viernes, 24 de octubre de 2014

El Camino se viste de Otoño


Suele llegar sin avisar y a veces, como en la presente ocasión, disfrazado de veranillo de San Miguel, incluso en esos lugares donde parece que el gélido Bóreas se ha aposentado eternamente. De libre albedrío y de espíritu inquieto, deja una singular tarjeta de visita por todos aquellos lugares por donde pasa, jugando, ¡qué duda cabe!, con los colores gloriosos del ocaso. Si alguien le pregunta, diría que es el gran burlador, el pintor romántico por excelencia. O quizás, ocultando un rubor dorado en su sonrisa, dejaría que fuera otro quien viera en él al gran Maestro, aquél cuya prudencia deja hojas marchitas señalando el Camino hacia el Jardín de la Madre Oca. Hay quien dice, asegura y persevera -que para eso la vieja Hispania no sólo es tierra de pan y vino, sino también de dimes y diretes-, que se hace acompañar por una cohorte de dulces, gráciles y escurridizas mancebas a las que alguien, seguramente poseedor de un corazón de poeta, identificó -tal vez huyendo apresurado de las gentiles cortes occitanas después de que el Trovar dejara de ser un Arte afín a los caminos-, con las inalcanzables Musas. Es generoso con quienes le veneran, y antes de continuar camino, gratifica espléndidamente con la más generosa de las visiones. También es un amigo fiel del peregrino, y aunque no le deja mensajes trascendentes en las viejas piedras donde se arrodilla para solazar su espíritu, le enseña, no obstante en su caminar, el antiguo secreto de la muerte y la resurrección. Es el viajero serio, pero comprometido, que no rehúye la compañía pero tampoco la impone. Es como el verso inmortal del Poeta, aquél que exiliado en Francia, le describiera perfectamente cuando glosó aquello de quien quiera beber conmigo, tiene una copa en mi mesa, compartirá mi alegría pero también mi tristeza.
Es el Otoño, quien cubre con su maravillosa nostalgia, los viejos caminos peregrinos. 

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jueves, 23 de octubre de 2014

Un pueblo y una parroquial: San Salvador



Como colofón a esta pequeña aventura por el siempre interesante entorno de los Montes Torozos, por la mente inquieta del peregrino circula el recuerdo de un pequeño pueblo, que lleva idéntico nombre que su iglesia parroquial: San Salvador. San Salvador, es un pueblecito castellano –de esos que duermen la siesta en la canícula al compás de las melancólicas cigarras-, situado entre Vega de Valdetronco –todo el que llega a su altura por la autovía de La Coruña, observa con curiosidad el armazón de una antigua iglesuca, situado prácticamente a pie de carretera-, y Torrelobatón, localidad de cierta importancia que, no obstante, parece relativamente pequeña en comparación con la fantástica mole de su bien conservado castillo medieval.
De románica medievalidad –recuerda gratamente el peregrino-, es la planta de la parroquial. Una parroquial, que a pesar de las reformas que se evidencian actualmente en su conjunto, puede presumir, desde luego, de mantener hasta cierto punto intacta esa mencionada solera artística románica, definitivamente perdida en otros pueblos del entorno, como el mencionado Vega de Valdetronco, Gallegos de Hornija, Villasexmir, el propio Torrelobatón e incluso, algo más allá, y antes de llegar a Wamba, el pueblo de Castrodeza, por no olvidar mencionar, de paso, a Peñaflor de Hornija, de cuya parroquial románica, casualmente dedicada también a la figura del Salvador, apenas quedan unas ruinas no exentas de cierto entrañable romanticismo.
Es esta aparentemente coincidencia en la advocación, la causante de que a la memoria del peregrino acudan recuerdos de las antiguas rutas peregrinas; aquéllas que, denominándose precisamente así –Ruta de los Salvadores-, encaminaban por lugares de misterio a los peregrinos que emprendían el Camino del Conocimiento en su ruta hacia el Oeste, siempre hacia el Oeste, en cuyo Finis Terrae, aguardaba –simbólicamente hablando-, la etapa final, la añorada Casilla 64, el Jardín de la Oca. O lo que es lo mismo: ese concepto tan sufí de Unicidad y retorno a la Fuente.
Por otra parte, si los peregrinos de antaño encontraban mensajes trascendentes en el alma de la piedra de esta arcana iglesia, en la actualidad, bien es cierto que su silencio es un olvido relativo, pues como muy bien demuestran los pequeños capiteles historiados del ventanal de su ábside, es de suponer que haberlos húbolos.
 
