miércoles, 26 de marzo de 2014

El ejército de terracota: los guerreros de Xi ´an en Madrid


Una vez dejada atrás la tierra de campos, Carrión de los Condes y el monasterio de San Zoilo con la sensación de tristeza que produce ver una auténtica obra de Arte mutilada y perdida para siempre, es buen momento para retornar a casa y dejarse sorprender por algún acontecimiento cultural digno de verse. Para empezar, y antes de que el próximo domingo retornen a su lejano país de origen, se me ocurre uno en particular, cuya contemplación no puede dejar a nadie indiferente, pues no sólo contrasta la antigüedad con la belleza, sino que también, subsistiendo en la sombra junto a ellas, una completa dosis de misterio le añade un inmejorable ambiente a la exposición: el ejército de terracota; los guerreros de Xi'an.
Si bien es cierto, que apenas se trata de una diminuta avanzadilla, su visión, no obstante, resulta más que suficiente, como para conseguir que un estremecimiento le recorra el cuerpo a uno, de la cabeza a los pies. Datados en 210-209 a. de C., forman parte de los ocho mil guerreros de terracota, descubiertos hasta el momento, que fueron enterrados en la inmensa tumba del primer emperador de China: el enigmático Qin Shi Huang Ti. Realizados a tamaño natural, este ejército de barro no sólo llama poderosamente la atención por la perfección que denotan en su ejecución, sino que también plantean numerosas cuestiones, siendo una de ellas, la peculiaridad de que ninguna figura es igual a otra, sino que, por el contrario, da la impresión de que todo el ejército de este poderoso emperador dragón, posó individualmente para un genial artista anónimo.
Considerados como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, sus descubridores y excavadores oficiales, la arqueóloga Xu Weihong y su equipo, recibieron el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Pero si hasta donde se ha llegado en la excavación, apenas una ínfima parte, clama la admiración del público en general, no menos importante resulta la pregunta, ¿qué maravillas no permanecen todavía ocultas en el epicentro de la tumba, es decir, en el mausoleo real?. Y sobre todo, ¿cuál fue el destino e intención de tan formidable y fantasmagórico ejército?. La magia de la antigua China, ofreciendo un espectáculo especialmente recomendado para todos los públicos, donde los más jóvenes pueden también disfrutar de talleres de arqueología y barro durante los fines de semana, aunque, como digo, este que viene sea el último.
No hay camino baldío, si en su recorrido se puede aprender algo, disfrutando a la vez del espectáculo.

