domingo, 7 de septiembre de 2014

Wamba, cuando la Muerte es un Arte


El peregrino se aleja de tierras palentinas, y se adentra en esos misteriosos Montes Torozos, que caracterizan una zona muy singular de la vecina provincia de Valladolid. Sin olvidar los agridulces momentos proporcionados en San Juan de Baños, en su ánimo parece resurgir, quizás con más ímpetu, aún si cabe, ese mundo perdido de los visigodos y se encamina, con el ánimo bien dispuesto, hacia un lugar que, a pesar del tiempo transcurrido, aún conserva en su nombre el recuerdo de uno de sus reyes: Wamba.
 
Wamba es, después de todo, uno de esos lugares privilegiados donde el Misterio parece haberse instalado eternamente, para alertar al peregrino -no olvidemos, que entre sus calles figuran nombres como Foncalada o Platerías-, de que nada es casual y de que todo aquello con lo que se tropieza en su largo camino, no tiene otro fin que el de templar su espíritu, con lecciones más o menos amargas.
 
Por eso he querido que, antes de adentrarnos en los pormenores de su fascinante iglesia de Santa María, echemos un vistazo a su impresionante osario y pensemos por un momento, en esa pertinente compañera cuya sombra llevamos adjunta a la propia desde el mismo momento de nacer. El osario no está, en la actualidad, y a pesar de los pesares, en tan magníficas condiciones a como estuvo antaño. Pero observando las numerosas calaveras que alberga, difícil es no pensar en que, después de todo, cuando llega el momento, a la Parca se la recibe de dos maneras definitivamente contrastadas: con alivio y una sonrisa o con dolor y espanto. Al menos, eso es lo que sugieren los gestos anónimos de sus numerosas calaveras. Ahora bien, que cada uno saque sus propias moralinas.
 
Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini Tua da Gloriam.
 
Wamba, cuando la Muerte es un Arte.

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jueves, 4 de septiembre de 2014

Baños de Cerrato: la fuente milagrosa del rey Recesvinto


Otra pequeña joya de ese mundo perdido de los visigodos en la provincia de Palencia, la encontramos apenas a una distancia insignificante, que no supera la cincuentena de metros del solar donde se alza la iglesia de San Juan: la fuente milagrosa del rey Recesvinto. Separada de ésta, por la carretera general que atraviesa la población, la fuente forma parte, en la actualidad, de un pequeño parque, cuyos extremos, desiguales, se ven coronados en sus extremos por un edificio de antigua solera y un restaurante que posiblemente posea unas merecidas estrellas de calidad.
 
De la fuente, situada en lo más bajo del montículo, cuanta la tradición, cuando no la leyenda, que en sus fértiles aguas, este rey godo, Recesvinto, encontró alivio para el reumatismo del que adolecía, hecho considerado como milagroso en la época en cuestión -no muchos años antes de que los agarenos comandados por Tarik, invadieran la Península-, y posiblemente derivado de tal suceso, se decidiera levantar en sus proximidades la basílica de San Juan, que ya tuvimos oportunidad de ver en la entrada anterior.
 
En la actualidad, bien visible en la fuente, hay un cartel que especifica que sus aguas no son potables. Ahora bien, hay gente que, como la guía de la basílica, que afirman beber frecuentemente de cualquiera de sus tres caños y sentirse fenomenalmente. Compuesta de tres arcos, aunque más antigua, apenas difiere, en cuanto a su diseño, de otras fuentes similares, aunque de periodos posteriores -como el románico-, que todavía, con un poco suerte, pueden encontrarse en algunos lugares de la geografía hispana, como Fuentelisendo, en la provincia de Burgos o, yendo un poco más allá, a esas lejanas tierras de pastoreo y misterio que componen Extremadura, la que hay, no hace muchos años restaurada, en Tejeda de Tiétar, provincia de Cáceres, y algunas otras, dentro del mismo término pero en fincas privadas, que responden a nombres sugestivos como fuente de la paloma y fuente de la oca.
 