Aun así, el peregrino siente cierta nostalgia en el alma mientras se aleja del lugar, tarareando para sus adentros aquéllos inolvidables versos de François Villon, que nunca han dejado de preguntarse a dónde fueron las nieves de antaño.

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jueves, 9 de octubre de 2014

Arroyo de la Encomienda: la iglesia de San Juan



Como se advertía en las primeras entradas dedicadas a esta ruta por los fascinantes Montes Torozos, el peregrino sabe que uno de sus mayores atractivos, radica en la presencia, durante la Edad Media, de las no menos fascinantes órdenes militares. Y de hecho, tiene la certeza del dominio de las dos órdenes principales, rivales, de hecho, pero cuyo acercamiento a su poderío y mediática idiosincrasia, constituyen, en el fondo, una no menos prodigiosa aventura histórica: la Orden del Temple y la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. Fundada ésta última por comerciantes de Amalfi algunos años antes que la primera, el peregrino es plenamente consciente de que el lugar al que se dirige, lleva el nombre de la encomienda que los caballeros del Hospital tenían en un lugar situado a apenas unos insignificantes kilómetros de Valladolid y otros tantos de Simancas, ciudad que destaca no sólo por ser la sede de un impresionante Archivo Histórico, sino también, por ser el lugar donde en el año 939, las tropas cristianas al mando del rey Ramiro II, consiguieron una de las más importantes victorias sobre el impresionante ejército musulmán enviado desde el emirato de Córdoba por Abdelrramán III, desbaratando una campaña que llevaba el significativo nombre del Supremo Poder.
La iglesia es de dimensiones reducidas, y aparte de algún añadido bastante más que posterior a ese siglo XII en el que fue levantada –por ejemplo, la sacristía-, se conserva en unas condiciones bastante aceptables. Observándola, a la mente del peregrino acuden los antiguos conceptos de equilibrio, proporción y medida que, entre otros, se consideraban, sine quanum, los principios fundamentales del arte arquitectónico. Es por ello que piensa, que amparados en su conjunto, entre los motivos decorativos de los capiteles que embellecen el pórtico principal de acceso al tempo, situado en el lado sur, destaque esa admirable variedad ornamental, que alterna graciosas referencias foliáceas –en cuya aparente e idílica austeridad, el cantero jugó también con los símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, como diría locuazmente René Guénon, así como con la magia de los números-, con la cándida representatividad de las aves, como representantes indisociables de ese matrimonio sagrado entre cielo y tierra, que lejos está de la sempiterna fantasmagoría de los mitológicos zarpazos veniales desplegados en las series de canecillos, bastante más castigados por la ira de los vientos, donde la imaginación juega con los demonios del paradigma. Y no obstante, observa el peregrino para sus adentros, el paradigma y sus demonios lanzan inconfundibles mensajes subliminales a poco que uno se deje vencer por la fascinante atracción de su naturaleza: la lechuza, ave asociada con la noche, con la luna, animal sagrado de la sensual Afrodita; los espinos, asociados con el tortuoso camino que lleva al calvario del Conocimiento; las arpías, pérfidas, voluptuosas hijas del engaño, siempre al acecho del incauto, que por algo en un principio fueron hijas de la mar; la serpiente a punto de devorar al grotesco sapo, que quizás pueda entenderse aquí también como una sublimación alquímica aplicada al espíritu; la sirena, lodo de los barros de antaño cuando no se diferenciaban de las arpías; la sempiterna pata de oca, transmutada en motivo foliáceo, con frutos o bolitas incluidos en número de tres -¿tal vez una referencia a la Diosa en su triple naturaleza?-, similares a las que se localizan en un capitel de la iglesuca románico del pueblecito burgalés de Basconcillos del Tozo, situado no muy lejos de Barrio Panizares, lugar donde se sitúa otro de los enfrentamientos del Cid con la pérfida Elpha.
 
