jueves, 28 de agosto de 2008

Descubriendo Segóbriga


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Asentamiento, Teatro y Anfiteatro

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miércoles, 27 de agosto de 2008

Descubriendo Segóbriga


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Basílica visigoda y Necrópolis

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martes, 26 de agosto de 2008

El Peregrino en Segóbriga

Hay una extraña quietud en el entorno del yacimiento, mientras espero a que se abran las puertas, permaneciendo, obstinadas, algunas nubes por encima de estas ruinas históricas, cuyos secretos, poco a poco, van retornando otra vez a la luz.
Se me hace raro traspasar las fronteras del Duero, a las que estoy tan acostumbrado y buscar en otra provincia, en otro lugar, piezas de ese monumental puzzle que es la Historia de este país. Tengo entendido que varias culturas han ido sucediéndose, progresivamente, en el lugar. Pero este no es un dato nuevo, sino una constante. Como en el mar, el pez grande se come al chico, y aquí, durante lustros, celtíberos, romanos, visigodos y sarracenos han estado devorándose unos a otros con una avidez inusitada.
El terreno que circunda el yacimiento está vallado y protegido por alarmas y vigilantes de seguridad, que me recuerdan, comparativamente hablando, a las cercas con las que los ganaderos del lejano Far West americano impedían que las vacas se mezclaran con las ovejas y de paso, ponían los cimientos de la propiedad privada. Ésta es, sin duda, una tierra de ovejas, y aunque echando un vistazo a los valles y colinas de alrededor no veo ningún rebaño, no me cabe duda de que los hay, y en abundancia.
Dos visitantes llegan pedaleando y dejan las bicicletas apoyadas contra la cerca de alambre. Luego, utilizan los contenedores de basura como mesa, y extendiendo un mapa, comentan entre ellos...

{continuará}

lunes, 25 de agosto de 2008

El Peregrino en el Cañón del Río Lobos: Romería de San Bartolomé y la Virgen de la Salud


Primera Parte

Crónica de un peregrino

Dentro del Año Mariano en el que nos encontramos, hubiera sido imperdonable no asistir a una de las romerías más emblemáticas de cuantas se celebran en la provincia, cuando no en España: la romería de San Bartolomé y la Virgen de la Salud, en el no menos inigualable y emblemático entorno del Cañón del Río Lobos.
Poco antes de las diez de la mañana, eran numerosos los romeros y peregrinos que, procedentes de diversos puntos del país, encaminaban juntos sus pasos en dirección a la pradera donde se asienta la ermita de San Bartolomé, a orillas del río Lobos y enfrente de la Cueva Santuario, cuya historia se remonta a épocas prehistóricas.
Para los que estamos acostumbrados a visitarlo con cierta frecuencia y disfrutamos del entorno sin cruzarnos apenas con nadie, semejante avalancha de gente no deja de producir cierto sobresalto cercano al shock. Sin embargo, enseguida nos reponemos, entendiendo que es normal que la gente acuda en tropel en un día tan señalado, pues no es ninguna falacia que la Virgen de la Salud -la cuál descansa en soledad en su capilla de la ermita de San Bartolomé durante la mayor parte del año- arrostra bajo su manto una larga, larguísima tradición de milagrera, que ha ido perpetuándose a lo largo del tiempo.
Es cierto que nos encontramos frente a una representación moderna de la Virgen original, que -al decir de los que tuvieron ocasión de conocerla- era 'pequeña y negra'. Tampoco se ven los exvotos -manos, brazos y piernas de cera en su mayor parte, según me han comentado algunos vecinos del pueblo de Ucero- con que los fieles agradecían la intercesión de la Virgen en su curación, y que antaño se exhibían en el interior de la ermita. Incluso el Cristo de la Agonía -un soberbio ejemplar de Cristo gótico en el que se pueden apreciar varias cualidades, entre ellas las de mostrar lengua y dientes y ofrecer una perspectiva de agonía y muerte, según sea la posición desde donde se le mira- ya no luce, tampoco, esa larga melena que le llegaba casi a la cintura.
Sería demasiado arriesgado decir que la Tradición, al menos en este caso, varía. Por eso diré que, bajo mi punto de vista, lo que ha variado en parte, es la costumbre. En efecto, igual de piadosa es la costumbre de encender velas y lamparillas, y hoy -titilando alegremente en ambas capillas- tanto la Virgen de la Salud como el Cristo de la Agonía, han recibido el agradecimiento y el cariño de los fieles.
También sería muy exagerado hacer comparaciones con otras demostraciones de devoción y afecto -como las que recibe el Jesús de Medinaceli en Madrid, por poner un ejemplo- pero sí puedo afirmar que el desfile de personas, tanto en el exterior como en el interior de la ermita para besar el manto de la Virgen, ha sido notable, hasta el punto de que hubo momentos en que se produjo algún roce entre los que entraban y los que salían.
Por otra parte, se hace extraño ver los puestos y chiringuitos que, como las caravanas de esos antiguos pioneros del lejano Far West americano, acampan en la pradera a uno y otro lado del río. Pero lo que desde luego sí que me pareció sublime e inolvidable, fue la visión de esa Virgen entrañable y querida sacada a hombros por los romeros y paseada, como una reina, por los alrededores de la ermita. Había momentos en los que su manto blanco, inmaculado, brillaba como la luz de una luciérnaga al ser alcanzado por los rayos del sol, teniendo, como decorado de fondo, esos riscos y farallones sobre los que volaban en círculos, quizás rindiéndole también pleitesía, alimoches, águilas y halcones peregrinos. Aunque claro, supongo que cada uno lo vivió y sintió a su manera.
Alrededor de las dos de la tarde, abandonaba la ermita de San Bartolomé, encaminándome hacia el segundo aparcamiento, pues, aunque a la hora que llegué pude haber subido hasta cerca de la pradera y aparcar en el monte, no me pareció correcto. Reconozco que tal decisión fue acertada, pues durante el trayecto, pude observar cómo se producían ciertos embotellamientos entre los coches que iban, los que venían y los peatones que se encontraban entre unos y otros.
En fin, todo un acontecimiento digno de recuerdo, que procuraré repetir en años venideros.




