domingo, 10 de mayo de 2015

Olmedo


'Tengo el morir por mejor,
Tello, que vivir sin ver...' (1)

Perverso dilema éste, con el que don Lope de Vega y Carpio, audaz en su papel de dramaturgo de ángeles y demonios, nos tienta en labios de un enamorado don Alonso, caballero de antiguas caballerías y de apellido inmortalizado en una ciudad, Olmedo, cuya conciencia histórica se debate entre un alma castellana y un corazón mudéjar. Un corazón antiguo, que late, fluye y bombea dardos apasionados entre las sombras chinescas que al anochecer se abaten como alas de murciélago en esa parte de palacio que da a la calle Abrazamozas -¿recuerdo, quizás, de antiguas citas; de espinas de rosa, de capa y acero templado en las fraguas de los filtros de amor?- que desemboca en ese preciso lugar donde la perfección del octógono protege el santuario de una Astarté olmedina: la Soterraña. Junto a ella, San Miguel, intra y extra murallas que, a falta de soldadesca, olvidadas las antiguas glorias de Tarik, cautivo, desarmado y deshecho el ejército godo, estandartes blanquinegros vuelven a asentarse en sus torres desmochadas. Son las emisarias de la Diosa, aquéllas que llevando sus beauceant -perdón, sus colores-, como bien sabe ese sabio conservador de mitos que es el pueblo, verás por San Blas. Haylas, como las meigas celtiñas, también en Santa María la Mayor, enfrente de la Casa Consistorial -antiguo convento mercedario, curiosa orden de origen catalán, creada en el siglo XII con el fin de liberar cristianos prisioneros, que luce los colores condales en su escudo y una pequeña cruz paté, ¡toma ya!, y con cuya presencia este peregrino lleva varios encontronazos en su camino, el último en el monasterio pontevedrés de San Juan de Poyo- y del antiguo hospital de San Nicolás. Vénse también en San Andrés, gloria mudéjar cuya nave tiembla al aire libre mirando, quizás las mismas estrellas que sigue el peregrino y en su ábside el glú-glú de las palomas resuena como los antiguos misereres de los monjes; y en San Juan, con su cimborrio octogonal que, aunque en activo, su sagrada constitución conoció tiempos mejores. Los silenciosos soportales, cuyas vigas cristobalinas soportan la cristófora Casa de la Villa. Y algo más allá, en su gótico amaneramiento, la Casa del Reloj y el Real Posito, actualmente reconvertido en Biblioteca Municipal. Es noche cerrada cuando el peregrino recala en Las Mesnadillas, la vieja posada que se remonta al Siglo de Oro. Marcial, el posadero, ha echado un buen leño en la chimenea y al arrullo del grato calor, el cansancio del peregrino se vuelve de color magenta, como el último trago de vino. Antes de dormirse, y mirando ese rayo de luna que se cuela por un resquicio de las cortinas de la ventana, el peregrino sólo logra murmurar: ¡Ay, don Alonso: que la poesía, el misterio y el camino -que no la mediocridad- sean por muchos años armas cargadas de futuro.

video

(1) Lope de Vega: El caballero de Olmedo.

