martes, 8 de marzo de 2011

Vivencias del Alma: San Baudelio de Berlanga


'- Qué historia tan hermosa -dijo el Alquimista'.
[Paulo Coelho (1)]
Evidentemente, el Alquimista no se refiere a la historia de San Baudelio de Berlanga, sino a la historia de Narciso, aquél que, según la leyenda, iba todos los días al lago a contemplar su propia belleza hasta que un día, fascinado consigo mismo, cayó al agua y se ahogó. Hablar de San Baudelio, es también hablar de belleza. Pero al contrario que la belleza del pagado Narciso, la belleza de San Baudelio se encuentra en su interior, en ese espacio recóndito, pero vital que busca siempre el sabio y que, paradójicamente, suele ser musa e inspiración para el poeta.
Una belleza tímida, pudorosa, escondida entre unos montes paraméricos, en los que hace siglos se extinguió la simiente que nutría el lugar de frondosos bosques. Esos mismos bosques que, cuando se levantaron sus cimientos, allá por el siglo XII, la sirvieron de cuna, salvaguardándola de los avatares de un choque de civilizaciones. Un mundo, el cristiano, que todavía agachaba la cabeza y se persignaba ante el recuerdo de un aliado del Apocalipsis: el invencible Almanzor, el azote de los reinos cristianos. Luz y Sombra; Bien y Mal.
Dicen que éste pasó por alli, siglos antes de que la ermita se gestara aún como proyecto de tributo a Dios en la mente geométricamente sagrada de un desconocido Magister de origen mozárabe; y también se afirma que venía gravemente enfermo o herido después de la refriega de Calatañazor. Digo bien, refriega. Y aún más: se dice que jamás consiguió llegar a Medinaceli y que murió en Bordecorex, un pequeño pueblecito situado en las cercanías, cuya pieza cumbre es la iglesia de San Miguel. Y que fue enterrado en alguna parte del pueblo o de sus alrededores, y no en el castillo de Medinaceli, como pensaba el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada. Pero, después de todo, se dicen tantas y tantas cosas...
Lo único cierto, es que la ermita mozárabe de San Baudelio aún hoy día continúa conservando un discreto lugar entre bambalinas, convenientemente oculta por los altibajos de un terreno, cuya parte llana fue aprovechada para hacer una carreterilla comarcal que siguiendo el curso del río Escalote, se adentra corcoveando como el cuerpo en movimiento de una sierpe, en la vecina provincia de Guadalajara, hasta desembocar en la villa de Atienza.

Inmutable como la ermita, su custodio aguarda paciente. Es un hombre de pocas palabras, pero a fuerza de ir una y otra vez, uno llega a entenderle y a comprender, de paso, que su silencio es oro. Creo, y lo digo honestamente, que es un hombre que adora el lugar; un hombre que lo entiende y que lo mima porque comprende, quizás mejor que nadie, que ésta ermita es como una mujer maltratada. Una mujer vejada, a la que unos hombres sin escrúpulos robaron su virginal tesoro a fuerza de talonario, en una época en la que la ignorancia invadía España como una pandemia imposible de atajar. Una mujer que pese a todo, continúa enamorando apenas uno comienza a conocerla.

No importa si ha envejecido. Y no importa porque, a pesar de haberla despojado de sus galas, aún conserva, en su serena humildad, buena parte de su encanto, como esa ancianita cuyas arrugas el tiempo, en ocasiones piadoso, consintió en transmutar por dulzura.

El misterio y lo esotérico resultan aquí intranscendentes. Lo trascendente de ésta ermita, aquélla utopía fundamental que deberíamos encajar, occidentales y orientales como una lección del pasado, es que aquí un día, quizás no tan lejano si nos atenemos a las leyes de la relatividad, convivieron vírgenes y uríes. Y de esa maravillosa unión, nació todo un legado: una hermosa dama que es, a la vez, iglesia y mezquita.

(1) Paulo Coelho: El Alquimista, Círculo de Lectores, S.A., 1996.