lunes, 14 de diciembre de 2009

Buscando el Duende de Córdoba



Lo soñé a primeros de diciembre, aprovechando ese incierto momento en el que las ovejitas, por alguna extraña razón que se me escapa, se negaban a salir del redil, haciendo imposible el recuento. Sin cascabeles que atrajeran a los ángeles del sueño, atisbé un momento por la ventana, observando a una coqueta Selene en inolvidable plenitud, completamente llena, satisfecha y dispuesta a seducir a cualquier soñador que se atreviera a posar sus ojos en ella. Sortilegio o no, créanme, me pareció percibir una sombra brujesca deslizándose sigilosamente en su escoba por encima del tejado del bloque de la casa de enfrente, un armatoste de viviendas de protección oficial, dicho sea de paso, de dos pisos y renta antigua, situadas en el punto de mira de especulativos proyectos urbanísticos paralizados momentáneamente por la crisis del ladrillo. No obstante, fue, sin duda, una visión frugal: como la cena, a la que he de mantener al margen de este asunto, de manera que si me apuran en buscar un reo al que inculpar -o humanamente hablando, cargar con el muerto- debería hacerlo, posiblemente, achacándole el delito a ese imaginario y enigmático cuerno de marfil, a través del que los antiguos griegos suponían que los Dioses mandaban a los humanos todo tipo de vivencias e ilusiones, con los que premiarles o castigarles en virtud de sus actos y merecimientos cotidianos.

En mi sueño, recuerdo que llegaba a casa poco más o menos que a la hora de comer. Era un día festivo del mes de octubre, en el que por alguna mediática razón que no acierto a comprender, salvo que recurra a la incertidumbre profética que vaticina un cambio climático terriblemente devastador, el otoño, disfrazado de veranillo de San Martín, se negaba a mostrar su faceta más exhibicionista y procaz, permitiendo que el sol nos engañara, haciéndonos pensar que estábamos inmersos en un estío apararentemente sin fin. A esas alturas de mes, como digo, en mi sueño observaba que las hojas de los árboles, aún a pesar de ir adquiriendo progresivamente los tonos dorados de las burbujas de cava, que parece que nacen y mueren con más ímpetu en Navidad, rechazaban el primigenio honor de hacer de alfombra para las aceras, aunque en los grandes parques de Madrid -como el del Capricho de la marquesa de Osuna- las ardillas, sin duda más cautas y previsoras que las indolentes cigarras, aprovechaban su agilidad para desplazarse a toda velocidad por las autopistas arbóreas, llevando alimentos a su despensa, previendo, es de suponer que por instinto, un largo y difícil invierno.

El teléfono móvil, pues, sonó aún antes de que tuviera tiempo siquiera de quitarme la chaqueta y según incierta costumbre, convertida en pésimo hábito adquirido después de mi gris e intranscendente periodo como soldadito español, la dejara caer como un fardo encima de la cama.

- Hola, Caminante, -dijo una voz familiar, que inmediatamente identifiqué como la de mi amigo Malvís.

Incluso soñando, no pude evitar pensar que cuando Malvís abandona la Fraga, la aventura pinta, cuando menos, en oros.

En efecto, asi era. Cuál tentador Mefistófeles, la voz segura, abogada y ligeramente aventada por ese impetuoso levante que suele cortejar, cuál enamorado trovador, a la coqueta Alcazaba almeriense, me hechizaba con proposiciones fantásticas, evocándome la antigua, incombustible magia de Al-Andalus. Creo que pronunció la palabra Córdoba; y no obstante, por alguna razón inexplicable que no conseguía comprender ni siquiera al despertar, en mi sueño se coló, sigilosa y enigmática como la Esfinge, la palabra Duende.

Curiosamente, también, recuerdo que desperté en el preciso momento en el que Malvís me abrazaba telefónicamente y colgaba a continuación la comunicación. Algún tiempo después, supongo que de una manera paracientífica, cuando no premonitoria, me encontré viajando hacia Córdoba en compañía del Maestro Alkaest y la Señá Polvorilla, aunque bien es cierto, que en mi mente sólo anhelaba una cosa: encontrarme cara a cara con su Duende.

Si lo encontré o no, habréis de juzgarlo vosotros mismos en el futuro.


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