jueves, 10 de julio de 2014

Moarves de Ojeda: Iglesia de San Juan Bautista


No excesivamente lejos del entorno de Olleros de Pisuerga y también en las proximidades de Aguilar de Campóo, dos lugares, apenas separados por una ínfima distancia de cinco kilómetros, conforman otra pequeña pero no obstante interesante ruta, que no ha de resultar baldía para el esfuerzo de viajeros, caminantes y peregrinos que deseen ver obras de relevancia e interés y a la vez, encontrar misterios añadidos en su camino: la iglesia de San Juan Bautista, en Moarves de Ojeda y la abadía de monjas cistercienses de San Pedro de Arroyo. Posiblemente más conocida la primera, sobre todo si se está familiarizado con parte del mejor románico palentino, recordarán, nada más ver su espléndida portada, la concordancia que existe entre ésta y aquélla otra que, precisamente bajo la advocación del Santo Patrón Santiago Boanerges, el Hijo del Trueno, se localiza en la histórica y siempre interesante ciudad de Carrión de los Condes.
 
Declarada Monumento Histórico en 1931, uno de los detalles que llama poderosamente la atención, es el color rojizo de sus sillares, en cuyo tratamiento se supone que los canteros utilizaron la técnica de someter a la piedra a un baño en el que probablemente intervinieran, en un grado notable, compuestos de origen netamente ferroso. Pero sin duda, este no deja de ser, en el fondo, sino un detalle anecdótico y probablemente irrelevante, si lo comparamos con la magnífica obra de Arte que constituye su portada. Una portada espléndida, cuidadosamente elaborada hasta en sus más ínfimos detalles -como pueden ser los pliegues de las túnicas de los personajes principales-, que reproduce aquélla otra que luce la iglesia de Santiago de Carrión, hoy día reconvertida en museo de Arte Sacro, pero que de similar manera nos introduce, no sólo en el misterio de estas dos portadas espejo -recordemos el caso también singular de las portadas gemelas de Santa María de Eunate y San Miguel de Olcoz-, sino también, en base al impacto visual, en los magníficos talleres de cantería instalados en ésta ciudad condal, los cuales fueron desplegando su extraordinario arte y oficio a lo largo y ancho de una provincia puntera en la misma historia del Camino Jacobeo.
 
No menos significativos, y repletos de claves que merece la pena advertir y estudiar por sí mismo, los motivos de los capiteles nos introducen, apenas sin darnos cuenta, en los viejos mitos medievales; unos mitos, que aún por sí mismos, nos derivan a continentes y continencias simbólicas, con las que poder divagar largo y tendido: el estoico Sansón, en su sempiterna lucha con el león; el músico y la bailarina, temática que inmediatamente nos recuerda a aquél extraordinario cantero conocido como el Maestro de Agüero; las pequeñas cabecitas, que surgen burlonas a través de la floresta, conectadas con los antiguos dioses celtas, cuyo recuerdo, después de todo, inunda de referencias los templos que se alzaron en sus antiguos santuarios; el tema de los gemelos, en este caso, dos milites compartiendo un escudo, que nos recuerda los primitivos sellos de la Orden del Temple, en los que dos caballeros compartían un mismo caballo, pero que a la vez, nos obliga a alzar la vista al cielo, hacia esas reminiscencias zodiacales que hacen bueno el axioma de la antigua sabiduría hermestina: como es arriba, así es abajo... Libros abiertos, donde religión y mancia, superstición y ciencia se dan la mano a la hora de mostrar mensajes subliminales a unos espectadores que, aún con el paso de los siglos, continúan sorprendiéndonos y haciéndonos pensar que, en el fondo, no somos sino meros aprendices en el difícil sendero de la Sabiduría.
 