Y un pequeño dato más a tener en cuenta: en cualquiera de ellas, no es difícil hallar parte de esa antiquísima tradición, que todavía subsiste en numerosos lugares, relativa a las ninfas y a las donas del agua, que tantos y simbólicos relatos ha dejado recopilados en el mundo de las leyendas.

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sábado, 16 de agosto de 2014

Baños de Cerrato: iglesia visigoda de San Juan


Aproximadamente, cien son los kilómetros que separan estos interesantes lugares de Moarves de Ojeda y San Andrés de Arroyo, de otra región palentina, el Cerrato, y de un lugar muy particular, Baños de Cerrato, donde el camino invita a penetrar en el misterioso mundo de los visigodos. Es aquí, prácticamente al final del pueblo, donde toda una joya, cargada de sombras, silencio y leyendas, vuelve la espalda a unos campos, los Góticos, que se extienden al infinito, como parte de los milenarios graneros de la Vieja Castilla: la basílica de San Juan. En realidad, poco se sabe de un lugar tan singular, salvo que está estrechamente relacionado con un rey, Recesvinto, que poco o nada podía imaginar que, cincuenta años después de consagrar este lugar -se piensa que fue consagrado en el año 661-, el imperio visigodo desaparecería de la faz de Hispania, inmolado no sólo por sus eternas disputas internas, sino por el incontenible aluvión de sangre y fuego que, procedente de África, habría de poner los cimientos de una historia nueva en ésta, nuestra antigua y mitológica piel de toro.
 
Cierto es, así mismo, que posiblemente este no fuera tampoco el verdadero aspecto que ofrecía después de que los maestros constructores visigodos aplicaran sus extraordinarias dotes arquitectónicas -incluido el conocimiento y la utilización práctica de la proporción áurea-, puesto que han sido múltiples las reconstrucciones y los trabajos arqueológicos llevados a cabo en él. Pero por su aspecto, respeta la planta basilical característica de los templos de su estilo, de manera que, si conocemos lugares como Santa Comba de Bande, provincia de Orense o San Pedro de la Nave, provincia de Zamora, no nos costará mucho hacernos a la idea de la clase de construcción sacra que estamos visitando.

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Bien es cierto, por otra parte, que también los motivos de los capiteles de su interior, de tradición románico-corintia, difieren de los tradicionales motivos característico del arte visigodo, que constituyen un atractivo más en los templos mencionados anteriormente, incluidos el de Quintanilla de las Viñas, provincia de Burgos e incluso la lápida antepuesta al altar, en la iglesia prerrománica de Santa Cristina de Lena, en Asturias o los restos de pintura y construcción de la iglesia de Santa María de Wamba, en la provincia de Valladolid. Pero independientemente de ello, penetrar en su interior, siempre produce una curiosa sensación de respeto que, bien sea por su remota antigüedad o porque uno se siente inmerso en esa eterna pelea entre sombra y oscuridad, consigue que el vello de los brazos se enderece como escarpias.
 
Característicos del arte visigodo -entre otros, por supuesto-, son los discos solares que todavía se observan en la lápida de consagración -me pareció entender a la guía, que se trata de una copia y que la original se encuentra en el Museo de Palencia-, cuyas palabras, textuales, se reproducen a continuación, según se especifica en el folleto informativo que se adjunta junto con la entrada:
 
PRECURSOR DEL SEÑOR MÁRTIR JUAN BAUTISTA POSEE ESTA CASA, CONSTRUÍDA COMO DON ETERNO, LA CUAL YO MISMO RECESVINTO REY, DEVOTO Y AMADOR DE TU NOMBRE, TE DEDIQUÉ POR DERECHO PROPIO EN EL AÑO TERCERO, DESPUÉS DEL DÉCIMO COMO COMPAÑERO ÍNCLITO DEL REINO. EN LA ERA SEISCIENTOS NOVENTA Y NUEVE (1).
 
