jueves, 29 de agosto de 2013

De O Cebreiro a Triacastela: magia en el Camino del Peregrino


- Primero te daré un aviso -dijo el padre Jorge-. La Ruta Jacobea es sólo uno de los cuatro caminos. Es el Camino de la Espada. Puede proporcionarte Poder, pero no es suficiente.
- ¿Cuáles son los otros tres?-
-Conoces por lo menos dos: el Camino de Jerusalén, que es el Camino de Copas o del Grial, te dará la capacidad de hacer milagros; y el Camino de Roma o Camino de Bastos, te permitirá la comunicación con otros mundos.
- Falta el Camino de Oros para completar los cuatro palos de la baraja -dije en tono de humor.
Y el padre Jorge rió.
- Exactamente. Éste es el camino secreto que, si algún día lo realizas, no podrás contarlo a nadie.... (1)
 
El Extraño Camino de Santiago o el Camino de la Espada. Según relata Paulo Coelho, fue precisamente aquí, en O Cebreiro, donde recuperó su espada; una espada que le fue entregada en mano por su Maestre, que le esperaba en el interior de la iglesia de Santa María la Real, levantada hace casi un milenio, por monjes francos procedentes de Aurillac. Una iglesuela, dicho sea con todo el respeto, creada de manera artesanal a base de piedra, lajas y pizarra, materiales que, no obstante, mantienen un equilibrio humilde pero digno, fundiéndose con el entorno. Un modelo que, de hecho, determina la forma y estructura de las construcciones sagradas en este tramo del Camino, siendo los templos más representativos, San Esteban de Liñares, San Juan de Hospital, e incluso a escala mayor, la propia iglesia de Santiago de Triacastela. Un modelo, por añadidura, que a la vez determina y caracteriza el propio entorno de este lugar sacro que es el mítico Cebreiro: duro, generoso en misterio y a la vez, evocadoramente hermoso.
Esto es algo que conoce bien el peregrino, cuando abandona el abrigo y la verticalidad de Piedrafita y emprende la ascensión de un puerto cuya sobrecogedora belleza se ve envuelta, incluso en los meses de verano, por espesas nieblas que parecen surgir del mismo corazón de esos Ancares que conforman parte de los mediáticos accidentes geográficos conocidos como montes de Galicia; unos montes, que en algunos tramos también comparten protagonismo con la vecina provincia de León. Es pues, también, de lo más hondo de estos valles bendecidos por el misterio, de donde surge, con toda la fuerza de la leyenda, otra ruta paralela y entrañablemente significativa: la Ruta Sagrada, bautizada así, por ser aquélla que, partiendo del pueblecito de Barxamaior, recorrió el fiel pastor, en medio de una terrible nevada, para asistir a misa y cuya fe, unida a la poca voluntad del por entonces párroco de Santa María la Real de O Cebreiro, concibió la realización del Milagro del Santo Cáliz. Un Cáliz, y sobre todo una Patera, originales del siglo XII que, expuestos a la vista de todo el mundo, aún conservan, al menos en el caso de ésta última, unas misteriosas huellas de corrosión en su parte central, que indican, cuando menos, que después de todo, algo inusual sucedió. No es de extrañar, por tanto, que en siglos posteriores, grandes Maestros de ese universo vibracional de las esferas que es la Música, como Richard Wagner, concibieran la nada despreciable idea de considerar a este lugar, como el Montsalvat o Monte de la Salvación al que se refería Wolfram von Eschenbach, precisamente en su Parsifal. De hecho, si el castillo del Grial tenía como custodios a los templarios, la presencia de éstos alrededor de este importante núcleo místico no deja de ser, también, algo más que una anécdota casual.


