lunes, 15 de agosto de 2016

San Miguel de Breamo



Cuenta la tradición, o la leyenda o ese afluente de los ríos de la memoria que generalmente vienen siendo los dimes y diretes de los pueblos, bendito e inagotable tesoro, que fueron los caballeros templarios quienes, allá por el año de 1187 y coincidiendo con la derrota del ejército cristiano en la batalla de los Cuernos de Hattin -que supuso el comienzo del fin del Reino Cristiano de Jerusalén, y por defecto, del dominio de éstos de Tierra Santa-, levantaron este misterioso poema de piedra en la cima de este solitario monte, hoy en día invadido de eucaliptos, desde el que se tiene una visión decididamente privilegiada de Pontedeume y su bahía.

La Historia, por el contrario, no menciona o no quiere mencionar a los templarios y sí hace constar, sin embargo, la presencia, cuando menos hasta los siglos XV ó XVI, de los canónigos regulares de San Agustín. Pero hay un detalle, que cuando menos, induce a la suspicacia: los documentos que avalan ésta última presencia, son posteriores a la edificación del templo. Pontedeume, es una hermosa villa marinera, que está situada a una veintena de kilómetros -kilómetro más, kilómetro menos- de la espectacular y señorial Betanzos. Y como en el caso de ésta, cuenta en su memoria histórica, con la presencia, pues no obstante, fue también señorío suyo, de una figura extraña y relevante de la nobleza gallega medieval: el conde Fernán Pérez de Andrade, apodado O Boo, el Bueno, cuyo magnífico y desconcertante sepulcro, se encuentra en el interior de la iglesia de San Francisco de Betanzos.

No menos curiosa, puede resultar la apreciación de que en las proximidades, en un pueblo que lleva, precisamente, el apellido del noble, Andrade, sobrevive una iglesita románica, más o menos contemporánea, la de San Martiño que, bendita sea la coincidencia, también algunas tradiciones populares aseveran que fue, en tiempos, iglesia templaria.

Sea como sea, y dado que no es cuestión de hacer aquí un ensayo sobre el templarismo del lugar, véase la presente entrada, como una conjugación perfecta de arte y belleza, digna de conocer. Siguiendo esta misma carretera general, y en aproximadamente dieciocho kilómetros, se llega a otro lugar, que también tiene su puntito de interés: el antiguo monasterio de Monfero.

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viernes, 12 de agosto de 2016

El románico peregrino de La Coruña


Tiene La Coruña, entre otros muchos atractivos, desde luego, dos antiguas iglesias románicas que, situadas en el interior del casco antiguo, atraen irremisiblemente la atención del peregrino: la iglesia de Santa María do Campo y la iglesia de Santiago. Más o menos contemporáneas, en ambas se aprecian detalles y elementos no exentos de interés que, a la postre, contribuyen a enriquecer, siquiera sea de una manera lúdica y cultural, los pormenores de un viaje que ya de por sí conlleva unas especiales características. Posiblemente más conectada con aquello que los especialistas consideran como influencia compostelana, la portada principal de la iglesia de Santa María do Campo, orientada hacia poniente, ya nos muestra, en la escultura de su tímpano, un tema que nos vamos a encontrar en numerosas iglesias situadas, sobre todo, a lo largo de la costa: la Adoración de los Magos. Una escena, en la que, en el caso que nos ocupa, se da especial relevancia a la figura de María, pues bien observada, aún entronizada, aparece más alta que el resto de los personajes, conformados estos por San José y los tres magos. Merece la pena hacer hincapié y llamar la atención sobre esta escena, porque además, el cantero introdujo, por partida doble, un motivo en el que cabe, cuando menos, cierta suspicacia: la inclusión de la torre. Situadas en ambos extremos, muestra la de la izquierda las cabalgaduras –no hemos de olvidar, la figura del caballo como vehículo psicopompo- de los magos, detalle que también se puede encontrar en la temática afín a alguno de los magníficos sepulcros medievales que se conservan en la catedral vieja de Salamanca. Mucho más arquetípico, no obstante, resulta el tímpano de la portada sur, cuya escultura, también es cierto que más afectada por la erosión, muestra una curiosa escena, en la que sobresalen, quizás como claves, la inclusión de varias ruedas crucíferas, elementos que podrían conectarse no sólo con la figura de Santa Catalina –como ocurre con un capitel de la iglesia de Santiago, en Ribadavia, Orense (1)-, sino también con ese curioso arcano del Tarot, el Carro –por la forma en que se distribuyen estas ruedas crucíferas-, tan relacionado con el sentido de movimiento y que podría aludir, de paso, a ese viaje no sólo exterior sino también interior que, teóricamente está realizando el peregrino, cuyos antecedentes ya encontramos en el Antiguo Testamento, en las circunspectas experiencias de personajes como Enoch o Ezequiel. Otra curiosidad que ofrece este templo, son los orientalismos –comunes, en muchos casos, al románico de Galicia- añadidos, posiblemente en época posterior, como la pirámide que culmina la torre situada en el lado de poniente y el curioso templete añadido del ábside.