lunes, 18 de agosto de 2008

El Peregrino en el Norte: Cantabria, Cuarta Parte


Una apocalíptica joya medieval: el Beato de Liébana


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El Peregrino en el Norte: Cantabria, Tercera Parte


Picos de Europa: Mirador y ermita de San Miguel
'La memoria es un diario personal que llevamos consigo a todas partes'
[Oscar Wilde]

Se trata de construcciones sencillas pero atractivas; de planta cuadrada, por lo general, en las que destaca -cual obelisco apuntando a un cielo que suele estar cubierto de nubes gran parte del año- la torre, delgada y plana, en la que no suele haber campanas. Al contrario que cualquier otro tipo de iglesia, ermita o templo, éstas parece que no se levantaron ex-profeso con la intención de acoger a los fieles en su interior, sino con el fin de albergar figuras o reliquias sacras, que actuarían a modo de protectores del lugar y sus gentes. Su culto, por tanto, se prevé de puertas para afuera, posiblemente como punto de reunión en las romerías. En el caso que nos ocupa, la pequeña ermita-mirador de San Miguel, forma parte de una red de ermitas que, como pequeños satélites, gravitan alrededor de un astro rey que, lógicamente, no es otro que el Monasterio de Santo Toribio de Liébana.
Muchas de ellas, como por ejemplo aquélla que estaba dedicada a la figura de María Magdalena, se han perdido; hasta el punto, de que en la actualidad se ignora incluso el punto exacto en el que se levantaban, incluso siguiendo las indicaciones de viajeros que alló por los siglos XVII y XVIII, dejaron testimonio de su existencia. No obstante, las que quedan -como pude comprobar con ésta que nos ocupa- atraen la atención de curiosos y peregrinos, sirviendo como mirador inigualable para los primeros, y como lugar especial, receptor de energías positivas, para los segundos, quienes solían acudir en el pasado y continúan acudiendo en el presente, para besar la reliquia del Lignum Crucis y alcanzar el Perdón de Dios, una vez atravesado el umbral de la denominada Puerta del Perdón, situada junto al pórtico principal, románico, del mencionado monasterio.
No resulta fácil hablar de energías y mucho menos captar las que emanan de ciertos lugares específicos, sobre todo cuando éstos se hayan abarrotados de gente. Aún así, puedo afirmar, que durante los minutos que estuve allí plantado, observando la singular, inconmensurable belleza de unos Picos de Europa que parecen actuar siempre como frontera entre el cielo y la tierra, sentí una sensación de paz y bienestar difícil de explicar.
Desde luego, existen lugares donde impera el poder de la belleza. Es éste un poder tan grande, atrae tan profundamente y subyuga de tal manera al espíritu humano, que hay momentos en que semejantes lugares consiguen que el espíritu abandone ese cascarón de penalidades que es el cuerpo, y vague alegremente por sitios que, de alguna manera, intuye que le son familiares desde siempre.
Es posible, así mismo, que tan sólo se trate de una sencilla bilocación del pensamiento, normal cuando se ponen a funcionar los dos hemisferios del cerebro -esa increíble unidad central de procesamiento, tan desconocida todavía-, consiguiendo el prodigio de que durante la contemplación de un lugar, la mente, sin embargo, vea otro, quizás parecido, pero en el fondo, diferente.
