viernes, 17 de julio de 2009

Jaca-Navarra II

Etapa II
Segunda Parte
Monasterio de San Juan de la Peña

Enclavado en un cobijo rocoso de la Sierra de San Juan, desde el que se domina una increíble panorámica del Valle de Atarés, el milenario monasterio de San Juan de la Peña es todo un referente en el largo y tortuoso camino que todo peregrino ha de recorrer en su viaje hacia Compostela y la tumba del Apóstol.

De hecho, y sirva como anécdota, después de nuestra visita a tan emblemático lugar, tuvimos el grato placer de acercar a una peregrina francesa de cierta edad -detalle que no deja de tener su mérito-, hasta el cercano pueblecito de Santa Cruz de la Serós. A la magia subyacente a un lugar cuyos prolegómenos históricos se pierden en la noche de los tiempos, anteriores y posteriores a la conquista musulmana de la Península, se une, también, ese genuino espiritu de solidaridad, que consigue que, a fin de cuentas, los destinos de peregrinos y visitantes se conviertan en algo cuya trascendencia sea capaz de permanecer para siempre en el recuerdo de unos y otros, y que podría considerarse, peyorativamente hablando, como uno de los auténticos milagros del Camino.

Posiblemente ahí radique el verdadero sentido, la idiosincrática finalidad de un lugar maravillosamente varado en los muelles imperceptibles del tiempo, como es el legendario monasterio de San Juan de la Peña.

No existe una certeza absoluta acerca de los orígenes del monasterio; aunque sí se sabe que tanto el lugar de su emplazamiento, como las inmediaciones del mismo, fueron hogar, en tiempos, de eremitas -un fenómeno que se expandió como un reguero de pólvora por numerosos lugares de la Península, sobre todo a partir de ese funesto siglo VIII, con la invasión musulmana y la debacle del reinado visigodo- así como refugio de las gentes que huían de las continuas y mortales razzias musulmanas, en este caso concreto, de aquéllas desarrolladas, sobre todo, por el califa cordobés Abd al-Ramman en el siglo VIII, una vez defenestrado el reino visigodo y tomada y saqueada Toletum o Toledo, la capital.

Otros, sin embargo, ven en San Juan de la Peña y su formidable entorno, un foco de resistencia que, cuál una Covadonga jaquesa, pusieron en jaque -y nunca mejor utilizada dicha expresión- a unos invasores que se pavoneaban sin apenas resistencia por un país en plena descomposición, que en el fondo, se negaba a perder su identidad.

Pero, quizás, independientemente de cuáles fueran estos comienzos y las causas aparentes que los motivaron, una de las personas que mejor supieron definir la magia y el entorno de San Juan de la Peña, fue el escritor Miguel de Unamuno, quien hablaba de tan entrañable cenobio, definiéndolo en estos términos: la boca de un mundo de peñascos espirituales revestidos de un bosque de leyenda, en el que los monjes benedictinos, medio ermitaños, medio guerreros, verían pasar el invierno, mientras pisoteaban la nieve jabalíes de carne y hueso, salidos de los bosques, osos, lobos y otros animales salvajes... (1)

Sin embargo, como hemos dicho, los orígenes del monasterio de San Juan de la Peña se pierden, pues, en las brumas impenetrables, por regla general, de la leyenda; brumas alimentadas, aún más, si cabe, por la escasez de documentación al respecto, así como por la aparente falta de objetividad de la mayor parte de la escasa documentación que milagrosamente ha sobrevivido hasta nuestros días.

(1): Domingo J. Buesa Conde: 'Monasterio de San Juan de la Peña', Editorial Everest, 2ª Edición, Año 2007.

