jueves, 2 de enero de 2014

San Martín de Frómista


Bien sabe el peregrino que abandona la provincia de Burgos dejando atrás las mistéricas bendiciones de las Taus del malogrado monasterio de San Antón, en Castrojeriz, que apenas adentrado algunos kilómetros en esos carismáticos Campos Góticos que conforman buena parte de la meseta palentina, su esfuerzo y soledad se verán ampliamente recompensados por la fascinante visión de parte de lo más granado del románico español. Aunque algo alejada de la visión penetrante de los ojos de bronce de San Telmo, hijo predilecto y santo Patrón de Frómista, la equilibrada y esbelta figura de la iglesia románica de San Martín, ha de insinuársele como ese maravilloso canto de sirenas que estuvo a punto de atrapar y perder al homérico Ulises en un turbulento mar de olvidos y mortales placeres. Pero a diferencia de éste, y a falta de ataduras que le mantengan unido al mástil de un bajío conjurando la tempestad, visitantes y peregrinos se dejan voluntariamente seducir, apenas tienen a su alcance la visión de tan emérita maravilla. Y es que, si hemos de ser sinceros, poco importan los lavados de cara y las beatas liposucciones que de alguna manera han ido alterando un cuerpo geométrico que nació concebido para ser perfecto. Como inalcanzable doncella, tan distinguida criatura exhibe, en sus múltiples encantos, las cualidades esenciales que hicieron de los maestros canteros medievales, los ejecutores de la Obra de Dios en la tierra: elegancia, proporción, equilibrio, mesura y medida.

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