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lunes, 24 de marzo de 2014

Carrión de los Condes: el viejo monasterio de San Zoilo


Sería un olvido imperdonable alejarse de Carrión de los Condes y no mencionar, siquiera en unas breves líneas, lo que todavía sobrevive -más bien poco, es cierto- de aquél orgulloso monasterio benedictino, que fue el de San Zoilo, anteriormente, bajo la advocación de San Juan Bautista. De ésta época, sin duda, y aunque se ignora la fecha exacta de su fundación, datan las primeras noticias, citándose el año 948 y una pequeña comunidad de monjes dirigida por un abad de nombre Teodomiro. Y esto se sabe, porque en dicho año el citado abad concluyó el libro del Becerro -recordemos, Becerros en Castilla y Tumbos en Asturias-, que así lo menciona. Cambió el nombre primigenio de San Juan Bautista por el de San Zoilo, allá por el siglo XII, cuando las reliquias de un santo mártir, llamado Zoilo o Zoil, llegaron al lugar procedentes de Córdoba. Cuentan las crónicas, que por aquella época, el cenobio estaba protegido por la familia condal de Carrión. Y así debió de ser, en efecto, pues muchos de sus miembros reposan en los magníficos sepulcros -donde los Maestros de Carrión, volvieron a dejar huella de su excelente taller y hacer- que todavía, en mejor o en peor grado de conservación, permanecen en la iglesia. Éstos, junto con el excelente pórtico de acceso a ésta, son los escasos testimonios románicos que pueden encontrarse actualmente tanto los visitantes como los peregrinos que un día pasan por allí. Y no es poco, porque observando las curiosas y a la vez maravillosas representaciones, se puede llegar a imaginar la grandeza que un día tuvo que tener este lugar, bien conocido por los peregrinos medievales. Pero no sólo eso, porque en esa misma portada, y a juzgar por las curiosas marcas de cantería que todavía sobreviven, se puede llegar a hipotetizar sobre alguno de los lugares por donde pasaron los canteros. Tal sería el caso de una marca muy particular, en forma de serpiente enroscada, que sobresale en los sillares que forman el arco de la portada, semejantes, por no decir idénticas, a aquéllas otras que todavía se pueden ver en el pórtico de acceso a otro malogrado cenobio orensano: San Paio de Abeleda.
Desde 1992, las antiguas dependencias de este monasterio de San Zoilo, se han convertido en un magnífico complejo hotelero, al haber sido vendido por la Diócesis palentina, reservándose la parte monumental, aunque cediendo su uso. En 1996, la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Palencia, tiene una oficina que atiende a los peregrinos que continúan su tránsito hacia Santiago. También dispone de una excelente Biblioteca, que tiene más de cinco mil volúmenes, en su mayoría, dedicados al Camino de Santiago.
Sea como sea, lo que sí se recomienda, tanto al curioso, al visitante como al peregrino, es una parada: a pesar de todo, San Zoilo tiene todavía muchas cosas que contar.

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jueves, 20 de marzo de 2014

Carrión de los Condes: el Museo de Arte Sacro de la iglesia de Santiago



‘Hay determinadas ciudades, lo mismo en España que fuera de ella, que no se incluyen en el itinerario acostumbrado de los viajeros y que permanecen desconocidas para gran número de ellos, a pesar de los tesoros que encierran…’. (1)

