martes, 4 de agosto de 2015

Bozoo: iglesia de los santos Julián y Basilisa


En los llanos que se extienden en las proximidades de Pancorbo y su peligroso desfiladero, y a apenas a una insignificante distancia de una decena escasa de kilómetros de éstos, un curioso pueblecito, que apenas sobrepasa el centenar de habitantes, Bozoo, muestra, entre los restos bizantinos de una iglesia quizás excesivamente reformada durante el siglo XVI y aún con posterioridad, elementos de ese arcaico y sentido lenguaje anímico que, según algunos cronistas y literatos, iluminaba los corazones de los canteros alto y bajo medievales. Es posible que tan singular nombre, Bozoo, derive de esa palabra, bozo, que se utilizaba antiguamente para designar al cabestro o caperuza que se ponía en la cabeza al ganado de tracción, principalmente bueyes. De ser así, nos indicaría, entre otras, la característica ganadera del lugar. Según Madoz, los restos bizantinos sobrevivientes en esta iglesia, dedicada a las figuras de San Julián y de Santa Basilisa, corresponderían, ni más ni menos, que al siglo IX, con lo cual, no resulta nada difícil hacerse una idea aproximada de la venerable antigüedad de un hábitat, parte de cuya historia está ligada, así mismo, a otra población más grande, y distante menos de dos kilómetros, de la que hablaremos en el futuro: Santa Gadea del Cid, llamada Término antiguamente, a la que no hay que confundir con aquélla otra Santa Gadea, en cuya iglesia de Santiago y Santa Águeda, se produjo el famoso episodio de la Jura del Cid Campeador. Dado que su cabecera y buena parte de la nave, se vieron irremisiblemente implicadas en las reformas a las que se ha hecho referencia, el montante bizantino sobreviviente, quedaría reducido, poco más o menos, a la portada principal, situada en el lado sur, y a un notable ventanal, orientado hacia poniente. Aun afectados, en mayor o en menor medida, por la acción del tiempo y la erosión, cabe destacar, entre los capiteles de dicha portada, la presencia de un elemento que, cuando menos, podríamos considerar poco habitual –evidentemente, no imposible ni tampoco único (1)-, en tal lugar y situación: la presencia de un Cristo crucificado. Un Cristo, cuya cabeza –el desgaste en esa parte, no permite asegurarlo con certeza-, quizás estuviera coronada originalmente, a semejanza de numerosas representaciones plásticas de naturaleza netamente románica. Junto a él, otro capitel nos muestra un bello motivo foliáceo, composiciones y temáticas, que quizás, en la mente del autor, respondieran a la intención de poner de manifiesto ese cíclico relevo cultual, que habría de relegar al estado de paganismo al resto de cultos y religiones anteriores. Aparte de los leones custodios, que parecen deslizarse subrepticiamente por debajo de las basas de apoyo de las arquivoltas –el diseño de rodillos de la principal, parece indicar posibles influencias de origen mudéjar- es difícil, pues su estado de conservación no lo permite, precisar la naturaleza y acciones de las figuras antropomorfas del resto de capiteles situados a la izquierda. Muy deteriorada, también en ésta parte izquierda, se aprecia una columna-atlante, que en origen, bien pudiera haber representado a cualquiera de los santos titulares. Por último, comentar que en el diseño del referido ventanal orientado a poniente, se observan formas geométricas –ondulantes y romboidales-, vegetales, así como ajedrezadas, del tipo denominado como jaqués o jacetano, que sirven de cobertura ornamentística a dos capiteles labrados: el de la izquierda, que muestra a un águila con las alas extendidas y el de la derecha, que nos ofrece una curiosa representación bafomética –entiéndase, comparativamente hablando-, de los tradicionales hombres-verdes, alusivos a los antiguos cultos celtas a la naturaleza.