martes, 5 de mayo de 2015

Olmedo: Parque Temático del Mudéjar de Castilla y León


Barcelona y su magia quedan atrás. Pero en la mente inquieta del peregrino resuenan, como un eco profundo y lejano, las misteriosas palabras de un filósofo francés, Paul Elouard, quien dejó escrita para la posteridad aquélla famosa frase de: hay otros mundos, pero están en éste. Uno de esos mundos, como bien saben los peregrinos y viajeros que se desplazan infatigables por los interminables llanos castellanos -o inclusive, aquéllos otros que lo hacen por tierras del antiguo Sobrarbe, término con el que se denominaba en la Edad Media al antiguo Reino de Aragón-, es una parte muy particular de un estilo artístico afín al Camino, el románico, que contando con alarifes de origen árabe como mano de obra principal, no sólo dejó una imborrable huella cultural de índole hispano-musulmana, sino que también, en el terreno económico, abarató los costes, llegando a sustituir la piedra -no siempre las canteras estaban en las proximidades, con la consiguiente dificultad y encarecimiento de su transporte- con elementos más livianos y fáciles de conseguir, como es el ladrillo. Más austeros y menos prolíficos en cuanto a ornamentación, es cierto -recordemos, no obstante al respecto, que los musulmanes tenían estrictamente prohibido la reproducción de imágenes- pero más livianos, no menos complejo en cuanto a geometría sacra aplicada y en cierto modo, armónicos y elegantes en su conjunto, los templos de constitución mudéjar siempre se han visto relegados a un inmerecido segundo plano. Tal vez por ello, así como por el planteamiento, honesto de cualquier manera, de explotar los aspectos culturales e históricos de unos templos, que después de todo, constituyen una excelente herencia patrimonial, Olmedo -la Villa de los Siete Sietes (1)-, acoge, seguramente para acrecentar aun más la fama de ciudad ejemplo del glorioso Siglo de Oro español, conocida mundialmente gracias a la prolífica pluma de uno de sus más insignes escritores, don Lope de Vega y Carpio, un pequeño tesoro de esparcimiento lúdico-cultural que, reproduciendo con una asombrosa perfección parte de los principales templos (2), castillos (3) e incluso algún edificio civil (4) de esa herencia mudéjar castellana, constituye una pequeña delicia para los sentidos: el Parque Temático del Mudéjar de Castilla y León.

video

(1) Se la denominaba así durante la Edad Media, porque poseía siete pueblos en su alfoz, siete arcos de entrada, siete iglesias, siete conventos, siete caños o fuentes y siete casas nobles.
(2) San Salvador de Toro (que fue del Temple), San Pedro de Alcazarén, la Asunción de Muriel de Zapardiel, San Tirso de Sahagún, San Andrés y San Miguel de Olmedo, San Juan Bautista de Fresno el Viejo, San Boal de Pozalvez y la Lugareja de Arévalo.
(3) Los de Coca y la Mota.
(4) Las puertas de Medina y Cantalapiedra (Madrigal de las Altas Torres, Ávila), el Palacio de Pedro I (Astudillo, Palencia) y el Arco de San Basilio (Cuéllar, Segovia).

miércoles, 29 de abril de 2015

Mágica Fuente de Gracia


La Fuente de Gracia o la Fuente Mágica de Montjuic. ¿Qué importa el Nombre?. Sólo importa la visión. Sólo importa el recuerdo. Sólo hay que dejarse llevar. Dejar que fluya el sentimiento a través del dulce vals que bailan al unísono el Yin y el Yang, el Agua y el Color. Querer seguir en el mundo, pero con el tiempo detenido: un segundo, una eternidad, un suspiro pero nunca un adiós. O mejor aún, tal y como dijera Unamuno en sus versos, pensar que el Ayer es Todavía y es Hoy y también es Mañana: Nocturno el río de las horas fluye desde su manantial que es el mañana eterno... Sobran las palabras. Yo sólo sé que Barcelona era una Fiesta.

video

lunes, 27 de abril de 2015

Tibidabo: el Sagrado Corazón


Hay algo de occitana resonancia en ese sonoro nombre, Puig de l'Áliga o Cerro del Águila, con el que antiguamente se denominaba al pico más alto de esa sierra de Collserola, cuyo nombre actual, Tibidabo, recuerda -o así lo creen muchos-, a aquél otro lugar de Tierra Santa donde el Diablo -posiblemente el mismo fatigado y melancólico con largas horas taciturnas que describía Apollinaire, y que posiblemente inspirara también el Mefistófeles de Goethe-, fracasó en sus pretensiones de tentar a Cristo. Desde luego la comparación, lejos de ser gratuita, le viene al pelo a un lugar que, como aquél sacromonte tentationis, despliega una inconmensurable visión a sus pies. Tal vez por eso, para alejar espíritus perversos, o quizás, para no permitir que los dioses volátiles de los antiguos cultos volvieran a campear por sus respetos amenazando a la católica, apostólica y romana doña Cuaresma, se decidió levantar en su cima, a principios del siglo XX, otro templo de filiación modernista -su padre fue Enric Sagnier i Villavecchia-, que a menor escala, pero sin duda influido por los cercanos bocetos del no en vano calificado como arquitecto de Dios, Antoni Gaudí, y posiblemente mirando de reojo al corazón de las angustias de la parisina Montmartre, pretendía incidir también, en la remisión del hombre a través de otro Templo Expiatorio: el del Sagrado Corazón. Un templo expiatorio que, al igual que el templo expiatorio por antonomasia, la Sagrada Familia -posiblemente, en cuanto a visitas anuales y admiración, incluso más popular aún si cabe que el del Apóstol- vuelve a recordarnos, con todo lujo de símbolos -el que tenga ojos, que observe la portada principal- una gran verdad que ya conocían los constructores a lo largo de la Historia: de la caverna a la catedral. Y como en tantos otros elevados sobre lugares jupiterinos, una cuando menos significativa presencia: la Virgen Negra. Claro que, en éste caso, no podía ser otra más que la Reina de Catalunya: Nª Sª de Montserrat.

