por un grupo de samuráis.
- Si quieres continuar vivo, mañana tendrás que pisar la imagen de Cristo frente a todo el mundo -dijeros los guerreros.
El misionero se fue a dormir sin albergar dudas en su corazón: nunca cometería semejante sacrilegio, y estaba preparado para el martirio.
Despertó en mitad de la noche y, al levantarse de la cama, tropezó con un hombre que estaba durmiendo en el suelo. A punto estuvo de caer de espaldas de la sorpresa: ¡Era Jesucristo en persona!.
- Ahora que ya me has pisado en carne y hueso, ve ahí fuera y pisa mi imagen -dijo Jesús-. Porque luchar por una idea es mucho más importante que la vanidad de un sacrificio.
[Paulo Coelho, publicado en el Magazine Semanal de ABC, 28 de diciembre de 2008]
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lunes, 22 de diciembre de 2008

Trasmoz, el pueblo de las brujas

'...polvo, niebla, viento y sol, y donde hay agua una huerta, al norte los Pirineos, ésta tierra es Aragón...', así define un zaragozano de pura cepa, nacido en 1935, una tierra que, no obstante tan pesimistas adjetivos, es rica en belleza, y por supuesto, en folklore y tradición. En cuanto al artista, me refiero, naturalmente, a José Antonio Labordeta, ese maño trotamundos, buen conocedor del Camino, diputado por la Chunta Aragonesista hasta este recién terminado el año 2008, cuya magia -inagotable- fue capaz de meterse un País en la mochila y de mandar a la mierda en el Congreso -textualmente- a los diputados de un partido rival, empeñados en no dejarle hablar. Y es que hay tanto de que hablar sobre Aragón...
Precisamente de eso se trata, de hablar. Y hablando, pues, sería una tremenda injusticia dirigirse hacia Vera de Moncayo y el monasterio cisterciense de Veruela, y no hablar de algunos pueblos, como Trasmoz, que se encuentran en el camino.
Gustavo Adolfo Bécquer, buen conocedor del lugar y refiriéndose a Trasmoz, legó a la posteridad unos versos que, desde luego, no tienen desperdicio alguno:
'De las brujas de Trasmoz
que de unas a otras se heredan,
y así sostienen su fama,
no habléis mal, porque se vengan'.
'Trasmoz es en Aragón
hasta el año de la fecha,
Zagarramurdi, Aquellarre,
Tolosa y su historia entera...'.
El poema lo dice todo: Trasmoz, el pueblo de las brujas.
De la afinidad entre Bécquer y Trasmoz, ofrece cumplida constancia la estatua del poeta, situada junto al castillo, contemplando eternamente el pueblo, de espaldas al Moncayo.
La historia brujeril de Trasmoz se remonta, en cuanto al mundo de la leyenda se refiere, a ese oscuro siglo XII en el que, si hemos de fiarnos de la historia que ha circulado de boca en boca a lo largo de generaciones, un nigromante, utilizando las pérfidas artes oscuras y en connivencia con el mismisimo Diablo, levantó el castillo en una sola noche.
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miércoles, 17 de diciembre de 2008

Feliz Navidad, Peregrino

'Caminó unos pasos hacia el mirador, con plena atención de cómo lo hacía, atrás habían quedado infinidad de ellos perdidos en el dolor , en el cansancio y en el hastío de todas sus jornadas de marcha.
No era un día cualquiera, ese día tenía un perfume especial , el aire parecía estar cargado de vivificante oxigeno que llenaba su pecho de vida, sintiendo esa indescriptible sensación de plenitud. Sensaciones que fluían en el silencio, degustando con sosiego esos instantes... aromas que le llegaban al alma...'.
[Fragmento del relato corto 'Peregrino', escrito por M.M.]

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Nadie mejor que ella entiende los pormenores del Camino; de la inquietud por saber; del sentido de la vida...y de lo dura y hermosa que puede llegar a ser ésta. El Camino es largo, pero apasionante. Es como ese juego de la Oca, con sus altibajos, sus satisfacciones y también sus penalidades.
No podía dejar pasar la ocasión de haceros presente mis mejores deseos, de desearos una muy Feliz Navidad y un venturoso Camino.
A los que estáis en el Camino; a vosotros, que todavía os estáis decidiendo a poneros en marcha; pero, sobre todo, a aquellos pocos afortunados que habéis llegado hasta el final.
A todos: Una muy Feliz Navidad.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El Antiguo Testamento en piedra: la historia de Job

'En el siglo XIV también parece haber quedado mudo un claustro después después de haberse esculpido sus ménsulas y capiteles. El claustro de Veruela parece haber seguido mudo durante seis siglos ante los ojos de las dos comunidades religiosas, de cistercienses y de jesuitas, que lo frecuentaron. Ninguna referencia hemos encontrado al significado de las no pocas figuras que asoman a la vista en él.
Un comentario: "Son bastantes las ménsulas que están formadas por una combinación de tres cabezas humanas, que arrancan de un busto común. ¿Serán tal vez simbólicas, o bien no pasan de ser un mero capricho decorativo repetido por rutina?", leemos en el único libro que hace, por lo menos, alusión a un 'rasgo de estilo' de la escultura del claustro. Ni el autor de la observación, ni nadie después de él, se dio cuenta de que ahí, precisamente en esos 'caprichos decorativos' a los que alude, estaba la clave de lectura del claustro de Veruela...'.
[Javier Delgado: 'Job en Veruela (Esculturas del claustro gótico del monasterio de Veruela)', Ibercaja, 1996]

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martes, 9 de diciembre de 2008

lunes, 8 de diciembre de 2008

Monasterio Cisterciense de Veruela II

'La difusión de la cultura debe servir, en todo momento y circunstancia, como excusa para hurgar en la interpretación de sus claves'.
[Javier Lambán Montañés]


Segunda Parte
Interiores


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Monasterio Cisterciense de Veruela I


Primera Parte
Entorno y Exteriores

A una distancia aproximada de 79 kilómetros de Zaragoza, se encuentra uno de los monasterios cistercienses más bellos e impresionantes de todos cuantos existen en la geografía española: el Monasterio de Veruela. Su carta de presentación, excelente, ofrece una nota de rancia solera, que se forjó hace más de diez siglos en los sueños de reforma y vuelta a los verdaderos orígenes del cristianismo, de sus tres fundadores conocidos: Roberto de Molesmes, Alberico y Esteban Harding.
El Monasterio de Veruela está considerado como el primer monasterio fundado por el Císter en Aragón, y su enclave -que da nombre al pueblo que lo cobija- no podía estar en un lugar más enigmático y mágico: la vera del Moncayo.
Como en la mayoría de los lugares donde el Císter asentó sus monasterios, un halo de misterio y de leyenda ha acompañado al Monasterio de Veruela, desde sus orígenes hasta nuestros días. En efecto, aún en desacuerdo con la Historia oficial, la fundación del monasterio pervive en la memoria de una hermosa leyenda, tal y como nos relata Alberto Serrano Dolader, en su libro 'El Moncayo, fantástico, legendario y misterioso' (1):
'Don Pedro de Atarés, fatigado de mil batallas peleadas junto a su señor Alfonso I, andaba descansando por estos parajes. Aficionado a la caza, al final de una jornada cinegética de poca fortuna vio una cierva (o un jabalí, dicen otros) e inició su persecución. El animal se refugió en la espesura del bosque, escapando de don Pedro. El ímpetu de la carrera y la frondosidad de la montaña desorientaron al caballero, que no supo encontrar la salida. Para colmo de desgracias se desató una aparatosa tormenta. Sólo quedaba una opción posible: encomendarse a la Virgen. Así lo hizo y con tanta fe que, rodeada de luces, Nuestra Señora se le apareció, indicándole la senda de regreso tras haberle solicitado que allí mismo le edificase lugar de culto. Se cumplió la petición: allí mismo se colocó una cruz (que ahora es conocida como la Cruz de Bécquer) y no muy lejos de ella se iniciaron los trabajos de construcción del monasterio'.
Quizás atraído -no sólo por las características naturales del lugar, recomendables para contrarrestar los efectos de su enfermedad- sino también por la chispa mágica inherente a tan extraordinario entorno, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, acompañado de su hermano Valeriano, pasó una larga temporada en Veruela. Durante su estancia, escribió varias de sus leyendas, así como sus conocidas 'Cartas desde mi celda'. Es posible que la leyenda fundacional del monasterio, le inspirara, en parte, su hermosa leyenda 'La corza blanca'. Esto, por supuesto, es una apreciación personal. Lo que sí es un hecho, es que Bécquer, febril de historias maravillosas, escuchó atentamente a los lugareños del lugar. Y no es para menos, porque esa zona anexa al mítico Moncayo, es una zona prolífica en leyendas e historias fantásticas, que han llegado hasta nosotros, primero de forma oral, y luego abundante y afortunadamente recogidas en libros y recopilaciones al alcance del lector interesado.
Curiosamente, en las cercanías del monasterio se encuentra otro 'foco caliente brujeril', comparable, en importancia y tradición, al de Barahona y Zugarramurdi: Trasmoz y las ruinas de su famoso castillo.
No es ninguna novedad, que el monasterio de Veruela se halle protegido por una muralla, aunque sí puede serlo que, según la tradición, en alguna parte de ella fue enterrado un herrero que participó en su construcción y que se suicidó despechado al no poder conseguir el amor de un hermosa judía, vecina, precisamente, del famoso pueblo de las brujas, de Trasmoz.
Se accede al monasterio, atravesando la puerta del homenaje, construída, según todas las apreciaciones, entre 1268 y 1292, aunque a mi me llamó bastante la atención el cuerpo superior -construído a partir de 1559- la geometría de cuyos ventanales me recordaron, en parte, aquéllos otros de la iglesia de Santa Coloma de Albendiego, con cuya visión me he extasiado en varias ocasiones.
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(1): Albero Serrano Dolader: 'El Moncayo, fantástico, legendario y misterioso', editado por la Diputación de Zaragoza, año 1996.