También hay un elemento extraño, que se encontró durante una de las excavaciones realizadas en el templo, cuya procedencia y función no se conocen, pero al que la tradición atribuye ser la mano del propio rey Recesvinto que, según afirma la leyenda, quien apoye su mano en ella, atraerá sobre él la buena suerte.
 
Complementario al lugar, y situada a escasos metros, la fuente milagrosa del rey Recesvinto, será el tema principal de la próxima entrada.
 
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(1) A la fecha 699 de la Era Hispánica, hay que restarle 38 años, que es la diferencia que tiene con la actual.

sábado, 9 de agosto de 2014

Real Abadía Cisterciense de San Andrés de Arroyo


Apenas son cinco los kilómetros que separan la pequeña población de Moarves de Ojeda y su carismática iglesia, de otro curioso e interesante lugar, en el que la expansión de ese brazo escindido de la poderosa voluptuosidad cluniacense, dejó una huella imborrable aun con el paso de los siglos: la Real Abadía Cisterciense de San Andrés de Arroyo. Si bien no se tiene constancia de la fecha exacta de su fundación, sí existen, no obstante, referencias documentales que se remontan, cuando menos, al año 1181, cuando el rey Alfonso VIII -conquistador, entre otras, de importantes plazas como la de Toledo-, otorga a la condesa doña Mencía y al monasterio, la iglesia de San Millán, situada entre las poblaciones de Grijalva y Villasandino. Se tiene, precisamente, a ésta doña Mencía, como su primera abadesa. Y su importante apellido, de Lara, no sólo nos recuerda su consanguineidad con una familia castellana que dejó su impronta en lo más granado de la Historia y del Romancero -recordemos la leyenda de los Siete Infantes de Lara-, sino que también nos trae a la memoria al que fuera -según el gran teósofo y escritor español Mario Roso de Luna-, el último templario del monasterio soriano de Santo Polo: Ginés de Lara.
 
Como en muchos otros lugares de similares características, cuanta la tradición que éste cenobio se levantó en el mismo lugar en el que se descubrió -de manera fortuita, casual o milagrosa, como numerosas de las imágenes marianas que han llegado a nuestros días arrastrando tal leyenda-, una imagen del apóstol San Andrés, cuyo símbolo más característico, como sabemos, es la cruz con forma de aspa en la que fue torturado. Una de sus características más notables, es que, al igual que en otros cenobios que acogen a una comunidad de índole femenina -como Buenafuente del Sistal, enclavado en un lugar privilegiado de la provincia de Guadalajara-, esta Real Abadía de San Andrés de Arroyo continúa en activo, albergando una comunidad de monjas, que se ha ido perpetuando desde sus lejanos inicios.
 
Uno de sus mayores atractivos, lo constituye el claustro del monasterio, aunque la amabilidad de las monjas se torna en inflexible negativa a la hora de permitir que se tomen fotografías o se haga cualquier tipo de reportaje gráfico, motivo por el cual, lamentablemente, no se puede mostrar en los vídeos. Ese detalle, doliente en el fondo -tal vez las monjas de San Andrés, no sean conscientes o no sepan que hay cientos de fotografías del claustro y sus dependencias navegando por internet-, no impide, sin embargo, que se mencione, pues tanto éste como la sala capitular o la cilla, son obras de arte no sólo reseñables, sino también muy meritorias en historia, que contienen, demás, algunas interesantes curiosidades.

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Representativos de los cuatro puntos cardinales, cada lado del claustro consta de dieciséis columnas con sus respectivos capiteles. Unos capiteles que, aunque representativos de la característica austeridad de la arquitectura cisterciense contienen, sin embargo entre los motivos vegetales que los componen, algún curioso misterio: como la presencia del tomate, elemento que, según la hermana que nos acompañó en la visita, no era conocido en los siglos XII y XIII cuando se levantó el claustro. Un claustro que, también en su opinión, tiene influencias italianas, detalle que no voy a discutir, pero sí añadiré, que simbólicamente hablando, las dieciséis columnas de cada lado, conforman un número curioso: 64, el número de casillas que contiene ese pequeño universo denominado tablero de ajedrez, en el que simbólicamente se libra un combate mortal entre dos fuerzas antagónicas pero complementarias: luz y oscuridad, bien y mal, blanco y negro o ausencia de luz, como los colores del Císter y también del beaucéant o estandarte de los caballeros templarios. Pero es también un número muy especial, pues la descomposición de su suma, nos devuelve hacia ese concepto sublime, al que tiende todo, según la filosofía y la arquitectura sufí, tan prolíficamente promulgada por notables individuos de la cultura y el mundo árabe, como Ibn Arabi: la Unidad. La simplicidad, como vemos, a veces esconde las verdades más complejas.
 
