domingo, 16 de octubre de 2011

Pueblines del Camín: La Vara




La Vara es otro de esos interesantes pueblines asturianos del Camín, en el que dada su elevada situación, no resulta extraño que el orbayo -tan familiar y tan asturiano también- haga pertinaz acto de presencia durante la mayor parte del año. Atardecía una hermosa tarde de septiembre, cuando llegamos al lugar, si no buscando misterios -que habélos, haylos, no faltaría más- sí al menos con la esperanza de encontrar a cierto concejal -de presencia tradicional en las romerías del Monsacro- que pudiera orientarnos. Lo encontramos; interrumpimos una celebración familiar; nos comentó cosas no tan largo y tendido como hubiéramos deseado pero sí interesantes si las lleva a cabo, y cuando nos despedimos de él, dimos un corto pero agradable paseo por el pueblo.

Conectado con La Carballosa por un caminillo rural que posiblemente hollaran en tiempos sandalias romanas, cuando no peregrinas, a diferencia de otros lugares, sólo encontramos una genuina Cruz de la Victoria -incompleta- en el dintel de una casa. Su propietaria, que abrió la puerta alertada por los ladridos de un perro vanduendo, como diría mi abuela, lo único que pudo decirnos, es que esa piedra llevaba ahí toda la vida. Es el eterno problema de los pueblines asturianos, que tienen una enorme riqueza cultural repartida entre los dinteles de sus puertas y una memoria frágil, inexistente para recordar una Historia que, paradójicamente, fue rica e importante.

Fue precisamente ella quien nos orientó hacia un caminillo que se perdía en oscuras frondosidades, en bosques de zarzas y helechos que se metamorfoseaban en castillos encantados a la pálida luz de la luna, guardianes de sortilegios, en definitiva, hogar sui géneris de seres mágicos arrinconados por el avance de la civilización humana.

Al lavadero le habían limpiado la cara, otorgándole un aspecto moderno, es cierto, pero cerca de él, un pilón centenario recogía las aguas, genuinamente límpidas, de un arroyo que presumiblemente naciera en el útero misterioso de la Sierra del Aramo, para terminar vadeando alegre la ladera y unirse, quizás al pie del valle, con esos afluentes del Caudal que, de nombre Morcín y Riosa, lamen las veredas cercanas al Monsacro. Poco me hubiera sorprendido encontrarme con una xana atusándose los largos cabellos con su peine de oro, cantando una canción melancólica, como melancólica es la antigüedad del lugar y melancólicos sus numerosos secretos. Había un extraño silencio allí; un silencio de siglos, sólo roto por el repentino chapoteo de alguna gota rebelde precipitándose al vació desde el trampolín del caño.

Una curiosa sensación a esencia mágica envolvía mis pensamientos de regreso al pueblo, y a hurtadillas miraba hacia la espesura con la esperanza de toparme, no con los ojos tristes e indiferentes de aquél viejo lobo con el que me encontré en la aldea familiar siendo niño, pero sí, quizás, con la vana esperanza de sorprender a algún xanino, a algún trasgu o algún diañu. Nada de eso ocurrió, evidentemente, pero algo debió de haber, sin duda, pues, como pude comprobar días después, los orbes hilaron fino por La Vara en aquél atardecer.





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