domingo, 7 de diciembre de 2008

Tras los pasos de Bécquer en Veruela

'- Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos, arrojados de sus guaridas, bajan en rebaños por su falda, y más de una vez los hemos oído aullar en horroroso concierto, no sólo en los alrededores de la fuente, sino en las mismas calles del lugar; pero no son los lobos los huéspedes más terribles del Moncayo. En sus profundas simas, en sus cumbres solitarias y ásperas, en su hueco seno, viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan por sus vertientes como un enjambre, y pueblan el vacío y hormiguean en la llanura, y saltan de roca en roca, juegan entre las aguas o se mecen en las desnudas ramas de los árboles...'.
[Gustavo Adolfo Bécquer: 'El Gnomo']

Nigromantes, brujas, doncellas moras encantadas; aparecidos, trasgos, gnomos, espíritus elementales de la naturaleza; dragones y diablos...elementos todos ellos que constituyen una riqueza folklórica insuperable, y que esconden extrañas claves. No resulta extraño, por tanto, pensar que -no obstante su terrible enfermedad y los extraordinarios esfuerzos de su hermano Valeriano por mantenerle una temporada reposando en el Monasterio de Veruela- Gustavo Adolfó Bécquer terminara encontrándose como en su propia casa, al menos en cuanto a inspiración se refiere. Tal vez mejor, incluso, porque en ese difícil trance, también su mujer le había abandonado.
Abierto siempre a las fuentes inagotables de la imaginación, se conoce la admiración del poeta por la arquitectura sagrada, y más concretamente por ese estilo artístico tan afín a sus ideales fantásticos: el románico. No puedo por menos que exponer tal afirmación, en la admiración que sentía, por ejemplo, por el monasterio soriano de San Juan de Duero -inspirador de su famosa leyenda 'El Monte de las Ánimas'- hasta el punto de que pasó por su imaginación la idea de comprarlo y proceder a su restauración. Paradójicamente, no ocurría así con la cercana ermita de San Saturio, cuyo estilo barroco, 'churrigueresco' -utilizando sus propias palabras-, no le atraía ni un ápice, pero que también, en sus alrededores, situó otra de sus leyendas más conocidas: 'El Rayo de Luna'.
Es difícil acceder al lugar dondé Bécquer situó ésta leyenda a orillas del viejo Duero, pues tanto lo que se mantiene en pie del antiguo monasterio templario de San Polo, como sus alrededores, son hoy día propiedad privada.
No se puede intentar acercarse a Bécquer y la fascinación que sus rimas y leyendas han producido en generaciones de lectores, sin acercarse a esas fuentes primordiales que caracterizaron una época y unas creencias, donde cualquier cosa, por fantástica que fuera, adquiría auténticos visos de realidad: la Edad Media.
Es en esa época, considerada por muchos como oscura y bárbara, donde multitud de creencias y mitos surgen de las cenizas del tiempo -como el ave fénix- para recuperar, si no todo, al menos una considerable parte del esplendor que tuvieron en el mundo antiguo.
Seres fabulosos, como los grifos, los dragones, las arpías o las sirenas, resucitan en los capiteles de los claustros de los monasterios y de las iglesias románicas, como una supernova simbólica que actualmente, y en la mayoría de los casos se nos escapa, pero que por aquél entonces se interpretaba, se aceptaba y lo que es más importante, se comprendía.
El Verbo hecho Piedra. O mejor dicho, la piedra hablando a través de los símbolos cincelados con desigual destreza por los maestros canteros y dedicados a una sociedad analfabeta, que en su mayoría comprendía el mensaje y adquiría -de una manera comparativa, por supuesto- esos estudios básicos que hoy día conformarían, digámoslo así, los estudios básicos o el graduado escolar del pueblo llano.
Fue en ésta época precisamente, realizando los interminables cursos de la denominada entonces 'Educación General Básica' -hoy día la denominan, curiosamente, 'ESO'-, cuando conocí a Gustavo Adolfo Bécquer. Me lo presentó un profesor menudo, de cabello blanquigris cortado al uno, que le hacía una especie de pico sobre la frente y le confería el aspecto de un búho; utilizaba unas gafas de cristal grueso, parecido al culo de las botellas y un audífono sobresalía de su oreja, manteniéndose conectado a su oído derecho. Su nombre: Señor Montes. Su ocupación -una vez vencido y desarmado el ejército rojo- profesor de Lengua y Literatura. Por supuesto, hablo de los años setenta, pues en aquellos otros inmediatos y posteriores a la Guerra, poco podía ejercer el pobre hombre.
Incluyo éste apóstrofe, porque el Señor Montes participó en la Guerra Civil; y fue en el transcurso de ésta, parapetado en una trinchera, donde un obús estuvo a punto de arrancarle la cabeza de cuajo, aunque, como mal menor, se llevó tan sólo la capacidad de audición de ese lado derecho. Hubiera sido una auténtica pena, desde luego, porque si bien a veces conseguía aburrirnos con sus 'batallitas', tenía una sensibilidad especial, sin duda extraordinaria, para interpretar las rimas de Bécquer y narrar sus leyendas. Dicen que la música amansa a las fieras. Y doy fe de que es verdad, porque las fieras que éramos nosotros, enseguida nos embelesábamos cuando el Señor Montes comenzaba a contarnos cualquiera de las leyendas.
Tanto o más que 'El Monte de las Ánimas', recuerdo que nos gustaba aquélla otra titulada 'La Cruz del Diablo' -¿tal vez esa que se encuentra a la entrada del monasterio de Veruela y hoy día se conoce como 'la cruz de Bécquer'?-. Seguramente, no. Pero da igual. Lo importante es que la narración, en labios del Señor Montes, adquiría pronto tal intensidad, que había momentos en los cuales nos estremecíamos, presintiendo la cercanía del fantasma diabólico del Señor del Segre...
No obstante, este tipo de sensaciones se comprenden mejor en la cercanía del Moncayo, en la actualidad semicubierto de nieve y parcialmente arropado por un halo neblinoso que incrementa, aún más, si cabe, ese aura inmemorial de incertidumbre y misterio que siempre la ha caracterizado.
El monasterio de Veruela, desde donde una de cuyas celdas, Bécquer escribió -entre otras obras- sus famosas cartas, contiene, también, los suficientes elementos mistéricos, como para elevar a estados alterados las percepciones sensoriales, no sólo de un literato romántico, como Bécquer, sino también de cualquier amante del Arte en general.
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Lugares legendarios de Aragón: alrededores del Moncayo

'El Moncayo es recio y bravío, aunque de perfiles suaves que se van dibujando en el paisaje en una franja de más de veinte kilómetros de largo. Durante gran parte del año la cima principal está nevada y las nieblas mitifican sus laderas.
Sin duda, el macizo ha sido considerado como mágico. Es creencia popular que las civilizaciones clásicas erigieron en lo más alto un templo dedicado a los dioses, quizá a Júpiter. La Virgen del Moncayo, que nos aguarda en su Santuario ubicado a 1600 metros de altura, fue adorada en la Edad Media con la advocación de Nuestra Señora de la Peña Negra, denominación que refuerza las connotaciones misteriosas de esta Montaña Santa.
Mitos, leyendas, tradiciones fantásticas, lugares enigmáticos...'.
[Alberto Serrano Dolader: 'El Moncayo, fantástico, legendario y misterioso', editado por la Diputación de Zaragoza, 1996]

Sábado de madrugada, comienza la aventura. En ésta ocasión, y aunque mi intención es pasar por Soria, mi destino se encuentra más allá de sus fronteras, en la vecina provincia de Aragón. Al contrario que en ocasiones anteriores, el primer café lo tomo en Medinaceli, donde, según tengo costumbre -y algunos es posible que de tanto decirlo, se aburran de escucharlo- reposto y compro la prensa diaria, a excepción de El Heraldo de Soria, que por alguna razón, hace tiempo que no distribuyen en la gasolinera.

