miércoles, 14 de noviembre de 2012

Covarrubias


Qué placer, aquél de perderse por esas viejas, eternas ciudades castellanas con sabor agridulce a pasado y tradición, aún cuando en el ambiente se presienta ese singular olor a pólvora mojada que precede siempre al fragor repentino de la tormenta. Agosto, irascible e imprevisible, como ese viejo general, Fernán González, al que la Historia, no obstante su patética arbitrariedad, ha querido que sea más conocido como el de los Buenos Fueros, a veces reniega de sí mismo y acude a las nubes con la lengua fuera, similar a un perrillo faldero que solicita humillado una ducha urgente y un trago de agua que contengan su ira y aplaquen su sed. La lluvia cae, con fuerza, y durante el paso de la negra nube, el mundo parece reclamar con alivio una nueva historia de Noé. Y aún así, después del Diluvio y el vuelo de cuervos y palomas, el agua deja pendientes de plata deslizándose por los desgastados adoquines, mientras una capa de fresco barniz se abate sobre las casones típicas del viejo burgo, resaltando el color de los brunidos esqueletos de madera, maquillando la cadavérica palidez del adobe y de la cal.
Frente a la perdida mirada de Golem a falta de la sílaba mágica que le insufle vida, la estatua de la reina Cristina de Noruega custodia, con broncínea determinación, la venerable Colegiata de Santa María, sabedora que en su claustro, un sepulcro de piedra -cual Caja de Pandora- aprisiona unos huesos mondos, hace siglos roídos por el nedrófilo e inmisericorde Saturno, pero cuyo calcio aún libera humores fosforescentes, que semejan almas en pena en contacto con el abrazo cálido de la noche.
Hay un óculo, cuyo párpado recuerda una estrella de Salomón perfeccionada, que orienta la expectación del visitante a entrar con cautela en el interior de tan gallardo cíclope gótico, para admirar unos tesoros que acumulan, yacentes y enmudecidos, siglos de historia estelar. Suntuosa y aburguesada, rica en símbolos y detalles, en la intimidad de la Colegiata los claroscuros parecen agujeros de gusano que roen la morera de los enigmas y ocultan, en fina seda, las zonas pudendas de una Historia, cuyo nombre y apellidos están aún por descubrir; hay formas polisquélicas, y también unas atribuladas vírgenes de Mamblas y Redonda y el bosque de columnas elevándose hacia el infinito, remedo arquitectónico de los ancestrales bosques sagrados, donde hasta la sabiduría del propio San Bernardo encontró recursos para desarrollar su doctorado espiritual.
Misteriosa también en su soledad, la torre del viejo conde castellano -que igualmente lleva su nombre- parece orientar sus grisáceos muros en dirección a Silos, e incluso más allá, hacia el desfiladero de la Yecla, como si esperara una invasión agarena capaz de trocar la amnesia inmemorial de los desesperados fantasmas que un dia fueron su guarnición, al nuevo son de los clarines que preludian el fragor de la batalla. Castilla, Castilla, infatigable batalladora...
Hace tiempo que ha comenzado la misa en la vecina iglesia de Santo Tomás. Durante el intervalo, los focos artificiales rivalizan con las sombras que se han apoderado de la parte del coro. Hay una cúpula a modo de cielo, en cuyas formas onduladas es difícil resistirse a la tentación de conformarse con estrellas a falta de laberintos. Y un hermoso retablo donde Juan, que no Cristo, porta el símbolo del Cordero y del Grial que sostiene Magdalena, la S del Crismón cobra vida, y se convierte en Serpiente. Claves para el peregrino del milenio. Como aquélla que, allá atrás, donde la oscuridad recuerda el alambique alquímico de la tierra, dos sarcófagos reproducen, desde el abismo del anonimato, una hermosa cruz monxoi y otra sin desgajar que, como Árbol de la Vida, o del Destino, probablemente nació del cráneo de Adán.
Hay un pájaro de buen augurio, un genuino malvís, que pregunta por las brujas de la suerte de Covarrubias. Es difícil decir si su pregunta se hizo en el lugar adecuado, pero por la respuesta que recibió, resulta inútil preguntar por las brujas de la suerte de Covarrubias: en Covarrubias hay brujas como en cualquier otro lugar. Quizás por eso no arriesgué con los décimos de Navidad. 
Después de la placentera comida, un último adiós a la Virgen de la Cereza, prisionera en su cubículo enrejado, como centinela que vigila el puente para exigir el portazgo al turista que viene y va; guía que recibe y también despide en Covarrubias.

 
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