lunes, 15 de diciembre de 2014

Catedral de Barcelona: el Jardín de la Oca


Piensa el peregrino, que quizás, por un golpe afortunado, ha jugado con paciencia y sabiduría, habiéndole acompañado la Diosa Fortuna en las tiradas de sus dados y al fin, recompensado, ha alcanzado la mágica Casilla 64: aquélla que, sumados sus dígitos, dan como resultado la Unidad. Pero es consciente, abre los ojos, aun entusiasmado por tanta belleza, sólo para descubrir que, aunque en realidad se encuentra frente a un hermoso y posiblemente único jardín de ocas, que hace mucho más atractiva aún, si cabe, la inconmensurable idiosincrasia de la catedral de Barcelona, no es ese Jardín, concepto de Paradisum y destino de buscadores de Sophia, que sueña con alcanzar todo neófito que recorre con abnegación y confianza ese infinito Ouroboros que, después de todo, es el Tablero del Juego de la Oca, el juego simbólico al que se presta todo peregrino.

Dicen que el número de ocas es inmutable en este jardín y que dicho número, trece, representa el número, de heridas sufridas en el martirio por la Patrona de la Ciudad Condal: Santa Eulalia. No la de Mérida, que, curiosamente, tiene una notable importancia cultuística, por ejemplo, en la brumosa Asturias, con especial relevancia, podría decirse, en una zona muy determinada, como es la del sacrosanto Monsacro, sino la de Barcelona; aquélla que, como contrapartida femenina, porta la misma cruz que San Andrés: con forma de equis o aspa. Marca que, además, algunos canteros medievales empleaban para advertir a sus compañeros -que cada uno imagine por qué-, de la existencia de peligros en el lugar.

El peregrino sueña contemplando las ocas y su perfección; animales sorprendentes, cuyas características les hacen de lo más completo, hasta el punto de llegar a dominar tres medios esenciales: la tierra, el agua y el aire. Y viéndolas, aprende también: si el románico ya le enseñó su danza de apareamiento, entrecruzando los cuellos, con los que forman ese inconfundible símbolo representativo del infinito  -como verá todo peregrino que pase, por ejemplo, por la portada principal de la iglesia templaria del Crucifijo, en Puente la Reina-, y ahora sabe, así mismo, cómo duermen: a la pata coja, como los excitantes juegos infantiles de toda la vida, que los niños de hoy en día apenas conocen, obsesionados por la maldición de las consolas y la tecnología.

Como todo Jardín que se precie, también en éste hay una hermosa Fuente, que aun en su sencillez, resume en su constitución parte de la antigua sabiduría aplicada al noble arte de la arquitectura. Es de planta octogonal y de la boca de los caños encajados en los rostros de los seres elementales, representativos de los antiguos cultos, el agua, cristalina, corre a borbotones.

En definitiva: un pequeño rincón paradisíaco, que complementa un claustro, en el que, por poco que nos pongamos a mirar, no dejaremos de sorprendernos con la magia de los antiguos canteros.

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sábado, 13 de diciembre de 2014

Exteriores de la Sagrada Familia


'Gaudí quiso superar el neogótico, pues, como él decía, el espíritu del tiempo es otro. Y acertó en el siempre difícil equilibrio entre tradición y modernidad. Pero la Sagrada Familia atrae porque la síntesis arquitectónica, la "nueva arquitectura" que Gaudí quiere levantar, descansa sobre lo que el espíritu humano busca con afán: la proporción, la armonía, en definitiva, la belleza. La basílica vive del estupor y la admiración que despierta...'(1)

