miércoles, 22 de febrero de 2017

Ávila: la peregrina iglesia de Santiago


A orillas del río Piedra me senté y lloré…Así comienza una obra entrañable de esa extraña, cuando no stevensoniana personalidad entre peregrino, escritor, poeta, místico y novelista que caracteriza a ese soñador de caminos –quizás los mismos que antes que él, perturbaran la brújula de poetas expertos en barquitos de papel y mundos concebidos dentro de pompas de jabón, como Machado-, llamado Paulo Coelho. Mentiría si dijera que la última vez que estuve en Ávila –un domingo de febrero, de un año que poco importa porque apenas ha comenzado a dar sus primeros bostezos y aun puede presumir de barbilampiña sonrisa e infantil poderío sabiendo todavía lejos la tradicional Misa del Gallo, preludio al anuncio de su próximo Getsemaní-, me senté a orillas del río Adaja y lloré. Pero sí es cierto, que no por más teresiana que se precie o con más halo de mística medievalidad con la que se engalane de cara a presentar las credenciales de su inherente protagonismo en el bien llamado Siglo de Oro español, deja de ser Ávila popularmente jacobea hasta la médula de sus inalterables murallas; e incluso apurando lo inapurable –que para eso la razón no conoce límites, aunque produzca monstruos, como afirmaba Goya-, y resulta interesante hasta las vetas de berroque que rezuman las piedras de sus canteras de arrabal, seguramente teñidas con el ocre ferruginoso de la sangre de los toros y de los verracos degollados en inmemoriales sacrificios en honor de dioses, infinidad de siglos ha, olvidados. No me senté, pues, a la orilla del río Adaja –cuyas aguas, por cierto, se habían rebelado a convertirse en espejo de hielo donde la luna conjurara sus encantos-, pero sí la recorrí en parte, paseando entre laberínticas pasarelas buscando una apartada ermita, la de San Segundo, cuya sencilla espadaña parecía el remake moderno del cuento del patito feo en comparación con las torres de las vecinas iglesias de Santa María de la Cabeza y de San Martín. Tampoco lloré, al menos fustigado por una imperiosa necesidad de liberar mis cuitas –aunque motivos no me faltaban, pues con cuánta razón dice el refrán popular que vivimos en un mundo de lágrimas, donde el arriero viene y va, como también en la mesa del poeta tiene asiento todo aquél que quiera beber con él, no obstante, arriesgándose a compartir su alegría pero también su tristeza-, pero sí se escapó alguna lágrima cuando el viento arrastró una brizna de ceniza que se alojó en una de mis pupilas, como la espina en la planta del pie –que no pocas veces esculpieron los canteros en la ornamentación de los templos, para aviso de caminantes, en alusión a los daños colaterales del camino-, similar, en el fondo, a aquélla otra que fuera el preludio de una gran amistad entre el león –quien piense que no los hay en Ávila, que se dé un paseo por la catedral y los verá en abundancia-, y el santo Jerónimo, henchido de decepción, que le dio la espalda al mundo para estar gloriosamente a solas consigo mismo y su divina circunstancia.