Pero si todo esto constituyen enigmas fascinantes, no lo es menos la cuestión encaminada, no ya a la identidad de los autores de tal maravilla, pero sí hacia el origen de su procedencia. Y posiblemente, tengamos una clave, en esa fascinante y siempre nebulosa tierra celta que es Galicia, y más concretamente en una de sus provincias, cuya capital lleva todavía con orgullo el nombre del dios que la fundó y cuyo recuerdo apenas se vio alterado por la conquista romana: Lugo. Ahora bien, esa es otra historia que me propongo tratar antes de partir hacia San Pedro de Arroyo.

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sábado, 21 de junio de 2014

Villacibio: eremitorio de San Pelayo


La tercera punta del tridente o imaginaria pata de oca que conforma esta pequeña pero interesante ruta mágica, se localiza a ocho kilómetros de Olleros y a cinco kilómetros escasos de Mave y Santa María de Mave. Siguiendo una carretera comarcal que se adentra en las peculiaridades de un hermoso paisaje, donde campos de labor y monte bajo se alternan a uno y otro lado con melancólica indiferencia, dejamos atrás el pequeño pueblo -sería mejor decir poblado o aldea- de La Rebolleda y dos kilómetros más adelante, antes de llegar a Villacibio, hemos de tomar un pequeño sendero rural que aparece repentinamente a nuestra derecha. A diferencia de muchos lugares del norte, un cartel bien visible a pie de carretera, nos avisa oportunamente del lugar al que queremos dirigirnos: el eremitorio rupestre de San Pelayo. O lo que vendría a ser lo mismo, pero antes de la cristianización y de los Concilios de Toledo de 609 y 610 contra los veneratore lapidi: San Pelagio o San Pelasgo.
 
El sendero es desigual, sin asfaltar y lleno de baches, pero se puede superar fácilmente con paciencia y una velocidad lo suficientemente moderada, como para hacernos disfrutar de las peculiaridades de un terreno que aún recuerda, en su morfología, parte de esos misteriosos bosques, que seguramente debieron de ser poco menos que impenetrables antes de que las diferentes generaciones humanas se dedicaran a devastarlos para transformarlos en productivos campos de labor. A poco de penetrar en él, veremos, también a nuestra derecha, parte del espinazo de una Madre Tierra, que hace miles, millones de años practicó los primeros partos sin dolor en los más profundos abismos pleistocénicos. No resulta difícil confundirse y pensar que en él se encuentra el eremitorio que buscamos. Pero no, hay que continuar sendero arriba, sorteando de la mejor manera posible los baches que nos salen al encuentro, durante unos trescientos metros. Recorridos éstos, y apenas doblada una curva, el espinazo al que hacíamos referencia, parece volver a surgir de las entrañas de la tierra, recordándonos, en su forma, esas murallas que rodeaban a los antiguos castros. Desde aquí, y mirando desde la punta del espinazo hacia el frente y nuestra izquierda, veremos una impresionante panorámica del valle.
 
Mencionado ya en cierto documento fechado el año 1155, los arqueólogos, según se puede leer a duras penas en un descolorido cartel situado en las proximidades de la entrada principal, en la que una cancela de hierro impide el acceso, dudan entre la posibilidad de que fuera iglesia o cementerio. Menos espectacular y también menos grande que el espolón que sirve de base a la iglesia rupestre de los Santos Justo y Pastor, en Olleros de Pisuerga, éste eremitorio tan sólo consta de una nave, donde en la cabecera se observan dos pequeñas oquedades, a modo de capillas absidiales, cuya forma recuerda las puertas de herradura de la arquitectura mozárabe. Un buen ejemplo de ello, sería la puerta de acceso a la ermita soriana de San Baudelio de Berlanga. En ellas, aún se aprecian diminutas oquedades cuyo fin parece claro que era el de guardar objetos de culto o quizás reliquias, que tanto proliferaron antes, durante y después de la Edad Media. Es posible que, a semejanza de la iglesia de Olleros, también aquí hubieran existido, en tiempos, retazos de arte prehistórico, perdidos definitivamente hoy día, sustituidos por toscas cruces labradas en las paredes.
 