Resulta difícil, siquiera utilizando todos los recursos de la imaginación, pensar qué bullía realmente en la mente del hombre medieval. Pero observando estos pequeños retazos de información, el peregrino piensa que, después de todo, quizás la búsqueda de estos idealistas monjes-guerreros, no estuviera demasiado alejada de la de sus hermanos del Temple. Una búsqueda, en realidad, inmersa en los avatares de una época oscura pero tremendamente espiritual, como fue aquélla quizás mal llamada Edad Media.


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sábado, 4 de octubre de 2014

El Monasterio de la Santa Espina


Como ya apuntaba en entradas anteriores, apenas el peregrino puso los pies en el interior de la iglesia de Santa María de Wamba, recordó las palabras del venerable anciano que, descuidando por un momento sus obligaciones en la preparación de la santa misa en ciernes, le comentara, entre nostálgico y orgulloso, que apenas unos breves escalones separaban, como por arte de magia, varios siglos de Historia. Fue en el claustro, reformado en el siglo XVIII, pero donde todavía sobrevivía, milagrosamente, una de las salas capitulares románicas más hermosas de cuantas había contemplado en sus largos años de camino, incluida la del monasterio alcarreño de Monsalud, que conociera unas semanas después y que tan buenas sensaciones le dejara, independientemente del templarismo que, en su segundo viaje a la Alcarria, le otorgara Camilo José Cela, dejándose llevar por las tradiciones del lugar.
 
Quizá más versado en los aspectos modernos del monasterio, sobre todo a partir de finales del siglo XIX -aproximadamente, una cincuentena de años después de la Desamortización de Mendizábal- cuando se establecieron los monjes de La Salle para regir una escuela de capacitación agrícola, de los orígenes, envueltos en los impenetrables velos del misterio, apenas el hombre sabía lo que consta en cualquier libro o folleto informativo: que el monasterio se levantó, allá por el siglo XII, a instancias de Doña Sancha, hermana del rey Alfonso VII; que todavía conserva algunos notables enterramientos -entre ellos, el de un conocido ministro de la época de Franco-, y que la geometría sagrada, aplicada al ámbito de la arquitectura, ofrece un abanico de absorbentes maravillas, que dejan en un segundo plano los nombres de sus anónimos maestros.
 
Una vez a solas en el interior del templo, el peregrino se siente infinitamente pequeño frente a la altura de una nave abovedada, firmemente sostenida por unas columnas gigantescas, sólidas, remedos de piedra inmortal que sustituyen a los antiguos bosques sagrados de los primigenios habitantes de Iberia. Por su belleza y espectacularidad, el peregrino no tarda en caer rendido frente al hechizo del maravilloso cimborrio, en la magia de cuyos números, advierte aquél que parecía tener una relevancia especial para los constructores del Temple: el ocho. Encajado con esmerada precisión en un cuadrado, un círculo perfecto alberga una estrella de ocho puntas que, por su disposición, conforma, a la vez, una fantástica cruz de ocho beatitudes, que no sólo conlleva conceptos metafísicos, sino que además, ahí, sobre el plano y según la opinión de algunos autores, contiene parte de esas nociones de geometría aplicadas en la práctica.
 
El gótico, con su lenguaje críptico, flamígero e incompleto, según la opinión de ese genio irrepetible que fue Antoni Gaudí -recuerda el peregrino, que a pesar de todo, no deja de sentirse fascinado en su contemplación-, también está presente en una de las capillas laterales, que alberga, como un panteón natural, reliquias convertidas en polvo con sabor a antigua nobleza. Algo más allá, protegida por una especie de vaina con forma de bala -en la mente del peregrino, las comparaciones dejan de ser odiosas, y piensa que es muy similar a la forma de la torre que suele acompañar siempre a Santa Bárbara, oscura santa en la que algunas fuentes observan una referencia inequívoca a la de Magdala-, se conserva un fragmento de la más venerada de las reliquias, aquélla que no sólo le ofrece prestigio al lugar, sino que también le da el nombre: una santa espina de la Vera Cruz.
 