Tal vez así se explique, que mirando las montañas y pueblos que se extendían frente a mi -una niebla misteriosa, fantasmal, cubría las cimas de éstas y un sol que se preparaba para el ocaso, bostezaba sobre los tejados rojos de las casas de aquéllos- estuviera viendo, en realidad, una pequeña aldea asturiana y una humilde ermita medio oculta entre árboles y maleza.
Boronas de Otur, una aldea infinitesimal donde poco más de media docena de familias sobreviven, generación tras generación, de la agricultura y la ganadería, en un lugar paradisíaco, rodeado de bosques, montes y montañas, no demasiado lejos de la villa blanca, señorial y marinera de Luarca.
Buscar ex-professo la ermita de San Miguel -San Miguelín, para los vecinos- hubiera sido un trabajo de chinos para el forastero. Posiblemente tanto como intentar encontrar la aldea, a donde seguramente no haya llegado todavía la tecnología vía satélite de 'Google Earth'. Diminuta, cuadrada y sin torre del campanario que puedan descubrir su emplazamiento, sólo las paredes blancas de su fachada hubieran dado un pequeño atisbo de éste, a través de la arboleda y la vegetación que la sirven de trinchera natural. Su puerta, como la de la mayoría de ermitas de su clase, se compone tan sólo de sendas rejas de hierro pintadas de negro, a las que une en matrimonio una cadena que milagrosamente, y a pesar de la humedad del ambiente, no se ve afectada por el óxido. Cierra ésta, un pequeño candado, normal y corriente; de esos que han utilizado los quintos toda la vida para asegurar las escasas pertenencias de su petate.
En el interior, y encima de una pequeña alacena que cumple las funciones de altar, una imagen del paladín celestial -presente en todos los grandes acontecimientos del mundo antiguo -como aquél en el que la tradición asegura que escoltó a los sacerdotes que pusieron el Arca de la Alianza a buen recaudo, donde fuera el lugar que consideraran seguro: Etiopía, los desiertos de Arabia o la lejanía exótica de Nueva Zelanda, como aseveran algunos autores modernos- otra imagen, moderna, de la Inmaculada Concepción, así como un jarrón de cristal, cuyas flores el tiempo, inexorable, ha marchitado.
Allí, en la diminuta pradera de húmeda hierba, de un color verde semejante al de las aguas del legendario Mar Cantábrico que besa las playas y acantilados de una costa no demasiado lejana, fumé mis primeros cigarrillos en compañía de José, el 'Pinto', mientras soñábamos con descubrir a la vieja, inmortal Xana que, al decir de los vecinos, vivía por los alrededores, oculta a la vista de los hombres.
También exploramos las numerosas y estrechas cavidades de la pared rocosa a cuyos pies circulaba aquél río de aguas cristalinas, repletas de avezadas y voraces truchas, que serpenteaba cuál cuélebre entre bosques y prados -jamás supieron decirme su nombre- buscando en vano los numerosos tesoros que, según el folklore popular, los moros habían dejado tras de sí cuando abandonaron Asturias, derrotados por las huestes de Don Pelayo.
Y es que, en el fondo, no resulta ninguna incongruencia afirmar que todo en el Norte recuerda al Norte: entorno, costumbres y tradiciones que hermanan ese reino mágico, salvaje aún en muchos puntos, que se extiende por la denominada Cornisa Cantábrica. Un reino, sin duda, donde las brumas de sus impenetrables montañas guardan para siempre hechizos capaces de detener a un coloso tan formidable, como es el Tiempo.