Como un canto que se eleva hacia la misma Gloria, fortalecidas sus raíces con los misterios de la tierra, los exteriores de la Sagrada Familia, como bien afirma Armand Puig, proporcionan esos detalles que el espíritu humano busca con afán: proporción, armonía y belleza. No es de extrañar, por tanto, que a su alrededor, en sus aledaños e incluso en esos autobuses turísticos que la circundan con similar lentitud que el paso de esas mismas tortugas que soportan las columnas de la portada del Nacimiento, grandes multitudes rindan su particular tributo de admiración, a una obra en la que después de todo, el genial visionario, Gaudí, dejó, bien visibles en tan monumental conjunto, los grandes mitos y paradigmas de la Humanidad, afines a todos los seres humanos, sin distinción de raza o de color. Dentro de tal riqueza, no es, sino el Simbolismo, la parte proporcional más colorida con la que Gaudí destapó los arcanos más cálidos de su alma, consignándolos en el holocausto de una divina invocación. La Magia de los Números -donde se ha de incluir el cuadrado mágico, que como el enigmático silogismo de la iglesia prerrománica de Santianes de Pravia, leídos en cualquier posición, suman siempre 33, la supuesta edad de Cristo-; el Laberinto -que no sólo recuerda a una brillante civilización, la minoica y el hogar del enigmático Minotauro, sino también la distribución de los templos subterráneos dedicados a la Gran Diosa, como el Cairn de la Reina Maeve o Mab, en Sligo, o los subterráneos del Castillo de Arianrhold, donde la tradición asevera que permanece cerrada para siempre la Puerta del dios Llyr, el equivalente celta al Jano romano-; la Espiral -ese Ojo en el Cielo, sobre cuyo iris gira en vertiginosa sucesión la chispa de la vida-, conocida por los constructores desde el alba de los tiempos y transportada indolentemente en la concha de los caracoles que se deslizan con pasmosa lentitud por las paredes exteriores de la cripta; la Serpiente, maltratado emblema de Sophia, que cambia de color, verde o dorado, según la intencionalidad del artista, en el Santo Cáliz que suele portar el Evangelista; el Gallo, símbolo solar y parte de la mística gnóstica convertida en la figura del Abraxas, de cuya adoración se acusó también a los templarios; la Salamandra y el Dragón, íntimamente ligados al noble arte de la Alquimia y a los conceptos de renovación e inmortalidad....

La Sagrada Familia: en definitiva, Proporción, Armonía, Belleza y Simbolismo.

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(1) Armand Puig: 'La Sagrada Familia según Gaudí', El Aleph Editores, Barcelona, 1ª edición: mayo de 2011.

lunes, 8 de diciembre de 2014

En el Corazón de la Sagrada Familia


Sublime, como todo aquello que se hace con los parámetros del alma, penetrar en el corazón de la Sagrada Familia, constituye, no cabe duda, un viaje místico de proporciones tan desorbitadas, como la pasión de un hombre, Antonio Gaudí, cuya línea de pensamiento, no era otra que la ejecución de las Leyes de la Naturaleza, y por defecto, la aplicación de la Física de la Divinidad al servicio de ese pequeño pero genuino microverso al que el hombre se aferra con zarpazos de fiera, que es el Mundo del Espíritu. Hay quien sostiene, que Antonio Gaudí era un ferviente cristiano. Un cristiano convencido y ortodoxo al uso, que aparentemente compartía todos y cada uno de los postulados de una Santa Madre Iglesia que, en algunos casos, compartía y financiaba -posiblemente, más capaz en su labor mefistofélica de conseguir mecenazgos ajenos, que abrir sus propias arcas- unas obras que, a pesar de la incomprensión de la época, ya medraban para ser consideradas como Maestras en un futuro que, paradójicamente, reconoce su genialidad, pero olvida el respeto que siempre mostró hacia el entorno. Un respeto, que le llevaba, en todos los casos, a solidarizarse con él, de manera que la acción humana se adecuara siempre antes de destruir. Por eso, y aunque me lluevan críticas o me tachen simplemente de hereje -digo como en el hospital de Roncesvalles, donde tanto cristianos como paganos tienen cabida-, no puedo por menos que dejarme llevar por la sensación que tuve en el interior de este inmenso corazón vital de la fe: la de haber penetrado en el mayor templo artificial que haya visto en mi vida; un templo que imita, en grandiosidad y perfección el mejor de los templos que el hombre, en su genética ceguera, no termina nunca de reconocer: el de la Naturaleza. Frente a ello, sólo me puedo hacer una pregunta vital: ¿cuál era, en definitiva, la verdadera devoción del Maestro Gaudí?.  