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(1) Otro caso similar, por ejemplo, se puede encontrar en la denominada Puerta del Perdón, de la puntera iglesia de Santiago, en Villafranca del Bierzo, aunque, a diferencia de ésta de Bozoo, su temática está relacionada con otros pasajes de la vida de Cristo, entre los que destacan el sueño y la adoración de los Magos.

miércoles, 22 de julio de 2015

Peregrinando por el norte de Burgos


Una espesa niebla se abate fantasmal sobre el desfiladero de Pancorbo, desprendiendo una ligera llovizna que preludia la llegada de un rocío, cuyas imaginarias lentejuelas plateadas se van acrecentando sobre una hierba que se obstina en sobrevivir en el duro suelo de unos caminos montañeses. Hermanada con uno de los múltiples promontorios que a la luz de la luna adquieren, cuando menos, formas mucho más amenazadoras que a la luz del día, una pequeña espadaña y un sagrado campanil avisan y dirigen al peregrino desorientado de la proximidad de un pueblo –llamado también como el desfiladero bajo el que se asienta-, en el que podrá encontrar cobijo y resarcimiento de las penalidades del Camino...

Este podría ser el comienzo de una de las muchas historias, a cual más amena y fantástica, que se pueden vivir en ésta zona, lindante con Álava y La Rioja, donde las rutas no son fáciles para el peregrino, pero la experiencia, a modo de compensación, puede resultar, después de todo, sumamente gratificante, toda vez que a la espectacularidad de unos paisajes verdaderamente arrobadores, se suma la contemplación de una serie de monumentos históricos, artísticos y religiosos, que incluso desde la más miserable ruina a la aparentemente más sencilla ermita rural pueden ofrecer claves de intenso conocimiento, muchas de ellas inesperadas e incluso poco conocidas en general. Es, en ese misterioso terruño de la Vieja Castilla, donde el peregrino e incluso también el curioso o simplemente el viajero, puede encontrarse con ascetas orientales –tipo budas o brahmanes, al lado de sapos, espárragos y peces-, como parte de la ornamentación de una iglesia románica; o toparse con otra Santa Gadea del Cid, que poco o nada tiene que ver con la del famoso episodio cidiano, en cuyas afueras podrá contemplar, no obstante, una hermosa ermita románica dedicada a una figura mariana de curiosa advocación, la Virgen de las Eras, y algunos kilómetros más allá, un monasterio que ha perdido su primitiva belleza, pero cuyo nombre –de La Espina-, está ligado no sólo a la historia de una legendaria aparición mariana, que vendría a sustituir, como el caso de la mencionada de las Eras, los antiguos cultos precristianos del lugar, probablemente dedicados a la figura de la Gran Diosa Madre –también en ocasiones representada en capiteles que suelen confundirse con la lujuria, por las serpientes que maman de los pechos- en muchos casos, sino también a profundos significados alegóricos no desconocidos para todo peregrino: como son sacrificio, iniciación y conocimiento. O las rústicas pero sugerentes, simbólicamente hablando, aves que coronan el tímpano de la pequeña iglesia de Bortedo; la arruinada iglesia de Encío, elevada en solitario sobre una colina, bajo la advocación de dos santos, médicos y gemelos, como son Cosme y Damián; la no menos significativa ermita de la Virgen del Castro –cuyo nombre ya indica el lugar sobre el que se eleva-, en Momediano, a cuyos canecillos, habrá que prestar una especial atención…

En fin, un pequeño viaje peregrino por los confines de Burgos, visitando lugares que, alejados y dentro o fuera de las rutas tradiciones de peregrinación, no sólo merece la pena conocer, sino que, además, invitan a la reflexión y la especulación. Se inicia, pues, una nueva etapa.


