jueves 8 de marzo de 2012

Una puerta a Galicia: Villafranca del Bierzo



'Nunca desistas de tus sueños. Sigue las señales' (1)


Frontera entre León y Galicia, Villafranca del Bierzo huele a polvo de mil caminos; a hospederías y hospitales; a rutas perdidas y vueltas a encontrar; huele también a fe, a sudor y a las lágrimas que se desprenden de unas voluntades que a cada paso acortan la distancia a Compostela -ciento setenta y siete kilómetros- recogiendo margaritas simbólicas en su duro camino hacia el misterio del Ocaso. La importancia de ésta entrañable ciudad franca de Bucca Vallis se resume, posiblemente, en esa oportuna Puerta del Perdón de su iglesia de Santiago -comparable, si no en suficiencia al menos sí en esencia, a otras más relevantes, como la del antiguo monasterio de San Martín de Turienzo- que exoneraba y exonera a todos aquellos peregrinos a los que la enfermedad o el abrazo de la Señora del Frío Astral, les marcaba, no ya el final de etapa, sino también el de su camino.
Diríase, vistos los motivos de los capiteles que embellecen su portada principal -incluída esa enorme representación, en la que el artista medieval simuló en los brazos del Crucificado unas alas que parecen alejarse hacia la Gloria, ajenas al sufrimiento del martirio- que en su propia dormición, imitaban el sueño de los Magos, siempre arropados por un ángel. Pero todo ello, después de haber visto las señales que proliferan en las paredes de las viejas casas: cruces patriarcales hechas con vieras, patas de oca, cálices prodigiosos, ficticios omegas...
Villafranca Bucca Vallis, avanzadilla hacia el milagro lucense del monte Februarius, O Febrero, O Cebreiro; lugar donde El Bierzo y su hechizo despiden al peregrino con besos de paz y pañuelos de silencio. Un silencio, a veces roto por un viento que viene y va del Oeste, pero que siempre entona ancestrales loas marineras, que miman al Espíritu al ritmo sacro de las vieras del Apóstol.


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(1) Paulo Coelho: 'Vida (selección de citas)', Editorial Planeta, S.A., 2007, página 16.

domingo 4 de marzo de 2012

Un monasterio en el Camino de la Vía Láctea: Santa María de Carracedo


'Los antiguos, gentes de medio mundo, sorprendidos de tantas estrellas en forma de neblina, inventaron bellos mitos explicativos, de los que sacaron nombres, como Galaxiay Vía Láctea, los primeros y más conocidos en nuestro ámbito; pero ninguno de ellos, ni aún los más doctos, como Ptolomeo, adivinaron el servicio y la finalidad de aquél hermoso cinturón, de tenue brillo, que envolvía la redondez de los cielos. Fueron los peregrinos medievales, buscando en las alturas la dirección perdida, los primeros en advertir que, siguiendo siempre al Oeste, llegaban a Compostela...' (1).

Es así, de un modo tan simple y a la vez tan complejo como, dejando atrás Ponferrada y siguiendo siempre hacia el Oeste por esa interminable nacional VI en dirección a La Coruña, que el viajero no tarda en decubrir, a su derecha, una curiosa edificación, cuyas piedras, atrapadas en el tiempo, descansan silenciosas al amparo de la Vía Láctea. Es el monasterio, arcano y misterioso, de Santa María de Carracedo.
Parada obligatoria para el peregrino que está a punto de afrontar una complicada etapa que ha de llevarle por la vega del río Valcarce hasta Villafranca del Bierzo, Piedrafita y la difícil ascensión hasta el alto de O Cebreiro, no encontrará solaz en ese solar a techo descubierto que fue una vez su hospedería. Tampoco podrá meditar, a la sombra de las arcadas de su claustro, ni aspirar el vaporoso aroma de las flores de su jardín. Sí sentirá, sin embargo, la lluvia traspasar la débil muralla de sus ruinas interiores y refrescar, no obstante sin la gracia de Pentecostés, una cabeza en la pronto bullen cientos de preguntas sin aparente respuesta. Son los enigmas de Carracedo; sus espíritus atrapados en la carne inerme de las piedras; almas de canteros de diferentes épocas que, filosofando con el papel de la eternidad, tal vez no contaron con la facilidad del hombre para derribar lo hermoso a golpes de ira e incomprensión.
No verá a los monjes, celebrando consejo en su magnífica Sala Capitular; ni tampoco se sentirá embriagar por los aromas de la comida, escapando con el humo de la Cocina de la Reina; ningún hermano lego le abrirá la puerta, alertado por los golpes insistentes de su bordón, ni sus oídos se relajarán con el dulce susurro del agua deslizándose por los canales, revitalizando los frutos de huertos inexistentes. Ningún doctor mirabilis embadurnará con unguento sus encayecidos pies, ni el hermano cillerero proveerá de los alimentos necesarios para aliviar el estómago y reponer fuerzas en su todavía arduo camino.
Y aún así, cuando reinicie otra vez su camino hacia el Oeste, siempre hacia el Oeste, pensará que posiblemente, parte de su alma haya quedado atrapada también en un lugar que, después de todo, fue gloria mundi y hoy, rosa rosae, mustio pétalo que destila nostalgia a raudales. Porque, como decía José Saramago: en todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido.