Tal vez más sencillo en apariencia, pero no menos interesante en cuanto a referencias y simbolismo, el templo de Santiago, situado en las inmediaciones de la Capitanía General, muestra, en su portada principal, también orientada a poniente, una imagen ecuestre de Santiago, siendo el motivo que ocupa el tímpano de la portada sur, el tradicional Agnus Dei, motivo que suele ser bastante común a numerosos templos situados en diferentes lugares de la costa e incluso en el interior. Aparte de las curiosas marcas de cantería, apreciables sobre todo, en este lateral sur, donde también se observa la presencia de arcosolios que pudieron contener sepulcros en sus orígenes, la portada principal también nos unos curiosos botones crucíferos y la presencia de ángeles turifarios, portadores, en algún caso, de los elementos de la Pasión. Domina el altar mayor, una hermosa escultura de Santiago, escoltado por San Joaquín y San José y en uno de los laterales, una curiosa Virgen de la Leche, imágenes que hubo una época, a partir del siglo XVI en la que se prohibieron por decoro, pero que, como demuestra la famosa alegoría de San Bernardo su significado es más profundo y trascendente.

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(1)   Ese mismo tipo de rueda, figura en una curiosa imagen entronizada, posiblemente de Santa Catalina, que al menos en 1985, año en el que Juan García Atienza publicó la primera edición de su Guía de la España templaria, se localizaba en el templo de San Juan de los Caballeros, en Benavente.

domingo, 31 de julio de 2016

La Torre de Hércules


Hay quien opina, que en este mismo lugar estuvo un día situada la bailía templaria de Faro, que daría origen a esta hermosa ciudad que es La Coruña. Otros, por el contrario, opinan que no, que en realidad, ésta se encontraba entre las marismas situadas más al interior. Y por supuesto, hay también muchos que ni siquiera consideran la presencia de los monjes guerreros ni en este preciso lugar, ni tampoco en sus alrededores y que los establecimientos del Temple en Galicia no fueron tan importantes como pudiera pensarse a priori y como nos gusta especular a los románticos. En realidad, tampoco importa mucho el detalle de si, en lo más alto de este faro que, según cuenta la leyenda, se eleva sobre los restos del rey Breogán -desmadejado en tiempos protohistóricos por la certera maza de aquél posterior Cristobalón que fue Hércules-, hubo en algún nebuloso momento del siglo XII, centinelas templarios oteando un horizonte sombrío, cuya neblina matinal en muchas ocasiones ocultaba la llegada a la costa de esas águilas vikingas que con tanto interés y frecuencia asolaban las costas gallegas, llegando a penetrar, incluso, bastantes kilómetros en su interior . Tampoco importa, si en las vecinas ensenadas, lejos de las escolleras donde las olas se deshacen en espuma con sobrenatural ímpetu, originando esos seres fantásticos, que en las leyendas de las vecinas costas asturianas llaman ventolines y espumeros, los navíos de la flota templaria iban y venían de los puertos normandos, llevando importantes cantidades de productos destinados a soportar al ejército templario en Tierra Santa, cuyo declive comenzó a partir del año 1187 -fecha, por cierto, en la que se construyó la enigmática y cercana iglesia de San Miguel de Breamo, desde cuya cima se domina la bahía de Pontedeume- cuando en las arenas ardientes de Hattin quedó sepultada para siempre la flor y nata de la caballería cristiana, el orgullo de los Lusignan, la Vera Cruz y también aquél siniestro Deus lo Vult, pronunciado cien años antes.