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lunes, 6 de julio de 2015

Sirenas del Gran Estanque


Siguiendo con ese aparente, inadvertido pero simbólico triunfo del paganismo, y sin dejar, al menos por el momento, esa genuina magia de atracción del agua y sus criaturas asociadas, bueno es detenerse un instante y pensar en aquéllas historias cantadas por los grandes bardos del Camino. Uno de ellos fue, qué duda cabe, ese inquieto y viajero cronista mindoniense, Álvaro Cunqueiro –aquél, que entre su prolífica prosa, dio vida a la fascinante novela Merlín y familia, ambientada en su maravillosa Galicia-, a través de cuyas crónicas y reflexiones, uno siempre recuerda que el Camino –y vuelvo a insistir en lo que ya comentara anteriormente, con respecto a las fuentes-, es un lugar de encuentros insólitos, de sucesos prodigiosos y de señales más o menos certeras, donde recuperar la venerable mediatidad de los viejos mitos que siempre han acompañado a la humanidad como una segunda sombra. Tan antiguo como los mitos de la Creación, el tema de las sirenas, así mismo, ha despertado siempre las más encontradas de las fantasías, hasta el punto de que hombres ilustrados, como el padre Benito Feijoo –que independientemente de que sea discutible, la credulidad no tiene por qué ser sinónimo de ignorancia o de tachón cultural-, creía en ellas a pies juntillas, cual Ulises cuyos oídos se hubieran dejado eternamente encandilar por la pasión generada por sus embriagadoras e irresistibles canciones. Pero no deja de ser simbólicamente fascinante el tema, además –porque de hecho, recoge uno de los interminables mitos asociados a ese arte tan afín a los caminos, que fue el románico, que tanta pasión genera hoy en día, pero que tan vilmente ha sido vapuleado por la incomprensión y la ignorancia a lo largo de los siglos-,  si lo meditamos bajo el punto de vista de esa visión de Cunqueiro, cuando nos habla de la encantada Ayfir, sirena del agua, y nos plantea, a continuación, la pregunta clave del origen del mito: ¿no se llevará agua al aire, para morar allá esos siete años en que es como ave ? (1). Llegados a este punto, reconozco que no soy muy peregrino en mi ciudad –quizás sea mejor profeta en tierra ajena-, aunque no obstante, sí es cierto que en ocasiones, dejando el hatillo en casa pero colgándome las cámaras al hombro sin más compañía que mis más fieles compañeros de camino , que no son otros que la pluma y la libreta, me acerco hasta ese rincón donde habita la fantasía, el parque del Retiro –creo que nunca un nombre ha sido más apropiado para un parque, si exceptuamos aquél otro del Capricho, donde la nobleza madrileña saciaba su hambre de fantasía a golpe de talonario-, y acercándome hasta el Gran Estanque, contemplo melancólico a aquéllas desgraciadas sirenas que una maldición convirtió en bronce para toda la eternidad. Y cuando esto ocurre –tachesemé si se quiere de costumbrista-, recuerdo que, observando su infinita tristeza, siempre me hago la misma pregunta: ¿no será por añoranza a esa libertad absoluta que tenían cuando fueron aves?.

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(1) Álvaro Cunqueiro: 'Los otros caminos', Tusquets Editores, S.A., 2ª edición, Barcelona, julio de 2004.