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jueves, 4 de diciembre de 2014

Cripta de la Sagrada Familia: visitando la tumba del Maestro


'El viejo había trabajado toda la vida con una sola idea. Y la idea estaba a punto de cumplirse. Había trazado el mapa, desplegado su proyecto durante años, conocía el emplazamiento correcto, los puntos, las coordenadas, las estructuras, la combinación de símbolos exactos, el lenguaje de los arcanos...' (1)

Camino de la Ciudad Condal, el peregrino mira distraído por la ventana del vagón de un tren, el AVE, que hace honor a su nombre. Al fondo del vagón, en caracteres digitales y rojos -como el color que tienen generalmente los números de su cuenta corriente-, los números de un cartel informativo, hacen que se le erice el bello de los brazos de la raíz a las puntas: 300 kilómetros por hora. Mira su reloj: apenas son las ocho de la mañana y el sol, sin duda tan somnoliento como él, comienza a desperezarse con la boca abierta de un titán. Hace unos minutos -o así se lo parecen- que dejaron atrás Guadalajara y a esa vertiginosa velocidad de crucero, están a punto de atravesar también la provincia de Soria, acercándose a Calatayud, representativa urbe aragonesa que cuelga como un collar de perlas majóricas alrededor de los restos de su castillo y del santuario dedicado a la figura de una Virgen Negra, la de la Peña, como así ocurre también -recuerda el peregrino-, en la segoviana Sepúlveda y en la alcarreña Brihuega, lugares donde, curiosamente, no faltó en tiempos la presencia de la Orden del Temple. Pronto, quizás demasiado para su gusto -piensa a continuación-, el Castillo de Ayub, los campos de frutas de la Almunia de Doña Godina y las vastas, infinitas inmediaciones de Ejea de los Caballeros, llave a las Cinco Villas, parecen sombras que se prolongan interminablemente en dirección a las ancas antediluvianas de ese mítico dios dormido que es el Moncayo, convertidas en pasado, al paso del tren, como esa lluvia caída y recogida en el cuenco plateado de la portentosa memoria del inefable maestro del tango poético, que fue Jorge Luis Borges. Igual que lluvia pasada resultan, además, las visiones inconstantes de una urbanita Zaragoza, de milagrosos pilares marianos desgastados siglo a siglo por los besos de los peregrinos y exquisitas dulzuras mozárabes; de una provinciana Lleida, adormilada a la vera de la magia de San Juan de la Peña y presa del embrujo de sus crismones jacetanos; y un suspiro más allá, el Camp de Tarragona, que posiblemente rebose paquetes turísticos a raudales, en esas mismas playas donde antaño embarcaban y desembarcaban las águilas de Roma.

El nerviosismo del peregrino aumenta a medida que el tren avanza, inexorable, hacia esa cita con el destina en la que se ha convertido ésta, su nueva peregrinación. Lejos, pues, al común de los usos, resulta un viaje interior que, no obstante, se desarrolla lejos de todas las rutas y los caminos tradicionales que desembocan en esa otra Roma hispánica -figurativamente hablando- que en el fondo es la ciudad de Compostela. Y curiosamente, el peregrino es consciente de que en esta breve, pero espera que intensa etapa de su nuevo viaje, el acercamiento al otro cabo más septentrional de la Península -el de Creus- le depare afortunadas sorpresas y provechosos descubrimientos. La Ciudad Condal -respira aliviado cuando tren detiene su marcha en la estación de Barcelona Sants- resulta para él, comparativamente hablando, ese nuevo Jardín de la Oca que pretende conquistar. Y es en su centro -mágico, magnético, maravilloso- donde espera -o desespera o desea o anhela o sueña, incauto aprendiz de Calderón- encontrarse, antes que nada, con la huella imprescindible, indeleble y sublime de un auténtico Maestro de Maestros, al que venera con absoluto respeto y devoción: Don Antonio Gaudí y Cornet.