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(1) Gonzalo Torrente Ballester: 'Compostela y su ángel', Ediciones Destino, S.A., 1ª edición, noviembre de 1984, página 93.

miércoles 29 de febrero de 2012

Ponferrada vista desde su castillo templario



'Dijo un día el ojo a sus compañeros:

- Veo más allá de esos valles una montaña envuelta en nubes. ¡Qué montaña más solemne!.

- ¿Dónde está esa montaña que tú ves? -interrogó el oído, después de haber escuchado las palabras del ojo-; yo no oigo su voz.

- En vano pretendo sentirla -adujo la mano-. Allí no hay montaña alguna.

- Nosotros no podemos comprender -objetaron las narices- cómo puede existir esa montaña sin que nosotras aspiremos su perfume. Por tanto, no hay tal cosa.

Miró el ojo hacia el otro lado del cielo, riéndose dentro de sí, mientras los demás sentidos fueron a reunirse en un conciliábulo, deliberando sobre el motivo que indujo al ojo a tamaño desvarío. Después de una minuciosa investigación, llegaron por unanimidad a esta conclusión:

"El ojo, sin duda, ha perdido el juicio"'. (1)


Templaria y jacobea, meta soñada por el peregrino que desde Astorga afronta la cansina ascensión del monte Irago, descargando piedra en Foncebadón, pero llenando su morral de hitos y soledades, de callos y silencios, de anónimas esperanzas. Oídos, manos y narices posiblemente no lo adviertan, pero los ojos -seguramente motivados por la locura de ser herederos naturales del espejo que es el alma- verán que de la antigua Ponsferrata ha cambiado el envase, pero no la esencia. Ya no se oye el Te Deum Laudamus, ni el Non Nobis Domine, ni los gritos de Vive Dieu, Dulce Amor, de la caballería templaria lanzada al galope, ni el estruendo de los cañones renacentias escupiendo muerte por las aspilleras, ni los gritos de aliento al equipo local en los partidos de domingo, celebrados al cobijo de los arcanos muros del castillo; no hay centinelas de la patada fraternidad oteando el horizonte, ni bauceant enarbolado en lo alto de las almenas, sustituído por los pendones de Castilla y León. Pero con el aire frío, seguramente procedente de las cumbres mágicas del Teleno, sobrevive una estantigua de espectros ancestrales empeñada en reivindicar que todo en Ponferrada suene a ellos, suene a fratres, a pauperis, a milites y, desde luego, a Christi.
Ayer como hoy, y aunque en algunos lugares apunten hacia las afueras, la urbanidad de Ponferrada continúa arracimándose alrededor de su castillo. Antiguas o nuevas, no importa, las casas lucen el blanco en sus fachadas y el negro en la pizarra de sus tejados. Cercana y lejana en el tiempo, cosmopolita y provinciana, no puedo, si no, recordar a Gonzalo Torrente Ballester cuando decía que en Oviedo descubrió la arquitectura y en Compostela perfeccionó su descubrimiento (2) y pensar que en El Bierzo descubrí al Temple y en Ponferrada el Temple me descubrió a mí.