Conmigo mismo, y por defecto con mi circunstancia, tiempo después de echar un vistazo a la ermita de San Segundo, me hallaba yo sentado en la terraza de Las Bodeguillas de San Segundo -taberna situada junto a la que fuera iglesia de San Martín y hoy en día taquilla para los turistas que quieran corretear por las murallas-, de cara al sol –pero sin ser falangista, ni llevando tampoco puesta una camisa nueva-, dejándome seducir por ese dulce sosiego que acompaña, generalmente, el paladear un vino –el primero, siempre, a ser posible, de la tierra- al compás de la melodía del dolce far niente que, a fin de cuentas, es lo más parecido a un estado de paz espiritual a la que puede aspirar hoy en día un ser humano, urbanita por desgracia de nacimiento y lobotomizado, mosca en esa compleja red de araña, que es el mundo de Maya o de la Ilusión, de internet. La calle de San Segundo –si mis datos son correctos-, desemboca por un lado en la basílica de San Vicente; deja a la derecha la catedral y a la izquierda ese convento de las Concepcionistas que se tragó, tal cual hacían los ogros con los niños en los cuentos del pasado, a la antigua iglesia de la Magdalena, de la que tan sólo sobrevive –al menos exteriormente, interiormente el convento es territorio comanche, completamente vedado al laico, si bien es probable que la iglesia se abra puntualmente para la celebración de la misa y en ese ángelus, tal vez el mismo que inspiró a Millet, el que llegue a tiempo pueda echar un vistazo por si hubiera algún resto de interés en el interior-, una portada bizantina, que perdió también el motivo de su tímpano original –ya me hubiera gustado haber visto los detalles y el mensaje que éste pudiera haber mostrado al peregrino medieval-, sustituido por una imagen supuestamente de la santa, demasiado simple, para mi gusto, situada en su centro. A la altura más o menos de este convento, la calle, que corre en paralelo a las murallas, se convierte en la Bajada del Peregrino; y también a la izquierda, apenas pasada la curva de ballesta –como diría Antonio Machado, refiriéndose al Duero y a la ermita de San Saturio-, el convento de Nª Sª de Gracia, de las madres agustinas, donde Santa Teresa se recuperó de una grave enfermedad y en cuya portada –rea por una fea reja, es de suponer que en previsión a la abundancia de los amigos de lo ajeno, probables descendientes de aquéllos vikingos que asolaban las costas gallegas, arrasándolo todo a su paso, como las langostas- una magnífica imagen mariana, Teothokos, gótica y probablemente de la titular (1). Una imagen interesante, no obstante, coronada, cuya mano derecha mantiene agarrada una bola rematada por una cruz. Una cruz que, bien observada, está ladeada precisamente hacia el lado donde la señala una de las manos del Jesús Niño –de aspecto ario, por el color del trigo dorado por el sol de sus cabellos-, que parece recordar el ofrecimiento de la cruz y el cáliz amargo, que le hizo el ángel al Jesús Hombre en el Huerto de los Olivos. La iglesia de Santiago queda cerca ya. Basta echar un vistazo hacia delante y tomar como referencia una hermosa torre, estilizada y de forma graciosamente hexagonal, que se alza, con orgullo de veleta, por encima de los tejados de las casas colindantes. Situada en la perpendicular de la calle de Nª Sª de Sonsoles, que a su vez, discurre paralela a la Bajada del Peregrino, la iglesia de Santiago, de un gótico tardío, recuerda, por la forma de su cabecera, la extraña Capilla de Mosén Rubí. De hecho, bien visto, podría decirse que es un calco dejado como huella personal por unos canteros cuyo escudo, la maza y el compás, comparte protagonismo con el apellido Bracamonte; un apellido interesante –tómese buena nota-, que al parecer, no sólo tuvo mucho que decir en Ávila, sino que también su eco, lejano y misterioso, se localiza en otro lugar tan peregrino como Mondoñedo. La portada principal, si bien escueta, siguiendo ese sotacaballorey clasicista e impersonal, trampa de ordinarias consecuencias en la que desembocó el Arte en épocas posteriores, no puede negar su advocación jacobea, como lo demuestran la profusión de vieiras y bordones con la que se adorna. En ese mismo lateral, y aislada por una pequeña cerca de hierro, una cruz de piedra –tal vez perteneciente a una antigua tumba-, muestra un Crucificado de tosco aspecto, donde quizás destaque, para enmascarar la ordinariez de los rasgos, el hábil beso de la naturaleza en forma de musguillo que la recubre en parte. En el lateral opuesto, apenas sobresale una sencilla portada gótica, con un graffiti representando una cruz monxoi, conocida compañera de caminantes y peregrinos y algunos sepulcros de piedra, de diferentes épocas. 

Posiblemente, fuera ésta la última iglesia que visitaran éstos, antes de continuar camino y desembocar, cinco kilómetros aproximadamente más allá, en el Santuario de Nuestra Señora de Sonsoles. Son soles…como LA manzanilla dicen que es el verdadero sol de Andalucía. Una Señora y una imagen que, a juzgar por la representación en azulejos que de ella hay en un antiguo colegio, con ese manto de forma triangular, recuerda mucho las antiguas Tanith mediterráneas.