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Haciendo camino al andar, y siempre, siempre ligero de equipaje pero dejando huellas sobre la mar, el peregrino -aun sin ser discípulo de Castaneda, ni recurrir a los auxilios de un brujo yaqui o al dios dormido en el corazón del peyote-, el peregrino se deja llevar voluntariamente por la ensoñación. Piensa -mientras asciende a los pisos superiores por las lentas escaleras mecánicas abarrotadas de viajeros-, que después de todo, una estación es, en realidad, lo más parecido al Limbo -se santigua, pensando en Dante- que se pueda imaginar, donde decenas, cientos, miles de almas buscan desesperadamente un destino que alcanzar. Una especie de partir para regresar, donde confluyen y se mezclan las aguas tumultuosas de los ríos de la vida, formadas por esas insignificantes y microscópicas gotas de agua que son los seres humanos. Los amigos que esperan; los brazos que se tienden; el abrazo fraternal que te hace sentir como un pequeño dios. Grandes pequeñas cosas, en definitiva, que el peregrino agradece, valora y acto seguido deposita con melancólica ternura en la frágil cajita de cartón donde colecciona retazos de felicidad y barquitos de papel.

Chispa de la novedad, o más sencillamente rebrote de rebeldía luciferina por el que quizás siente con mayor intensidad que nunca los zarpazos de oculto catarismo desgarrar fatigosamente la costra con la que de niño intentaron rebozar su alma en los estrictos lodos de la ortodoxia, el peregrino aspira a pleno pulmón los aromas progresistas y refinados de una Barcelona que vive de espaldas al mar, pero siempre mirando a la cara a los Pirineos. Piensa, completamente convencido, que la Sagrada Familia -sus ojos no pueden y a la vez no quieren evitar dejarse llevar por la magia de su universal canto de sirena-, es algo más que otro templo; incluso, apurando lo inapurable -añadiría- mucho más aún que esa supuesta Catedral de los Pobres, como el Maestro quiso definir desde el principio su grandioso Proyecto. En realidad, supera con creces sus expectativas: esas que, soñadas desde la perspectiva de imágenes ajenas, le hicieron pensar en términos de maravilla al peregrino. Estar tan cerca, poder verla con sus propios ojos, tocarla con sus manos y sentir sus envolventes vibraciones atravesar su piel como la punta de una saeta, le hace pensar en ella como en un sublime canto a la Naturaleza; un canto especial, cuyas notas, hechas a base de esa carne indestructible de la tierra, que es la piedra, danzan en su imaginación siguiendo el enigmático compás de una sinfonía fantástica. Una melodía compuesta por unidades de medida, tercetos de mesura, cuartetos de armonía, quintetos de proporción y octavas de equilibrio.

Por fin, frente a la tumba del Maestro, el peregrino siente un breve, pero intenso estremecimiento, sin duda provocado por la emoción. Hace unos minutos, mientras la buscaba sorteando el gentío, ha visto, allá, en las capillas adyacentes, los rostros impertérritos, de mirada cruel y condenados a la inmovilidad eterna, de aquéllos siniestros hombres-ménsula que -ficción a la ficción, aunque a veces la realidad supera a la ficción- en una novela leída hace años -la ya citada Clave Gaudí, de Martín y Carranza-  pretendían desbaratar su labor, arrebatarle el Secreto, negar la Belleza al mundo. Este último concepto, el de Belleza, trae a la memoria del peregrino las ideas del Maestro en cuanto a lo incompleto de un estilo, el gótico, cuyos edificios, en su opinión, sólo adquirían belleza cuando estaban en ruinas y eran poseídos por la naturaleza. Mira la tumba, inmaculada, custodiada desde lo alto por una imagen moderna de Nuestra Señora -no obstante el detalle de la curiosa cruz monxoi que se aprecia en la basa-, con una rosa y algunos cirios peremnemente encendidos, y siente que no le cuadra con el espíritu humilde del Maestro. Piensa, entonces, que éste hubiera agradecido una tumba desmochada, cubierta de hiedra y caracoles -como los que se deslizan por las paredes exteriores- y una imagen románica o gótica de esa Magna Mater, negra, hierática y severa, pero justa, a la que, en su opinión de soñador, está convencido de que dedicó un templo que, un siglo después de su azarosa muerte, sigue en perpetuo crecimiento. Aún así, su emoción no varía ni un ápice. A pesar de verse arrastrado por la marea humana que también pretende ofrecer su homenaje particular al Maestro, el peregrino abandona la cripta totalmente obnubilado, pensando que, después de todo, una Gran Aventura está a punto de comenzar.