Tales eran las impresiones de Gustavo Doré -famoso por sus monumentales grabados, sobre todo, aquéllos dedicados a la Divina Comedia de Dante Alighieri-, y del barón Davillier cuando, durante el transcurso de su intenso viaje por España, llegaron a esta espléndida ciudad palentina de Carrión de los Condes. Impresiones que, en cierto modo, continúan conservando su vigencia en la actualidad, pues a pesar de ser, en un concepto general, un auténtico Museo Histórico, la vieja Carrión continúa siendo, además, y  en cierto modo, la Bella olvidada. Cierto es, así mismo, que ha perdido buena parte de su patrimonio histórico; un patrimonio que, de haberse conservado no intacto, lo cual resultaría ciertamente milagroso, pero sí mejor y con más cariño, hubiera hecho de ella una auténtica villa dotada de ese inconfundible sabor a Medievo que hace que otras ciudades como Calatañazor, Frías o Covarrubias  sean miel para los instintos oseznos del curioso y musa para los nostálgicos que llevan grabada en el alma la consigna de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Ahora bien, de lo que no cabe duda, es de que el buscador de lo insólito encontrará aquí –en ésta tierra de Pan y Vino, como diría mi buen amigo Syr Malvís-, los suficientes elementos, cuando menos curiosos, para pensar que, por alguna oculta razón, hubo un tiempo en el que por estas tierras y bajo el disfraz de una piadosa inocencia popular, se desarrolló un generoso caldo tradicional con ingredientes multiculturales, añejos y macerados en siglos de convivencias y luchas, pero con un inconfundible olor a heterodoxia que, después de todo, no consiguieron erradicar esos sabuesos de Dios, que azuzados por Domingo de Guzmán, tanto y tan bien sirvieron a cristianísimos reyes, orbe et orbi, como Felipe II. Referente a éste último y a su conocida afición por las reliquias, miedo me da acudir a ese otro Viage por España que en su nombre realizó Ambrosio de Morales y comparar su relación con estos otros elementos de Arte Sacro que satisfacen los espacios silenciosos de la nave de esta malherida iglesia de Santiago que, quizás en un pasado  remoto, si hemos de compartir la indemostrable aseveración de Madoz –al menos, en lo que a documentos se refiere-, pudo haber conservado los ecos entusiastas del Non nobis Domine de los caballeros templarios.
Lo que sí conserva, ajenos a ese inalterable orden cronológico de las agujas del reloj que marcan el avance inexorable del tiempo, es una pequeña pero admirable colección de objetos, algunos de los cuales, por sus características, llama poderosamente la atención. Junto a ellos, y consignados en una pequeña placa, algunos nombres sugieren un top ten artístico marcado a la sombra del genio y la escuela del Maestro; pero en su gran mayoría, es el anonimato, bendito, genio, frívolo y culpable del suspense, quien en el fondo brilla por su continuidad y nos recuerda, otra vez, esas insalvables lagunas históricas en las que vivimos. Tallas, cuadros y trípticos que invitan a reflexionar y a la vez nos introducen en ese mundo anímico, cada vez más desconcertante con el paso de los generaciones -considérese como choque generacional o mundos en colisión, como diría Inmanuel Velikovsky-, pero que durante épocas constituyó la fe y la práctica de nuestros mayores, residuos culturales que también ellos heredaron de una época anterior. Lejos quedan, en esta sociedad actual saciada con el Santo Grial de los supermercados y la informática, esas Sacas de Ánimas, que piadosamente abrían las celdas del Purgatorio, liberando almas en determinadas fechas señaladas del año. O ese Niño ángeles somos, que los monaguillos sacaban en procesión por Pascua, pidiendo el aguinaldo a los vecinos. Y es curioso, porque aunque la gente continúa acudiendo devotamente a las iglesias, pues teóricamente España continúa siendo un país católico y practicante, pocos son ya los fieles capaces de enumerar, uno por uno, los siete misterios de la Virgen, constituidos, a la vez, por las siete alegrías y los siete dolores que, sin embargo, colman buena parte de las representaciones artísticas que a lo largos de las edades y de los estilos, continúan aportándonos mensajes subliminales desde los inconmensurables retablos de nuestros templos históricos, haciéndonos recordar, a través de la magia visual, esos capítulos de la vida y muerte que unen los destinos de Jesús y de María, y que constituyen todo un mundo de simbolismo añadido, manejado con mayor o menor pericia e intención por cada artista en particular.