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Navarra: Monasterio de Santa María de Leyre

Situado en las inmediaciones de la sierra que lleva su nombre, y franqueado por las aguas del embalse de Yesa, el monasterio navarro de Leyre es un lugar que en modo alguno deja indiferente al visitante. Cuando uno camina sin prisas por sus alrededores, resulta de una facilidad sorprendente creer a pies juntillas, por ejemplo, en la leyenda del sueño de San Virila, que constituye una parte importante de ese corazón de Arte, Historia, Tradición, Naturaleza y Recuerdos, que consolidan la Magia inherente a un lugar que parece haberse detenido para siempre en el tiempo.

Sierra, cielo y embalse, conforman lo elementos esenciales que convierten los atardeceres y los amaneceres de Leyre, en perfectas acuarelas que inmediatamente traen a la memoria los impresionantes paisajes shambhálicos reflejados por Nicolás Roerich cuando, allá por los convulsos años posteriores a la Revolución Rusa, exloraba el Asia Central, enfebrecido por la persistente tradición del Agharta y el Rey del Mundo. Buscando, en definitiva, un lugar de Sabiduría y de Paz.

Y es que, si nos dejamos llevar por el significado subyacente en el vocablo agharta, no nos será difícil llegar a la conclusión de que Leyre es, en el fondo, también un arca -en su sentido de recipiente o contenedor- que alberga un tesoro que, lejos de estar escondido y obedecer a la avaricia del ingenuo materialista, se muestra, con todo su esplendor, a todo aquél que acude con humildad y respeto, tanto por primera como por enésima vez.

Pero antes de hablar de este tesoro exotérico, evidente y visible, que lleva nombres tan sugestivos como la cripta, el túnel de San Virila, Santa María de Leyre o la Puerta Speciosa, considero que sería prudente entrar por unos breves instantes en el mundo de lo anecdótico, y hablar, siquiera de pasada, de algo que suele ser un gran desconocido en el mundo enloquecido en el que vivimos: el Silencio.

No me refiero a ese silencio típico de toda tradición hermética, que los iniciados deben respetar para mantener a salvo unos secretos milenarios; secretos de tal magnitud, si hemos de hacer caso, que podrían cambiar los destinos del mundo. Tampoco me refiero a ese otro silencio que ni siquiera a partir de una hora tardía, como puedan ser las doce de la noche, cuando apagamos las luces de la casa y nos retiramos a descansar, deseamos que alguna vez sea completo. En absoluto; me refiero al silencio global; a ese silencio cosmológico, que te hace sentir que estás en otra dimensión y que, cuanto más te sumerjes en él, más y mejor lo palpas, como una entidad totalmente independiente pero real, que te envuelve y abraza como una madre, si se me permite la metáfora.

A las nueve de la noche -Novenas, si hemos de guiarnos por esa distribución tan eclesiástica de medir el tiempo- en la iglesia, frente a la hierática mirada de Santa María, se celebra una ceremonia que todo amante del románico debería de presenciar, al menos una vez en la vida, para dar cumplido testimonio de la variedad de sensaciones que se producen cuando se alían tres elementos estrella: la Fe, el Arte y la Música.

La curiosidad inicial, pasa a un segundo término, cuando se observa en los primeros bancos a varias personas que arrastran -en determinados casos, de nacimiento- impedimentos físicos y otras enfermedades, que nadie desearía para sí mismo. Llama poderosamente la atención -y estos puede ser un detalle sobre el que meditar- la confianza y la fe que desbordan en sus miradas y semblantes, hasta el punto de que hay un momento en el que se llega a pensar que cualquier cosa, por inalcanzable que parezca, es posible.

Suena el órgano, situado en el coro, allá, en la parte trasera de la iglesia y las notas comienzan a expandirse por un universo diluido, etéreo e invisible, aunque real, cuyo eco parece surgir, directamente, de las asentadas piedras que conforman éste inmemorial, románico recinto.

El efecto, mágico como pocos, se incrementa con el canto armónico que brota, como un suspiro, de las gargantas de seis monjes oficiantes.

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Navarra: Castillo e Iglesia de Javier

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