La llegada de los fieles y el comienzo de la celebración de la Santa Misa, devuelven al presente a un peregrino, cuya mente comenzaba a bucear, quizás, en los oscuros cenotes de la Historia. Una Historia, cada vez está más seguro de ello, lejana, inmersa en charcos, ciénagas y pantanos susceptibles de interpretación. Largo es el Camino, piensa, abandonando tranquilamente el lugar, e infinitas sus maravillas y misterios.

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domingo, 28 de septiembre de 2014

De Wamba a Urueña: Nª Sª de la Anunciada


Después de dejar atrás Wamba y sus ancestrales misterios, el peregrino recuerda la advertencia de Vicente Herbosa (1), relativa a Urueña, y posiblemente como aquél, una vez puestos los pies en tan singular villa, sienta, con un genuino estremecimiento de placer, que en su ruta iniciática por esta zona tan determinada de los Montes Torozos vallisoletanos, todavía se puede saborear un sorprendente esbozo del olvidado mundo medieval. Cierto es -no puede evitar pensar a continuación, con sobrecogedora nostalgia-, que nada es eterno y que las poderosas huestes del Padre Cronos y sus más pérfidos aliados, la mercenaria hombruna, también han pasado por aquí, aunque quizá no de forma tan determinante como en otros lugares de alrededor. Cierto es, así mismo, que Urueña aún conserva buena parte de sus antiguas murallas, y al igual que en otros lugares, como Betanzos, su iglesia gótica de Santa María -situada justamente a la sombra de su puerta principal- aún recuerda. en su adjetivo calificativo, del Azogue, parte de esas raíces sarracenas que, al igual que la palabra zoco, determinaban el mercado que se celebraba intramuros de la ciudad, independientemente de que haya opiniones tendentes a relacionarla con la antigua ciencia de la alquimia. Pero mucho más interesante aún, piensa el peregrino, mientras recorre en solitario unas calles en cuya rancia heráldica no faltan referencias a la más que probable presencia de nobles generosamente recompensados y órdenes militares como las del Temple y la de San Juan, sea el propio nombre de la villa, derivado, según los expertos, de la palabra prerrománica Uru-anna; es decir, agua que mana. Un importante vocablo que, en opinión de este incansable buscador de misterios, posiblemente diga mucho sobre los orígenes de este lugar y sobre todo, del lugar, extramuros, donde se asienta una joya arquitectónica, cuya armonía tan sólo se ve restada por los estúpidos añadidos realizados en los siglos XVII-XVIII, aquéllos lustros de ceguera arquitectónica en la que, como bien diría la guía del recinto, algunos minutos después, apenas se daba importancia al Patrimonio Artístico de épocas anteriores. Es más que probable -independientemente de las rapiñas modernas y los dólares americanos-, que buena parte de un románico que tuvo que ser excelente en la región, se hay perdido irremisiblemente.
 
En efecto, situada extramuros de la villa, junto a un hermoso trigal recién segado pero que aún muestra ese halo de dorada santidad con la que el verano comienza a dotar a los sufridos campos de la vieja Castilla, algunas fuentes de agua clara -esas venas de Anna, comparativamente hablando-, señalan el tranquilo, cuando no idílico lugar, donde se levanta una hermosa iglesia, cuyo nombre ya constituye, en sí, todo un enigma: Nª Sª de la Anunciada. Tal vez por eso, a medida que permanece en el lugar, los pensamientos del peregrino -como celosos cupidos intentando atravesar con sus flechas los tenaces corazones de las Musas del Pasado-, vagan hacia la oscuridad de unos orígenes imprecisos que, no obstante las pistas, piensa -hace horas que el sol ya salió por Antequera-, que en época indeterminadas de la Historia, bien pudieran haber estado consagrados a la Gran Diosa, a la Ana primordial que el tiempo y el Cristianismo convertirían en Santa Ana; es decir, en la Madre de la Madre.
 