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Tal vez por eso, no deje de ser una cuestión interesante preguntarse, viendo, por ejemplo, la representación gótica de San Antón, atribuida a la escuela de Alejo de Vahía, por qué, alejándose de la norma, o cuando menos de lo habitual, el cerdito acompañante lleva otro animal en la boca, semejando la hogaza de pan que suele llevar siempre, también en su boca, el perro -¿o lobo amaestrado?-, que acompaña a ese santo caminero, presente poco menos que en todas las iglesias y ermitas del país, que es San Roque; o San Roca; o incluso yendo más allá, rizando el rizo, ese símbolo roque o torre del ajedrez –cuya santa portadora, suele ser generalmente Santa Bárbara, a la que imploramos cuando llega la tormenta-, que adoptaron como seña ciertas misteriosas hermandades de canteros y que nos lo encontramos en lugares muy específicos, que sobresalen no tanto, quizás, por el misterio implícito  a sus orígenes, como por sus peculiaridades en sí, siendo uno de tales lugares, Santa María de Eunate.
Pero si esto suscita hipotéticos interrogantes, ¿qué no pensar, después de ver el Cristo renano crucificado en una cruz con forma de pata de oca de la iglesia de Santa María del Camino, del significado subyacente en este otro Santo Cristo de la Cepa y la Salud que, salido de la imaginería del taller de Isidro de Villoldo, discípulo nada menos que del genial Alonso Berruguete, muestra a Cristo crucificado en un auténtico árbol?. ¿Por qué en el retablo del siglo XVI que está al lado, atribuido a Fernando Infante y procedente de la ermita de San Juan de Cestillos –situada a dos kilómetros de Carrión, de donde también procede otra enigmática talla del siglo XIV, denominada San Juan Verde, por estar pintada con este color no sólo asociado con las velas que se encendían en honor de las Vírgenes Negras, sino también con la Serpiente de la Sabiduría que generalmente sale del cáliz o grial que suele llevar éste en su mano-, se evidencia también la presencia del árbol, que le sirve de apoyo a un San Juan Bautista cuyos símbolos, el cordero o Agnus Dei y el Libro Sagrado, descansan también sobre una rama?. ¿Qué decir aquí de la presencia de dos santos gemelos muy poco conocidos, como son San Crispín y San Crispiniano?.
En fin, suficientes elementos y detalles como para pensar que, sean cuales sean las orientaciones de nuestro pensamiento o de nuestras impresiones, siempre queda la certeza -y este aserto, posiblemente lo conozca muy bien el peregrino-, de que en este tramo del Camino, sabe que se adentra en una tierra de Pan y Vino, sí, pero también en una tierra de misterios; en un tramo multipolivalente de ese mágico Tablero de la Oca; de templarios guardianes de Tradición y peregrinos; de infinidades góticas; de antigüedad -nombre que ya lleva uno de sus pueblos-, de Historia y sobre todo, de Arte y Filosofía.
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(1) Gustavo Doré / Barón Ch. Davillier: 'Viaje por España', Ediciones Grech, S.A., 1988, Libro II, capítulo XXXIII, página 323.

viernes, 14 de febrero de 2014

Carrión de los Condes: iglesia de Santiago



El siguiente punto de parada en Carrión de los Condes, imprescindible, sobre todo si el peregrino o el visitante son amantes del arte románico de calidad, dejándose llevar a la vez por el buen gusto, es la iglesia de Santiago. Santiago, como muchos otros monumentos de su época, es un templo herido mortalmente, pero en cuya portada, no obstante, se muestra todavía, con buena parte de su original esplendor, el orgullo, la maestría y el buen hacer de unos canteros que en la ejecución de su trabajo, rozaron la perfección. Reconvertido en Museo de Arte Sacro en la actualidad, constituye este detalle, a la vez, un aliciente, cuando menos antropológico y añadido, que nadie debería dejar pasar por alto; sobre todo, si realmente desea que su paso por esta longeva e histórica ciudad, sirva de impregnación cultural de referencias de inequívoco valor simbólico, donde la sorpresa, referida en particular a algún elemento determinado, como veremos en el futuro, les ha de resultar verdaderamente fascinante.

Por otra parte, no es cuestión de valorar en esta entrada las coincidencias no sólo temáticas sino también estilistas que la conectan con otro singular templo situado en la no excesiva lejana población de Moarves de Ojeda, -el de San Juan Bautista-, ni tampoco especular si el taller o los talleres que intervinieron en su elaboración, lo hicieron bajo mandato de los freires del Temple, pues sospechas existen, de que alguno de ellos pudo haber pertenecido a tal Orden monástico medieval. Pero tal vez, sí sería interesante y a la vez conveniente, señalar, para quien tenga la oportunidad de comprobarlo algún día, la semejanza estilística que ambos templos palentinos tienen con un elemento similar, y poco menos que único de su primitiva factura románica, que se localiza en una de las portadas de acceso a la catedral de Lugo, donde también se cree entrever la influencia de un extraordinario maestro cantero, o por defecto, de su escuela, como fue el inmortal Maestro Mateo, que según la leyenda se representó a sí mismo en la catedral de Santiago, en la figura conocida como el Santo dos Croques, en las que los peregrinos, siguiendo la ancestral tradición, golpean sus frentes, soñando, quizás, con adquirir, mediante el acto mágico de la transmisión de pensamiento, parte de la sabiduría del Maestro.
Pero, sin duda, uno de los mejores métodos de ilustración para acceder al Palacio de Sophia, resida en la propia observación. Porque mediante ella, veremos, quizás, parte de esos fascinantes capítulos históricos de conquista, reconquista, repoblaciones y fueros donde los diferentes gremios artesanos jugaron un papel fundamental en el establecimiento y la prosperidad de las ciudades, como nos recordaron los canteros al representarlos, no sin causa aquí, precisamente como temática secundaria, inmediatamente debajo del Pantocrátor y su Apostolado, sin olvidar esas referencias a antiguos mitos y creencias, como consta en los capiteles y sus exotéricas alusiones al pecado, siempre de manifiesto en los templos románicos.
Sea como sea, y a la vista de tan maravillosa portada, quizás no esté de más aludir aquí, como punto final a la presente reflexión, aquello de: Christo Imperat.