Tampoco parece casual, por otra parte, ese curioso efecto que conforman los rayos del sol a primera hora de la mañana, colándose por los pequeños ventanales, marcando sobre el pavimento las llagas de Cristo -comparativamente hablando- o, cuando menos, si tomamos los puntos de luz como base de unión de los imaginarios maderos, la inequívoca forma de una cruz. Desde luego, no es un fenómeno tan preciso y calculado como el que ilumina el capitel de la Anunciación en San Juan de Ortega, pero su visión, destacada en la penumbra y unida al telurismo propio del lugar, anima y reconforta.
La preciosa imagen de Santa María, románica también y luciendo en su túnica el color verde asociado a las auténticas Vírgenes Negras -otro dato a tener en cuenta, independientemente del no menos heterodoxo detalle de la manzana en la mano del Niño-, continúa, perdido parte de su inmutable hieratismo original, con la cabeza inclinada, fijos sus ojos negros en ese momento atemporal y sagrado en el que las hostias se convirtieron en carne y el vino en sangre.
Es esta ocasión, no pude verlo porque estaban pintando la capilla de la Epístola, pero ahí continúa, muy cerca del lugar de reposo de don Elías Valiña, el que fuera inmortal párroco de O Cebreiro y gran conservador del Camino de Santiago, la pequeña imagen de un Santiago Peregrino, con su túnica, también de color verde, que el peregrino volverá a encontrar, algo más de veinte kilómetros más adelante, en Triacastela y que podría marcar un particularísimo ámbito de influencia de Ésta, sin olvidar los santos que han de acompañarle en las iglesias de este tramo del Camino, así como otro pequeño detalle relacionado, que habrá ocasión de comentar más adelante, cuando los dados que determinan las etapas de este maravilloso Tablero iniciático, nos hagan detenernos, siquiera por unos breves instantes, en Hospital da Condesa y su también humilde iglesia de San Juan.

 
(1) Paulo Coelho: 'El Peregrino de Compostela. Diario de un Mago', licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Editorial Planeta, S.A., 1998, página 60.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Un breve paso atrás hacia el Bierzo, donde el Niño Jesús juega a cartas


Llegados a este punto, el mágico Juego de la Oca nos indica que, para seguir caminando por los lugares más emblemáticos de otra provincia que aún conserva muchas claves que habrán de maravillar al peregrino, es necesario retroceder varias casillas en el Tablero, y detenerse, siquiera sea por unos breves instantes, en ese hechizador Bierzo -tierra incomparable de misterios, guardada incondicionalmente en el pasado por la Orden del Temple-, y en un pequeño pueblecito, que también tiene su homólogo en la provincia que acabamos de abandonar: Cacabelos.
Cacabelos, cercano ya a la frontera lucense, vegeta plácidamente, custodiando con celo un misterio ancestral en su imponente parroquial. Con razón, muchos peregrinos continúan desolados su camino hacia Piedrafita y las cumbres imponente del Cebreiro, pues rara vez tienen ocasión de encontrarse las puertas abiertas y poder acceder al interior del templo donde, colgado de uno de los laterales de los muros, un pequeño retablo del siglo XVI, muestra al Niño Jesús jugando a cartas con un fraile, con un abad, según otros, e incluso, como afirman los más, con el propio San Antonio. A veces, suena la campana -no de la iglesia, pero sí de la casualidad- y el peregrino se encuentra las puertas abiertas. Apenas franqueado el umbral, una guardesa de cierta edad, fregona en mano, le enseña los dientes y le gruñe, diciéndole que el templo está cerrado. Salvador de escollos, y sabiendo que en el fondo, la humildad y el ruego, suelen atraer una cualidad que debería ser espontánea -la piedad-, consigue unos breves minutos para observar tan extraordinaria rareza y continuar su camino, pensando cuántas cosas maravillosas, cuántas claves ocultas no le aguardarán aún, en su inefable aventura en dirección a la tumba del Apóstol.
Resulta decididamente sorprendente, observar el amplio universo simbólico que se esconde detrás de una obra tan pequeña. Como en las viejas historias que se cuentan aún por el monasterio de Leire y también por el de Armenteira -esa prueba einsteniana de la relatividad del universo, que en plena Edad Media, experimentaron San Virila y San Ero, respectivamente- el peregrino cree observar, también, un sueño afortunado en el que el propio Niño Jesús -así lo indica la nube sobre la que se mantiene flotando- se le aparece al fraile en cuestión -tuviera éste, como los otros, categoría de abad o fuera el propio San Antonio- e intercambia con él un naipe muy especial, arrebatándole para sí, aquél otro menos afortunado que, hemos de suponer que por una cuestión de suerte, éste mantiene en su mano, caracterizando, posiblemente, esas bajas pasiones a las que nacemos sujetos por impedimento de la carne. El cuatro de copas, la carta inefable, queda, pues, a buen recaudo en esa Caja de Pandora donde el propio Niño guarda con humildad todas las afecciones que aquejan al mundo, y le regala al estupefacto fraile un símbolo de sabiduría y de conocimiento, indicado por el cinco de oros marcado en la carta que le entrega.
Hubo un gran personaje de la literatura y la teosofía españolas, que allá por finales del siglo XIX y con motivo de cubrir la noticia de un eclipse, cuya visión sería especialmente relevante desde aquí, desde el Bierzo, profundizó en este antiguo misterio, relacionándolo con el Temple y la Rosa-Cruz, símbolo que, según su visión del tema, estaría conformado por ese cinco de oros y ese cuatro de copas. La persona a la que me refiero, no es otro que Mario Roso de Luna, y la experiencia del eclipse, unida a la extraordinaria historia y visión simbólica de este retablo, conforman los primeros capítulos de una obra realmente grandiosa, independientemente de que fuera escrita como novela de índole ocultista, que habrían de llevarle a realizar uno de los viajes más apasionantes por la geografía astur, evento al que él, en buena ley, denominó como un viaje por la Asturias tenebrosa: El tesoro de los lagos de Somiedo (1).
Puestos sobre aviso peregrinos y caminantes, es hora de volver a andar el camino recientemente desandado y afrontar con ojo avizor las múltiples maravillas que todavía aguardan algunos kilómetros más adelante, apenas recién cruzada la frontera con una de los provincias más carismáticas y mágicas de Galicia: Lugo. 

