domingo, 20 de marzo de 2011

El embalse de Nuévalos


Se diría que hablar del embalse de Nuévalos, conlleva referirse, acto seguido y por defecto, a uno de los lugares más extraordinarios no sólo de la comunidad aragonesa, sino también del resto de la geografía peninsular: el Monasterio de Piedra. En realidad, y en lo referente a los pormenores de la presente historia, la mención al Monasterio de Piedra -mal que me pese decirlo- es solamente circunstancial y su reseña, una simple referencia dentro de los pormenores de un viaje cuyo destino estaba situado una treintena de kilómetros más allá: Calatayud.
En efecto, mi destino era Calatayud, el Castillo de Ayud de la berbería conquistadora, y aparte de una visita a la ciudad de la Dolores, mis pretensiones se centraban, principalmente, en la iglesia del Santo Sepulcro y el Santuario de la Virgen de la Peña. Obviamente, no contaba con esas tretas inesperadas que el Camino a veces utiliza como anzuelo, de manera que cuando observé la referencia al Santuario de la Virgen de Jaraba, no me lo pensé dos veces y varié mi rumbo.
Jaraba es otro de los santuarios marianos que, como chakras, marcan los puntos principales de sa columna vertebral, geográfica y natural, que se desarrolla a lo largo del Alto Tajo, donde, curiosamente, se localizan, al menos, otros dos puntos o centros neurálgicos: el Santuario de la Virgen de Montesinos, en Cobeta, y el Santuario de la Virgen de la Hoz, distante, aproximadamente, nueve kilómetros de Molina de Aragón. Impresiona ver la ermita colgada, como una estrella fugaz atrapada en mitad de un universo pétreo. Pero al contrio que en los otros dos, alrededor de este Santuario se ha tejido un pequeño universo empresarial, que en parte le resta el valor mistérico que a lugares de tales características proporciona la soledad: varios balnearios, e incluso una fábrica de envasado de agua.
La aventura del regreso a la ruta original, no obstante se desarrolló por otros derroteros y perdiéndome voluntariamente, puse rumbo hacia Nuévalos y Alhama de Aragón, por una ruta paralela a la que siempre había llevado al ir al Monasterio de Piedra. Eso me permitió, observar el embalse de Nuévalos desde una nueva perspectiva; nueva perspectiva, dicho sea de paso, que me permitió disfrutar durante unos minutos del juego alquímico con que la luz actúa sobre el color de las tranquilas aguas, según sea la perspectiva desde donde se mira, así como el grado de profundidad de éstas. Especialmente sugerente de observar, me resultó, también, una zona cercana a la orilla, de intenso color verde, semejante, por su constitución, a los profundos pantanos de Louisiana o de Florida, que tanto salen en las películas.
Y no obstante, quizás el recuerdo más desgarrador fuera la visión, sobre lo alto de un promontorio cercano, de una singular iglesia, con todas las características de un original estilo románico, convertida en vivienda y finca particular.
En fin: tretas del Camino.

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