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(1) Khalil Gibrán: 'El Ojo'.


(2) Gonzalo Torrente Ballester: 'Compostela y su ángel', Ediciones Destino, S.A., 1ª edición, noviembre de 1984, página 13.

domingo 26 de febrero de 2012

La Magia de O Cebreiro

'O tempo nao se movimenta

o homene que se desloca.

Quando esta ordem se altera

entramos na eternidade.

Giba (1)



Los hombres se van, su destino es retornar al polvo de los caminos y dejarse llevar por el viento, como briznas de ceniza de ese fuego que un día fueron. Pero sus obras permanecen, y junto a ellas, su recuerdo, frente al que no cabe pensar, si no, en un guiño amable que nos lanza la inmortalidad, como premio de consolación. No lo conocí, he de confesarlo a mi pesar, pero a medida que me hablaban de él en aquélla inolvidable jornada de sábado, poco después de dejar atrás Ponferrada y su castillo, continuando nuestra ruta hacia Piedrafita y O Cebreiro, supe, instintivamente, que hubiéramos congeniado. Después, cuando vi todas las muestras de afecto, estuve completamente seguro. Todavía quedan hombres buenos en el mundo; esto es un consuelo. Puedo decir que he conocido a algunos, todos vistiendo un hábito diferente, pero partícipes de un mismo credo: la bondad. De alguna manera, sentía que debía comenzar diciendo esto y haciendo referencia, lógicamente, a Don Elías Valiña Sampedro, el que fuera párroco y Viae Sanct Iacobi Insigni Renovatore de O Cebreiro. ¡Ultreia, Don Elías!. Va por Vd.




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Resulta difícil no tener la sensación que desde esos 1300 metros de altitud del alto de O Cebreiro, dos mundos confluyen en el corazón del peregrino, y también, por qué no, del aspirante a peregrino que un día, por los motivos que sean, llega hasta allí y dispone de unos minutos para meditar. Observa a su alrededor, impresionado por el paisaje que se despliega ante su vista, y siente una infinita tristeza frente al recuerdo del mundo en el que realmente vive, y este otro mundo, más pequeño pero más auténtico y vital, que tiene al alcance de la mano, apenas a trescientos metros a su izquierda. Aún vecino del Bierzo y sus silenciosos valles, el viento, aquí arriba y en enero, sopla con fuerza, y en su gélido aliento, susurra al oído antiguas historias, que empujan a seguir adelante por un camino lleno de prodigios, marcado siempre por la luz de las estrellas: el Camino de la Vía Láctea.
Había algo de nieve en O Cebreiro, cuando dejamos el coche enfrente del viejo crucero de piedra, convertido, como no podía ser menos, en improvisado monxoi de peregrinos, como demostraban las numerosas piedras depositadas en su base escalonada. En el bolsillo de mi anorak, llevaba una pequeña piedra de pizarra -que poco a poco se iba desmenuzando, recordando, de alguna manera, lo efímero de la existencia- que había recogido por la mañana temprano en los alrededores del castillo de Cornatel. Su destino, reservado para el día siguiente, era la Cruz de Ferro de Foncebadón. No estaba preparado. Y no lo estaba, porque posiblemente no terminaba de creerme que pisaría O Cebreiro; por eso, no había llevado conmigo una piedra recogida en otro lugar, según marca la tradición. De manera, que tengo una pequeña deuda que saldar. ¿O son, tan sólo, deseos irreprimibles de regresar?. ¿Inciertas añoranzas espirituales basadas en un partir para volver?.
Pese al aire frío y algunas nubes hacia poniente, el sol iluminaba la piedra de los hogares y los cónicos tejados de las pallozas, húmedos por los restos de nieve que comenzaban a derretirse en brillantina de agua formando charcos en el suelo. El pueblo, he de confesarlo, ofrecía un aspecto moderno, como recién restaurado, que me hizo pensar que, después de todo, ningún lugar está a salvo de ese paradigma de dos caras, cual Jano, llamado progreso. Obvio los albergues con todos los adelantos, incluídas las conexiones wifi para conectarse a internet y las antenas parabólicas para que no falte ningún canal de televisión en las habitaciones, y me quedo con lo genuino del lugar, con esa esencia ancestral, que alimenta el mejor de los recuerdos; con la magia, simple y llanamente, del lugar.
Ahí estaban, junto a la modesta iglesia de la Patrona de la comarca, Santa María la Real, las manifestaciones de cariño hacia la figura y memoria del antiguo párroco; las milenarias piedras, originales y en esencia románicas, aunque ajenas a adornos y boatos que, humildes y guardando un generoso tesoro, me recordaron, en la propia lección de su sencillez, a la ermita soriana de San Baudelio de Berlanga; y por supuesto, el peregrino, mochila al hombro, parado junto a una puerta que no tardaría en abrirse, para mostrar un interior en el que aguardaba, más allá del tiempo y el desapego humano característico de esta época, una fuerza vital, alimento indispensable para el Espíritu, como es su Grial, su genuino Cáliz del Milagro. Su sobrenatural Eucaristía.