De cualquier manera, y aparte de la impresión de que se ha perdido parte de una historia que todavía permanece prácticamente desconocida en los abismos insondables del tiempo, la sensación más generalizada que se experimenta, sobre todo si se accede al lugar en solitario, es de completo aislamiento. Una sensación de paz, que posiblemente se sienta con una intensidad inaudita, sobre todo en aquellos espíritus acostumbrados a la salvaje barbarie de las grandes ciudades.

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martes, 17 de junio de 2014

Santa María de Mave


Siguiendo esta pequeña pero sugerente ruta mágica por el corazón de esta parte de la palentina Tierra de Campos, supongamos que en el centro de una imaginaria pata de oca, custodiando de cerca los enclaves sagrados formados por la iglesia rupestre y el castro cercano a Olleros de Pisuerga, así como el pequeño eremitorio de San Pelayo, situado en el término municipal de Villacibio, las pequeñas poblaciones de Mave y Santa María de Mave, comparten en lo más profundo de sus cimientos una historia lejana, que tiene como base el establecimiento de una comunidad benedictina, que al amparo de la Regla de San Benito, dejó profunda huella en el lugar, con la típica forma y los privilegios de un fantástico monasterio, que aunque venido a menos con el paso de los siglos y reconvertido en la actualidad en un privilegiado complejo hostelero deja entrever, no obstante, parte de esas grandiosidad que lo caracterizó un día.
 
Situada, aproximadamente, a tres kilómetros de Olleros, aún se puede apreciar, en su iglesia, la planta basilical que caracterizaba a las construcciones visigóticas. Su cabecera, dotada, así mismo, de tres ábsides en los que sobresale el ábside central, muestra, aunque bastante deteriorados en algunos casos, unos interesantes canecillos, cuyas temáticas muestran, entre su diversidad, las típicas presencias de elementos foliáceos, algún que otro músico y aunque amordazadas sus patas y su cuello por una cuerda, la siempre relevante presencia de un animal reconocido y a la vez querido por todo peregrino: la oca.

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La hiedra que se adhiere a las paredes de las antiguas dependencias monacales -como se ha dicho, reconvertidas en hotel en la actualidad-, así como la presencia de las emblemáticas y siempre bien vistas cigüeñas anidando en la espadaña, ofrecen al conjunto una nota de pinturesca melancolía, que transmite al espíritu vibraciones perdidas de tiempos pasados.
 
A cinco kilómetros de distancia, y recogido sobre un lugar no menos pinturesco, tranquilo y solitario, nuestra próxima parada: el eremitorio rupestre de San Pelayo.