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domingo, 9 de febrero de 2014

El Santo Cristo del Amparo de Carrión de los Condes


Apenas conocido, y por lo tanto, menos dado a las pláticas y comentarios que su homónimo de la iglesia del Crucifijo de Puente la Reina, el Cristo renano, también de los siglos XIV-XV y conocido como Santo Cristo del Amparo que se conserva en el interior de la emblemática y fabulosa iglesia de Santa María del Camino, en Carrión de los Condes, repite, dentro de la concepción legendaria que le rodea, la persistencia de otro mito, tomado por veraz dentro de los numerosos mitos y leyendas que conforman esa parte maravillosa del Camino, cuyo conocimiento el peregrino va recogiendo en las innumerables escalas que va haciendo, en dirección al Oeste, hasta recalar en Compostela e incluso más allá, en el Finis Terrae.
En una capilla lateral, situada enfrente de donde se encuentra la talla gótica, entronizada y de mirada hierática y sideral de la Virgen del Camino, esta fantástica talla renana, de las conocidas como 'Cristos dolorosos', conlleva asociada similar leyenda a la que circula por la antigua iglesia templaria de Santa María dels Orts, o de los Huertos, más conocida actualmente, y precisamente por este motivo, como del Crucifijo. En ambas, se cuenta que fueron unos peregrinos alemanes, que en señal de agradecimiento por haber realizado con bien el Camino, lo dejaron en depósito. Como aquél, esta maravillosa talla, también tenía originalmente como elemento de martirio, una cruz en forma de pata de oca. O lo que es lo mismo, una cruz con forma de runa de la vida, similar, después de todo, al árbol Yggdrasil sobre el que permaneció crucificado el propio Odín, y donde le fue revelado el misterio de las runas. Si bien, la cruz no es la original, hay motivos razonables para pensar que era idéntica a la del Cristo de Puente la Reina. Hace algunos años, las autoridades eclesiásticas la cambiaron por una cruz tradicional, alegando las malas condiciones de la original. Pero, y aquí he de romper una lanza en favor del pueblo, ante los repetitivos actos de protesta, volvieron a clavar la talla sobre una pata de oca, tal y como se muestra en la actualidad a todo aquel que accede al templo. Y aunque la original se perdió para siempre, la intencionalidad y peculiaridad, no obstante, permanecen, como permanece la imagen, igualmente representada en una de las vidrieras, cuya visión debería de alertar a peregrinos y visitantes, pues es bien visible desde fuera, de que, después de todo, se encuentra ante una iglesia por la que nunca debe pasar indiferente.
Y una cosa más: en cuanto a Cristos peculiares, Carrión de los Condes esconde algunas desconcertantes sorpresas. 