Como prácticamente todas las salas capitulares de los grandes monasterios, la sala capitular es también un hermoso compendio arquitectónico, en el que la piedra tiende a representar, por la forma de las columnas y las claves que sostienen la bóveda, ese santuario u oasis de palmeras, cuyo complejo simbolismo queda reflejado en al menos dos de los Libros Sagrados más representativos: la Biblia y el Corán.
 
La cilla y la cocina, aparte de ser dos de los lugares más antiguos del monasterios, esconden numerosos secretos. No sólo en ellos se expone una necrópolis con tumbas antropomorfas y algún sarcófago de impresionantes proporciones -que, según la hermana, pudo pertenecer a algún caballero templario, observándose en su voz cierta amargura cuando describió el trágico fin de éstos hermanos-, sino que también, curiosamente, es donde mayor número de marcas de cantería se registran, detallándose, entre otras, la estrella de cinco puntas.
 
La iglesia, abierta de par en par, es el único lugar donde, curiosamente también, se permite tomar cuantas fotografías se quiera. También en su interior reposan algunos sarcófagos de piedra, totalmente anónimos y carentes de simbología, a excepción de los perros o leones sobre los que reposan. Hermosos y austeros en su conjunto, el ábside principal y los absidiolos muestran una arquitectura muy particular. Una arquitectura sobre cuyas formas se debería meditar, pues si en la sala capitular -como ya se ha dicho que ocurre en numerosas salas capitulares de los grandes monasterios-, no es difícil observar ese bosquecillo u oasis con la simbólicamente forma de la palmera actuando como bóveda, un vistazo a las claves de bóveda y las nervaduras que las componen, sobre todo en el ábside principal, nos recordará otra de las formas simbólicas que también constituyen todo un compendio de simbología y que fueron utilizadas por los canteros medievales: la pata de oca.
 
En definitiva, Real Abadía Cisterciense de San Pedro de Arroyo: un lugar por descubrir.
 
 
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lunes, 28 de julio de 2014

Maestrías sospechosamente razonables



Ni siquiera el anonimato, ha de estar necesariamente reñido con la inmortalidad. En el fondo, de egos históricamente tiernos cuando no inocentes, los canteros medievales, a través del canal monumental de sus majestuosas creaciones, nos legaron también ese particular sentido de la humildad, del que carecen la mayoría de los artistas que les precedieron. Mientras a éstos los conocemos, generalmente, hasta el punto de poder hacernos una idea bastante aproximada de su vida y de su obra, de aquéllos sólo nos queda el recurso de la especulación y en ocasiones, el triste consuelo de intuir la presencia, tanto a nivel individual como a nivel colectivo de los talleres, de su paso por determinados lugares, comparando las peculiaridades afines de ciertos monumentos histórico-artísticos que nos encontramos en nuestro camino. En base a esta afirmación, no desentona que el vídeo con el que se pretende ilustrar la presente entrada, comience y termine mostrando dos lugares de infinito misterio: el ancho mar y la impenetrabilidad de un tupido bosque. Ambos lugares, siquiera sea comparativa o metafóricamente hablando, podrían definir, cada uno a su manera, los orígenes de unos personajes que hacían del secreto, el mayor desafío de su saber y magisterio.