ANTONIUS GAUDI CORNET
Reusensis Annus Natus LXXIV Vitae Exemplaris Vir
Eximiusque Artifex Mirabilis Operis Huius Templi Auctor
Pie Oblii Barcinone Die X Junii Anni MCMXXVI
Hinc Cineres Tanti Hominis Resurrectionem Mortuorum Expectant


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(1) Esteban Martín y Andreu Carranza: 'La clave Gaudí', Editorial Plaza & Janés, S.A., 1ª edición, abril de 2007.

martes, 25 de noviembre de 2014

Astorga: la cripta del Museo de los Caminos


Cripta es sinónimo de misterio, de agua pasada estancada en las palas de los molinos de la Historia, de ecos que resuenan huecos en matrices de peremne oscuridad. Tal vez por eso, cuando se tiene la oportunidad de acceder a una, el subconsciente, dudoso traficante de endorfinas y siempre terriblemente inquieto cuando no suspicaz, se prepara para afrontar aventuras con una cierta disposición a la incertidumbre. Como puerta simbólica hacia ese temido más allá -al vez a ello, ayude el adoctrinamiento de las viejas películas góticas- el ambiente en una cripta suele liberar, cuando menos en la imaginación, esencias fantasmales, presencias inadvertidas que se diluyen como polvo entre las sombras. La asociación entre el mundo de la materia y el mundo del espíritu, puede ser perfecta pero a la vez, inquieta. Panteón de recuerdos, también esta cripta del Palacio de Gaudí, actual Museo de los Caminos, vela, ajena al tiempo y a las leyes del espacio, salvaguardan con fidelidad infinidad de secretos. Es, por añadidura, receptora de viejas glorias, que atesora, si bien breves, algunos retazos del viejo mundo medieval. Un mundo y unos retazos que, en cuanto a sepulcros se refiere, nada tiene que envidiar a las magníficas glorias de la escuela palentina, cuyos talleres hicieron época en la gloriosa Carrión de tiempos ha. Antiguamente, se decía, parafraseando al mitológico semi-dios Hermes Trismegisto, que como es arriba así es abajo y hay quien sostiene la teoría de que los principales monumentos de la Antigüedad -entre ellos, las pirámides de Egipto e incluso el mismísimo Templo de Salomón- tenían esa ambivalencia subterránea. Quién sabe, entonces, si así fuera, los secretos que puedan ocultarse bajo unas losas que sostienen unos hercúleos sepulcros y que apenas besa ese tibio rayo de sol que se cuela a mediodía a través de los estrechos ventanales, coincidiendo en su centro geométrico. Un centro, donde sobresale el magnífico sepulcro de un caballero, quizás uno de esos fieles demandantes del Santo Grial que recorrieron en su momento, incansables, las rutas sagradas peninsulares, buscando su mágico Monsalvat.