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miércoles, 5 de febrero de 2014

Carrión de los Condes: iglesia de Santa María del Camino


'Pateant aures misericordie tue, quesumus, domine, precibus supplicantium beati Iacobi peregrinorum et ut petentibus...'
[Codex Calistino, oración por los peregrinos]

Para acercarse a una ciudad de tan antigua y rancia solera, como Carrión de los Condes, es necesario acudir, por lo pronto, a la opinión de Aymeric Picaud, y como aquél, intentar remontarse al siglo XII y concluir, cuando menos, que estamos a punto de entrar en una villa próspera y excelente, abundante en pan, vino, carne y todo tipo de productos. Si bien, de aquélla excelente villa que conociera Picaud -la romanizada Lacóbriga-, no han resistido, al menos en el estado original a como él los visitó, los principales monumentos que sus pies hollaron (1), no deja de ser cierto, y además todo un consuelo, al fin y al cabo, que la abundancia de pan, vino, carne y todo tipo de productos, hacen que el peregrino no sólo reponga fuerzas de la agotadora marcha seguida hasta entonces, sino también, que emprenda la persecución de las viejas glorias de Carrión con el ánimo reconfortado y la ilusión de vislumbrar, cuando menos, parte del mejor románico peninsular -sin menosprecio de dicho arte en el resto de las provincias- mientras se deja envolver por la magia de sus fascinantes leyendas medievales -como la de la mora Zuleima y sus desventurados amoríos con el rey Alfonso VII, o la determinación de la Venerable Madre María Luisa de la Ascensión, más conocida como la monja de Carrión, de quien la tradición dice que dominó al demonio que había entrado en el convento, es de suponer, que el de Santa Clara-, o quizás, yendo aún más lejos en la ensoñación y aguzando hasta el infinito el oído, se deje sorprender por los ecos de la antiquísima magia cabalística que brota hacia la medianoche del ladrillo cocido de las paredes de los oscuros callejones de lo que en tiempos fuera la importante aljama judía por la que anduvieron personajes como el Rabí Don Sem Tob (2), Sem Tob de Carrión o Sem Tob ibn Ardutiel. e incluso cristianos de rancio abolengo, como el Marqués de Santillana y piense, además, que el río que ahora lleva el mismo nombre que la ciudad, se llamaba, allá por los lejanos idus del siglo X, Nubis, prácticamente igual que el nombre de aquél oscuro y ctónico dios egipcio de cabeza de chacal que, como haría posteriormente el arcángel paladín de los cristianos, San Miguel, además de sojuzgar al Diablo, juzgaba y pesaba en el otro mundo los corazones de los difuntos.
Así es Carrión, y no obstante, sea como sea y habite de motu propio la magia particular en el corazón y en el pensamiento de cada uno, no deja de ser significativo y además parte responsable también que induce que tanto el peregrino como el visitante sientan deseos de profundizar más en el Arte, la Historia, las Tradiciones y el Misterio de Carrión, que el primer lugar memorable con el que se encuentran y en el que se detienen sin remisión, sea precisamente esta iglesia de Santa María del Camino. O de las Victorias, porque también aquí, como en Clavijo, tanto la iglesia como la hermosa talla gótica de la Virgen titular tan venerada por los peregrinos y llamada también de las Victorias, forman parte de un mito histórico, que al parecer, nunca sucedió en realidad, pero cuya persistencia en la memoria obliga a mencionar: el Tributo de las Cien Doncellas.