Por tal motivo, no es de extrañar que cuando uno se detiene maravillado frente a la única portada románica que sobrevive en la catedral de Lugo, la cual se supone que se eleva sobre los restos de la primitiva basílica construida por el obispo Odoario algunos años después de la invasión agarena y cuya primera fase, los expertos sitúan entre los años 1130 y 1150, la familiaridad del Cristo protegido en su almendra mística o mandorla, consigue que el primer pensamiento vuele ligero hacia los Campos Góticos palentinos, y dos nombres surjan con gran fuerza y expresión: Moarves de Ojeda y Carrión de los Condes.

Sea por la copia del modelo o por una especialización y/o comercialización de determinados elementos –recordemos, como ejemplo, el músico y la bailarina que suelen representar una de las partes o temáticas más características del denominado Maestro de Agüero, hasta el punto de que se descubren toscas reproducciones en iglesias rurales de otras comarcas alejadas, como puede ser el caso de Guadalajara-, lo cierto, es que la itinerancia característica de los canteros medievales, hace que resulte aún mucho más difícil solventar cuestiones, a la postre tan importantes, como sería la de determinar cuál fue el punto de origen y hacia dónde se extendió. Eso, precisamente, ocurre con estos tres impresionantes modelos. No es la primera vez, no obstante, que refiriéndose a la pequeña maravilla sobreviviente en la catedral lucense, se habla de la influencia de los talleres palentinos, como dando por hecho, que fue a través de los excelentes talleres asentados, pongamos por caso, dentro y fuera del entorno de una de las ciudades punteras del Camino de Santiago, como es Carrión de los Condes, hubo una especie de retorno o retroceso hacia el norte, cuando lo más lógico, posiblemente, sería pensar lo contrario: que tanto Carrión, como otros grandes núcleos, se beneficiaran de una influencia externa que, proveniente, quizás, de esa autopista de ideas y conocimientos que trajo como consecuencia el descubrimiento de la Inventio y que circuló a uno y  otro lado de los Pirineos y el norte peninsular, se extendiera por la Meseta, sobre todo, a partir del siglo XII, cuando las expectativas creadas por la Reconquista trajeran como consecuencia a unas oportunas repoblaciones, la atención de numerosos gremios, dando lugar al crecimiento y desarrollo de las ciudades. Tal vez la idea no nos resulte tan descabellada, si nos dejamos llevar por el conocimiento de saber que se sitúa la primera fase de la catedral de Lugo, como se ha dicho, en los comienzos del siglo XII; y  a finales del mismo, la creación de la iglesia de Santiago de Carrión, y posiblemente también la de San Juan Bautista de Moarves de Ojeda. Aunque también es cierto, que hay quien sitúa, precisamente el Cristo y la inscripción de la Santa Cena -el discípulo del Señor (en referencia a San Juan), en plácido descanso de sus miembros, en la cena vio las delicias celestiales- situada en el pujante de la catedral de Lugo, en época más tardía, en el siglo XIII, lo cuál, sí podría, si tal fuera el caso, garantizar esa mencionada influencia palentina. Todo un apasionante enigma.
Ahora bien, de cualquier manera, y salvando así mismo, la calidad y habilidad de los talleres que intervinieron en las tres construcciones, detalles que llaman la atención, sobre todo, en la destreza y maestría desplegadas en la elaboración de elementos bien definidos, como puedan ser los pliegues de la túnica de Cristo, e incluso el Libro del Apocalipsis cerrado con los siete sellos, que porta en su mano, o también, la delicadeza de rasgos, manos y pies, no dejan de constituir, en el fondo, excelentes representaciones artísticas, capaces de conseguir, por sí mismas, que un viaje a cualquiera de los tres lugares señalados, sea, después de todo, una fantástica aventura.