El Peregrino en el Norte: Cantabria, Segunda Parte


Picos de Europa: Monasterio de Santo Toribio de Liébana.

'Diríase que Liébana entera es un Nacimiento, un Belén. Montañas gigantes, alternando con verdes colinas; ríos de aguas transparentes, poblados de truchas; pequeños y estrechos valles, cubiertos de verdor y de frutales; mil pueblecitos pinturescos, como nidos de águilas...'.
[Fr. Juan Ariceta: 'Santo Toribio de Liébana y la reliquia de la Santísima Cruz']

¡Santo Toribio de Liébana!. Simplemente el nombre parece ejercer una certera, misteriosa fascinación sobre el espíritu, que va más allá del simple hecho de acceder a un lugar sacro. Porque Santo Toribio de Liébana, es mucho más que un simple monasterio rodeado de bosques y montañas. Es un auténtico Santuario. Un punto neurálgico, donde el magnetismo de la Divinidad se deja sentir a los pocos minutos de deambular por el lugar.
Rodeado de un aura de leyenda, tan impenetrable, quizás, como esas nieblas eternas que parecen haberse instalado definitivamente en las cumbres más altas de las montañas que lo rodean, aquél primitivo emplazamiento -dedicado en un principio a San Martín- dista apenas dos kilómetros del pueblecito montañés de Potes, en plenos Picos de Europa, y poco más de una veintena de Fuente Dé y su espectacular mirador.
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domingo, 17 de agosto de 2008

El Peregrino en el Norte: Cantabria


Lebeña, Cantabria: iglesia de Santa María (Siglo X)


No bien uno acaba apenas de acostumbrarse a las vertiginosas curvas, que como los anillos de una formidable anaconda circundan el impresionante desfiladero de La Hermida, y cuando el deseo de llegar a destino produce la curiosa sensación de que éste se va alejando a medida que nos acercamos, un sencillo cartel -cuyo fondo rosado es sinónimo de interés histórico y cultural- recuerda al visitante que se dirige hace Potes, Santo Toribio y Fuente Dé, la existencia en las cercanías de un lugar que bien merece un alto en el camino y una pausada visita. Se trata de la iglesia mozárabe de Santa María de Lebeña, cuyos cimientos se remontan a los albores del siglo X.

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El Peregrino en el Norte: Asturias, Segunda Parte


Covadonga


A unos 145 kilómetros de Pajares, en dirección a Langreo, Gijón y Arriondas, rodeado de valles y montañas de belleza insuperable, un faro -espiritual y trascendente- alienta con su Luz una tierra entre cuyas brumas sobreviven multitud de mitos y leyendas, que ni siquiera el tiempo, las legiones romanas y las hordas árabes que invadieron la Península después de la fatal batalla del Guadalete, acaecida en el año 711, consiguieron doblegar. Me refiero, naturalmente, al Santuario de Covadonga.

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sábado, 16 de agosto de 2008

El Peregrino en el Norte: Asturias




Subiendo el Puerto de Pajares


Son las 11,15 horas de la mañana, y me encuentro, aproximadamente, a mitad del Puerto de Pajares, a unos quinientos metros escasos del pueblo que lleva su mismo nombre. Su belleza, impresionante, emociona. Hay cúmulos de niebla, persistentes y espesos, sobre las cumbres de las montañas y el tráfico -en contra de lo que pensaba con la 'variante Payares'- es fluido. Son muchos, quizás demasiados, los camiones que todavía toman esta ruta, supongo que por necesidad, pues la dureza de este puerto, sobre todo en invierno, continúa siendo legendaria.
Resulta difícil, cuando no imposible, evitar dejarse llevar por el recuerdo y no rendirse a su inevitable seducción. De tal manera, que sin poder contener que una lágrima furtiva bese el suelo de esta querida tierra, siento que el espíritu de aquél niño de antaño -soñador y rebelde- aflora durante unos minutos a los ojos de un hombre que tiene la sensación de volver de nuevo a su tierra, después de largos años de ausencia.
Es un momento entrañable, íntimo, en el que veo, con toda nitidez, a mi padre, observándome por el retrovisor del baqueteado Simca 1000 cuyo motor, lenta, a regañadientes, asciende el puerto algunos metros por delante de esos, por aquél entonces, típicos y pesados camiones Barreiros, cuya lentitud inducía a pensar que precisamente no se movían del suelo.
En efecto, aún su rostro se mantiene persistentemente en lo más entrañable de mi recuerdo, Observando mi mutismo -lo cierto es que la belleza de ésta tierra siempre me ha atraído como un imán- diciendo, alegremente:
- Y recuérdalo siempre: no te pongas gallo, que estás en la Patria de Don Pelayo...
Acostumbrado en los últimos meses a caminar por las riberas del Duero -aquéllas que históricamente fueron frontera durante siglos entre reinos moros y cristianos-, no deja de ser todo un acontecimiento especial haber traspasado la frontera de este reino mítico y legendario, en cuyas montañas, orgullosas e inaccesibles, en tiempos brotó la chispa que daría origen a la Reconquista y haría posibles aquéllas otras.