A pesar de ser más corto que en ocasiones anteriores, el puente de la Constitución invita al éxodo sin importar las condiciones meteorológicas, de tal forma, que el tráfico en la autovía, aunque fluído, ha sido mucho más persistente de lo habitual.

Para un romántico empedernido, resulta poco menos que imposible pasar por Soria y no detenerse, aunque sólo sea cuestión de cinco minutos, a saludar al viejo Duero y mirar con respeto y devoción hacia la peña envuelta en brumas -cuál Avalon, como diría mi buen amigo Koborron- donde se levanta la entrañable ermita de San Saturio. Cinco minutos de paz y silencio, a excepción del susurro persistente, adormecido y ligeramente triste, quizás, de las aguas de tan emblemático río, y el viaje continúa, acompañado de una fina llovizna que desaparece misteriosamente algunos kilómetros más adelante.

En realidad, por allí mismo pasa la N-122 en dirección a Zaragoza y Pamplona; carretera que no he de abandonar ya en los 90 ó 100 kilómetros, aproximadamente, que me separan de Tarazona, la ciudad natal de un genial cómico español -Paco Martínez Soria- y de esa catedral cuyas obras de remodelación parecen eternizarse irremisiblemente.

Aunque se trata de un viaje a la aventura, propiamente hablando, no deja de tener su sentido y por supuesto, su mística. El desplazamiento, desde luego, merece la pena, sin importar lo enfurruñado que pueda estar el tiempo. Enfurruñado, pues, espero también encontrarme a ese viejo misterioso y gruñón llamado Moncayo, cuya magia se acrecienta, aún más si cabe, con la magia del monasterio cisterciense de Veruela y el extraordinario folklore recogido a lo largo de los siglos por los pueblos de alrededor, entre los que cabe destacar Trasmoz y Vera de Moncayo. Por supuesto, y como se irá viendo a lo largo de las próximas entradas, también persigo fantasmas. Fantasmas que han ido dejando huella de su existencia, y salvo excepciones, sus nombres parecen haber sido devorados para siempre por la vorágine del tiempo. No es el caso, obviamente, de ese lúcido, romántico y enamoradizo poeta llamado Gustavo Adolfo Bécquer, que hace más de un siglo vivió en aquéllas eternas, inolvidables soledades, y además de escribir una obra maestra -Cartas desde mi celda- también compuso himnos inmortales a los elementales que, aún hoy día, no me cabe duda, vagan por los alrededores del Moncayo, desafiando, a todo aquél que se atreva, a descubrir el secreto de su magia.

Es a medida que uno se acerca, cuando siente -o mejor dicho, presiente- que la magia del Moncayo se ve notablemente beneficiada con la magia de los monasterios cistercienses, como el de Veruela. Y si a esto le sumamos la magia personal de un soñador inmortal de la categoría de Gustavo Adolfo Bécquer, el cocktail, sin duda, será de lo más inolvidable y exquisito al paladar.

Pronto quedan atrás poblaciones conocidas, cuyos misterios, apenas entrevelados, tuve el placer de saborear durante los meses de verano: Tozalmoro y su impresionante iglesia románica de San Juan Bautista; Omeñaca, con su iglesia de Nª Sª de la Concepción y la leyenda de los Siete Infantes de Lara; Aldealpozo, punto de partida de la llamada 'ruta de los torreones'; Matalebrera, de donde parte la carretera que conduce hasta San Pedro Manrique y la espectacular magia de sus hogueras de San Juan...Atrás queda también Ágreda, con los testimonios imborrables de su multiculturalidad, su moreneta Virgen de los Milagros, y por supuesto, el cuerpo incorrupto de una de las místicas más grandes del Siglo de Oro español: Sor Mª Jesús de Ágreda, cuyas espectaculares bilocaciones nadie parece poner en duda.

Poco o nada importa, como digo, si a medida que me acerco a mi destino, el Moncayo -huraño para no perder la costumbre y en ésta época del año con canas formadas por blanca nieve en sus cimas más altas- se alia con el tiempo, negándome un guiño de simpatía.

La Aventura, al fin y al cabo, hace horas que ha comenzado y aún va a depararme muchísimos placeres. Os invito, pues, a compartirla a lo largo de las siguientes entradas, agradeciéndoos vuestra visita y sugerencias.


martes, 2 de diciembre de 2008

Monasterio Cisterciense de Bonaval: Álbum Fotográfico

'No hay ninguna experiencia tan maravillosa como la de salir al aire libre en el campo una noche de primavera. Pero lo mejor es salir cuando la noche está a punto de acabarse, y mejor incluso hacerlo solo. Porque entonces puedes oir las carreras de los animales que pululan en la oscuridad, y las vacas masticando hasta que tropiezas con ellas, y percibir la vida secreta de las hojas, y los tirones de hierba y el mordisqueo y hasta el reflujo de la sangre en tus propias venas. Entonces puedes ver los bultos de los árboles y las colinas, más oscuros que todo lo demás, y las estrellas dando vueltas en sus engrasados surcos, y sólo para ti. Entonces hay una única luz en una casa de campo lejana que indica una enfermedad o un madrugador que parte hacia un misterioso destino...'.[Terence H. White: 'Camelot-El libro de Merlín', Círculo de Lectores, 1993]
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Antes de llegar al pueblo de Retiendas, al comienzo del puente de piedra que se eleva por encima de un pequeño riachuelo y señalando hacia la izquierda, un cartel indica la dirección del monasterio de Bonaval. El primer tramo del camino -de unos quinientos metros, aproximadamente- es de naturaleza desigual, marcado por numerosos baches que hay que ir sorteando con paciencia, para no dañar los amortiguadores del coche más de lo necesario.
Al cabo de éste, marcado por la presencia del pequeño cementerio y otro puente de piedra, pequeño también, cuya carretera conduce -siete kilómetros más adelante, hasta la Presa del Vado-, un caminillo rural serpentea monte abajo, siguiendo el curso del arroyo. Cubierto de nieve y flanqueado de árboles a ambos lados, el camino muestra, en algunos trechos, pequeños desprendimientos de tierra y piedra, que hay que ir sorteando, pisando la nieve con precaución para no meter el pie en un bache inesperado y torcerse un tobillo.
A medida que se avanza, uno se ve sorprendido por sensaciones de variada naturaleza. Cara y manos sienten pronto la caricia gélida del frío, mientras los vahos de la respiración se conjuran con el ambiente para formar pequeños fantasmas de humo y vapor que no tardan en desaparecer.
En ocasiones, el silencio sorprende y sólo se ve roto por el crujido del calzado sobre la nieve; después, apenas cruzada una pequeña curva en el camino, de manera inesperada y repentina, el viento gime lastimero, colándose entre las copas de los árboles, y algunas hojas amarillentas -heróicas, como esos últimos soldados de Filipinas que resistieron hasta el final, guardando su plaza- caen lentamente sobre la nieve, deslizándose en remolinos hacia los lados del camino cuando el viento aumenta en intensidad.
No deja de ser todo un misterio observar las numerosas huellas que hombres y animales han ido dejando sobre la nieve y el frío se ha encargado de conservar. Se confunden unas con otras, señalando en ambas direcciones, indicando un tráfico que podría considerarse, objetivamente hablando, como inusual en este lugar solitario y en ésta época del año.
El paseo, no obstante, resulta agradable. Sobre todo, porque las condiciones atmosféricas no son tan extremas como días atrás, y ese guiño anaranjado que a duras penas intenta abrirse camino a través de unos cúmulos cenicientos, augura momentos de luz y calor.
Una centena de metros después, se llega hasta una bifurcación de caminos; el viajero que acude por primera vez, duda. Pero un instante de observación es suficiente para distinguir -a través de las ramas desnudas de los árboles que flanquean el lugar- un bulto pétreo de color blanquecino-amarillento, que en algunos puntos se va tornando rosado cuando es alcanzado por la luz del sol.
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domingo, 30 de noviembre de 2008

Paisajes de invierno


'Lejos y entre los árboles
de la intrincada selva,
¿no ves algo que brilla
y llora? Es una estrella.
Ya se la ve más próxima,
como a través de un tul,
de una ermita en el pórtico
brilla: es una luz...'.
[Gustavo Adolfo Bécquer]

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lunes, 24 de noviembre de 2008

Pueblos de frontera con encanto: Maderuelo


'Es glorioso nacer al sol que se levanta:
más dondequiera vaya, bien advierto
que un esplendor ya se apagó en el mundo'.
[William Wordsworth]

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domingo, 23 de noviembre de 2008

El origen de una maravilla: Maderuelo, ermita de la Vera Cruz


Álbum Fotográfico
'Las pinturas murales románicas no son imágenes aisladas, sino parte de un folio cromático que cubre todo el interior de la iglesia, a la que también pertenece el engarce polícromo de la arquitectura. Apenas unos pocos conjuntos transmiten hoy en día esta impresión de unidad...'.
[Otto Demus, 1968]

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miércoles, 19 de noviembre de 2008

¡Qué barbaridad!

'Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre o de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo'.
[Jorge Luis Borges]

Solemos considerar al Tiempo como el aliado más fiel de nuestra certera e inexorable enemiga: la Muerte. Pero pocas veces somos realmente objetivos y nos detenemos durante unos breves instantes a considerar que el Tiempo, a pesar de los pesares, es un 'enemigo' que juega limpio. En muchos aspectos -considerando la comparación, desde un punto de vista meramente romántico, por supuesto- el Tiempo me recuerda a aquéllos caballeros del aire de la Primera Guerra Mundial que, aún batiéndose a muerte en los cielos europeos, mantenían intacto el sentido del honor y la caballerosidad para con el vencido.
Llevo ya dos años recorriendo esos caminos de Dios, alimentando el espíritu con la belleza de los lugares, la idiosincracia de las personas, el trasfondo mistérico de las tradiciones, y cómo no, la variada herencia histórica que en muchos casos -y no gracias a los hombres- ha pervivido con la dignidad de las cosas que se hicieron con maestría, y precisamente para eso, para perdurar. He disfrutado observándolas, estudiándolas, tocándolas, y también mostrándolas y hablando de ellas. Por eso, cuando me encuentro con casos semejantes al de la malograda ermita de San Caprasio, en la población soriana de Suellacabras, no puedo por menos que sentir una tremenda pena, una completa indignación, y no precisamente contra el Tiempo. Porque el Tiempo es lo que es y aún así, siempre avisa; siempre está presente en todos los momentos de la existencia y siempre susurra al oído su eterna cantinela: no te descuides, porque estoy aquí.
Realmente ignoro los motivos por los que un lugar sagrado pierde su funcional y sacra categoría -si hemos de considerar que el lugar donde se levantó hace siglos era especial, tendremos que suponer que seguirá siendo especial a lo largo de los años- y un buen día la naturaleza, cansada sin duda de ver el olvido para con esos cimientos, esas paredes y esa mampostería que un día la mantuvieron a raya, decide hacer su trabajo y revestirlas de un manto de misterio y de leyenda, no del todo desagradable, si tenemos en cuenta su sabia intención de disimular en parte los estragos del Tiempo.
Resulta curioso observar -al menos en este caso en particular- que tal sabiduría alcanza hasta el punto de hacer que sus hierbajos, sus enredaderas y sus ortigas respeten la frontera que separa el ábside -donde, aunque hoy día desmoronado, antño se ubicaba quizás el lugar más sagrado del templo, aquél que servía de intermediario entre el oficiante y la Divinidad- del resto de la nave.
Es a partir de aquí, donde interviene, sin embargo, la acción del depredador más cruel y más necio de todos cuantos existen en el mundo: el hombre.
Revestido con ese narcisismo estúpido de dejar una malhadada huella de una presencia que seguramente nadie va a echar de menos y seguramente alguien habría deseado que no se hubiera producido, este lugar se ha convertido en la diana predilecta de grafiteros que, demostrando -no ya una paupérrima falta de sensibilidad- sino de incultura, han echado absurdamente a perder una obra de arte que incluso el Tiempo, como comentábamos al principio, tuvo hasta el buen juicio de respetar.
En fin, como dice el Eclesiastés: 'todas las cosas tienen su tiempo, y todo lo que hay debajo del cielo pasa por el término que se le ha prescrito'.
En este sentido, sería de desear que fuera el Tiempo y no el hombre, el que hiciera su trabajo.
¡Respetemos nuestro Patrimonio, por favor!.

domingo, 9 de noviembre de 2008

La Magia del Agua

'Año tras año, el juego de la tierra y el agua rediseña el paisaje'.
[Juan M. García Ruiz, El País Semanal, domingo 26/10/2008]


'AGUA, PURO ELEMENTO...
Agua, puro elemento, dondequiera abandonas
tu mansión subterránea, hierbas verdes y flores
de brillante color y plantas con sus bayas,
surgiendo hacia la vida, adornan tu cortejo;
y en el estío, cuando el sol arde, veloces
insectos resplandes y, volando, te siguen.
Si falta tu voluntad, resuella el bosque, y ciervo
y cierva y cazador con su venablo, juntos
languidecen y caen. No deja de sentirse
en el alma turbada tu benigna influencia;
y tal vez en la entraña marmórea de la tierra,
donde sufren tormento espíritus que lloran
gracia y bondad perdidas, tus murmullos apagan
su angustia y a los tuyos mezclan sus dulces cantos'.
[William Wordsworth, 1770-1850, poeta romántico inglés]

lunes, 27 de octubre de 2008

La Magia de las Hoces del Duratón

'Si lo ves en tu mente, lo tendrás en tu mano'
[Bob Proctor para 'El Secreto', de Rhonda Byrne,
Ediciones Urano, 2007]



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domingo, 26 de octubre de 2008

La magia de la luz en el entorno natural de las Hoces del Duratón

'No intentes ser coherente todo el tiempo. A fin de cuentas, San Pablo dijo que 'la sabiduría del mundo es locura ante Dios'.
[Paulo Coelho: 'Maktub']



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Tradiciones con misterio: la piedra de San Frutos

'Según la tradición dando tres vueltas a la piedra, haciéndolo con auténtica Fe y devoción, por supuesto el peticionario no ha de estar en pecado, y rezando varios padrenuestros con humildad y recogimiento, San Frutos intercede y a veces le concede lo que pide...'.
[Víctor Alonso: 'Breve pero amena historia del Cañón del Duratón y de la ermita de San Frutos, datada en el siglo XI', Publicación de la Hermandad de San Frutos, Segovia, 2004]
Me comentaba una entrañable amiga, a propósito de este emblemático lugar y su no menos sorprendente tradición, que un gran maestro que tuvo, afirmaba que 'hay un lugar en la conciencia donde todo es reversible'. Creo que la frase no tiene desperdicio alguno, sobre todo si queremos, siquiera, llegar a intuir parte del misterio asociado con la tradición de lo que, a partir de ahora y a lo largo de la presente entrada, denominaremos como la Piedra del Altar de San Frutos.
Para ello, sin embargo, resulta necesario, cuando no preciso, situar tanto el lugar como la figura asociada que dieron origen a una tradición que se perpetuaría a lo largo del tiempo: la región de Sepúlveda y uno de los lugares más hermosos, pero a la vez inhóspitos, de la provincia de Segovia, las Hoces del río Duratón. No en vano denominado como 'el desierto del Duratón', para seguir los pormenores de fe y devoción que cada 25 de octubre -festividad de San Frutos- atraen al lugar a cientos de curiosos y peregrinos, es preciso retroceder en el tiempo, y situarse en un periodo histórico convulso y poco conocido: el final de la era visigótica y los comienzos de la expansión musulmana por la Península.
Objetivamente hablando, y de similar manera a la vida de muchos santos y personajes notables de ésta época, así como de épocas anteriores, no existe -o no se ha encontrado hasta el momento- documentación histórica que corrobore los pormenores de una tradición oral, que sin embargo, se ha perpetuado a lo largo de los siglos, acrecentando los prodigios y dotando a la vida del personaje en cuestión de un aura de leyenda, de la que es difícil separar los retazos de verdad que seguramente contiene. Porque no olvidemos a éste respecto, que toda leyenda tiene un trasfondo verídico y que incluso, con conocimiento de causa o sin él, en toda leyenda existen claves concebidas para disimular esa Verdad. Desde luego, San Frutos, no es una excepción.
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domingo, 12 de octubre de 2008

El fantasmal encanto de Medinaceli

'La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado'
[Jorge Luis Borges]
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domingo, 5 de octubre de 2008

La enigmática pentalfa de San Bartolomé
'...si los números simbólicos desempeñan una función comparable a la de las letras o las palabras, ¿cómo comprenderemos el sentido de la frase que componen o del pensamiento que representan?. Y aún más, ¿cómo estaremos seguros de su significado?.
[Jean-Paul Lemonde: 'El Código Cluny']


Hablando de la Magia, de los Misterios del Camino, de ese Factor X presentido e investigado por escritores y psicólogos de la talla de Colin Wilson, no podía dejar pasar la oportunidad de exponer aquí una de las curiosas maravillas con las que me he topado durante mis viajes: la enigmática pentalfa de la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos.

