martes, 20 de septiembre de 2016

Montserrat


'...llegar allí es tu meta, / más no apresures el viaje. / Mejor que se extienda largos años / y en tu vejez arribes a la isla / con cuanto hayas ganado en el camino, / sin esperar que Ítaca te entristezca. / Ítaca te regaló un hermoso viaje. / Sin ella el camino no hubieras emprendido, / más ninguna otra cosa puede darte. / Aunque pobre la encuentres, Ítaca no te engañó. / Rico en saber y en vida, como has vuelto, / comprendes ya qué significan las Ítacas...'.
[Kavafis: Poema a Ítaca]

Hablemos de Santuarios. O de la vuelta a Casa. O de ese mítico viaje a Ítaca, que nos retiene o nos hace avanzar de oca en oca, permitiéndonos volver a tirar porque nos toca, para devolvernos transfigurados al lugar de partida, que al fin y al cabo, de eso se trata. Hablemos de lugares, de sentimientos, de anhelos, de esperanzas. Citémonos con Eros y con Psique y mientras ellos se rechazan con argumentos irreconciliables, hagamos las paces con Deméter y con María. Revolquémonos en estos lodos, causados por aquéllos antiguos charcos. Recojamos las piedras que fuimos dejando atrás, en las encrucijadas de los caminos a los que ya no hemos de volver, y continuemos avanzando, con ellas en el bolsillo, sabiendo que siempre hay nuevos caminos que recorrer y otras encrucijadas que esperan esa piedra tuya que te han de guardar hasta el día en que vuelvas a reclamársela. Y mientras hacemos camino, sin olvidar jamás de beber el agua y el vino de las tabernas, hablemos de Ítaca; así, sin apresurar el viaje, como decía Kavafis. Y al hablar de Ítaca, recordemos, entonces, ese antediluviano poema de Gilgamesh que, metafóricamente hablando, es en el fondo ésta auténtica Creación que llamamos Montserrat. Montserrat es uno de esos lugares trampa, cuya tela de araña se enreda en el espíritu de tal manera, que cuando partes de allí, en tu alma llevas grabada a fuego la consigna de que has de volver necesariamente, como antiguamente se iba y se volvía a la cueva de la Sibila. Es un imán sobrenatural, cuyo magnetismo atrae y a la vez repele; que toma y da, que quita y pone, que habla y calla a voluntad. Un lugar encantado; sagrado, si se prefiere, por derecho propio, donde mora una Diosa de piel morena, ¡oh hijas de Jerusalén!, de la que cabe preguntarse, sin embargo, ¿cómo pudo haberla tostado el sol, si durante siglos permaneció en lo más profundo y recóndito de su santuario?. Como las antiguas Madres celtas a las que tanto Shakespeare como San Bernardo veneraban y ante las que el pueblo danzaba en corro al son de los tambores. Hoy los corros son filas interminables que no bajan a la cueva, sino que suben a la basílica, como ascendiendo por una mítica escala de Jacob. Hoy en su piel de alabastro no se refleja la luz de las estrellas que antaño se colaba entre las estalagtitas y las estalagmitas de su antigua morada, sino que en ella se remarcan, detrás de la urna de cristal que la ampara, las llamas vacilantes de velas piadosas de cera de abeja, acreedoras de peticiones y milagros. Ahora Ulises envejece con Penélope y Telémaco se ha independizado. Ahora la Odisea, simplemente se llama Fe.

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domingo, 18 de septiembre de 2016

El Pasatiempo de Betanzos


'Y todo es una parte del diverso
Cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierran a tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores...'
[Jorge Luis Borges]

Non xove en Betanzos, cuando el viajero cruza el umbral, apenas una sencilla puerta de barrotes deslucidos y oxidados por el tiempo y la humedad, y accede, metafóricamente hablando, a ese otro lado del ocaso, donde sabe, supone o incluso presiente -como en los proféticos versos de Borges, que rondan su memoria-, que le esperan, sin aspavientos de ocarina, tambor, gaita o dulzaina, multitud de Arquetipos y Esplendores. Es el famoso Pasatiempo; el regalo de un indiano desprendido -el viajero sonríe para sus adentros, cuando recuerda que en la vecina Asturias se referían a ellos como americanos del pote-, que posiblemente pensara que con la aportación de algunos duros de la época, recobraría unos afectos que la vida le arrebató cuando llevó a cabo, maleta de cartón, pañuelo, mda en mano y ronchones en el alma la decisión, obligada o deliberada -tanto monta, monta tanto-, de cruzar el charco en busca de El Dorado o de la Fuente de la Eterna Juventud, o de la Madre de todas las Quimeras, que en el fondo, fueron siempre las Américas. El viajero, involuntariamente, se estremece ante los mitos de avidez del ser humano, y dejándose llevar por un inesperado impulso, observa el cielo.