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(1) Es de reseñar que ésta advocación, de Gracia, es muy característica en Castilla-La Mancha, siendo la Patrona de pueblos como Puertollano, en Ciudad Real, así como la titular de la catedral de Cuenca.

martes, 17 de enero de 2017

Omeñaca y la leyenda de los siete infantes de Lara


Afirmaba Álvaro Cunqueiro, ese amerlinado soñador nacido en pleno corazón mindoniense –cuya arteria principal es San Martiño, considerada como la primera catedral gallega-, que Villon llamaba nieves a las bellezas del pasado (1), por lo que resulta completamente justificada su contagiosa melancolía, cuando en uno de sus famosos versos se preguntaba o echaba en cara al mundo, aquello de: ¿dónde van las nieves de antaño?. Pregunta o no del millón, es posible que exista un lugar –como el Cementerio de los Libros Olvidados, de Carlos Ruiz Zafón o el Cementerio de los Barcos Perdidos, que Charles Berlitz supone o suponía en ese imaginario Triángulo de las Bermudas-, depositario de esas nieves, testigos enmudecidas por la mácula del olvido, de cualquier tiempo pasado, fuera éste o no, mejor. Soria no es marinera, si bien por las beneméritas aguas de ese paternal río Duero, que deja atrás la ermita de San Saturno –perdón, quise decir, San Saturio-, haciendo un pluscuamperfecto arco de ballesta camino de su exilio portugués, hayan navegado muchos barquitos, emulando, posiblemente, aquél inolvidable prototipo, de papel, como Dios manda, con el que rendía tributo a su niñez otro inmortal poeta, al que cabría presentar con aquélla máxima orteguiana, aunque referida a él, a Soria y naturalmente a su circunstancia, que fue Don Antonio Machado. Soria no es marinera, como decía, pero sí es una venerable nodriza, de arrugas en la frente, negro sayal, callos en los pies y encías desdentadas –que la inmortalidad, créanlo o no, también tiene su precio-, de cuyos agostados pechos han mamado, cuando menos, personajes singulares, como Ezra Pound, a quien en Medinaceli todavía le recuerdan cuando oyen cantar a los gallos de madrugada –que bien que le xodieron el sueño, cuando hincaba rodillas en los pajares, adormecido dulcemente por el néctar de ribera-, o incluso alegres buscavidas, como Aleister Crowley –antes de seguir los pasos de Fausto, hacer de tu voluntad la Ley, inaugurar la abadía, o mejor dicho, la contra abadía de Thelema y convertirse en la Gran Bestia 666-, camino del sol de Andalucía, aunque de su presencia, dudo mucho que a estas alturas se acuerden de él en El Burgo de Osma, donde dicen que paró, como todavía hay quien jura y perjura que Ahasvero, el Judío Errante, lo hizo en la catedral de Santiago, vaya usted a saber con qué fin o motivado por qué oscuras intenciones o circunstancias.