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La Magia en el camino del peregrino


'La conciencia humana es tan poderosa como un microscopio; puede captar y analizar experiencias de un modo que animal alguno es capaz de hacer. Pero la visión microscópica resulta, al mismo tiempo, estrecha. Precisamos desarrollar otra forma de conciencia equivalente a la del telescopio. Se trata de la Facultad X. Y la paradoja consiste en que ya la poseemos en buena medida, si bien somos inconscientes de ello...'.

[Colin Wilson: 'Lo Oculto']


Una bruma matinal que adquiere la forma de un terrorífico dragón, situado fuera de la muralla medieval de la ciudad de El Burgo de Osma, amenazando a los habitantes, retando a sus mejores y más nobles caballeros. Las vidrieras de la catedral, que se transforman en inmensas hogueras al ser alcanzadas por los primeros rayos del sol. Los interiores de la ermita de San Bartolomé, que parecen convulsionarse entre dos realidades distintas, mientras el reflejo de la pentalfa de su transepto sólo puede ser captado por el objetivo de una cámara. Esa aparición fantasmal, con aparente aspecto medieval, que aparece inesperadamente junto al altar de una iglesia del pueblo segoviano de Duratón, y desaparece en el espacio-tiempo infinitesimal del objetivo apenas dos exposiciones después...
¿Qué se oculta, en realidad, detrás de éstas fotografías aparentemente dañadas o defectuosas?.
Si bien es cierto que muchas de ellas están movidas o expuestas a una gran luminosidad, existe, sin embargo, un porcentaje mínimo que bien pudiera considerarse 'extraño'. La luna fantasmal de Medinaceli era, en realidad, una luna llena enorme y brillante, que se elevaba incomensurablemene hermosa sobre el valle del Jalón. ¿Qué captó, entonces, el objetivo de la cámara?. ¿Qué sombra, inoportuna e incógnita se avalanzó sobre él en el preciso momento del disparo?.
¿Es casualidad, que las fotografías del sarcófago de Sor María Jesús de Ágreda -la Dama Azul- salgan inadvertidamente movidas, hasta el punto de exponer perfectamente el efecto de bilocación que caracterizó a ésta fascinante mujer en vida?.
He aquí, contra pronóstico, una pequeña muestra de ese Factor X mencionado por Colin Wilson. Un Factor desconocido, que desafía la física y la lógica y se muestra, sin causa ni razón aparente, en los lugares más inverosímiles de los caminos. Y es que, como decía en una de sus principales novelas -Kim de la India- ese gran escritor británico que fue Rudyard Kipling:
'Ahí fuera hay todo un mundo. ¡Vé y descúbrelo!'
Sirva la presente entrada, como un breve, brevísimo esbozo, pues, de la Magia de los Caminos. Esa a la que se refería Paul Elouard, cuando afirmaba: 'hay otros mundos, pero están en éste'.

sábado, 4 de octubre de 2008

viernes, 19 de septiembre de 2008

Don Pelayo, Asturies Rex


'Nunca permití que me viera; sin embargo, estuve siempre pendiente de él. La estatua que las generaciones futuras levantaron junto a la Basílica, no le hace justicia. No era tan alto; ni tan gallardo. Tampoco tan apuesto y poderoso. En realidad, si he de ser sincera, no se parece en nada a aquél muchacho tosco y solitario, que un día estuvo a punto de ahogarse en la poza del río donde yo tenía mi morada.
Es cierto que no albergué ninguna duda de que era especial cuando le vi, y aunque ningún íncubo tuvo parte activa en su concepción, me recordaba mucho a aquél Ambrosius que conocí, aproximadamente doscientos años antes que a él, en los sagrados bosques de la Pérfida Albión. Supongo que Ambrosius todavía duerme su sueño inmortal en las profundas entrañas del Dragón.
El bueno de Ambrosius. Siempre he pensado que una persona especial, debía de tener también un nombre especial. Un nombre que denotara fortaleza; que fuera regio y a la vez -dado que los tiempos cambian y evolucionan- que constituyera un vínculo entre la Antigua y la Nueva Religión: Mirrdin, Merlín, Ambrosius. Pelasgo, Pelagio, Pelayo...
Pocas veces he comprendido a los hombres; pero de todos los que he conocido, de todas las razas que he observado, los godos fueron, sin duda, los más desconcertantes: nobles, sí, pero traidores como cuélebres.
A pesar de llevar sangre noble en sus venas, el joven Pelayo, sin embargo, era diferente. Su padre, Favila, era gobernador del rey Witiza -cargo que en lengua latina se corresponde con 'dux', palabra de la que posteriormente derivarían duque y ducado- siendo Pelayo, por tanto, spatarius o miembro del séquito real.
No resulta fácil intentar describir lo que puede llegar a sentir un espíritu libre en una corte real. Pero sí puedo decir, que los primeros tiempos del indómito Pelayo en la corte de Witiza, no fueron precisamente los mejores de su vida. Como Arctorius, el pupilo de Ambrosius y futuro rey de Inglaterra, el indisciplinado Pelayo prefería la compañía del ganado y la administración de las propiedades heredadas a la muerte de su padre.
Esta disposición, más propia de un siervo que de un noble, hizo que el futuro caudillo del reino astur, permaneciera -al menos durante un tiempo- lejos de las intrigas palaciegas. Pero más allá de las Columnas de Hércules, las hordas caldeas -término con el que se designaba en la época a los sarracenos- preparaban, concienzudamente, la invasión de la Península.
A la muerte de Witiza, le sucedió Rodrigo tuvo que hacer frente a numerosas conspiraciones, pues no había caudillo godo que no pensara tener el derecho a ostentar la corona sobre su cabeza, y ésta circunstancia contribuyó en gran medida a que los invasores sarracenos, al mando de Tariq, encontraran un país mermado y dividido.
Más como un acto desesperado, que como un ejército disciplinado e imparable, como aquél que antaño humillara y derrotara a Roma, el ejército del rey Rodrigo plantó cara a los musulmanes a orillas del río Guadalete. Era el año 711 y Pelayo tuvo ocasión de conocer el amargo sabor que tiene la derrota.
Rodrigo y su ejército fueron completamente masacrados. Tras la muerte del rey -producida a consecuencia de las heridas sufridas en la batalla- Pelayo, junto a algunos supervivientes, se refugió en Toledo, ciudad en la que permaneció durante tres años, y de la que tuvo que huir precipitadamente, frente al incontenible avance musulmán, cuyas fuerzas se iban extendiendo progresivamente por la Península, sin apenas oposición.
Los hombres -como he podido comprobar a lo largo de mi longeva existencia- son muy aficionados a las fábulas y leyendas. En ese sentido, se pueden manejar con cierta solvencia. De ahí, que cuando Pelayo tuvo que huir de la ciudad, en compañía del obispo Urbano, para refugiarse en las montañas del norte, se corrió la voz de que se le encomendó la misión de llevar consigo y poner a buen recaudo, los tesoros de la Iglesia toledana, entre los que se contaban la fabulosa Arca de la Alianza, así como las inapreciables reliquias que ésta contenía.
Por supuesto, nada de eso es cierto. Los motivos de la huida de Pelayo y Urbano, fueron bien distintos, y apenas llevaron con ellos las escasas provisiones que sus bestias podían transportar. Mientras que en la men te de Pelayo sólo cabía la idea de organizar en las montañas astures un foco de resistencia con el que oponerse al avance musulmán y vengar la humillación de la batalla del río Guadalete, Urbano sólo deseaba salvar la piel y encontrarse lo más lejos posible de la cimitarra del infiel.
En las cercanías de Cangas de Onís, y protegido por montes y montañas inexpugnables, un lugar -el monte Auseva- iba a constituir un refugio seguro para Pelayo y las escasas fuerzas que había conseguido reunir durante el camino.
{continuará}

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Puertos de montaña legendarios: Pajares


Comentaba un asturiano ilustre, Melchor Gaspar de Jovellanos, refiriéndose al puerto de Pajares que 'aquellas elevadísimas rocas, monumentos venerables que recuerdan las primeras edades del tiempo, al tiempo que ofrecen a la vista un espectáculo grande, raro y en cierto modo magnífico, llenan el espíritu de ideas sublimes y profundas, le ensanchan, le engrandecen y le arrebatan a la contemplación de las maravillas de la creación'.
Por otra parte, y refiriéndose no sólo a Pajares, sino al resto de lo que podría denominarse como las montañas de Asturias, el poeta Salvador Rueda, dejó en candelero los siguientes versos:
'...desde el fresco Borines hasta el Pajares,
de Busdongo a la orilla del mar undoso,
no hay lugar entre tantos bellos lugares
que no iguale a Suiza por lo precioso'.
En tiempos más cercanos, no es extraño ver que un lugar como Pajares, permanece vivo en el folklore y la música de grupos asturianos como Nuberu, que mezclan éste con un activismo de izquierdas, 'que en su derecho tán'. Y en mi opinión, no importa lo que se diga de un lugar como Pajares, ni tampoco quién lo diga y por qué. No importa, porque, tanto unos como otros, se dejan influenciar por algo tan sublime y universal, como es la belleza.
Tampoco puedo negar, que a medida que las nieves del tiempo van asentándose sobre una cabeza que a pesar de la apariencia, aparcó la juventud en ese limbo irrecuperable donde es de suponer que descansan su sueño eterno locuras y quimeras, los zarpazos del recuerdo -como esa zarpa de fiera con que los legionarios se refieren a la suerte-, afloren con una imperiosidad vital.
Tal vez no me detuve en Pajares el tiempo que hubiera deseado, pero sí estuve el tiempo suficiente como para recuperar una pequeña, infinitesimal parte de un sentimiento de admiración que, lejos de dejarse vencer por los continuos vaivenes de la vida, permanece fresco e inmortal en mi memoria.
Quizás por eso, no seguí la 'variante de Payares'.