 
(1) Por si alguien está interesado: Mario Roso de Luna, 'El tesoro de los lagos de Somiedo', Editorial Eyras, 1980.

sábado, 10 de agosto de 2013

El románico perdido de Allariz: la iglesia de Santo Estevo


Sería totalmente injusto cambiar de rumbo y destino, dejando atrás una ciudad tan hermosa e interesante como Allariz, sin comentar, siquiera sea brevemente, por aquello de que nobleza obliga, otro de los antiguos elementos histórico-artísticos, que demuestras esa expansión de medios y recursos que hizo de la ciudad un importante centro poblacional durante la Edad Media: la iglesia de Santo Estevo.
De similar manera al trato recibido por la iglesia de San Pedro, las sucesivas modificaciones llevadas a cabo en su estructura a lo largo de los diferentes periodos históricos, hacen que también se pueda integrar este curioso templo de Santo Estevo, dentro de esa imaginaria cuenta de resultados que, peyorativamente hablando, se puede decir que es el románico allarense. Perdida, pues, en gran parte su primitiva factura, aún se pueden apreciar, en su cosmogonía atemporal, algunos elementos interesantes, que invitan, cuando menos, a ejercer ese derecho o ese recurso de cotorras, como prefieran, que en el fondo es toda especulación.
Especulando o cotorreando, sin duda lo primero que llama la atención del nobel visitante, son esos sepulcros encajados hábilmente en el muro sur, que nada dicen de sus anónimos moradores, pero que muestran, al menos en uno de ellos, una curiosa cruz, con forma de espada y travesaño largo acabado en formas florenzadas, que recuerdan esas lises francas que denotan, -sin entrar en otro tipo más profundo de especulaciones-, cuando menos un origen de allende los Pirineos.
Por otra parte, los restos de interés, al menos externamente, que se pueden encontrar, aparte de los sepulcros mencionados, se localizan en la serie de canecillos y por supuesto, en la torre. Los canecillos, como la gran mayoría de ornamentos similares que caracterizan este tipo de construcciones, muestran esa peculiar alternancia entre rostros indiferentes, figuras animales y vegetales, y monstruos sobrenaturales que anidaban, generalmente, en el subconsciente sin duda supersticioso, de unas gentes cuyas mentes aún tendrían que esperar varios siglos a que la Evolución, pausada pero segura, indujera en los genes la idea de la Ilustración. De todos ellos, quizás el más llamativo, no sea otro que aquél que muestra a un animal, parecido a un gato cuyas patas delanteras se alzan sobre un poyete, y que mira al visitante con rostro entre enigmático y burlón. Elemento que quizás, en el fondo, sirviera de musa inspirativa para que Lewis Carroll -introductor, bajo mi punto de vista, de la matemática divertida en un mundo tan aburrido como la sociedad Victoriana- creara la logarítmica figura de su inolvidable gato de Cheshire.
Ahora bien, como colofón y cotorreos aparte, el curioso haría bien en fijarse en la torre, apenas unos centímetros por debajo de la campana, donde observará otro canecillo, que colocado a posta y sabiamente por el cantero, le hará un guiño, pues con su cara vuelta hacia el oeste -bueno sería recordar, que este recurso de los rostros girados oportunamente hacia ciertos puntos cardinales, viene a ser una constante también en lugares como Lugo y Zamora- le indica no sólo la dirección de la iglesia de Santiago, que se encuentra algunos metros más abajo, sino la dirección -al oeste, siempre al oeste- de esa Camino de las Estrellas, que oficialmente termina en Santiago, pero que todo peregrino, por alguna incomprendida razón que posiblemente se lleve en los genes, prosigue hacia esa enorme boca que engulle al sol todos los días: Finisterre.
El Camino, pues, continúa. Tal vez por eso, en el rostro del vigía que el anónimo cantero dejó de guardia, su sonrisa, más que otra cosa, sólo determine un gesto de aliento para aquél que, mochila al hombro y bordón en mano, continúe caminando sin olvidar jamás, que después de todo, recorre los senderos de un mágico tablero en el que cada etapa es una prueba y una iniciación.