sábado, 4 de julio de 2015

Fuentes, las aguas del Paganismo


Decía Campoamor, refiriéndose a esas peculiares ninfas de las aguas, que son las maravillosas y encantadoras xanas asturianas -donas d'aigua en la vecina Galicia-, aquello de ¡ay del que va en el mundo a alguna parte y se encuentra a una rubia en el camino!. Y es que el Camino -sígase o no en dirección a los principales santuarios de la cristiandad, cuyos itinerarios Coello comparaba, según fuera el tipo de iniciación pretendida por el neófito caminante, con los distintos palos de la baraja: oros, copas, espadas y bastos-, ha sido siempre, es y continuará siendo, el mejor escenario en el que darse de bruces con los encuentros más extraños, con las casualidades más casuales o cuando menos, el vehículo más apropiado para recalar en esos pequeños microversos tradicionales que formaban parte de unas creencias tan arraigadas en los pueblos y culturas que nos precedieron, los cuales, reconvertidos en símbolos, ritos, mitos...y modas, han acompañado siempre a la humanidad en la más fabulosa de sus aventuras: la de vivir. Pero hablar de aventura, de caminos, de mitos, de símbolos y de creencias no se reduce únicamente a aquéllas experiencias foráneas al entorno en el que habitualmente vivimos y nos desenvolvemos. Por el contrario, no es difícil tropezarse continuamente con ellos en nuestra vida cotidiana, sobre todo si tenemos la suerte -o la desgracia, según se mire, que en el fondo se suele añorar cualquier sitio menos en el que se vive-, de vivir en una gran urbe. Dioses y Diosas de los panteones precristianos, que vigilan continuamente ese trabajosa locura en la que nos desenvolvemos, acostumbrados a mirar sin verlos, ingrávidos y regios en sus divinas monturas, como Cibeles y Neptuno; o la Osa, elevadas sus patas delanteras sobre el madroño, que posiblemente sea la misma que busca el peregrino en los cielos y que le indica el camino de Compostela, que revive en el escudo y en el km 0 de Madrid, la vieja historia de aquélla otra que, golosa, intentaba en vano acceder al panal que se ocultaba dentro de la boca del león desquijado por Sansón. Pero de entre todos estos restos de sabias y antiguas sabidurías, sobresalgan, sobre todo en las épocas de estío, aquellas pequeñas deidades que coronan, viven y protegen las fuentes: esas xanas o donas d'aigua a las que nos referíamos al principio, eternas en su piel de blanco mármol cuya canción, acompañada por el sonido titilante del agua al deslizarse en caída libre a través de los grifos, siempre nos atrae y nos recuerda, queramos o no reconocerlo, que nunca murieron del todo; que los sanmartines dumienses no consiguieron erradicar su recuerdo y que estando ahí, luciendo su misteriosa hermosura a través de los años no puede, sino, hacerme pensar, no obstante y a pesar de todo, en el triunfo final del paganismo.

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martes, 23 de junio de 2015

Una visita a la catedral de Calahorra


‘Hacia los confines de la Rioja por la parte de Navarra, encuéntrase la antiquísima ciudad de Calahorra, cuya fundación, como la de otras muchas de España, se pierde en la oscuridad de los tiempos…’ (1)

De esa oscuridad de los tiempos, como afirmaba el anónimo cronista del Semanario Pintoresco, piensa el peregrino que proceden aquéllos otros afluentes legendarios que, lejos de la naturalidad de esos dos grandes ríos que besan sus lindes –el Ebro y el Cidacos-, enturbian con anacrónico dramatismo los charcos floridos en cuyo limo reposan su sueño eterno las más variopintas de las historias y leyendas. De camino a la catedral, que se eleva –según se comenta, se rumorea o se afirma- sobre el sitio donde fueron sacrificados sus santos Patronos –Emeterio y Celedonio, santos gemelos cuyos relicarios o cabezas bafométicas ocupan un lugar destacado en el altar-, imagina el peregrino las escenas de valor desesperado de los antiguos habitantes calagurritanos, cuyas hazañas libertarias quedan resumidas, no obstante, en esa fascinante figura femenina, émula de las grandes matriarcas de la antigüedad íbera, que se conoce con el nombre de la Matrona de Calahorra y cuya estatua se distingue, orgullosa y firme en su pedestal cercano al Parador Nacional, por mantener firmemente empuñada una espada corta en una mano y el brazo cortado de su enemigo en la otra. La catedral, obviando por costumbrismo los diferentes estilos, en los que, si los hubo, brillan por su ausencia los románicos -que aun sucumbiendo a los tiempos, las modas y los hombres dejaron algún que otro recuerdo en los templos de la ciudad-, ofrece, al menos en la opinión del peregrino, un conjunto temático cultural, no exento, en modo alguno, de detalles e interés. Tal vez, el primero de ellos radique en los ángeles trompeteros u apocalípticos, que allá, en su portada orientada al norte, mantienen esos antiguos patrones compostelanos, bien localizados en la portada de Platerías de la catedral de Santiago. O en ese pila bautismal que llama la atención apenas se entra en el sacro recinto; una pila gótica, de ocho lóbulos y dos metros de diámetro que marca, según la tradición, el lugar exacto en el que fueron martirizados en el año 300, durante las famosas persecuciones de Diocleciano, los mencionados Emeterio y Celedonio. Ese metafórico viaje en el tiempo al que invitan las formidables colecciones artísticas, de diferentes épocas y estilos, en las que una genuina diversidad de autores, consagrados en diferentes escuelas, ofrecen, sin embargo, un atisbo de pensamiento heterodoxo en esos detalles, que generalmente pasan desapercibidos, interpolando con símbolos, nombres, gesticulaciones y elementos ajenos pero aparentemente inocentes en su exotérica beautitud, afín a sus encargos neotestamentarios, parte de lo que bien se podría considerar como su contribución particular en favor de una corriente gnóstica sumergida, oculta y desde luego peligrosa en las mismas barbas de la temible Inquisición. Como digno de atención, por más detalles, le parece al peregrino la magnífica talla románico-gótica de un Cristo, denominado como de la Pelota, que formaba parte de un antiguo Descendimiento y que trasladado en 1638 a una capilla propia, está asociado –como la Patrona de la Rioja, la Virgen de Valvanera- a una curiosa leyenda que cuenta que el brazo se le desclavó milagrosamente para señalar al culpable de un asesinato. Pero obviando estos detalles, el peregrino no puede ocultar su inesperada y a la vez placentera sorpresa cuando descubre el deambulatorio, de forma octogonal que, como en el caso de la ermita del Santo Cristo de Briones, o de Santa María de Eunate, o de Torres del Río, o de la Vera Cruz de Segovia, o incluso como señalan algunas fuentes al mal denominado claustro de San Juan de Duedro, son una clara referencia hierosolimitana al Sepulcrum Domini…

