viernes, 10 de febrero de 2012

Oyendo hablar a los árboles del Bierzo



'Somos pastores de árboles, nosotros los viejos ents. Pocos quedamos ahora. Las ovejas terminan por parecerse a los pastores y los pastores a las ovejas, se dice; pero lentamente, y ni unos ni otros se demoran demasiado en el mundo. El proceso es más íntimo y rápido entre árboles y ents, y ellos vienen caminando juntos desde hace milenios. Pues los ents son más como los elfos: menos interesados en sí mismos que los hombres y más dispuestos a entrar en otras cosas. Y sin embargo los ents son también más como los hombres, más cambiantes que los elfos y toman más rápidamente los colores del mundo, podría decirse. O mejor que los dos: pues son más y más capaces de dedicarse a algo durante mucho tiempo.

Algunos de los nuestros son ahora exactamente como árboles y se necesita mucho para despertarlos y hablan sólo en susurros. Pero otros son de miembros flexibles y muchos pueden hablarme. Fueron los elfos quienes empezaron, por supuesto, despertando árboles y enseñándoles a hablar y aprendiendo el lenguaje de los árboles. Siempre quisieron hablarle a todo, los viejos elfos. Pero luego sobrevino la Gran Oscuridad y se alejaron cruzando el Mar, o se escondieron en valles lejanos e inventaron canciones acerca de unos días que ya nunca volverán. Nunca jamás. Ay, ay, érase una vez un solo bosque, desde aquí hasta las Montañas de Lune, y esto no era sino el Extremo Oriental...' (1).



Uno de los detalles que me llamó mucho atención durante mi breve estancia por tierras bercianas fue, en primer lugar, la aparente despoblación arbórea de sus montes -con su peculiar y embriagadora forma piramidal- y en segundo lugar, ese aviso de atención que, bajo la denominación de Soy Bierzo: cuídame, se localizaba en algunas zonas boscosas determinadas, aunque recuerdo, especialmente, aquélla aledaña al pueblo de Balboa, situado en otra zona diferente, aunque igualmente maravillosa, como son Los Ancares.

Me viene particularmente a la memoria -y por ello, deseo hacer un pequeño alegato a la cordura y el respeto- una piedra gris, pizarrosa -de pizarra escogí la piedra que deposité en la Cruz de Ferro de Foncebadón- apoyada en el tronco quemado de un árbol situado enfrente del castillo de Cornatel, en la que alguien -me preguntó si fue quizás uno de esos sabios y entrañables ents de Tolkien, quizás el propio Bárbol- había grabado el siguiente y angustioso poema:




Tengo el alma envenenada,

porque los árboles crujen

al son de las llamaradas.

Cuentan, cantan, chillan

Socorro, auxilio.

No ha de ser ésta la última llamarada.

Cornatel, 2005-06



Créase o no, me sentí desolado. Fue la segunda vez que visitaba Cornatel con la esperanza de encontrar sus puertas abiertas. Vano y frustrado intento. La tarde anterior, posiblemente embebido de templarismo a ultranza, apenas me fijé. Mea culpa. Y eso que la persona que me acompañaba, a la que, respetuosamente, me referiré ahora y en el futuro como el Magister Alkaest, husmeaba por los alrededores del árbol, como un perrillo a punto de marcar su territorio. Un territorio, desde luego paramérico, en cuyas colinas no se observaba otro árbol, a excepción del cadavérico y ceniciento ejemplar anteriormente mencionado, testigo finado de un desastre que seguramente se podría haber evitado. Entonces, me estremecí. Por fortuna, en el sendero que conduce a la entrada del castillo, aún sobrevivía un pequeño vergel arbóreo; árboles vivos, de esos que, como los seres humanos, también se estremecen con el beso mortal de las heladas y sonríen agradecidos a los tibios rayos de sol que calientan su corteza, cuando menos centenaria. Árboles que susurran al visitante, le gratifican con el cobijo de su sombra, sacian su apetito con la dulzura de sus frutos y le dan la bienvenida al deshauciado y apartado reducto de los fratres. Y quizás, también entonan, a la hora de vísperas, la eterna salmodia templaria de éstos: Non nobis, Domine, non nobis sed Nomini Tuo da Gloriam...




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Cuentan las viejas comadres de los pueblos de alrededor, allá, a salvo de la crudeza del invierno y atemperadas al bendito calor del dulce fuego del hogar, que aquí, en El Bierzo, los árboles tienen el poder de hablar. Quizás, el pueblo que mejor supo comprender su lenguaje -también pudiera ser que, como opinaba Tolkien, porque compartían parte de ese legendario legado élfico- fue el de los celtas. Posiblemente, la adoración que sentían por ellos, sin duda influenciados por la sabiduría de sus druidas, no era casual ni gratuíta. Y puede también que, dada su especial predilección por fresnos y robles, tengamos en éstos extraordinarios exponentes de nuestros bosques, unos magníficos interlocutores con los que comenzar esa relación que, de alguna manera, pueda ser el comienzo de una bonita amistad.

Y un dato curioso, que tal vez interese conocer, dado que he sacado a relucir el tema de los druidas: en pleno Camino de Santiago, y entre esa línea que delimita la Maragatería del Bierzo, hay un pequeño pueblecito que lleva por nombre El Acebo. Antes de entrar en él, según se viene de Foncebadón y de Manjarín, hay una milenaria fuente, que todo peregrino conoce bien: la Fuente de la Trucha; o de la Truite, que también se la conoce así en idioma francés. Y no es casual, porque Trucha o Truite, eran también nombres con los que se conocían a los Druidas.

Et in Arcadia ego


(1) John Ronald Reuen Tolkien: 'El Señor de los Anillos', edición Círculo de Lectores, S.A., 1985, páginas 481-482.



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