Parte de ese mito, que deja por los suelos la reputación del infortunado rey Mauregato, quizá esté contenido -al menos, en lo que se refiere a los toros enviados milagrosamente por la Virgen- en la fenomenal pero a la vez bastante deteriorada portada principal de una iglesia que se levantó a comienzos del siglo XII y en cuya ejecución y planta, comparables a Frómista y Jaca, según los expertos, se observan influencias escultóricas de origen hispano-languedociano. Si esto fuera cierto, no habría de sorprendernos en demasía la presencia, en un lateral, de un Caballero del Apocalipsis o Caballero Cygnatus, precursor de una revelación o cambio, que en el caso del Languedoc, tuvo como consecuencia la puesta en práctica de una espantosa cruzada entre cristianos.
Pero volviendo a la leyenda, siquiera sea a grosso modo y en relación a tan vergonzoso trato atribuido a un rey, Mauregato, que pasó sin pena ni gloria por los epopéyicos anales regios hispanos, correspondía a la ciudad de Carrión, la entrega de cuatro doncellas para el harém del Miramamolín musulmán; número significativo, al menos simbólicamente hablando, que vuelve a repetirse con el milagro de la Virgen y los cuatro toros que desarbolaron y pusieron en fuga a los supersticiosos moros cuando llegaron tan confiados a cobrarse el infame tributo. De hecho, en la portada principal -y aquí el romanticismo, parece olvidarse de la tremenda importancia de este animal, siempre presente en las más remotas tradiciones de las culturas del Norte- figuran, al menos, las cabezas de dos ellos, por debajo de un friso de excelente factura, donde, aparte de una más que meritoria representación de la Adoración de los Magos, los canteros recurrieron, así mismo, a la familiar temática de homenajear a los oficios, temática donde como referentes de calidad, se pueden citar, cuando menos, la portada de la cercana iglesia de Santiago o aquélla otra, maravillosa también, del templo existente en Revilla de Santullán y dedicado a las figuras de los gemelos -volvemos otra vez al simbolismo-, Cornelio y Cipriano.
Si bien es cierto, que el templo de Santa María se encuentra muy modificado, no es menos cierto, a su vez, que los objetos de culto que se custodian en su interior, no sólo han de sorprender por su simbolismo, sino también por su calidad. Entre ellos, y aparte de la magnífica talla de Santa María del Camino o de las Victorias, cabe mencionar el excelente Retablo Mayor, obra de 1684, atribuida a Santiago Carnicero, con esculturas de Juan de Ávila; el magnífico sepulcro del noble y licenciado Juan de Paz, que por su estatura y semblante recuerda a aquéllos imponente jueces castellanos y la pieza fundamental, que no mucha gente conoce y que entronca con otro lugar fascinante del Camino de Santiago, como es Puente la Reina: su Cristo renano del siglo XIV, crucificado sobre una pata de oca. Pero éste, bien vale por sí mismo una próxima entrada.