En fin, misterios de una tierra legendaria: misterios de La Rioja.

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(1) Semanario Pintoresco Español, J,A., 6 de agosto de 1854.

sábado, 30 de mayo de 2015

El Vino de los Salvadores



Posiblemente no sea de Carrara, pero sí parece tener un hálito renacentista, cuando no de fría palidez en su marmórea constitución. De proporciones perfectas, su latina cabeza, levemente girada hacia el oeste, observa con mirada pícara la copa griálica que mantiene alzada en su mano derecha, y de reojo, posiblemente a hurtadillas, mira también hacia una ciudad, Briones, que duerme el sueño de los justos, embriagada su tierra con la savia sanguina que alimenta sus inmemoriales cepas. No obstante apoyado en el tronco de una de ellas, árbol de la vida o columna primordial –no sabría decir en este caso, si de nombre Jakim o Boaz-, da la espalda a San Vicente de la Sonsierra, donde en la Edad Media muchos de los caballeros que partían en la trascendente aventura de la demanda del Santo Grial se purificaban en las aguas de su parroquial, dedicada a la figura de Santa María de la Piscina. De su singularidad solar, no sólo da fe esa melena ensortijada de efebo afortunado y eternamente joven, sino también la piel de león que porta sobre los hombros y le cae sobre la espalda como la capa de un sobrenatural milite, aunque nada tiene que ver ni con Daniel ni tampoco con el poderoso Sansón, referentes posteriores, que tanto protagonismo tuvieran en el simbolismo de ese Arte afín al Camino y sus caminantes, que es el románico. Observándole, me permito la licencia de pensar que como Adán o como Eva –lo que no termino de entender, es que si se acepta generalmente que el árbol del bien y del mal fue un manzano, por qué tanto antagonismo entre la hoja de parra y la de higuera para cubrir vergüenzas- la hoja de parra suple el engorro textil para tapar un sexo que, al contrario del de los ángeles, está generalmente bien definido, independientemente de cualquier otra obscena consideración que, de cualquiera manera, según dicen, merma cuando se abusa en exceso del líquido ardiente que está a punto de llevarse a los labios.