Rancia y con restricciones, hay gotas de leche maternas, que si bien son menos divinas que aquéllas otras que mamó directamente San Bernardo de la fuente universal de la Mater, proporcionan, no obstante, parte de ese agradecido y suculento maná para el peregrino –que no olvidemos que caminos a Santiago, habélos haylos y muchas veces pasan por donde menos te lo imaginas- compuesto de grasa, lactosa y proteínas; o lo que, metafórica y comparativamente hablando, podríamos llamar arquetipos, mitos y ritos con los que alimentar, si bien no hasta la saciedad –porque aunque glotones, o cuando menos sedientos, no hemos de olvidar nunca el melancólico problema que nos plantearán, per secula seculorum, aquellas nieves de Villon-, esa inquieta bestezuela en la que a veces se convierte el espíritu. De raíces netamente celtíberas, y aparentemente anclado en esa calma chicha que antiguamente aterrorizaba a los marinos tiempo antes de que el vapor actuara de cuchillo carnicero para la vela, pensaríase –si no fuera por cuatro chapas de uralita, el tractor made in USA y el tremendo bofetón sufrido en los mismísimos cangilones románicos de la iglesia de la Asunción-, que Omeñaca y ese marine semper fidelis que es el Tiempo, firmaron un pacto de no agresión en algún momento indeterminado de la Historia, para después tirar cada cual por su camino. Olvidémonos del camino tomado por el Tiempo, que al fin y al cabo, él es quien nos busca y siempre termina alcanzándonos y en llegándonos a Omeñaca –como diría el bueno de Sancho Panza, motivado, quizás, por alcanzar su deseada  y prometida ínsula-, abrevemos nuestra sed de mitos y leyendas, si no en la fuente coronada por esa bafomética testa celtíbera –que para eso los lacayos de Sanidad en nómina de las multinacionales del agua embotellada nos recomiendan encarecidamente no beber, como también lo hacen en la fuente del rey Recesvinto, en San Juan de Baños, cuyas aguas siempre habían merecido justa fama de ser, cuando menos eficazmente terapéuticas y en todas aquellas de las que el pueblo llano se ha beneficiado toda la vida-, sí en esa arca bizantina, que algunos metros más adelante ve la vida pasar con agónica parsimonia, pero de la que hemos de aceptar como buena la aseveración de Ibo Alfaro (2), cuando decía aquello de que la tradición es la lengua de los monumentos antiguos y los monumentos antiguos son el documento de la tradición. El documento de la tradición, en el caso que nos ocupa, tiene que ver con un tiempo y una familia, que ya comenzaran a estar predestinados para formar parte de la leyenda desde aquél brumoso lugar de las merindades burgalesas, llamado Taranco –ojo al dato, amigo Watson, que Omeñaca pertenece al municipio de Arancón y esa similitud fonética podría ponerte los vellos del cuerpo como escarpias-, donde dicen las malas lenguas o las buenas lenguas o dejémoslo simplemente en tablas con la lengua de las mariposas, que se acuñó por primera vez el nombre de Castilla. La familia en cuestión, son los Lara; precisamente aquellos que andaban generalmente a la gresca por las tutelas reales, siendo conocida la que mantuvieron con los Castro por la tutela del rey Alfonso VIII, rey que debe mucho a aquellos celtíberos bien plantados de la Soria medieval que lo acogieron, lo ocultaron y lo protegieron y al que también vieron contraer sagrado matrimonio con la princesa Leonor de Inglaterra –dicen los fechistas, que tal suceso acaeció en el año 1170-, en esa otra joya bizantina de la que se enorgullecen lo suficiente, al menos como para sacar pecho cuando la muestran al foráneo, que es la iglesia de Santo Domingo, llamada, no obstante por aquellos idus alfonsinos, de Santo Tomé: ¡ver para creer!.

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Dedicada a la Asunción –figura muy socorrida, cuando se bebe el bálsamo del olvido, o en su defecto, líbranos Señor, cuando la antigua advocación libera azufres de esa vieja levadura de la que Goethe nos advirtiera, poniéndola en boca de aquél nieto de la serpiente, que fue Mefistófeles-, cuenta la leyenda, que los siete arcos de su galería porticada se abrieron milagrosamente para ofrecer refugio y santuario a los siete infantes de Lara, que fueron sorprendidos por los árabes –seguramente a instancias de una ofendida Doña Lambra, su madrastra, como parece ser que cuenta el romance paladino y bien que se lo recuerdan al forastero en Barbadillo del Mercado, pueblo burgalés del que fue regente-, mientras almorzaban en una sierra cercana, desolada, recuenco de vientos del espíritu y restos megalíticos, que desde entonces pasó a denominarse del Almuerzo.

A estos Lara, preciso es añadir de paso, perteneció Ginés o Ginesito de Lara -como familiarmente le llamaba Fernando Sánchez Dragó en su Gárgoris y Habidis-, hijo de don Nuño de Lara y de doña Mencía de Montalbán -¿no les recuerda cierta fortaleza toledana, desde donde los templarios y otras huestes partieron hacia la crucial y decisiva batalla de las Navas de Tolosa?-, quien, además, según dejara escrito el mago de Logrosán (3) en sus Cuentos de las Hespérides, fuera el último templario de Santo Polo. En las proximidades de Omeñaca y de hecho, en la vecindad de esta sierra del Almuerzo, está otra sierra, que cuenta, además, con la antigua presencia templaria, en unas irreconocibles ruinas, llamadas de San Adrián: la del Madero. Denominación que nos recuerda, no aquélla espinita a la que le cantaba Albert Hammond en aquellos felices años setenta, sino a ese otro millonésimo fragmento de la Cruz por excelencia: la Vera Cruz. Y de aquí, a la mistérica sierra de la Demanda –por supuesto, del Santo Grial-, un paso. O dos, o tres, o quizás algunos más. Pero siempre, como ya se ha dicho, alimento para el peregrino. Porque no olvidemos, que aunque ahora no lo parezca, antiguamente, también por aquí pasaba ese Camino de las Estrellas, donde el peregrino –hatillo en hombro, bordón y vieiras tintineando como campanillas-, iba de oca en oca; de mito en mito o de arquetipo en arquetipo.