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El templo, una vez abierta la puerta por un hermano lego con hábito de franciscano, invita al recogimiento con su silencio; un silencio, amparado en unos sublimes claroscuros, que poco a poco van cediendo protagonismo al empuje irremisible de la luz artificial. Esto conlleva, que la primera impresión que se tenga, sea la visión, por encima del altar, de un Cristo suspendido del Universo e iluminado con un aura particular que, como el famoso Cristo del cuadro de Salvador Dalí, mira piadoso hacia la Tierra. Le sirve de marco la bóveda, en modo alguna perfecta y algo achatada por un lado, del ábside, mientras a la derecha, en la capilla del Evangelio, el Santo Cáliz del Milagro parece brillar con luz propia detrás del cristal que lo ampara y salvaguarda. Hay velas encendidas, cuya llama, avivada por la corriente que se cuela a través de la puerta, bailan a medida que se consumen con la cera los deseos anónimos de quienes, peregrinos o no, las prendieron. En el lateral, sedente en su trono como una reina y con el Niño en su regazo, la imagen románica del siglo XII de Santa María la Real, Patrona de la comarca, mira, conmiserativa, hacia la capilla de la Epístola, en cuyo firme, y custodiada por una imagen peregrina de Santiago, una lápida alberga los restos mortales de don Elías Valiña, Fratris Viatorum Sancti Iacobi.


Se trata, no cabe duda, de un lugar trascendente, en el que incluso los pasos secos de las pisadas de las botas sobre el pavimento, parecen despertar ecos lejanos, atrapados en un pequeño universo donde incluso el tiempo, paradigma inequívoco de la eterna levedad del ser, parece haberse detenido. Cada rincón, cada objeto, es una leccion individual, basada en la esencia primordial del símbolo. Pero no quiero ir más allá; lo trascendente, como cualquier regalo sublime, debe ser recogido y aprendido por cada alma, por cada ser. Y no obstante, dado que la fortuna me procuró la compañía de un maestro, sólo daré una pequeña pista: una Virgen, un Niño en su regazo y una Manzana en la mano de éste.


Hace un mes que vengo preguntándome el por qué del color verde que luce la túnica de la pequeña estatuílla del Apóstol Santiago; no puedo evitar, preguntarme si es casualidad, o quizá -con independencia de su modernismo y su origen francés- guarda algún tipo de relación con el culto a las Vírgenes Negras. Son guantes de desafío que lanzan las apariencias y corresponde a cada uno decidir o no si se recogen. Pero por encima de todas estas consideraciones, nunca dejaré de preguntarme, por qué las lágrimas acudieron a mis ojos cuando salía de la iglesia; por qué no pude reprimirlas y qué fue, en realidad, lo que activo ese resorte oculto en lo más profundo de mi ser que hizo que, por primera vez en muchos años, llorase con la inocencia de un niño.


P/D: Una vez en O Cebreiro, buscar la ESCALISTINA, y cuando la halléis, pensad qué os sugiere.