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sábado, 7 de junio de 2014

Rezando en el corazón de la piedra: la iglesia rupestre de Olleros de Pisuerga


No importa si el Camino se desarrolla dentro o fuera de los márgenes previamente establecidos en itinerarios históricos, inmemoriales o recientemente recuperados; y tampoco importa si los lugares que visitamos han de aportarnos exclusivamente hitos, indulgencias o delirios mágico-religiosos. En el fondo, lo que verdaderamente importa es el Camino en sí y todas las experiencias que han de llenarnos y enriquecernos mientras lo recorremos. Bajo este punto de vista, no nos costará mucho imaginar, entonces, que convirtiéndonos voluntariamente en jugadores de excepción y utilizando las singulares propiedades de ese Tablero Mágico por antonomasia, que conoce bien todo peregrino, nos dejemos llevar por el vuelo trascendental de las Ocas, y diciendo adiós, o mejor aún, hasta la vista a Daroca y sus ángeles cantores, nos introducimos, una vez más, en las singularidades y maravillas de una tierra legendaria, como es Palencia. Una vez allí, apartándonos de la monotonía de esa autovía que, numerada con las siglas A67 conduce al viajero hacia Reinosa y las brumas arcanas del reino cántabro, recalemos, por carreteras secundarias, en lugares que no por pequeños, han de parecernos necesariamente irrelevantes. Uno de tales lugares, es Olleros de Pisuerga, un municipio pequeño pero acogedor, en cuyo término se encuentra aquella maravilla que muchos consideran -me congratulo, desde ahora mismo, con ese grito popular de sabia justicia-, como la basílica del eremitismo rupestre: la iglesia de los Santos Justo y Pastor.
El lugar, telúrico donde los haya, se localiza a resguardo de un pueblo cuyas casas conforman una estrecha piña que protege y salvaguarda la entrada. Una solitaria torre de época más moderna -siglos XVII-XVIII- se levanta, como un faro, al pie de un camino que en primavera reverdece con un inusitado cuando no mágico esplendor. Cualquiera diría que es el sonrojo emocionado de una Madre Tierra que comienza a bostezar, abandonando el lecho donde ha permanecido aletargada durante los largos y fríos meses de invierno, aunque soñando con la Vida. De vida y muerte, o si se prefiere, de ciclos inevitables, hay sepulcros antropomorfos, al pie de las cuevas de ese duro costillar de piedra, que aún vacíos, hablan inequívocamente de Historia Antigua. También hay escalones que conducen a una portada neo-clásica, que franquea con respeto todo visitante que penetra en la arteria principal de este auténtico corazón del espíritu. Y es que, una vez que se entra, el espíritu se siente mareado frente al torbellino de siglos que le contemplan desde esas galerías primorosamente labradas en la piedra por mineros espirituales, que buscaban en lo más profundo de la matriz de la tierra, respuestas más allá de un mundo que se debatía en la barbarie de la guerra y el ocaso.
Se estima, por otra parte, que la construcción que se puede admirar en la actualidad, se remonta, cuando menos, al siglo X. Pero quizás pocos saben que en este mismo refugio, mentes del Neolítico o del Paleolítico, dejaron señales del despertar de la conciencia, transmitiendo, posiblemente, esas mismas inquietudes que han acompañado a la Humanidad a lo largo y ancho de su existencia. Sus señales, bien por efecto del tiempo bien por la intransigencia de otros grupos humanos, ya no se pueden apreciar, es cierto, pero estuvieron ahí, demostrando las especiales cualidades de un lugar que, después de todo, nunca dejó de ser sacralizado.
Antecedente de otros lugares de similares características que se localizan, sobre todo, en la cercana zona cántabra de Valderredible, Olleros de Pisuerga constituye, de hecho, la punta del iceberg de una interesante ruta mágica y espiritual, conformado por lugares como el castro de Monte Cildá, el monasterio de Santa María de Mave o el también, aunque más reducido eremitorio rupestre de San Pelayo, en el cercano término de Villacibio.

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martes, 20 de mayo de 2014

Los Ángeles Cantores de Daroca



Independientemente del gran conjunto histórico, artístico y cultural que caracteriza a una ciudad tan interesante como es Daroca, sería imperdonable continuar haciendo camino, sin echar un vistazo y comentar, siquiera sea de pasada y echando mano de la fascinación que siempre conlleva el visionado de una obra plástica meritoria, esas curiosas pinturas góticas que decoran la cabecera del templo de San Miguel. Un templo, posiblemente de los más antiguos de la ciudad, cuyos orígenes se remontan al siglo XII, aunque su construcción se terminó bien entrado el siglo XIV y su estructura se haya visto irremisiblemente alterada por añadidos y modificaciones posteriores –en 1919, se derribaron algunas piezas relevantes, como la linterna de la torre e incluso una antigua torre mudéjar de ladrillo-, destino que lo equipara al sufrido por los diferentes edificios religiosos de la ciudad a lo largo de su historia.