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El Peregrino en el Norte: Segunda Parte, León


Un santuario en tierras leonesas: Huergas de Bordón, Santuario de la Virgen del Buen Suceso.
La primera parada, la hice a 274 kilómetros de Madrid, en el pueblo leonés de Toral de los Guzmanes. Allí realicé mi primer repostaje y tomé el segundo café de la mañana. Un café, por cierto, que me supo exquisito. Algunos minutos después, rodaba por la autovía Ruta de la Plata, siguiendo siempre la dirección que señalaba hacia Oviedo. Y no hubiera abandonado la autovía, de no ser porque un cartel que indicaba León-Oviedo por el Puerto de Pajares, hizo que la nostalgia fuera más fuerte que la duda, y sin importarme el tiempo o la vuelta que tuviera que dar, decidí continuar el viaje en esa dirección.
Como todas las grandes ciudades, León constituye, también, un pequeño caos circulatorio, agravado, supongo, por la época estival. Y aunque estuve tentado -al ver las agujas góticas de esa 'rosa de piedra' que constituye su catedral- de posponer el viaje unos minutos para solazarme en su interior, continué mi camino, animado por un vivo deseo de liberarme de tanta rotonda, semáforos y coches que, sin duda alguna, ponían una nota gris en mi gran aventura nórdica.
Poco después de dejar atrás la autovía de circunvalación -similar, por poner un ejemplo, a las madrileñas M30 o M40- la tranquilidad y la belleza del paisaje, volvieron a dotar de ilusión y confianza a mi estado de ánimo. Yendo solo, sería imposible ir anotando los nombres de todos los pueblos y lugares por los que pasé, a excepción de ir parando en cada uno de ellos, lo cuál hubiera eternizado mi viaje más de lo deseado. No obstante, paré a la salida de uno de ellos, cuya carretera, por cierto, estaba en obras: Huergas de Bordón.
¿Cómo no hacerlo, al ver esa hermosa iglesia enclavada en un prado, circundada de fresca hierba, árboles frutales y arropada en la distancia por montañas cuyos picos parecían poder obrar el milagro de atravesar las nubes en cualquier momento?.
Se trataba de algo más que una simple iglesia. Era un Santuario, cuyas puertas, abiertas de par en par, invitaban a entrar a todo aquél que quisiera hacerlo. Sin guardianes; sin tener que sacar una entrada; sin carteles que prohibieran tirar fotos en su interior o limitaran en todo momento los movimientos del visitante.
El Santuario estaba en penumbras, a excepción de la luz solar que se colaba perezosa por la puerta y los cristales de las ventanas, y no había nadie en el interior. Junto a la puerta, en una pequeña mesita, alguien -es posible que el párroco- había dejado algunas postales de la Virgen del Buen Suceso, así como algunos panfletos relativos al Año Mariano y las actividades de la parroquia. El canastín de mimbre destinado a las dádivas, permanecía incólume encima de uno de los bancos.
Detrás del altar, en un retablo que a primera vista parecía de índole barroco o neoclásico -como las características arquitectónicas del propio Santuario- y protegida por una verja de hierro, la Virgen del Buen Suceso miraba al frente con ojos bondadosos y una tierna sonrisa en los labios. A diferencia de la capa verde ribeteada de estrellas con la que aparecía en las postales, su vestimenta, blanca, resplandecía en la oscuridad, como si de un aura purísima se tratara. Se agradecía la paz y el silencio del interior, que contrastaban, a veces, con el ruido del tráfico que circulaba en ambos sentidos en el exterior, bastante denso, en mi opinión, pues no en vano se trataba de un día de diario.
Dejando a un lado este mundanal detalle, reconozco que se estaba bien allí. No obstante, había que continuar viaje; de manera que, después de echar un breve vistazo al panfleto que sostenía curioso entre las manos, una frase me llamó poderosamente la atención. Camino, otra vez, del Puerto de Pajares, no dejaba de repetirme a mi mismo:
'Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro caminar'.