(1) Texto sacado de un azulejo que forma parte, como añadido moderno, del antiguo crucero de piedra que se localiza a la entrada del pueblo.

domingo 19 de febrero de 2012

Compludo, un hito medieval en lo más profundo del Valle del Silencio

'- Ya no consigo evolucionar -digo, cayendo siempre en la trampa de hablar en primer lugar-. Creo que he llegado a mi límite.

- Qué interesante. Yo siempre he intentado descubrir mis límites y hasta ahora no he podido llegar hasta allí. Pero mi universo no colabora mucho, sigue creciendo y no me ayuda a conocerlo totalmente...' (1).



El Silencio es como una partitura en blanco que hay que ir escribiendo, concienzudamente, con la música del Espíritu. Nada resulta más certero para el afortunado caminante que, sin importar el medio elegido para su desplazamiento, afronta con expectación ésta difícil y dura décima etapa descrita por Aymerich Pycaud en su Codex Calistinus. Etapa que, a grosso modo, y sin meterse en esas profundidades donde habita una de las más auténticas Anima Bergidum, como es Compludo, se describe como el trayecto que va de Rabanal del Camino -pueblo fundado por los templarios, Magister Alkaest dixit- a Villafranca (del Bierzo), en la desembocadura del río Valcarce, pasado el puerto del monte Irago.

El desvío hacia Compludo se alcanza en las proximidades de esos 1145 metros de altitud sobre los que asienta sus reales hospitalarios el ancestral pueblito de El Acebo, una vez dejados atrás sus limitadas lindes urbanas, así como la mítica fuente del Druida, conocida por todos los peregrinos que se dirigen hacia Ponferrada y que allí, quizá por conmiserativo disimulo, llaman de la Trucha. O de la Truite, on parle français. La travesía, broken golden silence, roto ese silencio que es oro por el ladrido ocasional de algún perrillo faldero, continúa en tono decreciente, configurando complicados innuendos a medida que el camino se convierte, comparativamente hablando, en ese non plus ultra en el que tanto temían caer los supersticiosos marinos medievales, porque pensaban que en él se acababa el mundo conocido.

De igual manera, para el viajero que se adentra por primera vez en las complejidades de un lugar como Compludo y su entorno, la sensación no es diferente. Quizá se acentúe más aún, si cabe, con ese silencio atípico, apenas roto por el susurro de las aguas de los arroyos Miera y Miruelos, en su melancólico transcurrir, hasta fundirse, aproximadamente medio kilómetro más allá, en el lugar donde se ubica esa impresionante reliquia medieval, que es su herrería. Y no obstante, para llegar a ella, se hace necesario adentrarse a pecho descubierto en esa parte original, mitológica y autóctona, que es el bosque que la circunda.
Apenas el discurrir del arroyo es un susurro temeroso, una nana dulce que adormece a unos árboles viejísimos, cuyas raíces se aferran a una tierra milenaria, con sabor propio. No hay carteles a la vista, como en otros lugares, pero inmediatamente se sabe que este bosque es puro Bierzo. Un bosque encantado, donde es difícil no tener sensaciones de ambigüa complejidad. Se ven, y de alguna manera, se presiente que ellos también te ven a tí; que te observan con interés, desde el silencio de unos troncos que se retuercen de sabia vejez; unos troncos cubiertos de una curiosa barba verde, que les confiere el aspecto inocente y a la vez salvaje que los canteros medievales representaban con harta frecuencia en los capiteles de las iglesias. Hay una ausencia de aves, no obstante, que no deja de ser desconcertante. Antes de llegar a la herrería, es difícil no percatarse de ello y preguntarse si el calentón de San Genadio continúa siendo una especie de barrera infranqueable que no se les permite traspasar. El Silencio es Oro, desde luego, pero se echan de menos esos trinos armónicos que, después de todo, otorgan la felicidad y la vitalidad a un bosque.




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La herrería es un edificio extraño, macizo e imponente, que derrocha esa gallarda fuerza eterna que le confiere la piedra. La noche ha sido gélida, y su aliento, astral como el abrazo de la Dama de la Guadaña, no sólo se advierte en la capa de escarcha que tapona cual masilla los poros de la tierra, sino también en los impresionantes carámbanos que, cual longevas barbas, se balancean de unos arcos de medio punto, a través de los cuales se advierten los engranajes de su fragua medieval. Hay también una pequeña cascada, la blancura lechosa de cuyas aguas semejan litros de leche vaciándose de un cántaro volcado.