Paradójicamente, tiene la extraña sensación de que el sol está inusualmente más alto que de costumbre; parece como, si por la ley de la gravedad de una conjunción astronómica desconocida, quisiera alejarse de aquélla línea del horizonte, que orientada a poniente -justo por el lado contrario de donde llegaron a Belén los Magos, cuyos restos se supone que descansan en un arcón de la catedral de Colonia-, le recuerdan, de manera drástica y perentoria, su obligación de suicidarse, como cada tarde -¿cabría plantearse una relación entre Sísifo y el Sol?-, en el cercano Finisterre. No obstante, como símbolo universal y Arcano Mayor que es, su luz, nítida e hiriente, deja al descubierto, apenas el viajero penetra en el recinto mágico, un espectáculo decadente, que en forma de abatido olvido, debería de ser clavo lacerante en la llaga del orgullo de una municipalidad dormida, independientemente de que sea domingo y fiesta de guardar y el encogimiento de hombros sea la excusa perfecta para señalar a la crisis como la pandemia maldita del siglo XXI que ha arrasado intenciones y presupuestos, obras y amores y por supuesto, todo un rosario de buenas intenciones. Pelillos a la mar, naveira, naveira, naveira do mar.

En realidad, tampoco importa; o no importa demasiado, si se tiene en cuenta que el viajero opina que en el fondo y después de todo, siempre hay un deje de sempiterna melancolía en lo decadente, que equilibra las balanzas de lo pasado y lo por venir con filigranas doradas de austera realidad. Sin llegar a aquello que el gran poeta Virgilio definía como etiam ruinas periere -¡hasta las ruinas perecieron! (1)-, pero acercándose peligrosamente a ese punto de no retorno -no return, no return, como la letra de esa inolvidable canción de Dimitri Tiomkin, relativa a aquél peligroso río que tuvieron que vadear, no sin esfuerzo y dificultad Robert Mitchum y Marilyn Monroe para darse cuenta de lo enamorados que estaban realmente (2)-, constituido por la unión inefable entre abandono y maleza -como algunos edificios góticos que tanto agradaba visitar al Maestro Gaudí-, el viajero, hasta donde abarca su visión, piensa y siente, luego debe de ser cierto que existe -escuela cínica-, que está pisando los delicados pétalos de una rosa en descomposición. Rosa Rosae. A su derecha, y en esa media curva de ballesta que soporta parte del peso de la escalinata superior, un buzo intenta hacerse con el cofre del tesoro, detalle que, aun yendo más allá de lo literal y ornamental, le parece una auténtica metáfora junguiana relativa a la que quizás sea la mayor aventura que pueda emprender un ser humano: el viaje interior; el descenso a las profundidades de uno mismo para descubrir quién se es en realidad.


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Por el contrario, y aun obviando las numerosas referencias masónicas de los escudos -incluidos los sugestivos gorros frigios, los apretones de manos, los soles, las estrellas, los cuernos de la abundancia o las pirámides-, correspondientes a esas hijas republicanas que le salieron rana a la monárquica España, el viajero concentra su atención en el muro, algo más allá, donde una recopilación de relojes fusilan horas que son recuerdos, minutos que son suspiros, segundos que son dolor: ¿quién inventó a Cronos, sino el hombre, quien a su vez parió a Cupido, a quien hizo siempre responsable del error dorado, cuando, en realidad, su único error ha sido, es y será la impuntualidad?. ¿Y quién, llegados a este punto, no soñaría con tener poder sobre el tiempo y atrasar o adelantar a voluntad ese fatídico instante en el que tomó una mala decisión y dejó salir de su vida a alguien realmente importante?. Fue Cupido quien disparó, sí. pero seguramente no lo hizo a ciegas, como generalmente se le atribuye, sino a destiempo. Y eso, al fin y al cabo, ¿qué es, sino una humana falta de paciencia, como la que demostraban los alquimistas de la Edad Media -precursores de la química moderna-, intentando acelerar un proceso de transmutación que maduraba a la perfección, en el seno de infinita paciencia de la Madre Tierra?.

Con paciencia, seguramente, piensa el viajero a continuación, que debieron de esculpirse esos templetes sobre los que estrecha un prolongado abrazo la pátina promiscua del tiempo. Una pátina, que se extiende al resto de la mitológica estatuaria, cuyas venas de mármol duermen el sueño eterno, quizás soñando con despertar un día a la carne. El templete central, que se eleva sobre una piscina invadida por la verdura, le recuerda, también, que después de todo, hasta en el agua estancada se pueden encontrar rastros de vida. Y es que la vida, como todo lo que tiene sentido, siempre se abre paso sin importar las dificultades. Difícil, finaliza el viajero sus reflexiones mientras se aleja en dirección al cercano Hiper Chino -los chinos, está convencido, de que son los actuales indianos que hacen las Américas en España-, sería no mirar hacia esa otra curva de ballesta, situada en el lado de poniente del estanque y no recordar, o mejor dicho, comparar, viendo esa cueva y esas estalagtitas, esa técnica de aprovechamiento natural del espacio, que ya pusiera en práctica Gaudí en su genial Park Güell. Un Pasatiempo, este de Betanzos, que, después de todo, continúa siendo mágico. 