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jueves, 10 de julio de 2014

Moarves de Ojeda: Iglesia de San Juan Bautista


No excesivamente lejos del entorno de Olleros de Pisuerga y también en las proximidades de Aguilar de Campóo, dos lugares, apenas separados por una ínfima distancia de cinco kilómetros, conforman otra pequeña pero no obstante interesante ruta, que no ha de resultar baldía para el esfuerzo de viajeros, caminantes y peregrinos que deseen ver obras de relevancia e interés y a la vez, encontrar misterios añadidos en su camino: la iglesia de San Juan Bautista, en Moarves de Ojeda y la abadía de monjas cistercienses de San Pedro de Arroyo. Posiblemente más conocida la primera, sobre todo si se está familiarizado con parte del mejor románico palentino, recordarán, nada más ver su espléndida portada, la concordancia que existe entre ésta y aquélla otra que, precisamente bajo la advocación del Santo Patrón Santiago Boanerges, el Hijo del Trueno, se localiza en la histórica y siempre interesante ciudad de Carrión de los Condes.
 
Declarada Monumento Histórico en 1931, uno de los detalles que llama poderosamente la atención, es el color rojizo de sus sillares, en cuyo tratamiento se supone que los canteros utilizaron la técnica de someter a la piedra a un baño en el que probablemente intervinieran, en un grado notable, compuestos de origen netamente ferroso. Pero sin duda, este no deja de ser, en el fondo, sino un detalle anecdótico y probablemente irrelevante, si lo comparamos con la magnífica obra de Arte que constituye su portada. Una portada espléndida, cuidadosamente elaborada hasta en sus más ínfimos detalles -como pueden ser los pliegues de las túnicas de los personajes principales-, que reproduce aquélla otra que luce la iglesia de Santiago de Carrión, hoy día reconvertida en museo de Arte Sacro, pero que de similar manera nos introduce, no sólo en el misterio de estas dos portadas espejo -recordemos el caso también singular de las portadas gemelas de Santa María de Eunate y San Miguel de Olcoz-, sino también, en base al impacto visual, en los magníficos talleres de cantería instalados en ésta ciudad condal, los cuales fueron desplegando su extraordinario arte y oficio a lo largo y ancho de una provincia puntera en la misma historia del Camino Jacobeo.
 
No menos significativos, y repletos de claves que merece la pena advertir y estudiar por sí mismo, los motivos de los capiteles nos introducen, apenas sin darnos cuenta, en los viejos mitos medievales; unos mitos, que aún por sí mismos, nos derivan a continentes y continencias simbólicas, con las que poder divagar largo y tendido: el estoico Sansón, en su sempiterna lucha con el león; el músico y la bailarina, temática que inmediatamente nos recuerda a aquél extraordinario cantero conocido como el Maestro de Agüero; las pequeñas cabecitas, que surgen burlonas a través de la floresta, conectadas con los antiguos dioses celtas, cuyo recuerdo, después de todo, inunda de referencias los templos que se alzaron en sus antiguos santuarios; el tema de los gemelos, en este caso, dos milites compartiendo un escudo, que nos recuerda los primitivos sellos de la Orden del Temple, en los que dos caballeros compartían un mismo caballo, pero que a la vez, nos obliga a alzar la vista al cielo, hacia esas reminiscencias zodiacales que hacen bueno el axioma de la antigua sabiduría hermestina: como es arriba, así es abajo... Libros abiertos, donde religión y mancia, superstición y ciencia se dan la mano a la hora de mostrar mensajes subliminales a unos espectadores que, aún con el paso de los siglos, continúan sorprendiéndonos y haciéndonos pensar que, en el fondo, no somos sino meros aprendices en el difícil sendero de la Sabiduría.
 
Pero si todo esto constituyen enigmas fascinantes, no lo es menos la cuestión encaminada, no ya a la identidad de los autores de tal maravilla, pero sí hacia el origen de su procedencia. Y posiblemente, tengamos una clave, en esa fascinante y siempre nebulosa tierra celta que es Galicia, y más concretamente en una de sus provincias, cuya capital lleva todavía con orgullo el nombre del dios que la fundó y cuyo recuerdo apenas se vio alterado por la conquista romana: Lugo. Ahora bien, esa es otra historia que me propongo tratar antes de partir hacia San Pedro de Arroyo.