video

lunes, 20 de abril de 2015

La Casa del Cuatre Cats y el Ángel del Progeso


La visita del peregrino a la Ciudad Condal va tocando a su fin. No obstante, como si de un viaje iniciático se tratara -a fin de cuentas, qué viaje no lo es-, es consciente de que hay lugares muy especiales sobre los que centrar la atención, que al igual que los diferentes santuarios del Camino -o mejor dicho, de los Caminos-, merecen, cuando menos, una mínima atención. Dos de tales lugares, complementarios, en realidad, de los anteriores, por cuanto focos, también, de sabiduría, en cuanto a su genuino y sorprendente simbolismo, son la notable Casa dels Cuatre Cats y la no menos emblemática estatua de la Fuente del Genió Catalán, también conocida como el Ángel del Progreso.

La Casa dels Cuatre Cats

No deja de ser, curiosamente interesante, que tanto un establecimiento hostelero como el edificio que lo alberga, se ubiquen en una calle cuyo nombre, Montsió -Monte Sión-, contenga una carga tan importante de referencias simbólicas, algunas de ellas, relacionadas con un auténtico y legendario objeto de poder que, aunque supuestamente perdida durante los oscuros años de la invasión musulmana, se supone todavía convenientemente oculta en algún lugar de la Península Ibérica: la famosa Mesa o Tabla de Salomón. De manera, que en ente venerable, urbanita y condal Monte Sión, comparativamente hablando, vio la luz, en 1896, parido con la gracia del romanticismo y de la imaginación, un edificio de claro aspecto neogótico, tan relacionado con ese nuevo movimiento modernista o Reinaixeça que, sin embargo, se caracterizaba en parte porque miraba hacia la belleza del pasado con ojos de futuro. Contemporáneo del Maestro Gaudí, el Maestro Cadafalch -padre prolífico que también lo fue de la magnífica Casa Ametller-, pronto sus bajos habrían de hacerse notoriamente famosos cuando un año después, el 12 de junio de 1897, uno de sus primeros padrinos -Pere Romeu i Borrás-, abrió para el público de la época un establecimiento hostelero que, basándose en el glamuroso Le Chat Noir o El Gato Negro parisino, recogía lo mejor de la tradición francesa en cuanto a locales ambientalmente bohemios que recogían, en conjunto, la magia de la cervecería, el restaurante y el cabaret. No es de extrañar, pues, que durante los seis años que se mantuvo abierto, supusiera una auténtica referencia para la flor y nata de los intelectuales del referido modernismo catalán. Hoy en día, aunque con notables diferencias, el Cuatre Cats continúa desarrollando su labor de restauración.