De sus mistéricos orígenes, quizás lombardos, como apuntan algunas fuentes, el peregrino recuerda que generalmente se supone -y recalca lo de supone- que fueron auspiciados por doña María, hija del conde Ansúrez y esposa de Armengol IV del Sobrarbe, pero ahora bien, observando su estructura, esa familiar forma de basílica, en la mente de éste va tomando fuerza la impresión de que quizás éstos fueran más antiguos y se remontaran, cuando menos, a esa época perdida del reino visigodo. Le llama la atención, así mismo, ese magnífico cimborrio, de forma hexagonal, cuyas referencias orientales pudieron haber sido una herencia de la arquitectura que los cruzados importaron de Tierra Santa, teniendo o no sus antiquísimos orígenes en esa feliz Armenia -como piensan algunos estudiosos y amigos, como el profesor retirado Jesús García Castillo-, en cuyo monte Ararat, la tradición sitúa que recaló el Arca de Noé.
 
En el interior, abovedado y sobrio, en el que impera su cabecera trilobulada, el camerino central está ocupado por una talla original de la Virgen de la Anunciada, cuya auténtica belleza queda eclipsada por un ropaje que, ajeno, la oculta realmente a la contemplación de los fieles. Este detalle, común por otra parte a numerosas imágenes de época, consigue, en opinión del peregrino, que la atención se centre sobre otras piezas. Tal es así, que entre ellas, desde luego, destaca un pequeño retablo, algo deteriorado y no ajeno al polvo de los años, que si bien en su parte central muestra a San Jerónimo Penitente, con la calavera y el león como compañeros, en los laterales, hecho bastante inusual, muestra las figuras de seis santas, mientras que en la parte de abajo, risueños en ambos laterales, dos pequeños querubines se muestran indolentes e irrespetuosos con tibias y calaveras, tal vez felices de saberse portadores del verdadero secreto que se esconde detrás de lo que ocultistas y teósofos conocen como el Velo de Isis.

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Autor, cuando menos, del libro 'El Románico en Valladolid', Ediciones Lancia, S.A., León, 2003.

sábado, 20 de septiembre de 2014

La iglesia de Santa María de Wamba


Como el tiempo, el tránsito estelar tampoco detiene su camino. El ciclo de Virgo está tocando a su fin y la inminente entrada de Libra anuncia la proximidad del otoño. El calor es menos sofocante y los días son más cortos que allá, a mediados de junio, cuando el peregrino, cansados sus ojos de vagar en solitario por las inconmensurables infinidades de los Montes Torozos, recaló en éste, un lugar, sin duda cargado de Historia y de Misterio: Santa María de Wamba. Apenas pone un pie en su interior, sabe perfectamente que no es necesario llegarse hasta el relativamente cercano Monasterio de la Santa Espina, para que un amable monje le susurre, confidencialmente y mientras se atusa con cansancio unos mechones de cabello que el tiempo ha ido cubriendo progresivamente de amarillenta escarcha, que tan sólo con el sencillo acto de subir unos breves escalones -cuatro, a lo sumo cinco, que son los que separan parte del antiguo claustro románico de la actual rectoría y de la iglesia-, el espíritu atraviesa, como Alicia a través del espejo, varios siglos en cuestión de segundos. De manera que, con cierta relativa seguridad, el peregrino sabe que aquí, en Wamba, la Historia, al igual que en la Troya de Schliemann, se superpone en estratos desiguales, pero inequívocamente interesantes. Visigodo, prerrománico, románico, renacentista o barroco no impiden, sin embargo, que en la inseparable compañera y amiga que es su libreta de notas, éstas se alternen con desorden, creando, no obstante, una cuando menos curiosa melodía. Tal vez no posea el melancólico carisma imprimido por William Shakespeare a sus inolvidables personajes de Oberón y Titania, pero allí está, gracioso, desafiante, luciendo sus dos pequeños cuernecillos, las manos ocultando el caramillo entre la floresta que le sirve de lecho, el alegre dios Pan. Un arcano celta, que parece observar con atención no exenta de ironía, la terrible lucha que mantienen el Diablo y San Miguel, en una psicostásis o pesaje de almas, en la que siempre el primero intenta hacer trampas. Algo más allá, semioculto en una resacosa penumbra que apenas logran diluir los diversos focos distribuidos a lo largo de la nave, un zapatero, ajeno a la lujuria, como piensan algunos y quizás también despreocupada su alma de otros méritos que no sean los propios de su trabajo, masca pacientemente la suela del calzado que está preparando. Algunos de los capiteles de la cabecera no son originales de la primera época visigoda, pero lo disimulan muy bien. Más difícil, sin embargo, de vislumbrar, son las maravillosas pinturas que en su día decoraron el ábside principal, de cuyos rastros, vegetales y animales, algún autor, seguramente sin temor a los terribles fuegos de la Inquisición, aventuró en su momento que podría tratarse de una alusión a la Kabbalah hebráica. Gótico y de una maravillosa ejecución, el pequeño retablo situado a la derecha de la nave, no muy lejos de la puerta principal, nos muestra, seguramente basado en el Pseudo Beda, el fuscus -como diría Álvaro Cunqueiro-, o rey negro, no obstante sin corona, en una magnífica escena de la Adoración. Pero sin duda, una vez visto ese poema al Leteo o río del olvido que es la Muerte, la parte más espectacular, situada en el mismo y geométrico ángulo sacro que la pequeña sala capitular, es esa no menos pequeña capilla, marcada por el Árbol de la Vida que, con forma inequívoca de palmera, hace de puerta a un pequeño oasis donde, aún depauperadas las antiguas pinturas, entre ellas se observa -y quizás por ello, el peregrino se pregunta a qué extrañas ceremonias se sometían allí los sanjuanistas-, una preciosa cruz de Malta.
 