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(1) Mi agradecimiento a D. Miguel de Unamuno, por recordármelo, cuando en Salamanca y allá por agosto de 1911, recordaba con esta cita parte de su impresión de las ruinas del monasterio de Santa María de Moreruela.
(2) Referencia a la película de Otto Preminguer, River of no return: Río sin retorno.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Betanzos...de los Caballeros


Betanzos es un poema. Un poema de rimas melancólicas que, como las nieves de antaño en las que se refugiaba el poeta Villon cuando el otoño pintaba estrellas de ocre fugacidad en su pecho, aluden a un pasado que tal vez no fuera mejor, pero seguramente sí más interesante. De hecho, el peregrino, el caminante o simplemente el taciturno buscador de quimeras que piense en él, reparará que su sobrenombre, de los Caballeros, no es una gratuidad, sino que éstos figuran en su pasado con similar persistencia a como el árbol, antecesor de la cruz, figuraba per secula seculorum en los escudos del antiguo reino del Sobrarbe; entiéndase, nuestro actual Aragón. Pulcra e inmaculadamente aposentado en su honorífico sillón, el docto historiador –a su manera, poeta también, pero de la rima sosa y fácil de la Historia-, verá en esa referencia, una alusión inequívoca al universo estelar de la nobleza galaica, cuya estrella principal, sin llegar, no obstante a alcanzar la luminosidad de Sirio o a enturbiar siquiera una mácula el brillo de esa Osa Mayor que los antiguos navegantes llamaban simplemente el Candil, es, no cabe duda, Fernán Pérez de Andrade, apodado –seguramente no por todos sus súbditos, pero sí por los más allegados o los más agradecidos, como ocurre hoy en día- O Boo; es decir, el Bueno –también al principio lo era el Señor del Segre, hasta que se demostró lo contrario y se convirtió en el mismísimo Diablo de la leyenda de Bécquer- y cuyo sepulcro, eso sí, magnífico, inconmensurable y esotérico descansa bajo el coro de la iglesia de San Francisco, una vez demolida la Capilla de la Quinta Angustia que era, en realidad, el panteón familiar elegido para sus eternas vacaciones en el Valhala judeocristiano. Porque eterna, feliz o indocumentada, pero inmaculadamente infantil, después de todo, es esa respetable y darwiniana memoria popular que no entiende ni se preocupa por los avales escritos para saber -porque por algo nace ya con los genes convenientemente avalados por siglos de experiencia, que los Caballeros originarios de esta Betanzos, cuya marinería danza al compás de las flechas de Diana Cazadora-, entender y no dar mayor importancia, que no fueron otros, sino aquéllos mismos pioneros que en el año 1251 permutaron sus posesiones betanceiras con el rey Alfonso X el Sabio –cuya Musa también los retrató jugando, en sus famosas Tablas de Ajedrez-, a cambio de ciertas posesiones en tierras zamoranas, como Alcañices y Alba de Aliste: los Caballeros Templarios. No templarios, presumiblemente, pero sí auténticos caballeros del tonal y del nagual –como diría el antropólogo Carlos Castaneda, para referirse a la creatividad y la expresividad que se complementan y desarrollan en los dos hemisferios cerebrales para la consecución de un fin, cuando menos, llamado Arte-, en Betanzos todavía se recuerda la visita de parte de esa desafortunada Generación del 27 –Lorca, Dalí, Cernuda…-, a quienes una de las dos Españas heló el corazón. Y viene a colación comentarlo, porque fueron precisamente inmortalizados en una histórica fotografía, al pie de ese trueno pagano o altar a los manes de los caminos, que es el crucero de piedra que como un inmutable Axis Mundi se levanta entre las iglesias de Santa María del Azogue y la mencionada de San Francisco, que era, en realidad, el lugar que ocupaba la iglesia o la encomienda –las fuentes, tanto historiadas como populares navegan en este aspecto en aguas igual de turbias que las del melocotón en almíbar- que los templarios tenían en Betanzos, y en la que todavía sobreviven, sobre todo en la portada de poniente –aquella que orienta al peregrino en su camino hacia el ocaso-, algunos retazos simbólicos del primitivo lugar donde los monjes-guerreros abandonaban sus espadas en el armero, para repetir su eterno mantra de Non nobis, Domine, non nobis sed Nomini Tuo da Gloriam: No para nosotros, Señor, no para nosotros sino para Gloria de Tu Nombre.

Como gloria otorga, por otra parte, aunque, entiéndase, en sentido figurado, metafórico o peyorativo, asistir, siquiera sea por un inesperado aunque afortunado guiño de ese fatum griego que conocemos como destino, a una boda por lo civil m-ante la mirada atónita de una cerrada iglesia de Santiago-, con acompañamiento de gaita celta, traje regional y una calabaza marca Volkswagen por carroza –que por algo lleva el nombre de coche del pueblo-, que recuerda las utópicas ilusiones de los felices viajeros psicodélicos de los años setenta, cuando el profeta Robert Zimmerman, nuestro universal Bob Dylan, proclamaba a los cuatros vientos, querido amigo, que la respuesta está en el viento.

En definitiva, Betanzos: un lugar donde perderse y reencontrarse.

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