Importa, y eso lo sabe el peregrino que va o que viene, dejarse llevar por ese influjo misterioso de la Rosa de los Vientos y escuchar, como en Fisterra, no el sonido del silencio, como diría el grupo vintage Simon & Garfunkel, pero sí la llamada de lo incognoscible: ese canto de sirena que, cuando permanecemos durante mucho tiempo viendo ir y venir las olas, llegan a sugerirnos la peligrosa posibilidad de soñar con otro tipo de caminos. Aquellos que un gran hombre, un gran poeta o un hombre bueno, como también gustaba de definirse, llamó una vez...Caminos sobre la Mar.

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viernes, 29 de julio de 2016

Santa María de Cambre


Se dice, se comenta, se rumorea que en Cambre hubo monjes cambeadores que ejercieron también el noble arte de la hospitalidad, atendiendo a los peregrinos que se dirigían a la tumba del Apóstol, siguiendo las pautas del camino de la costa, aquél que también se denomina Camino Inglés y que cuenta, o contaba en el pasado, con muchos lugares de atención. Y dicen, también, que aquellos monjes guerreros mostraban con orgullo una cruz roja en sus blancas vestiduras, a la altura del corazón, lugar que suele atraer como un imán a las flechas más certeras, independientemente de cuales sean las intenciones del Cupido en ciernes que las lance. Por otra parte, y al igual que esos muertos, a los que C.G. Jung dedicó lo que posiblemente sean sus sermones más gnósticos y crípticos, no se sabe a ciencia cierta si vinieron de Jerusalén sin encontrar lo que estaban buscando o sí vinieron de la ciudad santa, por contra, con las alforjas repletas de tesoros como aseveran numerosas leyendas. Pero, sea como sea, cuenta la Tradición –divino tesoro, después de todo, río metafórico que, como gusta de decir ese amigo y Maestro que es Rafael Alarcón, agua histórica lleva- que custodiaron y dejaron aquí, en el interior de ésta hermosa iglesia de Santa María, una de las hidrias de las famosas bodas de Caná, donde los evangelistas refieren que Jesucristo convirtió el agua en vino, en un escenario repleto de controversias, hasta el punto de que todavía hoy, en pleno siglo XXI, no se sabe a ciencia cierta quiénes fueron en realidad los esponsales. Tema que tiene, no obstante cierta relación, con otro lugar situado también en este Camino Inglés y que tuvimos ocasión de visitar a apenas unos insignificantes kilómetros de distancia de Muxía: San Xulián de Moraime

Verídica o no tan sugestiva reliquia, el templo al que acuden parroquianos y peregrinos, curiosos, estudiosos y buscadores no deja de ser, de cualquier manera, digno de admiración y ofrece generosos contrastes que, después de todo, no dejan indiferente. Entre ellos, llama la atención la austeridad de los canecillos de sus absidiolos que contrastan –perdón por la redundancia-, con el notable simbolismo de las esculturas de la portada, esvásticas incluidas, donde se puede observar una curiosa reproducción de un Agnus Dei –símbolo, que no exclusivo pero sí asociado con numerosas construcciones templarias- escoltado por sendos ángeles o ese capitel, tradicional, por supuesto, en su temática, en cuya psicostasis o pesaje de almas ese san Miguel –o ese san Anubis-, tiene que hacer verdaderos esfuerzos de concentración frente a las trampas del demonio, empecinado siempre en hacerse con almas humanas sea de la manera que sea, sin importar calidad ni cantidad; es decir, a saco. Pero sin duda, lo más representativo, o mejor dicho, lo que a servidor le llamó más la atención –independientemente del detalle de que el interior de la iglesia está dotado de esa rotonda circular característica de los grandes monasterios que imita la anastasis del Santo Sepulcro hierosolimitano, como Melón o Carboeiro- es esa representación de Daniel, orientalizada, con un libro abierto en el regazo y una flauta o caramillo en los labios, tranquilizando a los leones que están a su lado, de la misma manera que un faquir hindú actuaría con ese espléndido pero temible animal, que es la cobra.