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Pero no simplemente en ese triste derroche creado para tributo del incorruptible Caronte que en definitiva es el Ángel Negro, se pueden encontrar singularidades de vana ilusión, postrer homenaje a la opulencia del poderoso finado, en escenas bien reconocidas de las viejas escuelas románicas, donde los modelos a seguir parecían ser, generalmente, los viejos mitos de la Adoración de los Magos, la figura celestial y superior del Cristo en Maiestas imbuido de Gloria en el interior de esa misma mandorla con la que los pintores góticos le representaban siendo apenas un recién nacido, o expresivas representaciones de caza, con todo lujo de detalles, en las que subyace un simbolismo sagrado que probablemente se remonte a esas primeras edades del hombre, cuando a través del espíritu de la víctima inmolada, el cazador se acercaba también a Dios. Escenas éstas que, curiosa y singularmente, parecen calcadas de las que se pueden encontrar, yendo, aproximadamente doscientos kilómetros más adelante, en la iglesia de San Francisco de Betanzos, bien representadas como secuencias en la parte superior de los laterales de la iglesia o, algo más cercanas al suelo, en el magnífico sepulcro de Fernán Pérez de Andrade, O Boo. La que aquí se custodia, según reza un pequeño cartel, formaba parte de un fragmento de retablo procedente de la iglesia de San Martín de Tours, en Molezuelas de Carballeda, provincia de Zamora. O lo que es lo mismo: procede de esa Ruta hermana, caminera y bastante concurrida, que es la llamada Vía de la Plata. Más cercanas, pero no menos singulares, serían la pila bautismal, así como algunos canecillos e interesantes capiteles, que en su día lucieron orgullosos en la iglesia o monasterio de San Juan de Montealegre, en la población leonesa de San Martín de Montes y cuya visión, además de producir una profunda tristeza en el vidente -entiéndase, simple y llanamente, en su acepción de ver, no de ver más acá y más allá-, hace que también se haga una idea, siquiera fragmentaria, de a dónde a ido a parar ese magnífico románico que un día, como la lluvia según Borges, aconteció en el pasado del Reino de León. 

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lunes, 24 de noviembre de 2014

Astorga: el Arte del Museo de los Caminos


El peregrino está impresionado por la magnificencia del edificio en el que se encuentra, así como por las destacadas piezas que alberga. Parado frente a la imagen de un Cristo, sacrificado –o convertido en voluntario cordero de Dios, comparativamente hablando- una vez aceptado el Cáliz Amargo ofrecido por el ángel en el Huerto de los Olivos. Es una talla anónima, del siglo XIII –una, no obstante, de las varias que hay-, aunque al parecer, procedente de Lagunas de Somoza. La cruz, de las denominadas de gajos, con probable forma de Tau, sobre la que permanece crucificado, así como la factura y algunos otros detalles -como el rostro, la sangre desparramándose por el antebrazo en forma de ramas o alegóricos árboles de la vida, el plexo solar remarcado en forma de cruz, la posición de los pies e incluso el fajín, independientemente del color- le resultan interesantemente familiares. Ha visto numerosos Cristos similares y recuerda, no sin interés, que detrás de algunos de ellos, se extiende la leyenda, cuando no una persistente tradición, de que fueron  o pertenecieron a los templarios. No sabe nada de éste, es cierto, pero sí sabe, no obstante, que aquéllos mantuvieron una estrecha relación con el Reino de León y no puede evitar preguntarse cuántas, de todas estas maravillas que le rodean –incluida una excelente colección de cruces procesionales-, y que de alguna manera se podría decir que completan una segunda y monumental colección de Arte Sacro en este impresionante Palacio de Gaudí, no provendrían de sus fortalezas, iglesias, granjas y demás posesiones. No muy lejos de él, en una pequeña sala, que alberga, sin embargo, otro gran tesoro mariano complementario del que se custodia en la cercana catedral, la visión de algunas imágenes no puede, si no, inducir en su mente el espíritu cabalístico de la suposición. Sobre todo, cuando una de ellas en particular, anónima, por supuesto, del siglo XIII también y procedente de Villameca, le atrae con un particular magnetismo en vista de su diseño y de su curiosa advocación: Virgen de las Nieves.

