martes, 22 de febrero de 2011

Vivencias del alma: Santo Domingo de Silos

Un día me iré sin haberte conocido nunca...
[Arturo Pérez Reverte (1)]
Arrecia la lluvia, cuando me acerco a esa boca de lobo que es el túnel de Somosierra. Un camión quitanieves permanece estático en el arcén y los destellos anaranjados de la luz de aviso situada encima de la cabina, se me antojan, por un momento, el preludio mortecino de una actuación de bodevil. El telón de fondo es un cielo gris, tristón, que se vacía con nostalgia en unas laderas todavía cubiertas de nieve. No soy buen actor; nunca lo he sido. Si hubiera sido buen actor, sin duda hubiera preparado el guión, hubiera absorbido cada letra, cada palabra de su contenido y lo hubiera canturreado con la naturalidad de un genio frente a un público boquiabierto que, a pesar de todo, seguramente no me hubiera entendido. Pero en el día de hoy, mi único público soy yo mismo; también soy ese actor tan gris, o más, quizás, que ese cielo que, lejos de ampararme y concederme un momento de respiro, me arroja con saña su pena hasta anegar el parabrisas de una montura que, obstinada como yo, aún desea continuar traqueteando por esos caminos de Dios, quizás buscando molinos a los que exorcizar con la lanza hace tiempo oxidada de un hidalgo caballero.
Hablar de destinos, puede parecer absurdo, sobre todo, cuando no se cree en ellos. De manera que, para no caer en el absurdo, simplemente diré que por alguna extraña asociación entre la locura y el aburrimiento, abandoné la confortable seguridad de un lecho sin sueños, para coquetear con una crisálida, que hace siglos murió siendo mariposa: las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza.
Resulta curiosa la manera en la que los pensamientos se nublan y mimetizan con el ambiente, hasta volverse tan oscuros como esas golondrinas de Bécquer que nunca más regresarán, ni siquiera reclamándolas entre los suspiros de nuestro corazón. Y sin embargo, hay momentos en los que comienza a preocuparme este ansia necrófila hacia las piedras -como a veces se me ha tildado, veneratore lapidum- ese sentimiento, en ocasiones vital y otras desesperante, de querer conocer hasta el último secreto del pasado. Puede que uno de los síntomas de esta enfermiza necesidad, sea ese callo, duro como ¿una piedra?, que se adhiere a la pupila y te impide ver, cuando no vivir, el presente. Sea como fuere, el viaje continúa. Lo hace, al compás de un tiempo inclemente y con la única compañía de una lluvia que parece querer lavar todos los pecados del mundo, dada la intensidad con la que continúa cayendo.
Atrás han quedado las provincias de Madrid, con su urbanismo suicida y de Segovia, con su románico de escuela, y una vez en tierras de Burgos, ciudades históricas, como Lerma y Aranda de Duero, o pueblos de buen yantar y mejor beber, como Gumiel de Izán.

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Apenas me separan una treintena escasa de kilómetros de Burgos capital, cuando diviso un cartel a lo lejos; y sus letras, in crescendo, actúan con un determinante efecto subliminal cuando se definen con todo su poder de persuasión: Santo Domingo de Silos. El cambio de dirección, es inmediato; la aventura cambia de sentido y el guión, aún sin apenas preparar, se modifica. La vida, con sus tretas y avatares, hace que los guiones tengan que estar constantemente modificándose. Nada, por lo tanto, es inmutable y una misma obra puede llegar a tener múltiples finales.

Es curioso, pero he hablado o me he referido muchas veces a Silos, sin haber puesto nunca los pies en Silos. Silos siempre ha constituido, desde mi punto de vista -advierto que soñador en algunos aspectos, pero demasiado realista, quizás, en otros- uno de esos Axis Mundi primordiales, cuya influencia se extendió, irremisiblemente, por los intrincados caminos de una espiritualidad que desplegó un estilo artístico y espiritual, definiendo el sentimiento general de toda una época: el románico.

Alentado por el fantasioso pensamiento de poder beber personalmente de una de las fuentes de la sabiduría ancestral, me dejo llevar hacia ese anciano corazón de Castilla, con el alma en vilo y un deseo perentorio de llegar. Cuando vislumbro la villa desde el aparcamiento situado a las afueras, tengo la sensación de que he llegado haciendo caminos sobre la mar, como cantara el poeta. Un halo de fantasía flota sobre el lugar, independiente de la niebla que oculta la cima de los montes cercanos y la lluvia, que deshace en agua los pocos rastros de nieve que van quedando. Es un halo que despliega una magia especial; una magia que produce el efecto de que, vistas por primera vez, las viejas viviendas castellanas semejen bailar sobre sus arcaicos cimientos. Hay ruinas con solera que presentan a los ojos del curioso identidades heráldicas de viejas glorias; cruces calatravas adheridas como garfios a una piedra lamida por la pátina de los siglos. El olor a orín del ganado, que se mezcla con el aire, escapando por la puerta abierta de una cuadra cercana. Bandadas de palomas, encogidas y mojadas sobre los tejados, que se lanzan a volar precipitadamente cuando advierten mi presencia...Y un río, el Ura, que cambia su nombre por el de Mataviejas en los pueblos de alrededor y baja convertido en chocolate, arrastrando arena y barro a su paso.

Una campana tañe en la distancia y por un momento, su sonido adquiere en mi pensamiento la gravedad de una despedida. Ya han abierto las puertas de la abadía. No obstante, aún chorreando de agua, creo que he recopilado suficientes sensaciones como para que me vengan a la memoria algunas estrofas de una canción inolvidable de Alberto Córtez. Son, en concreto, aquéllas que dicen:

Porque siempre he tenido, la mirada serena, de lo que he conseguido fui mi propio mecenas, porque sé del peaje que requiere la fama, mi canción, mi equipaje...mis vivencias del alma.

Santo Domingo de Silos, 19 de febrero de 2011

(1) Arturo Pérez Reverte: El Club Dumas, Santillana Ediciones Generales, S.L., 2010, página 201.

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