viernes, 15 de agosto de 2008

El Peregrino en el Norte: Primera Parte


Nostalgias de Asturias
La noche antes de partir, tuve un sueño. Soñé con el lobo que se me apareció en el monte, aquél inolvidable verano de 1979. Fue pasado el Alto de Las Cruces, llamado así porque en ese punto se bifurcan los caminos, y al hacerlo, forman una cruz más o menos perfecta, llevando el camino del centro hacia la pequeña aldea de Boronas; el de la derecha hacia la casa del Pinto, y el de la izquierda, perdiéndose en la montaña en dirección a La Artosa, sus nieblas, sus leyendas, y por supuesto, sus misterios.
Recuerdo que por las noches, cuando la aldea estaba en silencio y sólo se oía, de tanto en tanto, el tintineo del campanín de alguna vaca removiéndose inquieta en su lecho de paja en la cuadra, los aullidos que provenían de aquélla dirección, hacían que me removiera inquieto en la cama, tapándome con las sábanas hasta las orejas.
Aquél encuentro, fortuíto, me dejó poco menos que paralizado. Tan cerca estaba del lobo, que sólo hubiera bastado con estirar la mano, para poder tocarle. Pero no podía olvidar que era un lobo, un animal formidable, legendario, cuya fama de asesino -con el tiempo supe que inmerecida- estuvo a punto de hacer que me orinara en los pantalones.
También recuerdo que se trataba de un animal grande, de hocico blanco, surcado de pelos a modo de bigote, pelaje blanquigris y ojos de un color similar a ese añil con que a veces nos obsequia el cielo poco antes de anochecer, y que de alguna manera siempre me han recordado los colores utilizados por Nicolás Roerich en sus escenarios 'shambhálicos'.
El animal, como decía, permaneció totalmente quieto, durante un tiempo que a mi me pareció largo, infinito, escrutándome fijamente con sus ojos hechiceros, manteniendo sus cuatro patas bien plantadas entre la hierba y los helechos del monte. Después -supongo que decidió que no merecía la pena el esfuerzo de comerme- se giró lentamente, perdiéndose otra vez en la espesura.
Todavía con el susto en el cuerpo, yo también me di la media vuelta, desandando el camino -unos quinientos metros- que me separaba de la aldea. Curiosamente, mientras yo bajaba por el camino de Las Cruces, me enteré de que mi abuela Alejandra -mientras apañaba unas judías verdes en compañía de mi tía y de mi madre- comentaba como si tal cosa:
- Mirar, por ahí va 'María la del Pinto' (el nombre es ficticio por olvido del auténtico).
Como las oí comentar después a mi tía y a mi madre, aquél comentario de la abuela Alejandra las dejó sumamente perplejas. No era para menos: 'María la del Pinto', había fallecido varias horas antes, de madrugada.
Ahora bien, ¿podríamos explicar este tipo de cosas, sin echar mano de ciertas dotes de clarividencia con que a veces nos sorprendía la abuela Alejandra?. Yo, sinceramente, creo que no. Y es que al cabo de los años, continúo pensando en Asturias como en una tierra decididamente especial; una tierra envuelta en las brumas de la leyenda, donde es posible percibir una magia ancestral; una magia poderosa y natural, que puede ser aprehendida a poco que uno se deje envolver por el entorno prodigioso que hace de ella un auténtico paraíso natural.
Tómenselo a broma o no, yo todavía estoy convencido -al cabo de los años, en los que, sin duda también he adquirido algo de experiencia- de que detrás de ese color añil de los ojos de aquél lobo, era, en realidad, una xana quien me miraba. Una xana que se alejó de mi, porque mi miedo rompió el hechizo.
De madrugada, mientras abandonaba Madrid por la autovía de La Coruña, no dejaba de repetirme:
'El miedo de aquél niño antaño, se ha convertido hoy en la confianza de este hombre'.
De manera que marché hacia Asturias, aprovechando el Año Mariano en el que nos encontramos, embargado por la nostalgia y henchido de emociones...