En fin: belleza, arte, misterios y curiosidades en el Camino de Regreso.

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martes, 26 de julio de 2016

Santa María la Real de Sar


'...el occidente. Allí se pone el sol. Allí está el auténtico crepúsculo y es más bonito que aquí. Sólo allí, en occidente, el mundo se da cuenta de que muere. Por eso, en occidente, los hombres aman la historia; porque ella les recuerda incesantemente que los hombres y las civilizaciones son mortales...' (1)

En el Camino de Regreso, el peregrino recala por segunda vez en Compostela. Pero en ésta ocasión, lo hace lejos -o cerca, según se mire- de la Plaza del Obradoiro, de las exquisiteces no siempre bien comprendidas del Maestro Mateo y sin la necesidad implícita de volver a presentar sus respetos a los restos mortales del Apóstol o, en su defecto, a las cenizas de Prisciliano. Sus pensamientos, a veces vitales a veces mortales, como ese occidente que, según Mircea Eliade vive tan apegado a su sentido de la propia mortalidad, van y vienen, vienen y van en tal sucesión, que hay un momento en el que, comparativamente hablando, piensa que en su interior se está desarrollando una auténtica secuencia Fibonacci. Enfrente suyo, la Real Colegiata de Santa María de Sar. Un templo extraño, un auténtico diplodocus de piedra que, no obstante hermoso, conserva, como uno de sus misterios quizás más extraordinarios, ese extraño mimo con el que la Rueda de la Fortuna ha querido que sus cimientos no se tambalearan hace siglos, cayendo a tierra como un castillo de naipes. De hecho, tal desgraciado suceso debió de suceder en algún momento temprano de su historia, a juzgar por los gruesos contrafuertes laterales que le proporcionan un aspecto extraño, cual una araña apegada a su red de tierra y canto.

Tan extraño y a la vez tan atrayente, como debió de ser, a juzgar por los grabados de época que todavía se conservan en los olvidados semanarios que acumulan polvo de siglos en los rincones más apartados de las viejas bibliotecas, aquél otro templo, dedicado también a la figura de Santa María, que los templarios tuvieron en Ceínos de Campos. Y como los nueve fundadores que, según las crónicas se instalaron en lo que fueran las antiguas caballerizas del templo hierosolimitano de Jerusalén, también en esta colegiata cargada de ecos y silencios, hubo un tiempo, en sus comienzos –cuando una de las caras de Jano miraba hacia los ejércitos cristianos en expansión y la otra comenzaba a mostrarles otra vez el camino del Estrecho a los musulmanes- en que los misteriosos canónigos que residían en este lugar, no sobrepasaban ese significativo número y obtuvieron, así mismo como aquéllas, numerosas concesiones y prebendas. Lástima, por otra parte, siente el peregrino por la pérdida de la mayoría de los frescos que decoraban el interior del ábside principal y que, de alguna manera, pudieran haber estado conectados, por temática, no sólo con Augas Santas sino también con algunas capillas situadas en esos Pirineos franceses que, bien sea por el interés de un rey, Felipe IV, supieron inventariar los bienes de una Orden, cuya presencia aquí, en la Península, se nos quiere vender como menos importante de lo que en realidad fue.

Por sus símbolos los conoceréis, afirmaba el Maestro Roncellín. De símbolo en símbolo, tirando porque le toca, continúa caminando el peregrino en su Camino de Regreso.

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(1) Mircea Eliade: 'La noche de San Juan', Editorial Herder, S.A., Barcelona, 1998.

sábado, 16 de julio de 2016

Noya: enigmática Santa María a Nova


'Cuando abandonéis por fin la iglesia de Santa María, una nueva lápida quedará apoyada contra sus muros. Alguien tallará por ti en el lenguaje eterno tu ascendencia y tu linaje, las cosas que has hecho en tu vida y la fecha de tu nacimiento junto con la de tu muerte, que será ese día, durante el cual habrás adquirido una nueva identidad y un nuevo nombre que no podrás revelar jamás y por el que siempre deberás responder ante ti mismo...' (1)