Aunque nació del vientre de la Tierra –su madre conocida, según dicen, fue Minerva-, y fecundado por su padre el Sol, alguna familiar relación debe de guardar también con el matusalénico Noé, el babilónico Unapishtin, de quien se dice que fue el primero que plantó un viñedo cuando las aguas del Diluvio Universal volvieron a su cauce y de hecho, se convirtió, conditio sine quanum, en el primer Genarín de la Historia, toda vez que se excedió probando su fruto destilado, creando, resulta más que objetivo suponer que sin presumible intención o conciencia de ello, la primera bebida sagrada de la Humanidad; aquélla que, siendo vino también, denominan Soma en otros lugares del mundo, como la India, y que de alguna manera le tomó el relevo al alimento primordial de los dioses, aquélla encantadora pero a la vez peligrosa casita de gnomo, consumida -eso sí, en proporciones adecuadas- por los chamanes primitivos, que sabían perfectamente con lo que estaban jugando y al que –bueno es avisarlo a tiempo- en la actualidad llamamos, con todo tipo de pompa y circunstancia –que las lenguas muertas, por muy latinas que sean, siempre son sinónimo de intelectualidad-, amanita muscaria. Por si no lo han adivinado, llegados a este punto de la presente narración, estamos hablando de Baco. O mejor dicho, para adecuarlo al título que precede a ésta crónica, de Soter. Es decir, nombre que una vez traducido a esa vulgata latina que en cualquier caso es la lengua castellana y para que todos nos vayamos entendiendo, significa Salvador.

De Tierras, Salvadores y Vino, me resulta difícil no pensar, en el momento en el que escribo estas líneas, en dos regiones muy particulares de este interesante caldero de antiguos y sabrosos néctares que es el terruño hesperio de Gárgoris y Habidis: La Rioja y Palencia. Sobre todo, si tenemos en cuenta que fuera posiblemente en cualquiera de ellas, donde naciera el popular refranillo:  aquel que de buena ley afirma, cuando no a su vez confirma, que con pan y vino se anda bien el Camino, como saben y podrán refrendar perfectamente todos esos esforzados arrieros de la fe y la cultura, que son en el fondo todos o casi todos los peregrinos. Posiblemente muchos de éstos, hayan pasado por Briones y visitando el Museo de la Cultura del Vino de la Dinastía Vivanco, hayan recalado en los jardines que llevan su nombre, Baco. Y sugerir por sugerir, quizás también, fijándose en el otoño pintar tonos de gloria en el color de la hoja de parra moribunda, se hayan preguntado, como se preguntó servidor, si ese futuro vino llevará también incluido el aroma del olvido, el sabor de la nostalgia y el espíritu del recuerdo. Porque recordar, dicen que cuando menos, es volver a vivir. Y recordando o reviviendo, no puedo dejar de pensar en la curiosa paradoja palentina, que me recordó la visión de este Baco-Salvador con aquélla otra, visiblemente más dolorosa y cruel, de un Jesús-Salvador, crucificado en una cepa, posiblemente atacada de otoño también y que apenas conocido fuera de los ámbitos de la iglesia-museo de Santiago, en la ciudad de Carrión de los Condes, se conoce y venera como el Santo Cristo de la Cepa y la Salud. Una talla que, si bien puede que no sea única, sí resulta cuando menos significativa, cuya añada y elaboración se remonta al siglo XVI, figurando su denominación de origen en el taller de Isidro de Villoldo, que fuera, para más señas, discípulo de Alonso Berruguete. Por eso, al igual que ya hicieran algunos años los integrantes del Nuevo Mester de Juglaría –que Castilla siempre ha sido tierra de pan y vino, pero también de excelentes juglares-, yo también quiero cantarle al vino que nace de la tierra, madura en la bodega y muere en la taberna. Porque, si bien es cierto que el Vino es Cultura, no es menos cierto que, así mismo, es Historia, es Espíritu y, ¡qué duda cabe!, es Religión.

[Publicado por primera en el número de Noviembre de 2014 de la Gazeta del Glorioso Mester de la Picardía Viaxera]