La última vez que el que suscribe estuvo en Omeñaca, fue el día de esa Tanith diminuta, siempre anclada a ese barco de piedra, que en el fondo no deja de ser la columna. Y lo hizo, en compañía de un gran Maestro: el Magister Alkaest. Y es que, como dice el refrán: el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.

(1) Álvaro Cunqueiro: 'Los otros caminos' (selección de César Antonio Molina), Tusquets Editores, S.A., 2ª edición, Barcelona, julio de 2004, página 37.
(2) Extracto sacado de la introducción a la biografía de Ibo Alfaro. Bravo Vega, Julián (editor), 2001, Manuel Ibo Alfaro. Cuentos tradicionales y fantásticos. Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones. ISBN 84-953d-5.
(3) Mario Roso de Luna.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Feliz Navidad y Feliz Camino


No es falta de imaginación; ni desgana; ni tampoco ganas de aparentar o de desaparentar y sí, posiblemente, de respeto, mucho respeto. Respeto, principalmente, a las creencias de cada uno; a las ideas, sueños, deseos y esperanzas de cada uno. Pero sobre todo, respeto a la Vida. Y respetando la Vida, respetemos, también, esa vía espiritual y humana, que es el Camino.

Como ya decía el año pasado, aproximadamente por estas mismas fechas, hay una leyenda atribuida a los pigmeos africanos, que habla de un niño que encontró en la selva un pájaro que cantaba primorosamente y se lo llevó a su casa. Cuando le pidió a su padre que le trajera comida para alimentar al pájaro, éste se negó y lo mató. Llegados a este punto, cuenta la leyenda que el hombre mató al pájaro, y con el pájaro, mató el canto y con el canto, se mató a sí mismo. No nos matemos a nosotros mismos. Y sobre todo, no matemos el Camino.


Feliz Navidad y Feliz Camino

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martes, 22 de noviembre de 2016

La Soterraña de Olmedo


'Los agujeros negros del universo no son nada comparados con los agujeros negros de nuestro pasado'
[Peter Kingsley (1)]

Menos conocido fuera de su ámbito provinciano y eclipsado, en parte, por la meritoria dramaturgia de Lope de Vega y su famoso, audaz y desdichado caballero, la medieval Villa de los Siete Sietes, Olmedo esconde un tesoro mariano –aparte del tesoro mudéjar de su románico, estilo al que ha dedicado un meritorio Parque Temático-, que si bien su historia conocida pretende remontarse a esos episodios milagreros y propagandísticos que la diplomacia cristiana supo tan bien aprovechar en su favor en ese turbio periodo de la Historia conocido como Reconquista, el hilo de Ariadna de sus antecedentes conducen, inevitablemente, a esos oscuros laberintos mistéricos celtas y al eco cavernario –siempre presente, a pesar de los esfuerzos por silenciarlo de los Primeros Padres de la Iglesia- de la Gran Madre: el santuario de la Soterraña. No deja de ser un hecho significativo, además, la existencia de tres santuarios dedicados a ésta figura de la Soterraña –o Virgine pariturae, como la denominaban los celtas, sobre cuyas grutas se elevaron no pocas catedrales- en tres comunidades vecinas que, sobre el mapa y de igual modo que los antiguos santuarios pre-cristianos –si hemos de tomar en consideración, parte las interesantes investigaciones de Eslava Galán, referidas a santuarios jiennenses similares-, forman un singular triángulo, como el manto o velo isíaco, que suele caracterizar algunas de las imágenes más significativas, como son el Pilar y Covadonga: ésta Soterraña de Olmedo; la Soterraña que ocupa el altar mayor de la iglesia basilical de San Vicente, en Ávila capital y aquélla otra, deliciosamente tostada por el sol, que vela en soledad –eso sí, custodiada por unas formidables pinturas de San Cristóbal- en lo más recóndito de la iglesia de Santa María la Real, en Nieva, Segovia, figura ésta última que, curiosamente, se encuentra hermanada con otra Soterraña –imagen más moderna y blanca, no obstante-, que se localiza en el interior de la iglesia de San Pedro -a escasos metros de distancia de la iglesia templaria de Santa María dels Horzs, también conocida como del Crucifijo por la forma de pata de oca de la cruz del Cristo renano que custodia en su interior- situada en esa localidad navarra donde se juntan los caminos y donde hace tiempo que no se tiene noticia de ese carismático y bienhechor pájaro txori que cada mañana acudía a limpiar el rostro de la Virgen que había junto al puente con lomo de asno levantado en el siglo XI para que los peregrinos pudieran atravesar el río Arga: Puente la Reina.