Meritoriamente conservadas, así mismo, son las hermosas pinturas góticas, datadas en el siglo XIV, que decoran su ábside o cabecera y permiten seguir la pista de un misterioso Maestro, que dejó la impronta de su buen hacer en algunos pueblos de los alrededores. Pero no es mi intención hacer de detective histórico –al menos, en la presente entrada-, y sí dejarme llevar, por el contrario, por esa fascinación que conlleva observar un resultado artístico armonioso, de notable belleza y por supuesto, no exento de curiosidad. Porque aquí, en realidad, lo que el artista expuso, no deja de tener inesperadas y sospechosas intenciones –según mi punto de vista, claro está-, si tenemos en cuenta que la temática principal gira alrededor de una figura, la Virgen María, que prácticamente pasó inadvertida, se podría decir que hasta bien entrada la Baja Edad Media cuando, seguramente con la intención oculta de enmascarar algo mucho más antiguo, cistercienses y templarios fueron parte de los principales impulsores de su culto.

A este respecto, y posiblemente único en su género por su situación y temática, esta representación de la Coronación de la Virgen María, parece más típica, por otra parte, de esa cima, simbólicamente celestial, que suele caracterizar a la mayoría de los retablos, donde, curiosamente, se suele observar la intención de colocar la corona en la frente de María, por parte de las figuras del Padre y del Hijo, que sólo en algunos casos se observa consumada. La presente representación, no obstante dividido su conjunto en varias partes, muestra en su parte central la Coronación de María, consumada, puesto que ya tiene la corona ciñendo su frente, aunque obvia la figura, hemos de suponer que de Dios Hijo. La parte superior de la escena, representativa de su hábitat celestial, expone tres grupos de ángeles, donde los que llaman inmediatamente la atención, son el grupo de ángeles que portan una variedad de instrumentos musicales, primorosamente escenificados, mientras los otros dotan a la escena del misterio de la luz de los velones y el sublime perfume –que conoce todo peregrino- de los incensarios.
La parte de abajo, a la que bien se podría definir como terrenal, representa a los apóstoles. Todos tienen su nombre pintado por encima del nimbo que rodea sus cabezas y todos lucen sus atributos. Pero hay un detalle significativo, que a mí me da que pensar y que expongo para que cada uno saque sus propias conclusiones. Todos llevan vestiduras de colores, pero lisas. Todos, excepto uno: Bartolomeus. Es decir, San Bartolomé, un santo al que profesaban una especial predilección los templarios y que muestra en sus vestiduras numerosas representaciones de un símbolo crucífero y solar por antonomasia: la esvástica. Pero a la vez, ésta tiene también una singularidad muy especial, puesto que se trata de una cruz en forma de martillo -el famoso martillo del dios nórdico Thor-, de connotaciones levógiras; o lo que viene a ser lo mismo: sus brazos giran en sentido contrario a las agujas del reloj. La relación entre el símbolo y el personaje no podía ser más estrecha, por lo que se puede decir que aquí existe, cuando menos, una relevante e intencionado misterio. Un misterio y un concierto sublime, a los que invito a todos aquellos que sientan deseos de conocer Daroca y sus ángeles cantores. Y añado: en estas pinturas se esconden aún más misterios, de manera que recomiendo, también, que se miren con mucha atención.

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sábado, 10 de mayo de 2014

Daroca, una Puerta del Perdón en el Camino Mudéjar


Dentro de la extraordinaria confluencia de caminos que se dirigen hacia Compostela, siguiendo esa ruta simbólica y maravillosa marcada por las estrellas en el firmamento, hay lugares de especial interés, en los que el peregrino que se ve obligado a abandonar su viaje por cualquier circunstancia imprevista y no puede alcanzar su destino, atravesando el majestuoso Pórtico de la Gloria de la catedral compostelana para rendir pleitesía a Santiago en la cripta donde se conserva el Arca en la que están depositadas sus reliquias, consigue también la remisión de sus pecados o indulgencia plenaria, como si hubiera cumplido con todos los trámites, etapas y penurias del Camino. Uno de esos lugares, en los que existe una iglesia muy peculiar, con una puerta que lleva precisamente ese nombre, del Perdón, se localiza en plena ruta mudéjar a su paso por la provincia de Zaragoza. La ciudad, situada aproximadamente a treinta kilómetros de aquél medieval Castillo de Ayud o Calatayud, se llama Daroca y la iglesia en cuestión, no es otra que la Basílica de Santa María de los Sagrados Corporales.
 