jueves, 28 de agosto de 2008

Descubriendo Segóbriga


2

Asentamiento, Teatro y Anfiteatro

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miércoles, 27 de agosto de 2008

Descubriendo Segóbriga


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Basílica visigoda y Necrópolis

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martes, 26 de agosto de 2008

El Peregrino en Segóbriga

Hay una extraña quietud en el entorno del yacimiento, mientras espero a que se abran las puertas, permaneciendo, obstinadas, algunas nubes por encima de estas ruinas históricas, cuyos secretos, poco a poco, van retornando otra vez a la luz.
Se me hace raro traspasar las fronteras del Duero, a las que estoy tan acostumbrado y buscar en otra provincia, en otro lugar, piezas de ese monumental puzzle que es la Historia de este país. Tengo entendido que varias culturas han ido sucediéndose, progresivamente, en el lugar. Pero este no es un dato nuevo, sino una constante. Como en el mar, el pez grande se come al chico, y aquí, durante lustros, celtíberos, romanos, visigodos y sarracenos han estado devorándose unos a otros con una avidez inusitada.
El terreno que circunda el yacimiento está vallado y protegido por alarmas y vigilantes de seguridad, que me recuerdan, comparativamente hablando, a las cercas con las que los ganaderos del lejano Far West americano impedían que las vacas se mezclaran con las ovejas y de paso, ponían los cimientos de la propiedad privada. Ésta es, sin duda, una tierra de ovejas, y aunque echando un vistazo a los valles y colinas de alrededor no veo ningún rebaño, no me cabe duda de que los hay, y en abundancia.
Dos visitantes llegan pedaleando y dejan las bicicletas apoyadas contra la cerca de alambre. Luego, utilizan los contenedores de basura como mesa, y extendiendo un mapa, comentan entre ellos...

{continuará}

lunes, 25 de agosto de 2008

El Peregrino en el Cañón del Río Lobos: Romería de San Bartolomé y la Virgen de la Salud


Primera Parte

Crónica de un peregrino

Dentro del Año Mariano en el que nos encontramos, hubiera sido imperdonable no asistir a una de las romerías más emblemáticas de cuantas se celebran en la provincia, cuando no en España: la romería de San Bartolomé y la Virgen de la Salud, en el no menos inigualable y emblemático entorno del Cañón del Río Lobos.
Poco antes de las diez de la mañana, eran numerosos los romeros y peregrinos que, procedentes de diversos puntos del país, encaminaban juntos sus pasos en dirección a la pradera donde se asienta la ermita de San Bartolomé, a orillas del río Lobos y enfrente de la Cueva Santuario, cuya historia se remonta a épocas prehistóricas.
Para los que estamos acostumbrados a visitarlo con cierta frecuencia y disfrutamos del entorno sin cruzarnos apenas con nadie, semejante avalancha de gente no deja de producir cierto sobresalto cercano al shock. Sin embargo, enseguida nos reponemos, entendiendo que es normal que la gente acuda en tropel en un día tan señalado, pues no es ninguna falacia que la Virgen de la Salud -la cuál descansa en soledad en su capilla de la ermita de San Bartolomé durante la mayor parte del año- arrostra bajo su manto una larga, larguísima tradición de milagrera, que ha ido perpetuándose a lo largo del tiempo.
Es cierto que nos encontramos frente a una representación moderna de la Virgen original, que -al decir de los que tuvieron ocasión de conocerla- era 'pequeña y negra'. Tampoco se ven los exvotos -manos, brazos y piernas de cera en su mayor parte, según me han comentado algunos vecinos del pueblo de Ucero- con que los fieles agradecían la intercesión de la Virgen en su curación, y que antaño se exhibían en el interior de la ermita. Incluso el Cristo de la Agonía -un soberbio ejemplar de Cristo gótico en el que se pueden apreciar varias cualidades, entre ellas las de mostrar lengua y dientes y ofrecer una perspectiva de agonía y muerte, según sea la posición desde donde se le mira- ya no luce, tampoco, esa larga melena que le llegaba casi a la cintura.
Sería demasiado arriesgado decir que la Tradición, al menos en este caso, varía. Por eso diré que, bajo mi punto de vista, lo que ha variado en parte, es la costumbre. En efecto, igual de piadosa es la costumbre de encender velas y lamparillas, y hoy -titilando alegremente en ambas capillas- tanto la Virgen de la Salud como el Cristo de la Agonía, han recibido el agradecimiento y el cariño de los fieles.
También sería muy exagerado hacer comparaciones con otras demostraciones de devoción y afecto -como las que recibe el Jesús de Medinaceli en Madrid, por poner un ejemplo- pero sí puedo afirmar que el desfile de personas, tanto en el exterior como en el interior de la ermita para besar el manto de la Virgen, ha sido notable, hasta el punto de que hubo momentos en que se produjo algún roce entre los que entraban y los que salían.
Por otra parte, se hace extraño ver los puestos y chiringuitos que, como las caravanas de esos antiguos pioneros del lejano Far West americano, acampan en la pradera a uno y otro lado del río. Pero lo que desde luego sí que me pareció sublime e inolvidable, fue la visión de esa Virgen entrañable y querida sacada a hombros por los romeros y paseada, como una reina, por los alrededores de la ermita. Había momentos en los que su manto blanco, inmaculado, brillaba como la luz de una luciérnaga al ser alcanzado por los rayos del sol, teniendo, como decorado de fondo, esos riscos y farallones sobre los que volaban en círculos, quizás rindiéndole también pleitesía, alimoches, águilas y halcones peregrinos. Aunque claro, supongo que cada uno lo vivió y sintió a su manera.
Alrededor de las dos de la tarde, abandonaba la ermita de San Bartolomé, encaminándome hacia el segundo aparcamiento, pues, aunque a la hora que llegué pude haber subido hasta cerca de la pradera y aparcar en el monte, no me pareció correcto. Reconozco que tal decisión fue acertada, pues durante el trayecto, pude observar cómo se producían ciertos embotellamientos entre los coches que iban, los que venían y los peatones que se encontraban entre unos y otros.
En fin, todo un acontecimiento digno de recuerdo, que procuraré repetir en años venideros.




lunes, 18 de agosto de 2008

El Peregrino en el Norte: Cantabria, Cuarta Parte


Una apocalíptica joya medieval: el Beato de Liébana


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El Peregrino en el Norte: Cantabria, Tercera Parte


Picos de Europa: Mirador y ermita de San Miguel
'La memoria es un diario personal que llevamos consigo a todas partes'
[Oscar Wilde]