Anexa al ábside de la iglesia mudéjar de San Miguel -segundo Patrón de la ciudad, y dotada de un ábside que presenta la extraña particularidad de tener canecillos labrados- junto a la puerta y las murallas que llevan el nombre de dicho arcángel, sobre la cripta donde se conserva la imagen románica de la titular, del siglo XIII y posible sustituta de otra anterior, y el pozo asociado, también relacionado con la conquista del lugar por el rey Alfonso VI –remedo, tal vez, de la visión de Constantino, pues según la leyenda la Soterraña se le apareció para decirle que ganaría la batalla contra los musulmanes que resistían en la ciudad-, una capilla -probablemente levantada en el siglo XVII cuando, según las crónicas, la imagen fue trasladada de su lugar en el altar mayor de la iglesia-, llama poderosamente la atención, por su forma octogonal. Una forma, o mejor dicho, la recuperación de un modelo de arquitectura que, por algún motivo indeterminado, tuvo cierta proliferación en este siglo y que, según se puede constatar en muchos de los casos –Almazán, Briones, etc- alberga Cristos o imágenes marianas con fama de muy milagreros. A dicha cripta –como en el caso de la iglesia de Santiago, en la población zaragozana de Luna, que alberga una notable y misteriosa imagen de la Virgen del Alba-, se accede desde el altar mayor de la iglesia, observándose, en el lateral derecho del túnel y cerrado a cal y canto, el pozo del milagro –como sucede en algunos templos dedicados a una extraña santa, Marina, siendo de interés el que se localiza en la población orensana de Santa Mariña de Augas Santas, o incluso, no dejan de llamar la atención los frescos donde se representa a esta santa con el dragón a sus pies, como se puede comprobar en Madrid, en el antiguo monasterio de San Jerónimo el Real, junto al Museo del Prado-, que dan acceso a una capilla, profusamente decorada con un sinfín de barroquismos, entre las que no faltan las alusiones a los hombres-verdes de las tradiciones celtas o a santos de carácter mistérico, como aquél supuesto evangelizador de la India y figura muy venerada en el santoral templario, que es San Bartolomé. 

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(1) Peter Kingsley: 'En los oscuros lugares del saber', Ediciones Atalanta, S.L., 3ª edición, Girona, 2010, página 58.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Infiesto: Santuario de la Virgen de la Cueva


Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva,
los pajaritos cantan,
las nubes se levantan...
Eco de esas manifestaciones de la Gran Madre, surgidas desde lo más profundo de la noche cavernaria y útero metafórico al que retornó el primer homínido en busca de consuelo y protección, algunos enclaves todavía parecen transmitir, a pesar del exceso de beatitud judeo-cristiana que los engalana, cual hacen las bolas en el tradicional árbol de Navidad, parte de ese ancestral magnetismo que hizo de ellos lugares sin duda alguna especiales. Infiesto, a escasa distancia de Arriondas y del entorno mágico de Cangas de Onís, Covadonga y los Picos de Europa, conserva, algunos insignificantes metros más allá de donde Tánatos expende billetes para la nave de Caronte -el Tanatorio-, uno de esos lugares especiales y posiblemente, también, el origen de aquélla coplilla popular que los sufridos aldeanos dedicaban a los cielos y los niños -cuando el Corte Inglés y los juguetes apenas eran un arma cargada de futuro-, coreaban en sus juegos: el Santuario de la Virgen de la Cueva.

En efecto, salvadas las mansas aguas del río Piloña por un pequeño puente de piedra, en cuyo arco y con mucha imaginación, cualquiera puede pretender ver esa jiba de asno que caracterizaba el meritorio trabajo ingenieril de los maestros pontífices del Camino -no olvidemos, que por estos andurriales transcurría un camino real que muchos peregrinos seguían en dirección a la catedral de San Salvador de Oviedo, pues no en vano se tomaban muy en serio el dicho de que quien va a Santiago y no al Salvador, visita al siervo y olvida al Señor, y que en las cercanías se localiza un curioso templo románico dedicado a la no menos curiosa figura de San Martín de Escoto-, un interesante abrigo natural se congratula en la actualidad con las bendiciones Orbi et Orbe y los loores a María, desdibujados por la maza de la ortodoxia y el escoplo del suplantamiento de identidad, los antiguos laberintos y espirales que lo asociaban con una sacralidad mucho, muchísimo más antigua, posiblemente conocida por los peregrinos medievales, pese a los maquillajes cluniacenses.