Recuerdo con nostalgia, la primera vez que recalé en Noya y visité este enigmático lugar, que todavía, al cabo de los siglos, continúa siendo la igrexa de Santa María a Nova. Por aquél entonces, yo tenía otro nombre: un pequeño círculo de amistades -hoy día dispersas por las vicisitudes de ese viento inconmovible que se llama siroco-, me llamaban, precisamente, como al protagonista principal de esta formidable novela de Matilde Asensi: el Perquisitore. Era el rastreador implacable que perseguía los antiguos misterios, una vez abandonadas en un barranco esas pesadas alas de plomo que me ataban a la tierra. Mi primer brindis en Noya y mi primera comida de ricos frutos marinos, se produjo en un bareto pequeño, pero de ambiente agradable, desde cuyas mesas mis ojos podían vagar a capricho, peligrosamente hechizados por la belleza de la Ría. De alguna manera, cuando abandoné el recinto de Santa María a Nova, con un montón de claves apuntadas tanto en la libreta de notas como en el corazón, también se quedó allí algo importante de mí, aparte de mi antiguo apodo. Pero eso, claro está, pertenece a esa Musa bienhechora que se llama Secreto. Es cierto que, cuando salí de allí, un nuevo nombre me ha acompañado desde entonces. Los amigos más cercanos, lo conocen. En el futuro, he de volver a descargar lastre en Noya. Entonces, este nombre cambiará también. Pero todavía no es el momento. Baste saber, sencillamente, que no en vano el peregrino se acerca a Noya y que cuando la abandona para continuar su camino hacia ese lugar donde Saturno reúne las almas de los muertos, que es Fisterra, sabe, con prístina certeza, que algo ha cambiado en su interior. Pero no sólo han de ser sus numerosos y fascinantes enigmas los que acerquen a la gente a Noya, pues no deja de ser una gran verdad, que pocos lugares hay tan hermosos de descubrir, como esta marinera ciudad, fundada, según la Tradición por Noela, nieta de Noé. 

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(1) Matilde Asensi: 'Peregrinatio', Editorial Planeta, S.A., Barcelona, 2004.

jueves, 14 de julio de 2016

San Xulián de Moraime


'El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja,
no te arredres. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha,
pero en las grietas está Dios, que acecha...'.
[Jorge Luis Borges]

No llegan ni siquiera a media docena los kilómetros que separan Muxía de otra población, asentada más al interior, pero que conoce bien todo peregrino, pues sin duda en su acercamiento a la iglesia, hallará en la fría escultura de la piedra detalles de interés, que pueden o no hacer más sutil y relevante su, en apariencia, viaje iniciático: Moraime. Todavía quedan suficientes huellas de su primitivo origen bizantino en la iglesia de San Julián o San Xulián, si respetamos, cuando menos en los lugares, los aforismos lingüísticos locales. No ha de extrañarnos, por tanto, que en nuestro acercamiento a este curioso cenobio coruñés, encontremos candelas todavía encendidas junto al pórtico principal de entrada, orientado hacia poniente, como en la mayoría de los templos gallegos, y algún que otro peregrino desmadejado en la pradera, bien descansando bien meditando sobre los pormenores de su circunstancia personal o quizás, digo sólo quizás, haciéndose cábalas sobre el verdadero significado de la curiosa Santa Cena que ocupa por completo el tímpano de la portada del lado sur, con varios de los apóstoles señalando inequívocamente a una pequeña figura que permanece sentada a la diestra del Mesías. Para un tiempo de dieguitos y mafaldas, como cantaba Joaquín Sabina, puede que los viejos misterios sean tan intrascendentes como esa mota de polvo que lleva el viento y que despertó refinados acordes de protesta en la guitarra de Bob Dylan. Pero para aquél que ve en todo esto claves iniciáticas puestas a propósito en su camino, puede que este detalle, unido a esas lápidas anónimas que muestran un símbolo netamente caballeresco y campeador, la espada, le recuerden otra clave necesariamente relacionada, como es la hidria de las bodas de Caná que, según la Tradición, los caballeros templarios custodiaban en la iglesia de Santa María de Cambre.

Porque, como dice el poema del inimitable Borges, el Camino es fatal como la flecha, pero en las grietas está Dios, que acecha... 


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