jueves, 7 de abril de 2011

Fuente Sanza, Burgos: nacimiento del río Arlanza

'El agua y la tierra parecían haberse separado para visitarse mutuamente, siendo ambos muy bellos...'.

[Barón de la Motte-Fouqué (1)]


Reconozco que a la hora de planificar, soy un auténtico desastre. Uno de mis mayores deseos, es hacer algún día ese Camino de las Estrellas que, si hemos de creer todo lo que nos han contado o todo lo que hemos leído, es la Llave que conecta con nuestro Yo, abriéndonos esa puerta interior hacia nosotros mismos, que por regla general, nos obstinamos en que permanezca siempre cerrada. Independientemente de los deseos que puedan o no llegar a realizarse, a veces me sorprende esa fe infantil que tengo por la aventura; por lanzarme a esos interminables caminos y dejar que la causalidad -ya que no creo en la casualidad- me sorprenda, haciéndome recalar en un lugar inesperado, hermoso e interesante. Un lugar, digamos, muy parecido al que, en esa breve frase que prologa la presente entrada, sitúa el Baron de la Motte-Fouqué, el hogar de Ondina.

Mi juventud también se vio felizmente acompañada por la literatura fantástica, y aún conservo, con entrañable cariño, libros inolvidables como ésta Ondina, del mencionado Barón, o los Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany, o los Viajes al otro mundo (aventuras oníricas de Randolph Carter) de H.P.Lovecraft.

Lo comento, tan sólo porque creo que gracias a ellos, aún conservo cierta holgura autocomplaciente a la hora de llegar a un lugar, como este nacedero de un río tan carismático -sobre todo para los amantes del Románico- como es el Arlanza y rendirme a la gozosa ensoñación que conlleva observar las alegres evoluciones del agua, abandonándose al vértigo de la corriente e incluso deteniéndose a formar pequeños meandros que, en este punto concreto, separan, como una frontera indiscutiblemente natural, bosque y pradera.



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A pesar de todo, no se trata de un territorio hostil, en su sentido de desconocido; su aparente estado de salvaje virginidad, se ha visto doblegado hace tiempo por la acción del hombre, y muchas son las comidas campestres que éste ha realizado y realizará en el futuro, en las mesas habilitadas junto a la orilla.


Y no obstante, he aquí un lugar, a mitad de camino, aproxidamente, entre Quintanar de la Sierra y Neila, en el que detenerse unos minutos para oxigenar el espíritu, ¡y quién sabe!, quizás conseguir un encuentro con un ser mágico que, como Ondina, anhela decirle al hombre que, aunque no lo crea, aún continúan subsistiendo, aunque en espacios cada vez más reducidos.


(1) Barón de la Motte-Fouqué: 'Ondina', Ediciones Obelisco, S.A., 1ª edición, julio de 1984, página 7.



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