Independientemente de ello, no deja de ser cierto, después de todo, que el lugar, visto con los ojos y la disposición de alma que a cada uno le apetezca, es un lugar hermoso y apacible, en el que poder hacer oportuno descanso y sufragar parte de esa ardiente fiebre que sufre todo aquél que, de alguna manera, emprende un viaje a la busca y captura de la más escurridiza de las Musas: Sophia.

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miércoles, 2 de noviembre de 2016

La Cabrera: convento de San Antonio


No es falta de valoración, pero sí de conocimiento, aquello que muchas veces nos induce a buscar fuera de las fronteras de la comunidad donde vivimos, unas maravillas que, por afortunadas circunstancias, parecen ser más prolíficas en comunidades foráneas. En este caso, y bueno es reconocerlo, puede decirse que ignorancia -mea culpa, Sophia me absolva- y casualidad -dudo que no se pudiera aplicar aquí el parámetro causalidad, o como diría Paulo Coelho, cada uno llega a los sitios en el momento en el que se les espera, pero eso ya es otra historia que tal vez cuente algún día cuando hable de ese curioso fenómeno que se llama sincronismo-, me sorprendieron cuando hace unas semanas emprendí un viaje corto sin más objeto que valorar y cumplir con una invitación a comer, así como con la perspectiva de pasar unas breves horas en grata y amistosa compañía. Cierto es, también, que junto con la invitación y parafraseando a Goethe, se me tentó con la vieja levadura, haciéndome saber de ciertas piedras que posiblemente –crea fama y échate a dormir- podrían interesarme. Poco podía imaginarme entonces, que aproximadamente a 70 kms de Madrid, podía existir un lugar tan genuinamente interesante, como es el convento de San Antonio, en La Cabrera. Y no sólo interesante, sino además, deliciosamente sorprendente, porque aparte de ubicarse en un lugar sobresaliente por su belleza, destaca –dime Sancho, de dónde proceden estos maravillosos lodos-, por exponer algo que todos solemos dar prácticamente por perdido en las insondables ciénagas de la Historia: el románico de Madrid.

En efecto, a la vera de los picos Cancho Gordo y de la Miel –esos que uno nunca se cansa de contemplar, las tropecientas veces que va o viene por la autovía de Burgos-, este lugar –que en modo alguno ha olvidado el bordón del peregrino y la hospitalidad benita-, nos sorprende por la pureza románica que todavía conserva en la cabecera y en parte de la nave de la iglesia. Una cabecera, que sigue la línea de otras inconmensurables construcciones –algunas de las cuales, como el monasterio de Santa María de Moreruela, en Zamora, que han corrido peor suerte y hoy día muestran los efectos de la ruina y el abandono- mostrando un ábside principal y cuatro absidiolos laterales y una iglesia, en cuyo trazo y columnado puede advertirse, quizás, una piadosa mano de alarifes mozárabes, digna, de cualquier modo de admiración.