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(1) Esto se hace más evidente, sobre todo en lo que respecta al que una vez fuera uno de los principales monasterios de la Península, el de San Zoilo, creado, junto con el de San Facundo, de Sahagún, mediante la política europeísta del rey Alfonso VI.
(2) Parte de su obra, la rememora Mario Roso de Luna en el relato esotérico que lleva por título 'La demanda del Santo Grial', relato que forma parte de la recopilación editada en 1923 en Madrid, por la Editorial Pueyo, titulada 'El Árbol de las Hespérides', cuando, al comienzo de la Segunda Parte y hablando de don Ginés de Lara, el último templario del monasterio soriano de Santo Polo, refiere parte del poema titulado Consejos et documentos al rey Don Pedro I de Castilla: 'Señor-rey, noble y alto, / oyd este sermón / que vos dice Dom Santo, judío de Carrión: / Non val el azar menos / por nascer en vil nido / nin los exiemplos buenos /por los desir judío...

sábado, 25 de enero de 2014

Villalcázar de Sirga: iglesia de Santa María la Blanca


Saliendo de Población de Campos, y a una decena de kilómetros, o quizá algo menos, la siguiente localidad que atrae el entusiasmo como el interés del peregrino, no es otra que la antigua Villasirga; o Villalcázar de Sirga, como se denomina en la actualidad. En ella destaca, por encima de cualquier otro elemento o consideración, el misterio, la leyenda, el Arte y los milagros asociados al auténtico compendio de Geometría Sagrada, contenido en la impresionante iglesia de Santa María la Blanca. Una figura mariana, la Virgen Blanca, cuyos milagros, loados en número aproximado de una decena en esa auténtica joya de nuestra Literatura medieval, que son las mundialmente conocidas Cantigas de Santa María, escritas por el rey Alfonso X el Sabio, constituye, en cuanto a su identificación exacta, otro de los numerosos enigmas asociados a esta antigua encomienda templaria, la única, según parece, existente al norte de la frontera con el Duero.
Aunque muy afectada por el terrible terremoto que sacudió la ciudad portuguesa de Lisboa en el año 1755, posiblemente el peregrino, además de los maravillosos milagros atribuidos a la Virgen Blanca, conozca también una de las leyendas más persistentes con relación a la fascinante cuestión del tesoro de los templarios, y fije su atención en el magnífico Pantocrátor, así como en el denominado cerdito de San Lucas, que contiene la clave del secreto y que sólo revelará a aquél afortunado que en el equinoccio de primavera golpeé en el punto exacto en el que un rayo de sol ilumina la cabeza del toro, animal representativo de San Lucas. Se crea o no en las antiguas leyendas, lo cierto es que, quien busque tesoros en este imponente lugar, tendrá que reconocer que en efecto, el tesoro auténtico existe y que no es otro que la maravilla arquitectónica que tiene delante, unida a la singular riqueza artística que tiene, tanto en el exterior como en el interior de un lugar sacro que, si hemos de hacer acopio de las palabras del gran especialista español sobre el Temple, Rafael Alarcón Herrera (1), tiene planta de cruz patriarcal, precisamente uno de los tipos de cruz más sagrados utilizados por la antigua orden de caballería.
De su interior, qué duda cabe que tanto el peregrino como el visitante, se encuentran con múltiples detalles que, aunque aquí no se analicen con la profundidad que merecen, sí es cuestión de reseñar. Indudablemente, uno de los mayores tesoros que contiene esta iglesia de Santa María la Blanca, son los magníficos sepulcros policromados de la capilla de Santiago. Sepulcros que, a juzgar por los especialistas, corresponderían, en el orden que se citan, al Infante Don Felipe, hijo de Fernando III el Santo y de Doña Beatriz de Suabia y hermano de Alfonso X el Sabio; el de su segunda esposa, Doña Inés Rodríguez Girón y un tercer sarcófago donde yacen los restos de un enigmático caballero, que algunos identifican como Juan de Pereira, caballero santiaguista, pero que, según otras fuentes, correspondería al maestro templario que realizó la obra. Observando fijamente los tres sepulcros, hay una maravillosa imagen gótica de Nuestra Señora, terriblemente mutilada -le falta el brazo derecho, así como la cabeza del Niño- que algunos identifican con la auténtica Virgen Blanca de Villasirga, enigma al que se hacía referencia al principio.
Obra de notable interés artístico, así mismo, es el fabuloso Retablo Mayor, coronado por un Calvario, en el que se muestra, como elemento de tortura, una de las denominadas Cruz de Gajos, tipo de cruz, así mismo, que suele encontrarse en lugares de comprobada o de sospechada pertenencia al Temple. Dentro de los diferentes pasajes que se muestran en dicho retablo, un dato de interés, es la muestra del Santo Rostro, tema, por otra parte, muy controvertido pero igualmente relacionado con los templarios, independientemente de que la obra sea muy posterior a su desaparición. También conviene reseñar, como ya hablábamos de los fantásticos retablos góticos conservados en la iglesia de San Pedro, en Frómista, aquí se aprecia la misma mano, o cuando menos, la misma escuela, en la forma de mandorla dorada sobre la que está recostado el Niño.
Otro pequeño retablo, situado en uno de los laterales, muestra, como ocurre también el deteriorado retablo de Santiago, de la citada iglesia de San Pedro de Frómista, escenas de la vida de Santiago.
Enigmáticas, por otra parte, continúan siendo las curiosas cabezas distribuidas en los laterales, de las cuales no se sabe si estaban allí originalmente o si fueron puestas después y por qué, pero que, contabilizándose en número de tres a un lado y de cinco al otro, conforman un número sagrado dentro del universo simbólico de la Orden: el ocho.  

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(1) Rafael Alarcón Herrera: 'La otra España del Temple', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1988, páginas 256-257.