video

La Fuente del Genio Catalán o el Ángel del Progreso

Similar, en cuanto a ese aire de arcana cuando no melancólica bohemia, la Fuente del Genio Catalán, más conocida, posiblemente y en base a la figura que la corona, como el Ángel del Progreso, muestra otro de esos inesperados fascícula sapientiae de simbología, que en ocasiones suelen pasar desapercibidos, confundidos con el espejismo monumental del conjunto. Tal vez no sea casual, tampoco, que en éste, su emplazamiento en la Plaza del Palau, el esbelto, luciférico o quizás mejor, prometeico ángel que sujeta una estrella de cinco puntas sobre su cabeza a modo de real corona -similar a aquél otro, mucho más melancólico, desde luego, que custodia doliente una vieja tumba agraciada con el orín de los años, situada en el cementerio anexo a la iglesia soriano capitalina de la Virgen del Espino, no lejos de donde reposan los restos mortales de Leonor, la primera esposa del insigne poeta Don Antonio Machado-, mire con nostálgico deseo hacia el cercano obelisco en cuya cima Colón, el Gran y cada día más desconocido Almirante, señala con su dedo el puerto de Barcelona y esa aguerrida mar océana, cuya travesía mató a las fantásticas criaturas que poblaban la imaginación medieval -otro mar de sentimientos y temores, al fin y al cabo-, dejando completamente obsoleto el supersticioso non plus ultra de los pendones marineros. No es de extrañar, hablando de referencias, pendones y blasones que en el frente del pedestal, camuflado entre las vigilantes cabezas de león de cuyas bocas sale un chorro de agua representativo -según dicen- de los cuatro ríos más significativos de Catalunya -como los del Paraíso: el Ebro, el Segre, el Llobregat y el Ter-, el antiguo lema de la rancia y milenaria familia asturiana de los Kauros, Coiros o Quirós -después de Dios la casa de Quirós-, sorprenda al observador, pues no en vano, la fuente está dedicada a la memoria del que fuera Gobernador General: Francisco Bernaldo de Quirós, marqués de Campo Sagrado, promotor de la traída a la ciudad de las aguas procedentes de la Sierra Moncada. Curiosamente, a los pies del ángel, se observa un ancla. Y unidas a ella, unas cadenas cuyas argollas están cerradas sobre los picos de las alas, quizás sugiriendo que genio -catalán o no- y progreso, como el vino, deberían tomarse o ejecutarse con prudencial moderación. Después de muchos avatares y desperfectos -incluidos los de la Guerra Civil-, el monumento fue restaurado por Frederic Marés. Aquél Marés, precisamente, que en 1946, fundó uno de los museos artísticos -con expolio o sin él- del mundo: el Museo Marés.

video

viernes, 13 de marzo de 2015

El Park Güell


No sólo se trata de uno de los lugares más alucinantes y mediáticos del monumental conjunto histórico-artístico de una extraordinaria ciudad, como es Barcelona, sino también, de un lugar del Espíritu de primer orden. Su extraordinaria disposición, su incipiente telurismo, y el detalle de que nada está dejado al azar, sino que, por el contrario, en su diseño se tuvo en cuenta una de las uniones más perfectas con el entorno natural sobre el que se asienta -parte fundamental en el pensamiento gaudiniano-. hacen de ésta inconmensurable obra del genial arquitecto catalán Antonio Gaudí i Cornet, uno de los lugares más atractivos y espirituales no sólo de Cataluña y la Península Ibérica en particular, sino del mundo en general. No es de extrañar, en este sentido, que haya autores que, aun exponiendo sus teoría en obras de ficción (1), observan ciertas semejanzas con las antiguas artes arquitectónicas orientales, empleadas mayoritariamente por chinos y japoneses hace milenios, donde el concepto fundamental de Armonía -recordemos, que este concepto formaba parte también de los fundamentos primordiales de las arquitecturas románicas y góticas de la Edad Media occidental- equilibraba las frágiles balanzas entre dos fenómenos muy singulares que no debería de ser, en modo alguno, antagónicos: Arquitectura y Entorno. Lo notable del caso es que, con o sin conocimiento de dichas técnicas y artes milenarias, Gaudí, no obstante atrevido, propuso, en la disposición y características de este inconmensurable lugar, una ruptura simbólicamente contestataria, cuando no revolucionaria, que atacaba, con su filosofía de retorno a la naturaleza y respeto del entorno -fuera por encargo de las clases pudientes de la sociedad de la época, pero sentando también, después de todo, aquello que podrían considerarse como los pilares, cuando menos, del ecologismo-, los entramados de un mundo que se debatía en las heridas abiertas por una Revolución Industrial que provocaba en la Tierra las mismas heridas que los romances medievales del ciclo del Grial atribuían a Amfortas, el Rey Pescador.