Se trata de construcciones sencillas pero atractivas; de planta cuadrada, por lo general, en las que destaca -cual obelisco apuntando a un cielo que suele estar cubierto de nubes gran parte del año- la torre, delgada y plana, en la que no suele haber campanas. Al contrario que cualquier otro tipo de iglesia, ermita o templo, éstas parece que no se levantaron ex-profeso con la intención de acoger a los fieles en su interior, sino con el fin de albergar figuras o reliquias sacras, que actuarían a modo de protectores del lugar y sus gentes. Su culto, por tanto, se prevé de puertas para afuera, posiblemente como punto de reunión en las romerías. En el caso que nos ocupa, la pequeña ermita-mirador de San Miguel, forma parte de una red de ermitas que, como pequeños satélites, gravitan alrededor de un astro rey que, lógicamente, no es otro que el Monasterio de Santo Toribio de Liébana.
Muchas de ellas, como por ejemplo aquélla que estaba dedicada a la figura de María Magdalena, se han perdido; hasta el punto, de que en la actualidad se ignora incluso el punto exacto en el que se levantaban, incluso siguiendo las indicaciones de viajeros que alló por los siglos XVII y XVIII, dejaron testimonio de su existencia. No obstante, las que quedan -como pude comprobar con ésta que nos ocupa- atraen la atención de curiosos y peregrinos, sirviendo como mirador inigualable para los primeros, y como lugar especial, receptor de energías positivas, para los segundos, quienes solían acudir en el pasado y continúan acudiendo en el presente, para besar la reliquia del Lignum Crucis y alcanzar el Perdón de Dios, una vez atravesado el umbral de la denominada Puerta del Perdón, situada junto al pórtico principal, románico, del mencionado monasterio.
No resulta fácil hablar de energías y mucho menos captar las que emanan de ciertos lugares específicos, sobre todo cuando éstos se hayan abarrotados de gente. Aún así, puedo afirmar, que durante los minutos que estuve allí plantado, observando la singular, inconmensurable belleza de unos Picos de Europa que parecen actuar siempre como frontera entre el cielo y la tierra, sentí una sensación de paz y bienestar difícil de explicar.
Desde luego, existen lugares donde impera el poder de la belleza. Es éste un poder tan grande, atrae tan profundamente y subyuga de tal manera al espíritu humano, que hay momentos en que semejantes lugares consiguen que el espíritu abandone ese cascarón de penalidades que es el cuerpo, y vague alegremente por sitios que, de alguna manera, intuye que le son familiares desde siempre.
Es posible, así mismo, que tan sólo se trate de una sencilla bilocación del pensamiento, normal cuando se ponen a funcionar los dos hemisferios del cerebro -esa increíble unidad central de procesamiento, tan desconocida todavía-, consiguiendo el prodigio de que durante la contemplación de un lugar, la mente, sin embargo, vea otro, quizás parecido, pero en el fondo, diferente.
Tal vez así se explique, que mirando las montañas y pueblos que se extendían frente a mi -una niebla misteriosa, fantasmal, cubría las cimas de éstas y un sol que se preparaba para el ocaso, bostezaba sobre los tejados rojos de las casas de aquéllos- estuviera viendo, en realidad, una pequeña aldea asturiana y una humilde ermita medio oculta entre árboles y maleza.
Boronas de Otur, una aldea infinitesimal donde poco más de media docena de familias sobreviven, generación tras generación, de la agricultura y la ganadería, en un lugar paradisíaco, rodeado de bosques, montes y montañas, no demasiado lejos de la villa blanca, señorial y marinera de Luarca.
Buscar ex-professo la ermita de San Miguel -San Miguelín, para los vecinos- hubiera sido un trabajo de chinos para el forastero. Posiblemente tanto como intentar encontrar la aldea, a donde seguramente no haya llegado todavía la tecnología vía satélite de 'Google Earth'. Diminuta, cuadrada y sin torre del campanario que puedan descubrir su emplazamiento, sólo las paredes blancas de su fachada hubieran dado un pequeño atisbo de éste, a través de la arboleda y la vegetación que la sirven de trinchera natural. Su puerta, como la de la mayoría de ermitas de su clase, se compone tan sólo de sendas rejas de hierro pintadas de negro, a las que une en matrimonio una cadena que milagrosamente, y a pesar de la humedad del ambiente, no se ve afectada por el óxido. Cierra ésta, un pequeño candado, normal y corriente; de esos que han utilizado los quintos toda la vida para asegurar las escasas pertenencias de su petate.
En el interior, y encima de una pequeña alacena que cumple las funciones de altar, una imagen del paladín celestial -presente en todos los grandes acontecimientos del mundo antiguo -como aquél en el que la tradición asegura que escoltó a los sacerdotes que pusieron el Arca de la Alianza a buen recaudo, donde fuera el lugar que consideraran seguro: Etiopía, los desiertos de Arabia o la lejanía exótica de Nueva Zelanda, como aseveran algunos autores modernos- otra imagen, moderna, de la Inmaculada Concepción, así como un jarrón de cristal, cuyas flores el tiempo, inexorable, ha marchitado.
Allí, en la diminuta pradera de húmeda hierba, de un color verde semejante al de las aguas del legendario Mar Cantábrico que besa las playas y acantilados de una costa no demasiado lejana, fumé mis primeros cigarrillos en compañía de José, el 'Pinto', mientras soñábamos con descubrir a la vieja, inmortal Xana que, al decir de los vecinos, vivía por los alrededores, oculta a la vista de los hombres.
También exploramos las numerosas y estrechas cavidades de la pared rocosa a cuyos pies circulaba aquél río de aguas cristalinas, repletas de avezadas y voraces truchas, que serpenteaba cuál cuélebre entre bosques y prados -jamás supieron decirme su nombre- buscando en vano los numerosos tesoros que, según el folklore popular, los moros habían dejado tras de sí cuando abandonaron Asturias, derrotados por las huestes de Don Pelayo.
Y es que, en el fondo, no resulta ninguna incongruencia afirmar que todo en el Norte recuerda al Norte: entorno, costumbres y tradiciones que hermanan ese reino mágico, salvaje aún en muchos puntos, que se extiende por la denominada Cornisa Cantábrica. Un reino, sin duda, donde las brumas de sus impenetrables montañas guardan para siempre hechizos capaces de detener a un coloso tan formidable, como es el Tiempo.

El Peregrino en el Norte: Cantabria, Segunda Parte


Picos de Europa: Monasterio de Santo Toribio de Liébana.

'Diríase que Liébana entera es un Nacimiento, un Belén. Montañas gigantes, alternando con verdes colinas; ríos de aguas transparentes, poblados de truchas; pequeños y estrechos valles, cubiertos de verdor y de frutales; mil pueblecitos pinturescos, como nidos de águilas...'.
[Fr. Juan Ariceta: 'Santo Toribio de Liébana y la reliquia de la Santísima Cruz']

¡Santo Toribio de Liébana!. Simplemente el nombre parece ejercer una certera, misteriosa fascinación sobre el espíritu, que va más allá del simple hecho de acceder a un lugar sacro. Porque Santo Toribio de Liébana, es mucho más que un simple monasterio rodeado de bosques y montañas. Es un auténtico Santuario. Un punto neurálgico, donde el magnetismo de la Divinidad se deja sentir a los pocos minutos de deambular por el lugar.
Rodeado de un aura de leyenda, tan impenetrable, quizás, como esas nieblas eternas que parecen haberse instalado definitivamente en las cumbres más altas de las montañas que lo rodean, aquél primitivo emplazamiento -dedicado en un principio a San Martín- dista apenas dos kilómetros del pueblecito montañés de Potes, en plenos Picos de Europa, y poco más de una veintena de Fuente Dé y su espectacular mirador.
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domingo, 17 de agosto de 2008

El Peregrino en el Norte: Cantabria


Lebeña, Cantabria: iglesia de Santa María (Siglo X)


No bien uno acaba apenas de acostumbrarse a las vertiginosas curvas, que como los anillos de una formidable anaconda circundan el impresionante desfiladero de La Hermida, y cuando el deseo de llegar a destino produce la curiosa sensación de que éste se va alejando a medida que nos acercamos, un sencillo cartel -cuyo fondo rosado es sinónimo de interés histórico y cultural- recuerda al visitante que se dirige hace Potes, Santo Toribio y Fuente Dé, la existencia en las cercanías de un lugar que bien merece un alto en el camino y una pausada visita. Se trata de la iglesia mozárabe de Santa María de Lebeña, cuyos cimientos se remontan a los albores del siglo X.

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El Peregrino en el Norte: Asturias, Segunda Parte


Covadonga


A unos 145 kilómetros de Pajares, en dirección a Langreo, Gijón y Arriondas, rodeado de valles y montañas de belleza insuperable, un faro -espiritual y trascendente- alienta con su Luz una tierra entre cuyas brumas sobreviven multitud de mitos y leyendas, que ni siquiera el tiempo, las legiones romanas y las hordas árabes que invadieron la Península después de la fatal batalla del Guadalete, acaecida en el año 711, consiguieron doblegar. Me refiero, naturalmente, al Santuario de Covadonga.

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sábado, 16 de agosto de 2008

El Peregrino en el Norte: Asturias




Subiendo el Puerto de Pajares


Son las 11,15 horas de la mañana, y me encuentro, aproximadamente, a mitad del Puerto de Pajares, a unos quinientos metros escasos del pueblo que lleva su mismo nombre. Su belleza, impresionante, emociona. Hay cúmulos de niebla, persistentes y espesos, sobre las cumbres de las montañas y el tráfico -en contra de lo que pensaba con la 'variante Payares'- es fluido. Son muchos, quizás demasiados, los camiones que todavía toman esta ruta, supongo que por necesidad, pues la dureza de este puerto, sobre todo en invierno, continúa siendo legendaria.
Resulta difícil, cuando no imposible, evitar dejarse llevar por el recuerdo y no rendirse a su inevitable seducción. De tal manera, que sin poder contener que una lágrima furtiva bese el suelo de esta querida tierra, siento que el espíritu de aquél niño de antaño -soñador y rebelde- aflora durante unos minutos a los ojos de un hombre que tiene la sensación de volver de nuevo a su tierra, después de largos años de ausencia.
Es un momento entrañable, íntimo, en el que veo, con toda nitidez, a mi padre, observándome por el retrovisor del baqueteado Simca 1000 cuyo motor, lenta, a regañadientes, asciende el puerto algunos metros por delante de esos, por aquél entonces, típicos y pesados camiones Barreiros, cuya lentitud inducía a pensar que precisamente no se movían del suelo.
En efecto, aún su rostro se mantiene persistentemente en lo más entrañable de mi recuerdo, Observando mi mutismo -lo cierto es que la belleza de ésta tierra siempre me ha atraído como un imán- diciendo, alegremente:
- Y recuérdalo siempre: no te pongas gallo, que estás en la Patria de Don Pelayo...
Acostumbrado en los últimos meses a caminar por las riberas del Duero -aquéllas que históricamente fueron frontera durante siglos entre reinos moros y cristianos-, no deja de ser todo un acontecimiento especial haber traspasado la frontera de este reino mítico y legendario, en cuyas montañas, orgullosas e inaccesibles, en tiempos brotó la chispa que daría origen a la Reconquista y haría posibles aquéllas otras.