Observa, además, el peregrino, que se trata de una imagen curiosa; una imagen que, a pesar de ser, probablemente, de los siglos XII o XIII, no sólo ha perdido el sedentarismo o el trono isíaco típico de este tipo de imágenes marianas por antonomasia que entraron en Occidente a través de la puerta bizantina, sino que, además, tiene un detalle muy notable que, unido a su curiosa advocación, sugiere relevantes aunque hipotéticas interpretaciones: es completamente ajena a la figura del Niño. Sus manos están entrelazadas formando un hueco circular, que sugiere, no obstante, que la imagen puede estar incompleta y que en ese hueco pudo haber tenido un objeto muy singular, característica de la figura de la Gran Diosa Madre, como es la bola. Así mismo, considera el peregrino, que de las Nieves, es una advocación que le recuerda no sólo a la figura de la Gran Madre u otras deidades locales derivadas de ella, sino también, ciertas ermitas aisladas y solitarias que se localizan en puntos muy determinados y tradicionales, no ajenas a la cercanía de robledales cuyas ramas alojan ese parásito sagrado que los antiguos druidas cortaban con hoces de oro para hacer sus fantásticas pócimas, las cuales inducían, entre otros efectos, también visiones divinas, sustituyendo la ingestión de ciertas setas, como la amanita muscaria, precisamente conocida como el alimento de los dioses: el muérdago. Al menos, recuerda con particular nostalgia, uno de tales lugares, que se localizaría en la Sierra de la Demanda burgalesa, en un pueblo llamado Barbadillo del Pez, próximo a otro Barbadillo más relevante, el del Mercado, donde todavía se recuerda la figura de Doña Lambra, famosa en su papel de madrastra y ejecutora del triste destino de los legendarios Siete Infantes de Lara. Y recuerda, así mismo, atando cabos, que uno de sus descendientes, otro Lara, de nombre Ginés -¿djinn, jina?- fue el último templario del monasterio soriano de San Polo, si hemos de creer -y el peregrino, no ve por qué no- lo que cuenta el gran teósofo español, Mario Roso de Luna.


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Tal vez tratadas con más decoro que en la catedral, si bien el resto de imágenes marianas son anónimas, salvo alguna excepción, no deja de ser un consuelo, en opinión del peregrino, que en casi todas se haya conservado, cuando menos, la procedencia, detalle por el que en su mente se desarrolla la idea de imitar el catálogo que Ambrosio de Morales realizó por encargo del rey Felipe II, quien, como se sabe, hizo del Escorial el mayor relicario del mundo, tal vez, como así afirman algunas fuentes, para contrarrestar los efectos de ese supuesto pozo o boca del infierno, sobre el que se encuentra ubicado.
Moderna, aunque no obstante hermosa -negra o no, hijas de Jerusalén- en su faceta de madre y reina, el peregrino contempla, así mismo, la impresionante talla realizada por Enrique Marín e Higuero, que responde, como no podía ser de otra manera, al popular nombre de Virgen de la Sede. Y nunca mejor dicho, puesto que se trata de una lograda Sede Sapientiae, que observa al visitante con ese conmiserativo hieratismo propio, como pensaba al principio, de las reinas-madres de otro mundo.
Completan la colección, algunas tablas de pintura gótica, entre las que destaca, anónima y del siglo XV, la vida y muerte de San Martín de Tours, el de la capa, como suelen conocerle en algunos pueblos.

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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Astorga: el Palacio Episcopal o Palacio de Gaudí o Museo de los Caminos


Piensa el peregrino, mientras se aleja despacio de la catedral y sus tesoros artísticos, en esos hombres, extraordinarios, sensibles, superdotados intelectualmente y definitivamente visionarios también que, por alguna curiosa razón que se le escapa, suelen nacer antes de tiempo y sufren, en mayor o en menor medida pero sufren al fin y al cabo, la incomprensión de una sociedad que todavía dista mucho de tener la suficiente madurez para comprenderles y aceptar la genialidad de sus obras, de sus ideas y de su particular visión del mundo. Y mientras piensa, siente que esas oscuras golondrinas que revolotean ocasionalmente por sus pensamientos, ponen en sus labios un nombre y un apellido, por los que siente una especial devoción: Antoni Gaudí. Si una de las figuras más asombrosas del Renacimiento italiano fue Leonardo Da Vinci, Antonio Gaudí fue -al peregrino no le cabe duda alguna-, el máximo exponente de una renacimiento espirito-intelectual, que despertando en esa Barcelona progresista de finales del siglo XIX y principios del XX -la Reinaixença-, devolvió la luz a un país que todavía se debatía entre las eternas sombras del barroco, herederas pertinaces de las inquisitoriales umbrías del felipismo escurialense. Era la época en la que el Santo Grial se había transformado en revolución industrial y Gaudí, a su vez, en ese Parsifal, que afortunadamente sí se hacía preguntas, hasta el punto de sentirse capaz de sanar la herida del Progreso -en su vertiente de copa amarga o sacrificio, pues no olvidemos que todo tiene su precio- estaba comenzando a levantar en ese peyorativo rey Anfortas, que no era, si no, la propia Naturaleza.
 