Daroca, como O Cebreiro, como San Juan de la Peña o incluso como palentina Frómista, es otro de esos peculiares enclaves peninsulares, que por alguna circunstancia muy particular, hay que relacionar también con el más grande de los mitos medievales, consiguiendo, de paso, que esa relación se convierta en otro atractivo añadido, capaz de aumentar aún más, si cabe, la capacidad de admiración por una ciudad que todavía conserva buena parte de sus antiguas raíces, entre las que figura, desde luego, esa notable herencia testimonial basada en un Arte muy específico, que ha sido considerado, muy justamente, como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El Arte a que se hace referencia, obviamente, es el Mudéjar, y el Mito, fomentado en gran medida, qué duda cabe, por cistercienses y templarios, aquél que siguiendo los romances encriptados de autores de similar filiación, como Chrétien de Troyes y Wólfram von Eschenbach, entre otros, se convirtió en el Ideal por antonomasia de una caballería pura, cristiana y medieval, que marcó toda una época: la búsqueda o demanda del Santo Grial.
 
A este respecto, tal vez sea oportuno añadir -y seguro que esto constituirá también un aliciente para el peregrino inmerso en su particular aventura espiritual-, que las referencias son abundantes en este lugar, y no sólo se encuentran en la Puerta del Perdón, sino también en el interior de esta Basílica, cuyas raíces románico-góticas se fueron nutriendo progresivamente de otros estilos arquitectónicos, que hacen de ella, no obstante, un curioso híbrido, en el que después de todo no falta la presencia de Dios, tal y como la describía en su De Considerationes uno de los personajes más relevantes de la Historia, como fue San Bernardo de Claraval: Longitud, anchura, altura y profundidad.

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En el tímpano de esta Puerta del Perdón, las referencias griálicas son evidentes, no sólo en el hecho de la muerte y la resurrección de Cristo -recordemos que el Grial da, pero también quita la vida-, sino también en los diferentes objetos de la pasión que portan los ángeles, en los que se pueden ver la Lanza Sagrada y la Corona de Espinas e incluso también una referencia al mito griálico céltico, en los cuernos que tocan otros dos ángeles situados a ambos extremos de la escena, así como otras alusiones que, situadas a lo largo de la archivolta principal, resumidas en ese peculiar lenguaje argótico, típico de este estilo arquitectónico, extensamente comentado en las obras de un enigma moderno llamado Fulcanelli.
 
Por otra parte, y similar a la naturaleza de los milagros de O Cebreiro y Frómista (1), también aquí en Daroca y su leyenda de los Sagrados Corporales, se reclama la atención en ese vehículo simbólico representativo del Cuerpo de Cristo (2), la hostia eucarística, donde se reproduce una alquimia o transmutación divina, en la que intervienen, de paso, elementos alternativos presentes en otros lugares, como la mula, que determinan el lugar sagrado y el sitio donde ha construirse el templo que lo señale.
 
En rasgos generales, la leyenda de los Sagrados Corporales se remonta a los tiempos de Jaime I el Conquistador, después de la conquista de Valencia y en pleno avance hacia el sur. Sucedió, según las crónicas, en la villa de Luchente, rayando el alba, cuando don Berenguer de Entenza, que comandaba las fuerzas, y sus cinco capitanes, se disponían a oír la Santa Misa y recibir la comunión. Los moros atacaron improvisadamente y aunque pudieron ser finalmente rechazados, cuál no sería la sorpresa de las tropas cristianas -similar a la del descreído párroco de O Cebreiro- cuando al volver, descubrieron que las sagradas hostias quedaron marcadas a sangre en el lienzo que las contenía. Dado que todos querían para sus lugares de origen, tan milagrosa reliquia, al final se decidió que fuera una burra quien, portándolas, determinara el lugar donde habrían de ser depositadas. El lugar, no fue otro que la Basílica de Santa María de Daroca, que por tal motivo, pasó a denominarse de los Sagrados Corporales.
 