Sensaciones de un Caminante
Park Güell, Barcelona, agosto de 2014

video

(1) Por ejemplo, la novela de Esteban Martín y Andreu Carranza, 'La clave Gaudí', Editorial Plaza & Janés, S.A., Barcelona, 2007.

jueves, 29 de enero de 2015

La Casa Ametller


Hay quien asevera, y yo así también lo creo, que Gaudí fue genuinamente respetuoso cuando remodeló de arriba a abajo la casona que sería el futuro hogar del comerciante Batlló y su familia, para no afectar a éste otro soberbio exponente del Modernismo catalán, obra del prolífico arquitecto Josep Puig i Cadafalch: la Casa Amatller. Encargo del industrial del chocolate Antoni Amatller -la zona ya parecía presentir que habría de convertirse en el bastión de la burguesía acomodada de la época y emblema de la opulencia del futuro-, fue proyectada entre 1898 y 1900. Si en su ejecución, la vecina y alucinante Casa Batlló juega intensamente con la seducción natural, la Casa Amatller recurre a la escultura de diseño y a los viejos mitos para atraer la atención de un mundo todavía inmerso en la herencia inmemorial de los arquetipos. De tal manera, que un vistazo a la fachada, así como a la planta baja -que es la única que se permite visitar-, constituye una especie de introducción al mundo de fantasía cultuística que acompañó al hombre a lo largo de su Historia, desde el mismo momento en el que éste abandonó el oscuro útero de las cavernas.

La entrada, constituida por dos puertas asimétricas o bíforas -recurso ya conocido en el románico, siendo uno de los más relevantes, las puertas bíforas de la portada de Platerías de la catedral de Santiago de Compostela-, muestran como custodio y paladín, a aquél caballero lunar, San Jorge, en lucha sempiterna con el Dragón -obra del escultor Eusebi Arnau-, como pequeña rentrée a un mundo donde la metáfora brota del alma de la piedra, hasta el punto de ocultar significados más profundos, místicos, quizás, cuando no cultuales y alquímicos, en una variada y alucinante gama de personajes cuya mediática idiosincrasia producen diferentes sensaciones en el ánimo del espectador: los animales, convertidos en obreros artesanos, donde sobresale, por ejemplo, esa extraña asociación entre gato y ratón -Yin y Yang- enemigos tradicionales que se complementarizan, quizás para construir castillos de arena o tal vez, alusión al oficio del futuro dueño de la casa, ejecutando el noble arte, importado de las Américas, de la elaboración del chocolate. El goliardo con el oso, remedo de aquéllos sui géneris compadres medievales indiferentes ante la excomulgación de los poderes fácticos. La vieja malhumorada, que parece surgir de las entrañas de la piedra y no muy lejos de ella, la hermosa doncella primaveral: ¿una sutil alusión a la Vieja y la Nueva Religión?. Las Artes escenificadas en el optimista pintor y el pensativo escultor que contempla la cabeza que tiene entre las manos, ¿tal vez emulando al Hamlet que le cuitaba a la calavera de Horacio?. Y entre los escudos, aquélla extraña representación de dos muchachas sujetando uno, en cuyo interior sobresale la figura de un ánfora y a la izquierda, algo más pequeña una jarra: ¿alegoría griálica, recuerdo, quizás, de la famosa hidria de las bodas de Canaán, donde Jesucristo convirtió el agua en vino y de las cuales, la tradición quiere que, aparte de la que se supone que se conserva en Caná, en la Península tengamos otra, la de la iglesia de Santa María de Cambre, en La Coruña?. La serpiente eterna, el Ouroboros, espectacular que figura en el pavimento, una vez en el interior, es otra de las obras que vuelve a dejarnos boquiabiertos. O la forma de pirámide escalonada que corona la parte superior del edificio. Tantos y tantos detalles, que enumerarlos uno por uno conllevaría elaborar, como poco, un pequeño ensayo de arte y simbolismo, cuando menos, bastante más que peculiar.

video