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sábado, 21 de junio de 2014

Villacibio: eremitorio de San Pelayo


La tercera punta del tridente o imaginaria pata de oca que conforma esta pequeña pero interesante ruta mágica, se localiza a ocho kilómetros de Olleros y a cinco kilómetros escasos de Mave y Santa María de Mave. Siguiendo una carretera comarcal que se adentra en las peculiaridades de un hermoso paisaje, donde campos de labor y monte bajo se alternan a uno y otro lado con melancólica indiferencia, dejamos atrás el pequeño pueblo -sería mejor decir poblado o aldea- de La Rebolleda y dos kilómetros más adelante, antes de llegar a Villacibio, hemos de tomar un pequeño sendero rural que aparece repentinamente a nuestra derecha. A diferencia de muchos lugares del norte, un cartel bien visible a pie de carretera, nos avisa oportunamente del lugar al que queremos dirigirnos: el eremitorio rupestre de San Pelayo. O lo que vendría a ser lo mismo, pero antes de la cristianización y de los Concilios de Toledo de 609 y 610 contra los veneratore lapidi: San Pelagio o San Pelasgo.
 
El sendero es desigual, sin asfaltar y lleno de baches, pero se puede superar fácilmente con paciencia y una velocidad lo suficientemente moderada, como para hacernos disfrutar de las peculiaridades de un terreno que aún recuerda, en su morfología, parte de esos misteriosos bosques, que seguramente debieron de ser poco menos que impenetrables antes de que las diferentes generaciones humanas se dedicaran a devastarlos para transformarlos en productivos campos de labor. A poco de penetrar en él, veremos, también a nuestra derecha, parte del espinazo de una Madre Tierra, que hace miles, millones de años practicó los primeros partos sin dolor en los más profundos abismos pleistocénicos. No resulta difícil confundirse y pensar que en él se encuentra el eremitorio que buscamos. Pero no, hay que continuar sendero arriba, sorteando de la mejor manera posible los baches que nos salen al encuentro, durante unos trescientos metros. Recorridos éstos, y apenas doblada una curva, el espinazo al que hacíamos referencia, parece volver a surgir de las entrañas de la tierra, recordándonos, en su forma, esas murallas que rodeaban a los antiguos castros. Desde aquí, y mirando desde la punta del espinazo hacia el frente y nuestra izquierda, veremos una impresionante panorámica del valle.
 
Mencionado ya en cierto documento fechado el año 1155, los arqueólogos, según se puede leer a duras penas en un descolorido cartel situado en las proximidades de la entrada principal, en la que una cancela de hierro impide el acceso, dudan entre la posibilidad de que fuera iglesia o cementerio. Menos espectacular y también menos grande que el espolón que sirve de base a la iglesia rupestre de los Santos Justo y Pastor, en Olleros de Pisuerga, éste eremitorio tan sólo consta de una nave, donde en la cabecera se observan dos pequeñas oquedades, a modo de capillas absidiales, cuya forma recuerda las puertas de herradura de la arquitectura mozárabe. Un buen ejemplo de ello, sería la puerta de acceso a la ermita soriana de San Baudelio de Berlanga. En ellas, aún se aprecian diminutas oquedades cuyo fin parece claro que era el de guardar objetos de culto o quizás reliquias, que tanto proliferaron antes, durante y después de la Edad Media. Es posible que, a semejanza de la iglesia de Olleros, también aquí hubieran existido, en tiempos, retazos de arte prehistórico, perdidos definitivamente hoy día, sustituidos por toscas cruces labradas en las paredes.
 
De cualquier manera, y aparte de la impresión de que se ha perdido parte de una historia que todavía permanece prácticamente desconocida en los abismos insondables del tiempo, la sensación más generalizada que se experimenta, sobre todo si se accede al lugar en solitario, es de completo aislamiento. Una sensación de paz, que posiblemente se sienta con una intensidad inaudita, sobre todo en aquellos espíritus acostumbrados a la salvaje barbarie de las grandes ciudades.

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