De vuelta al camino, es difícil no verse acompañado por la relevante sensación de haber estado en un lugar único. Quizás por eso, ese humo feliz que se escapa por los chimeneas de unos hogares que comienzan a despertar, o esos primeros rayos del sol iluminando los piramidones más altos de los montes, o esa placa que recuerda a San Fructuoso y el lugar donde decidió fundar su monasterio a instancias del rey Chindasvinto y esposa dejen, en el fondo, de tener un interés sustancial. En lo más profundo del Valle del Silencio, aún late un corazón tan viejo como el mundo. Un corazón sagrado llamado Bosque. En definitiva: Gaia impera.



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(1) Paulo Coelho: 'Aleph', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, septiembre de 2011, página 16.

martes 14 de febrero de 2012

Las Médulas: bailando con lobos



'Y ahora estos búfalos yacían muertos sobre la tierra, con las entrañas desparramadas sobre la pradera, sólo porque alguien quería sus lenguas y sus pellejos...' (1)


Algo que comienza a ser una constante en muchos lugares idiosincráticos de ésta vieja piel de toro que es la Península Ibérica -en detrimento de lo original y la aventura que conlleva siempre alcanzarlo tal cual es, o más o menos fue- es reconvertirlos en pequeños o grandes parques temáticos que, paradójicamente, y no en pocos casos, se quedan más o menos que en aguas de borraja durante buena parte del año, ofreciendo un aspecto híbrido, en algunos casos aterrador, que atenta contra la misma naturaleza del lugar. En realidad, quien pretenda hablar de ésta milenaria consecuencia que son Las Médulas, producto de una técnica agresiva y sobre todo apocalíptica con el medio ambiente -la ruina montium- tiene la obligación, ineludible, de aludir a ese terrorismo ambiental, que no es, sino, consecuencia de una lamia terriblemente hambrienta llamada codicia, que en tiempos se reencarnó en la fiebre expansionista de un imperio, el romano, que con el tiempo se convertiría en precursor, a mi juicio, del capitalismo moderno.

Aquí, en estos montes y en estos bosques sagrados, no bastaba sólo con reducir y conquistar a los pueblos asentados -celtíberos, en su mayoría- sino que también había que despojarles de todo cuanto de valor tuvieran o poseyeran, sin importar el precio y, por supuesto, el daño causado. A cambio -o como ellos dirían, quiz procuo- legaban algo que ellos consideraban de vital importancia: su civilización. O lo que es lo mismo: esclavitud, ruina, hambre, desesperación y muerte.

Es una gran verdad, por otra parte, que la Naturaleza es sabia. Con esa parsimonia con la que maneja sus propios y alquímicos procesos, supo restañar, en parte, algo de tan brutales heridas, con la precisión de un cirujano. No niego que cuando uno alcanza la cúspide -el aparcamiento habilitado queda unos doscientos o trescientos metros más abajo- su primera impresión es, desde luego, de deslumbre. No tanto por el espectáculo en sí, que lo es, como por los irrepetibles contrastes, donde los nitratos y los azufres han obviado una parte del infierno, para ofrecernos una dantesca acuarela impresionista que, a pesar de todo, puede considerarse incluso hermosa. Esta aseveración no quita, evidentemente, el cúmulo de sentimientos producidos por su visión. Subido allí arriba, en lo alto del Mirador de Orellán -posiblemente el más famoso y visitado de cuantos ofrecen acceso al lugar- no puedo evitar consignar aquí, al menos dos de los pensamientos que acudieron a mi mente y que ayer, casualmente, comenté con un proveedor en una improvisada y desenfadada reunión de trabajo. Digo bien, desenfadada, porque también él, aficionado a los viajes y cuanto más culturales mejor, fue quien, sabiendo de mis aficiones, sacó el tema a relucir. Evidentemente, decir que has estado en la provincia de León lleva, inevitablemente, a invitar a que ciertos lugares surjan espontáneamente, como la palabra cordero en el menú de un restaurante de Segovia. Las Médulas, obviamente, es uno de ellos.