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lunes, 25 de mayo de 2015

Briones


El camino continúa y una vez dejados atrás los interminables llanos castellanos, las agridulces historias caballerescas de don Lope y el humilde encanto mudéjar de los templos olmedinos, el peregrino encamina sus pasos hacia otra tierra legendaria, conocida en el mundo entero por la brillantez del tesoro magenta que brota a borbotones de las venas de su afortunada tierra: La Rioja. A un lado quedan, también, los místicos montes, quebradas y desfiladeros del norte de Burgos –la proximidad del desfiladero de Pancorbo, acerca al recuerdo del peregrino la emoción de viajes anteriores-, así como la cercanía de otra tierra no menos mítica, Euskalerría, y una llanada, la alavesa, cuya sanguina savia comparte protagonismo, cuando no rivalidad, con la anterior. Rioja Alta. El primer punto de destino es una ciudad, Briones, sobre cuya génesis corren innumerables fuentes de agridulce sabor que confluyen en el sarmentoso mar de la Historia. No en vano, vista en su conjunto desde la distancia –por ejemplo, a la altura de uno de sus complejos bodegueros más reconocidos, las Bodegas Vivanco-, el casco histórico de Briones, elevado sobre un montículo, como sus precedentes, los antiguos castros, semeja un pequeño y somnoliento baluarte varado en un espacio-tiempo netamente medieval. Destaca, asentada por encima de las antiguas murallas, hacia la izquierda y orientada al este, el atractivo diseño de la ermita, de planta octogonal, del Santo Cristo de los Remedios –y de hecho, bastante similar, en líneas generales, a la ermita de la Vera Cruz de Sigüenza-, levantada en el siglo XVII sobre las ruinas de la antigua iglesia románica de San Juan Bautista, y en cuyo interior, aparte de la venerada talla del Cristo doloroso y el recuerdo a una Virgen Negra por excelencia, la de Guadalupe, el peregrino tiene ocasión de encontrarse con otro venerable personaje, estrechamente ligado al Camino de Santiago: Santo Domingo de la Calzada. Más orientada hacia el centro del casco histórico y situada junto a la Plaza Mayor y el Ayuntamiento –antigua casa palacio del siglo XVIII, que en su momento perteneció a los Marqueses de San Nicolás, en cuyo escudo, puede apreciarse la significativa figura de un árbol a cuyo pie permanece un fiero dragón alado, así como también el lirio o flor de lis-, destaca la impresionante mole de la iglesia-colegiata de Santa María, también conocida como de la Asunción, en cuyo interior, soberbio y pintado sobre uno de los lienzos de la nave, el gigantón Christóforos o San Cristóbal, recuerda, como un aviso de atención a navegantes, el mismo servicio a Cristo que el que ya prestara Hércules anteriormente a Dionisos. Como si del bauceant templario se tratara –comparativamente hablando-, luz y penumbra guardan el sueño carismático de una Virgen Teothokos, la de la Estrella, que reina eternamente sobre el Retablo Mayor, no muy lejos de una monumental escultura ecuestre de Santiago, o de los artísticos cenotafios que guardan los sepulcros de algún relevante miembro de la poderosa familia Mendoza, junto a las alegorías, henchidas de referencias paganas –como en la catedral de Astorga, lugar de obligado paso también del peregrino-, que entre míticas ramas y otras yerbas de guardar, conforman el dintel de acceso a las diversas capillas. Alegorías, sobre todo en cuanto a referencias a los antiguos cultos –recordemos, que el Cristianismo ya se consideraba sucesionista desde los tiempos de los primeros Papas- presentes en los numerosos hombres-verdes que, por ejemplo, también en el frontal del coro comparten protagonismo con un apostolado que juega con el lenguaje de los símbolos en base a los objetos o utensilios que les caracteriza. Simbolismo, no ausente, en modo alguno, tampoco en esa magnífica pila bautismal –probablemente de origen románico tardío o gótico-, que se custodia en la capilla del Santo Cristo, junto con dos objetos que ya comienzan a verse poco: los bustos-relicario que, como su nombre ya da a entender, en algún momento contuvieron –o quizás, todavía contengan- algún santo resto capaz de arañar la fe y el corazón de los creyentes. Pero probablemente, lo que mejor defina, tanto a La Rioja como a ésta ciudad, sea esa fantástica pintura a escala gigantesca, que viajeros y peregrinos se encuentran al entrar en la ciudad: una magnífica Copa o Grial, de donde brota, como un torrente irresistible, la vida, la abundancia y la prosperidad en forma de una carismática ciudad: la propia Briones.


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Recuerdos de un Peregrino: Briones, 18 de octubre de 2014.