viernes, 19 de septiembre de 2008

Don Pelayo, Asturies Rex


'Nunca permití que me viera; sin embargo, estuve siempre pendiente de él. La estatua que las generaciones futuras levantaron junto a la Basílica, no le hace justicia. No era tan alto; ni tan gallardo. Tampoco tan apuesto y poderoso. En realidad, si he de ser sincera, no se parece en nada a aquél muchacho tosco y solitario, que un día estuvo a punto de ahogarse en la poza del río donde yo tenía mi morada.
Es cierto que no albergué ninguna duda de que era especial cuando le vi, y aunque ningún íncubo tuvo parte activa en su concepción, me recordaba mucho a aquél Ambrosius que conocí, aproximadamente doscientos años antes que a él, en los sagrados bosques de la Pérfida Albión. Supongo que Ambrosius todavía duerme su sueño inmortal en las profundas entrañas del Dragón.
El bueno de Ambrosius. Siempre he pensado que una persona especial, debía de tener también un nombre especial. Un nombre que denotara fortaleza; que fuera regio y a la vez -dado que los tiempos cambian y evolucionan- que constituyera un vínculo entre la Antigua y la Nueva Religión: Mirrdin, Merlín, Ambrosius. Pelasgo, Pelagio, Pelayo...
Pocas veces he comprendido a los hombres; pero de todos los que he conocido, de todas las razas que he observado, los godos fueron, sin duda, los más desconcertantes: nobles, sí, pero traidores como cuélebres.
A pesar de llevar sangre noble en sus venas, el joven Pelayo, sin embargo, era diferente. Su padre, Favila, era gobernador del rey Witiza -cargo que en lengua latina se corresponde con 'dux', palabra de la que posteriormente derivarían duque y ducado- siendo Pelayo, por tanto, spatarius o miembro del séquito real.
No resulta fácil intentar describir lo que puede llegar a sentir un espíritu libre en una corte real. Pero sí puedo decir, que los primeros tiempos del indómito Pelayo en la corte de Witiza, no fueron precisamente los mejores de su vida. Como Arctorius, el pupilo de Ambrosius y futuro rey de Inglaterra, el indisciplinado Pelayo prefería la compañía del ganado y la administración de las propiedades heredadas a la muerte de su padre.
Esta disposición, más propia de un siervo que de un noble, hizo que el futuro caudillo del reino astur, permaneciera -al menos durante un tiempo- lejos de las intrigas palaciegas. Pero más allá de las Columnas de Hércules, las hordas caldeas -término con el que se designaba en la época a los sarracenos- preparaban, concienzudamente, la invasión de la Península.
A la muerte de Witiza, le sucedió Rodrigo tuvo que hacer frente a numerosas conspiraciones, pues no había caudillo godo que no pensara tener el derecho a ostentar la corona sobre su cabeza, y ésta circunstancia contribuyó en gran medida a que los invasores sarracenos, al mando de Tariq, encontraran un país mermado y dividido.
Más como un acto desesperado, que como un ejército disciplinado e imparable, como aquél que antaño humillara y derrotara a Roma, el ejército del rey Rodrigo plantó cara a los musulmanes a orillas del río Guadalete. Era el año 711 y Pelayo tuvo ocasión de conocer el amargo sabor que tiene la derrota.
Rodrigo y su ejército fueron completamente masacrados. Tras la muerte del rey -producida a consecuencia de las heridas sufridas en la batalla- Pelayo, junto a algunos supervivientes, se refugió en Toledo, ciudad en la que permaneció durante tres años, y de la que tuvo que huir precipitadamente, frente al incontenible avance musulmán, cuyas fuerzas se iban extendiendo progresivamente por la Península, sin apenas oposición.
Los hombres -como he podido comprobar a lo largo de mi longeva existencia- son muy aficionados a las fábulas y leyendas. En ese sentido, se pueden manejar con cierta solvencia. De ahí, que cuando Pelayo tuvo que huir de la ciudad, en compañía del obispo Urbano, para refugiarse en las montañas del norte, se corrió la voz de que se le encomendó la misión de llevar consigo y poner a buen recaudo, los tesoros de la Iglesia toledana, entre los que se contaban la fabulosa Arca de la Alianza, así como las inapreciables reliquias que ésta contenía.
Por supuesto, nada de eso es cierto. Los motivos de la huida de Pelayo y Urbano, fueron bien distintos, y apenas llevaron con ellos las escasas provisiones que sus bestias podían transportar. Mientras que en la men te de Pelayo sólo cabía la idea de organizar en las montañas astures un foco de resistencia con el que oponerse al avance musulmán y vengar la humillación de la batalla del río Guadalete, Urbano sólo deseaba salvar la piel y encontrarse lo más lejos posible de la cimitarra del infiel.
En las cercanías de Cangas de Onís, y protegido por montes y montañas inexpugnables, un lugar -el monte Auseva- iba a constituir un refugio seguro para Pelayo y las escasas fuerzas que había conseguido reunir durante el camino.
{continuará}

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