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Lo que le comenté a él, y lo que quiero comentar a continuación, fue una de las primeras impresiones, como decía, que me vino a la cabeza y que me hizo recordar una escena intensa, pero brutal, de una de las muchas películas que tengo como favoritas: Bailando con lobos. Ver esa ruina montium, aún de efectos restañados por la Naturaleza, me recordó la escena de la masacre de búfalos realizada por cazadores blancos. Estos montículos, despojados sin conmiseración de cuanto vegetación tuvieran hace milenios, se me representaron como los cuerpos sin piel y abandonados en la pradera, de los búfalos de la película. Tal cuál. Y a pesar de todo, el espectáculo fue incomparable.


Mi segunda impresión -acúseseme de templarismo irremediable, si se quiere- tiene que ver con el recuerdo de una gran escritora española, Matilde Asensi, y una novela, a mi modo de ver, extraordinaria: Iacobus (2). En ella, quizás con más sentido del que parezca a priori, Asensi sitúa en el interio del dédalo de galerías que conforman las minas, el lugar donde los templarios habían depositado los tesoros de la Orden, una vez disuelta ésta.


Mito, leyenda, fantasía... Considérese lo que cada uno quiera. Pero, teniendo en cuenta su presencia en el entorno -Cornatel bien pudo cumplir, entre otras, la función de puesto de control de acceso al lugar, y en Borrenes, el Temple poseía casa y terrenos- no es casual. Cierto que, posiblemente en los siglos XII a XIV que, aproximadamente, permanecieron éstos en el lugar, todavía se pudieran obtener interesantes cantidades de oro. Pero, ¿realmente sería demasiado fantasioso suponer que en las entrañas más enrevesadas de Las Médulas, no escondieran éstos, su particular caja fuerte?.


Ni quito ni pongo, simplemente expongo. Como también me gustaría complementar ésta visión de Las Médulas, recomendando otra visión amiga que, estoy seguro, cautivará por la frescura de sus impresiones:


Las Médulas: ¡la belleza de la destrucción!



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(1) Michael Blake: 'Bailando con lobos', licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Ediciones Gribalbo, S.A., 1991, página 186.


(2) Matilde Asensi: 'Iacobus', Random House Mondadori, S.A., 12ª edición en formato Debolsillo, diciembre de 2005.

viernes 10 de febrero de 2012

Oyendo hablar a los árboles del Bierzo



'Somos pastores de árboles, nosotros los viejos ents. Pocos quedamos ahora. Las ovejas terminan por parecerse a los pastores y los pastores a las ovejas, se dice; pero lentamente, y ni unos ni otros se demoran demasiado en el mundo. El proceso es más íntimo y rápido entre árboles y ents, y ellos vienen caminando juntos desde hace milenios. Pues los ents son más como los elfos: menos interesados en sí mismos que los hombres y más dispuestos a entrar en otras cosas. Y sin embargo los ents son también más como los hombres, más cambiantes que los elfos y toman más rápidamente los colores del mundo, podría decirse. O mejor que los dos: pues son más y más capaces de dedicarse a algo durante mucho tiempo.

Algunos de los nuestros son ahora exactamente como árboles y se necesita mucho para despertarlos y hablan sólo en susurros. Pero otros son de miembros flexibles y muchos pueden hablarme. Fueron los elfos quienes empezaron, por supuesto, despertando árboles y enseñándoles a hablar y aprendiendo el lenguaje de los árboles. Siempre quisieron hablarle a todo, los viejos elfos. Pero luego sobrevino la Gran Oscuridad y se alejaron cruzando el Mar, o se escondieron en valles lejanos e inventaron canciones acerca de unos días que ya nunca volverán. Nunca jamás. Ay, ay, érase una vez un solo bosque, desde aquí hasta las Montañas de Lune, y esto no era sino el Extremo Oriental...' (1).