Dicen -piensa a continuación el peregrino, aunque ignora realmente si son buenas o malas las lenguas que así lo llevan, lo traen, me dicen, te digo y os cuento-, que en la inconmensurable joya arquitectónica que tiene enfrente, se inspiró otro genio moderno del dibujo, de nombre Walt Disney, para crear el castillo de su Bella Durmiente; una Bella -reflexiona el peregrino-, que no parece, sino una alegoría a ese lado femenino y aparentemente dormido -o silenciado por la berreá del macho-, que ya inspirados poetas, como Goethe, lo definían como el eterno femenino que conduce al cielo. Hacia el cielo, como brazos hambrientos de gloria, se extienden las torres de este edificio, encargado por Joan Baptista Grau i Valles, sacerdote y amigo -natural también de Reus, como el Maestro-, hacia 1886, cuando fue nombrado obispo de Astorga, como siglos antes lo fuera aquél otro y precursor Toribio, elevado a la máxima santidad y depositario en el monte Monsacro asturiano de una arca repleta de reliquias que previamente había traído de Jerusalén y que hoy reposan en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo. Cuenta la historia, que no la leyenda, que en aquellos momentos Gaudí se encontraba prácticamente absorbido en los proyectos relativos al Palacio Güell -donde algo decididamente templario debió de despertarse en su alma, pues incluso diseñó un templo de planta octogonal, incluida rotonda exterior, muy parecido al que los templarios tuvieron como Casa Madre en la Ciudad Santa, que se demolió a principios del siglo XX- y por supuesto, en su obra cumbre: la Sagrada Familia. Tal vez la muerte repentina de su amigo y protector, el obispo Grau, en 1893, supusiera que la Academia de Bellas Artes de San Fernando -órgano de control de edificios públicos y artísticos-, se mostrara incisivamente contraria a muchas soluciones de carácter neogóticos y típicas gaudinianas -como dirían algunos expertos, años después-, consiguiendo que Gaudí abandonara un proyecto que fue completado, entre 1907 y 1914, por el arquitecto Ricardo García Garreta, aunque, según se comenta, con modificaciones radicales, referidas, sobre todo, a su parte superior.
 
No obstante esas alteraciones del proyecto original, el peregrino piensa que hay suficiente esencia de Gaudí, como para no sentirse inmediatamente cautivado por su críptica belleza y la magia de esa geometría sagrada, cuyos símbolos fundamentales estuvieron presentes en todas y cada una de las obras que tan humilde pero Gran Maestro, realizó a lo largo de su vida. Y también, junto a la magia de ese mundo encantado de formas, medidas y dimensiones, el peregrino no deja de maravillarse de las obras artísticas que alberga -no en vano, por algo fue declarado también Museo de los Caminos-, y observándolas con atención, por unos minutos piensa estar en el Nirvana del aprendiz. Pero eso, claro está, forma parte de otra historia, cuyo recuerdo, procurará contar en breve.
 
Cae la noche cuando se dirige hacia el hotel, Avenida de Ponferrada adelante. En su mente, sin embargo, surge una pregunta: ¿qué hubiera pasado, de haberse colocado en lo más alto, la imagen de un ángel, como pretendía Gaudí, de cinco metros de altura?. ¿Y cómo sería ese ángel, sin alas, como los que custodian la Sagrada Familia?. ¡Qué rival para el espíritu maragato que vigila la ciudad desde la cúpula más alta de la catedral!.

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