De su historia, lejana en el tiempo y misteriosa en sus orígenes, se supone que germinó a partir de los eremitorios que hubo en sus inmediaciones –alguno posteriormente utilizado como corral y cuarto de aperos-, aunque se acepta, generalmente, la hipótesis de que éste hijo pródigo del románico peninsular vio la luz a partir de una pequeña ermita. Pero si atrayente es por sí mismo este pequeño Shangri-Lá perdido en las estribaciones de Somosierra y Guadarrama, no lo son menos los datos arqueológicos e históricos relacionados con su entorno, ni tampoco los ricos arquetipos que contiene. De lo primero, se puede dar referencia de la existencia de un castro celta en las proximidades; de un cementerio visigodo y también de la existencia, en época medieval, de un poblado con un nombre un tanto peculiar, que ya nos pone en antecedentes de cuando Magerit estaba en el punto de mira de reyes conquistadores como Alfonso VI: San Julián de Toledo. En cuanto a los arquetipos con él relacionados –buena antigua levadura para el peregrino-, no estaría de más meditar, en primer lugar, en el nombre de uno de los picos –de la Miel-, la Fuente Octogonal –por cierto, y salvando la ornamentación, muy similar a otra que se encuentra en los jardines del esotérico parque madrileño del Capricho-, la existencia del Thuja orientalis o árbol de la vida –de donde se extrae la madera también para fabricar ataúdes, otro símbolo relacionado con el retorno a la Madre- y, sobre todo, volviendo la mirada a ésta genuina Figura, la desconcertante presencia de una Mater, negra y primordial, la de Montserrat, visible en un altar conformado por otro elemento que, como la tierra y el agua y sin ser Thuja orientalis -¿o sí?-, la caracteriza: el árbol. Un árbol y unas ramas que, si hemos de ser suspicaces, por su forma, conforman otro símbolo ancestral: el tridente o la pata de oca. El lugar, en tiempos modernos, fue propiedad y residencia de recreo –ego les absolva- de una relevante personalidad: Carlos Giménez Díaz. Desde el año 1991, no obstante, reside en él una pequeña comunidad de monjes franciscanos; aquéllos que, en los tiempos oscuros no sólo acogieron entre sus filas a sus defenestrados hermanos del Temple, sino que también iban sofocando las hogueras encendidas por los dominicos.


[Quiero expresar públicamente mi gratitud a José Antonio y Merche. Primero, por su exquisita hospitalidad; y segundo, porque gracias a ellos tuve la oportunidad de conocer este maravilloso enclave].
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martes, 18 de octubre de 2016

Sepúlveda: iglesia y santuario de la Virgen de la Peña


En la parte alta de la ciudad, allá donde termina ese alargado brazo chinesco que es el casco antiguo de Sepúlveda y apenas alejado unos insignificantes metros de la sede de la Guardia Civil, otro notable santuario nos recuerda, como en el anterior de Brihuega, la veneración a una Mater, que si bien el color no lo evidencia en la talla que se venera en el altar mayor de la iglesia, sus orígenes son tan oscuros -¡oh, hijas de Jerusalén!- como la matriz donde se la encontró: la Virgen de la Peña. La cueva donde se halló la imagen, en ese singular siglo XII en el que parece que hubo una auténtica explosión de apariciones y descubrimientos marianos –algo comparable a lo sucedido apenas terminada la Segunda Guerra Mundial con esas cosas que se ven en el cielo-, en los que los guardianes del Camino, es decir, esos cambeadores y celosos guardianes de la tradición que fueron los templarios, casualmente no andaban lejos, todavía existe en la actualidad, si bien la última vez que estuve visitando el santuario, las lluvias habían producido desprendimientos de tierra en la ladera y no se podía bajar.

Tiempos de caminos y caminantes; de prodigios y milagros; en definitiva, de espiritualidad. Una espiritualidad desbordante, que a partir de la Reforma y con posterioridad a ella –como ya advirtiera Jung, en una conferencia pronunciada en Viena, en 1931-, sería, posiblemente, el caldo de cultivo para un racionalismo que habría de elevar a la materia a la categoría de Pater Noster o cuando menos de avatar en las eras posteriores. Sin olvidar el espíritu, puesto que precisamente le da sentido a ésta entrada, pero dejándonos llevar irremediablemente por el materialismo implícito al santuario y su conjunto, no estaría de más añadir que posee éste unas singularidades, que a pesar de todo, conectan todavía con ese mundo medieval, donde lo fascinante quedaba moldeado en piedra para aviso de peregrinos, navegantes y psicólogos modernos. Peregrinos y a la vez psicólogos, seguramente, fueron esos canteros que, cual salvaje –por lo de libre- manada de ocas, dejaron marcada en los sillares la impronta de sus patas, como una bandada que hiciera el camino inverso, es decir, de oeste a este, buscando, quizás, el lugar donde nace el sol para completar el círculo al compás de un fenómeno batallador, llamado Reconquista.

Porque viendo el exceso de libido en algunas de esas representaciones, que en modo alguno habría que interpretar de una manera literal, uno se siente héroe que, a pecho descubierto, reclama esa flecha dorada que ha de clavarse en su corazón. Lo que, de alguna manera se hace, cuando menos simbólicamente hablando, al acceder al santuario de la Madre, representatividad de un inconsciente en el que hay que sumergirse para volver a ascender: en definitiva, muerte y renacimiento.

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