martes, 2 de diciembre de 2008

Monasterio Cisterciense de Bonaval: Álbum Fotográfico

'No hay ninguna experiencia tan maravillosa como la de salir al aire libre en el campo una noche de primavera. Pero lo mejor es salir cuando la noche está a punto de acabarse, y mejor incluso hacerlo solo. Porque entonces puedes oir las carreras de los animales que pululan en la oscuridad, y las vacas masticando hasta que tropiezas con ellas, y percibir la vida secreta de las hojas, y los tirones de hierba y el mordisqueo y hasta el reflujo de la sangre en tus propias venas. Entonces puedes ver los bultos de los árboles y las colinas, más oscuros que todo lo demás, y las estrellas dando vueltas en sus engrasados surcos, y sólo para ti. Entonces hay una única luz en una casa de campo lejana que indica una enfermedad o un madrugador que parte hacia un misterioso destino...'.[Terence H. White: 'Camelot-El libro de Merlín', Círculo de Lectores, 1993]
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Antes de llegar al pueblo de Retiendas, al comienzo del puente de piedra que se eleva por encima de un pequeño riachuelo y señalando hacia la izquierda, un cartel indica la dirección del monasterio de Bonaval. El primer tramo del camino -de unos quinientos metros, aproximadamente- es de naturaleza desigual, marcado por numerosos baches que hay que ir sorteando con paciencia, para no dañar los amortiguadores del coche más de lo necesario.
Al cabo de éste, marcado por la presencia del pequeño cementerio y otro puente de piedra, pequeño también, cuya carretera conduce -siete kilómetros más adelante, hasta la Presa del Vado-, un caminillo rural serpentea monte abajo, siguiendo el curso del arroyo. Cubierto de nieve y flanqueado de árboles a ambos lados, el camino muestra, en algunos trechos, pequeños desprendimientos de tierra y piedra, que hay que ir sorteando, pisando la nieve con precaución para no meter el pie en un bache inesperado y torcerse un tobillo.
A medida que se avanza, uno se ve sorprendido por sensaciones de variada naturaleza. Cara y manos sienten pronto la caricia gélida del frío, mientras los vahos de la respiración se conjuran con el ambiente para formar pequeños fantasmas de humo y vapor que no tardan en desaparecer.
En ocasiones, el silencio sorprende y sólo se ve roto por el crujido del calzado sobre la nieve; después, apenas cruzada una pequeña curva en el camino, de manera inesperada y repentina, el viento gime lastimero, colándose entre las copas de los árboles, y algunas hojas amarillentas -heróicas, como esos últimos soldados de Filipinas que resistieron hasta el final, guardando su plaza- caen lentamente sobre la nieve, deslizándose en remolinos hacia los lados del camino cuando el viento aumenta en intensidad.
No deja de ser todo un misterio observar las numerosas huellas que hombres y animales han ido dejando sobre la nieve y el frío se ha encargado de conservar. Se confunden unas con otras, señalando en ambas direcciones, indicando un tráfico que podría considerarse, objetivamente hablando, como inusual en este lugar solitario y en ésta época del año.
El paseo, no obstante, resulta agradable. Sobre todo, porque las condiciones atmosféricas no son tan extremas como días atrás, y ese guiño anaranjado que a duras penas intenta abrirse camino a través de unos cúmulos cenicientos, augura momentos de luz y calor.
Una centena de metros después, se llega hasta una bifurcación de caminos; el viajero que acude por primera vez, duda. Pero un instante de observación es suficiente para distinguir -a través de las ramas desnudas de los árboles que flanquean el lugar- un bulto pétreo de color blanquecino-amarillento, que en algunos puntos se va tornando rosado cuando es alcanzado por la luz del sol.
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