Uno de los detalles que me llamó mucho atención durante mi breve estancia por tierras bercianas fue, en primer lugar, la aparente despoblación arbórea de sus montes -con su peculiar y embriagadora forma piramidal- y en segundo lugar, ese aviso de atención que, bajo la denominación de Soy Bierzo: cuídame, se localizaba en algunas zonas boscosas determinadas, aunque recuerdo, especialmente, aquélla aledaña al pueblo de Balboa, situado en otra zona diferente, aunque igualmente maravillosa, como son Los Ancares.

Me viene particularmente a la memoria -y por ello, deseo hacer un pequeño alegato a la cordura y el respeto- una piedra gris, pizarrosa -de pizarra escogí la piedra que deposité en la Cruz de Ferro de Foncebadón- apoyada en el tronco quemado de un árbol situado enfrente del castillo de Cornatel, en la que alguien -me preguntó si fue quizás uno de esos sabios y entrañables ents de Tolkien, quizás el propio Bárbol- había grabado el siguiente y angustioso poema:




Tengo el alma envenenada,

porque los árboles crujen

al son de las llamaradas.

Cuentan, cantan, chillan

Socorro, auxilio.

No ha de ser ésta la última llamarada.

Cornatel, 2005-06



Créase o no, me sentí desolado. Fue la segunda vez que visitaba Cornatel con la esperanza de encontrar sus puertas abiertas. Vano y frustrado intento. La tarde anterior, posiblemente embebido de templarismo a ultranza, apenas me fijé. Mea culpa. Y eso que la persona que me acompañaba, a la que, respetuosamente, me referiré ahora y en el futuro como el Magister Alkaest, husmeaba por los alrededores del árbol, como un perrillo a punto de marcar su territorio. Un territorio, desde luego paramérico, en cuyas colinas no se observaba otro árbol, a excepción del cadavérico y ceniciento ejemplar anteriormente mencionado, testigo finado de un desastre que seguramente se podría haber evitado. Entonces, me estremecí. Por fortuna, en el sendero que conduce a la entrada del castillo, aún sobrevivía un pequeño vergel arbóreo; árboles vivos, de esos que, como los seres humanos, también se estremecen con el beso mortal de las heladas y sonríen agradecidos a los tibios rayos de sol que calientan su corteza, cuando menos centenaria. Árboles que susurran al visitante, le gratifican con el cobijo de su sombra, sacian su apetito con la dulzura de sus frutos y le dan la bienvenida al deshauciado y apartado reducto de los fratres. Y quizás, también entonan, a la hora de vísperas, la eterna salmodia templaria de éstos: Non nobis, Domine, non nobis sed Nomini Tuo da Gloriam...




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Cuentan las viejas comadres de los pueblos de alrededor, allá, a salvo de la crudeza del invierno y atemperadas al bendito calor del dulce fuego del hogar, que aquí, en El Bierzo, los árboles tienen el poder de hablar. Quizás, el pueblo que mejor supo comprender su lenguaje -también pudiera ser que, como opinaba Tolkien, porque compartían parte de ese legendario legado élfico- fue el de los celtas. Posiblemente, la adoración que sentían por ellos, sin duda influenciados por la sabiduría de sus druidas, no era casual ni gratuíta. Y puede también que, dada su especial predilección por fresnos y robles, tengamos en éstos extraordinarios exponentes de nuestros bosques, unos magníficos interlocutores con los que comenzar esa relación que, de alguna manera, pueda ser el comienzo de una bonita amistad.

Y un dato curioso, que tal vez interese conocer, dado que he sacado a relucir el tema de los druidas: en pleno Camino de Santiago, y entre esa línea que delimita la Maragatería del Bierzo, hay un pequeño pueblecito que lleva por nombre El Acebo. Antes de entrar en él, según se viene de Foncebadón y de Manjarín, hay una milenaria fuente, que todo peregrino conoce bien: la Fuente de la Trucha; o de la Truite, que también se la conoce así en idioma francés. Y no es casual, porque Trucha o Truite, eran también nombres con los que se conocían a los Druidas.

Et in Arcadia ego


(1) John Ronald Reuen Tolkien: 'El Señor de los Anillos', edición Círculo de Lectores, S.A., 1985, páginas 481-482.



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