Sin duda el peregrino encontrará numerosas claves en esta historia, así como también en el interior de esta Basílica, no sólo en la Capilla, con sus magníficas representaciones góticas donde no falta una Virgen de la Leche situada por encima de donde se localiza el relicario de cristal que contiene el santo paño, sino también en los numerosos detalles que se recogen en el interior, siendo uno de ellos, ese curioso pedestal, en forma de concha marina sobre el que se alza la Virgen en el altar. Pero de todo esto, se hablará con más profundidad más adelante. Por el momento, baste con saber que tenemos aquí, en la hermosa ciudad de Daroca y en su Basílica de Santa María de los Sagrados Corporales, otro de esos lugares de interés mistérico, cuyo conocimiento no debería faltar en la hoja de ruta del Camino maravilloso del peregrino.

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(1) Esta denominada patena del milagro, datada en el siglo XV, está expuesta a la visión del público en general, en la iglesia de San Pedro, en Frómista, Palencia.
(2) O como Osiris, como Mitra, como Dioniso....

miércoles, 26 de marzo de 2014

El ejército de terracota: los guerreros de Xi ´an en Madrid


Una vez dejada atrás la tierra de campos, Carrión de los Condes y el monasterio de San Zoilo con la sensación de tristeza que produce ver una auténtica obra de Arte mutilada y perdida para siempre, es buen momento para retornar a casa y dejarse sorprender por algún acontecimiento cultural digno de verse. Para empezar, y antes de que el próximo domingo retornen a su lejano país de origen, se me ocurre uno en particular, cuya contemplación no puede dejar a nadie indiferente, pues no sólo contrasta la antigüedad con la belleza, sino que también, subsistiendo en la sombra junto a ellas, una completa dosis de misterio le añade un inmejorable ambiente a la exposición: el ejército de terracota; los guerreros de Xi'an.
Si bien es cierto, que apenas se trata de una diminuta avanzadilla, su visión, no obstante, resulta más que suficiente, como para conseguir que un estremecimiento le recorra el cuerpo a uno, de la cabeza a los pies. Datados en 210-209 a. de C., forman parte de los ocho mil guerreros de terracota, descubiertos hasta el momento, que fueron enterrados en la inmensa tumba del primer emperador de China: el enigmático Qin Shi Huang Ti. Realizados a tamaño natural, este ejército de barro no sólo llama poderosamente la atención por la perfección que denotan en su ejecución, sino que también plantean numerosas cuestiones, siendo una de ellas, la peculiaridad de que ninguna figura es igual a otra, sino que, por el contrario, da la impresión de que todo el ejército de este poderoso emperador dragón, posó individualmente para un genial artista anónimo.
Considerados como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, sus descubridores y excavadores oficiales, la arqueóloga Xu Weihong y su equipo, recibieron el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Pero si hasta donde se ha llegado en la excavación, apenas una ínfima parte, clama la admiración del público en general, no menos importante resulta la pregunta, ¿qué maravillas no permanecen todavía ocultas en el epicentro de la tumba, es decir, en el mausoleo real?. Y sobre todo, ¿cuál fue el destino e intención de tan formidable y fantasmagórico ejército?. La magia de la antigua China, ofreciendo un espectáculo especialmente recomendado para todos los públicos, donde los más jóvenes pueden también disfrutar de talleres de arqueología y barro durante los fines de semana, aunque, como digo, este que viene sea el último.
No hay camino baldío, si en su recorrido se puede aprender algo, disfrutando a la vez del espectáculo.

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