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El Peregrino en el Norte: Segunda Parte, León


Un santuario en tierras leonesas: Huergas de Bordón, Santuario de la Virgen del Buen Suceso.
La primera parada, la hice a 274 kilómetros de Madrid, en el pueblo leonés de Toral de los Guzmanes. Allí realicé mi primer repostaje y tomé el segundo café de la mañana. Un café, por cierto, que me supo exquisito. Algunos minutos después, rodaba por la autovía Ruta de la Plata, siguiendo siempre la dirección que señalaba hacia Oviedo. Y no hubiera abandonado la autovía, de no ser porque un cartel que indicaba León-Oviedo por el Puerto de Pajares, hizo que la nostalgia fuera más fuerte que la duda, y sin importarme el tiempo o la vuelta que tuviera que dar, decidí continuar el viaje en esa dirección.
Como todas las grandes ciudades, León constituye, también, un pequeño caos circulatorio, agravado, supongo, por la época estival. Y aunque estuve tentado -al ver las agujas góticas de esa 'rosa de piedra' que constituye su catedral- de posponer el viaje unos minutos para solazarme en su interior, continué mi camino, animado por un vivo deseo de liberarme de tanta rotonda, semáforos y coches que, sin duda alguna, ponían una nota gris en mi gran aventura nórdica.
Poco después de dejar atrás la autovía de circunvalación -similar, por poner un ejemplo, a las madrileñas M30 o M40- la tranquilidad y la belleza del paisaje, volvieron a dotar de ilusión y confianza a mi estado de ánimo. Yendo solo, sería imposible ir anotando los nombres de todos los pueblos y lugares por los que pasé, a excepción de ir parando en cada uno de ellos, lo cuál hubiera eternizado mi viaje más de lo deseado. No obstante, paré a la salida de uno de ellos, cuya carretera, por cierto, estaba en obras: Huergas de Bordón.
¿Cómo no hacerlo, al ver esa hermosa iglesia enclavada en un prado, circundada de fresca hierba, árboles frutales y arropada en la distancia por montañas cuyos picos parecían poder obrar el milagro de atravesar las nubes en cualquier momento?.
Se trataba de algo más que una simple iglesia. Era un Santuario, cuyas puertas, abiertas de par en par, invitaban a entrar a todo aquél que quisiera hacerlo. Sin guardianes; sin tener que sacar una entrada; sin carteles que prohibieran tirar fotos en su interior o limitaran en todo momento los movimientos del visitante.
El Santuario estaba en penumbras, a excepción de la luz solar que se colaba perezosa por la puerta y los cristales de las ventanas, y no había nadie en el interior. Junto a la puerta, en una pequeña mesita, alguien -es posible que el párroco- había dejado algunas postales de la Virgen del Buen Suceso, así como algunos panfletos relativos al Año Mariano y las actividades de la parroquia. El canastín de mimbre destinado a las dádivas, permanecía incólume encima de uno de los bancos.
Detrás del altar, en un retablo que a primera vista parecía de índole barroco o neoclásico -como las características arquitectónicas del propio Santuario- y protegida por una verja de hierro, la Virgen del Buen Suceso miraba al frente con ojos bondadosos y una tierna sonrisa en los labios. A diferencia de la capa verde ribeteada de estrellas con la que aparecía en las postales, su vestimenta, blanca, resplandecía en la oscuridad, como si de un aura purísima se tratara. Se agradecía la paz y el silencio del interior, que contrastaban, a veces, con el ruido del tráfico que circulaba en ambos sentidos en el exterior, bastante denso, en mi opinión, pues no en vano se trataba de un día de diario.
Dejando a un lado este mundanal detalle, reconozco que se estaba bien allí. No obstante, había que continuar viaje; de manera que, después de echar un breve vistazo al panfleto que sostenía curioso entre las manos, una frase me llamó poderosamente la atención. Camino, otra vez, del Puerto de Pajares, no dejaba de repetirme a mi mismo:
'Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro caminar'.


viernes, 15 de agosto de 2008

El Peregrino en el Norte: Primera Parte


Nostalgias de Asturias
La noche antes de partir, tuve un sueño. Soñé con el lobo que se me apareció en el monte, aquél inolvidable verano de 1979. Fue pasado el Alto de Las Cruces, llamado así porque en ese punto se bifurcan los caminos, y al hacerlo, forman una cruz más o menos perfecta, llevando el camino del centro hacia la pequeña aldea de Boronas; el de la derecha hacia la casa del Pinto, y el de la izquierda, perdiéndose en la montaña en dirección a La Artosa, sus nieblas, sus leyendas, y por supuesto, sus misterios.
Recuerdo que por las noches, cuando la aldea estaba en silencio y sólo se oía, de tanto en tanto, el tintineo del campanín de alguna vaca removiéndose inquieta en su lecho de paja en la cuadra, los aullidos que provenían de aquélla dirección, hacían que me removiera inquieto en la cama, tapándome con las sábanas hasta las orejas.
Aquél encuentro, fortuíto, me dejó poco menos que paralizado. Tan cerca estaba del lobo, que sólo hubiera bastado con estirar la mano, para poder tocarle. Pero no podía olvidar que era un lobo, un animal formidable, legendario, cuya fama de asesino -con el tiempo supe que inmerecida- estuvo a punto de hacer que me orinara en los pantalones.
También recuerdo que se trataba de un animal grande, de hocico blanco, surcado de pelos a modo de bigote, pelaje blanquigris y ojos de un color similar a ese añil con que a veces nos obsequia el cielo poco antes de anochecer, y que de alguna manera siempre me han recordado los colores utilizados por Nicolás Roerich en sus escenarios 'shambhálicos'.
El animal, como decía, permaneció totalmente quieto, durante un tiempo que a mi me pareció largo, infinito, escrutándome fijamente con sus ojos hechiceros, manteniendo sus cuatro patas bien plantadas entre la hierba y los helechos del monte. Después -supongo que decidió que no merecía la pena el esfuerzo de comerme- se giró lentamente, perdiéndose otra vez en la espesura.
Todavía con el susto en el cuerpo, yo también me di la media vuelta, desandando el camino -unos quinientos metros- que me separaba de la aldea. Curiosamente, mientras yo bajaba por el camino de Las Cruces, me enteré de que mi abuela Alejandra -mientras apañaba unas judías verdes en compañía de mi tía y de mi madre- comentaba como si tal cosa:
- Mirar, por ahí va 'María la del Pinto' (el nombre es ficticio por olvido del auténtico).
Como las oí comentar después a mi tía y a mi madre, aquél comentario de la abuela Alejandra las dejó sumamente perplejas. No era para menos: 'María la del Pinto', había fallecido varias horas antes, de madrugada.
Ahora bien, ¿podríamos explicar este tipo de cosas, sin echar mano de ciertas dotes de clarividencia con que a veces nos sorprendía la abuela Alejandra?. Yo, sinceramente, creo que no. Y es que al cabo de los años, continúo pensando en Asturias como en una tierra decididamente especial; una tierra envuelta en las brumas de la leyenda, donde es posible percibir una magia ancestral; una magia poderosa y natural, que puede ser aprehendida a poco que uno se deje envolver por el entorno prodigioso que hace de ella un auténtico paraíso natural.
Tómenselo a broma o no, yo todavía estoy convencido -al cabo de los años, en los que, sin duda también he adquirido algo de experiencia- de que detrás de ese color añil de los ojos de aquél lobo, era, en realidad, una xana quien me miraba. Una xana que se alejó de mi, porque mi miedo rompió el hechizo.
De madrugada, mientras abandonaba Madrid por la autovía de La Coruña, no dejaba de repetirme:
'El miedo de aquél niño antaño, se ha convertido hoy en la confianza de este hombre'.
De manera que marché hacia Asturias, aprovechando el Año Mariano en el que nos encontramos, embargado por la nostalgia y henchido de emociones...