Cuando éste sale de la iglesia de Santa María de Wamba y deja vagar sus pensamientos mientras pasea sin rumbo fijo por calles que, como ya se dijo en la anterior entrada, recuerdan hitos y lugares del Camino de las Estrellas, una extraña sensación invade su espíritu. Y al igual que François Villon, él tampoco puede evitar preguntarse, si no referido a la belleza, sí a los fascinantes enigmas de la Historia, ¿dónde estarán las nieves de antaño?.

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domingo, 7 de septiembre de 2014

Wamba, cuando la Muerte es un Arte


El peregrino se aleja de tierras palentinas, y se adentra en esos misteriosos Montes Torozos, que caracterizan una zona muy singular de la vecina provincia de Valladolid. Sin olvidar los agridulces momentos proporcionados en San Juan de Baños, en su ánimo parece resurgir, quizás con más ímpetu, aún si cabe, ese mundo perdido de los visigodos y se encamina, con el ánimo bien dispuesto, hacia un lugar que, a pesar del tiempo transcurrido, aún conserva en su nombre el recuerdo de uno de sus reyes: Wamba.
 
Wamba es, después de todo, uno de esos lugares privilegiados donde el Misterio parece haberse instalado eternamente, para alertar al peregrino -no olvidemos, que entre sus calles figuran nombres como Foncalada o Platerías-, de que nada es casual y de que todo aquello con lo que se tropieza en su largo camino, no tiene otro fin que el de templar su espíritu, con lecciones más o menos amargas.
 
Por eso he querido que, antes de adentrarnos en los pormenores de su fascinante iglesia de Santa María, echemos un vistazo a su impresionante osario y pensemos por un momento, en esa pertinente compañera cuya sombra llevamos adjunta a la propia desde el mismo momento de nacer. El osario no está, en la actualidad, y a pesar de los pesares, en tan magníficas condiciones a como estuvo antaño. Pero observando las numerosas calaveras que alberga, difícil es no pensar en que, después de todo, cuando llega el momento, a la Parca se la recibe de dos maneras definitivamente contrastadas: con alivio y una sonrisa o con dolor y espanto. Al menos, eso es lo que sugieren los gestos anónimos de sus numerosas calaveras. Ahora bien, que cada uno saque sus propias moralinas.
 
Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini Tua da Gloriam.
 
Wamba, cuando la Muerte es un Arte.

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