domingo, 4 de agosto de 2013

El románico perdido de Allariz: la iglesia de San Pedro



Su visión, después de todo, causa cierta desazón, pues una vez que el viajero, el peregrino o simplemente el curioso dedican parte de su tiempo a callejear por el casco antiguo de Allariz y recalan en esta calle Hortas -nobleza obliga, y aunque ya lo he dicho varias veces a lo largo de las últimas entradas, buena ocasión se presta para repetirlo aquí también- que recuerda a aquél otro templo zamorano de Santa María de la Horta, resulta poco menos que imposible no intentar imaginarse cómo pudo ser este templo en sus inicios, allá por los siglos XI-XII. Es posible que, si tomamos como modelo la iglesia de Santiago y nos fijamos en lo único que ha sobrevivido en ésta otra de San Pedro, lleguemos a la conclusión de que ambos templos debieron tener, si no un parecido gemelo -referencia que siempre ha gozado de buena salud en los antiguos misterios, y no sólo astrológicamente hablando- sí al menos la acción ejecutiva de esos misteriosos gremios de canteros que participaron en la elaboración de los recintos cultuales de la ciudad. Una expansión de medios y recursos, quizás proveniente -como afirma socarronamente Juan Eslava Galán (1)- de las parias tributadas a las taifas, recurso que sin duda proveyó de suculentos dividendos a los reinos cristianos, antes de que el califa de Sevilla decidiera romper el equilibrio existente hasta entonces, llamando en su auxilio a las temibles y fanáticas hordas de almorávides, que algunos años después de Alarcos, fueron providencialmente derrotadas en la famosa batalla de las Navas de Tolosa. Es sólo una especulación. Una especulación que se une, de hecho, a ésta otra, donde volvemos a encontrarnos aquí, en ésta portada sur y única sobreviviente del antiguo caché románico que caracterizaba al templo de San Pedro, con esos curiosos lobos que, rodeando a un inmutable individuo, parecen estar susurrándole un mensaje en clave; un mensaje, quizás destinado, como mapa y guía, a los compañeros que habrían de venir después, quizás siguiendo esa gran aventura que, sin duda, es el Camino de las Estrellas. Posiblemente, a esos enigmáticos compagnons -nunca me cansaré de repetir tales adjetivos, con respecto a las hermandades de canteros- que, como ya se dijo en la entrada anterior dedicada a la iglesia de Santiago, se calificaban a sí mismos, con el nada despreciable apelativo de lobos devorantes.



Otro detalle que llama la atención, y en el que se recomienda fijarse, a pesar de que, como se dice proverbialmente, las comparaciones resulten odiosas, es la figura de esos curatos, con el Libro abierto, encajonados entre las arquivoltas, motivo para nada desconocido en el románico orensano, que nos volvemos a encontrar en esa especie de Porta Speciosa, que da acceso al claustro del maravilloso monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, enclavado, como su nombre indica, en pleno corazón de la denominada Ribeira Sacra. Un recurso que, dado su carácter simbólico, bien pudo ser utilizado como una invitación a penetrar en el templo a todo aquél que quisiera escuchar la Palabra de Dios, una vez tranquilizados y puestos a buen recaudo esos paganismos ancestrales que el alma vital del gallego, no obstante, jamás ha podido olvidar. Quizás por este motivo los canteros, sabiamente, decidieron dejar a un lado la típica y monstruosa figura que, a modo de Asmodeos guardianes -que para algo el Templo de Salomón fue siempre modelo de modelos- implicaban una terrible amenaza en el espíritu doblegado de superstición de los fieles.
Curiosamente, y para terminar este breve recorrido por esa tristeza implícita que da título a la presente entrada, bueno es recordar que junto al templo se levanta el monumento a unas figuras ancestrales, no ajenas al misterio y al fascinante mundo de la astrología y sus correspondencias, como son las figuras de bueyes y boyeros.

 
(1) Juan Eslava Galán: 'Historia de España contada para escépticos', Editorial Planeta, S.A., Edición actualizada, 2013, página 130.