miércoles, 24 de diciembre de 2014

El misterio de la calavera del puente de la calle Bisbe


La Ciutat Comtal y sus misterios. Tal vez sea porque venga en los paquetes turísticos, en las guías esotéricas que vuelven a estar de moda o quizás porque la gente, cansada de esa realidad cotidiana del sota-caballo-rey ha desarrollado un sexto sentido para evadirse y dejarse llevar por la imaginación, es un hecho curioso, cuando no cierto, que todo el que pasa por la calle del Bisbe, o calle del Obispo, la busca con obstinada determinación, para llevarse el recuerdo fantástico a su casa. También hay quien, no conformándose sólo con el recuerdo gráfico, realiza el pequeño ritual de pasar abrazado por debajo del puente que la alberga, sin duda pensando, cuando menos, que realizada dicha acción, si no la suerte o quizás la amistad o incluso el amor, perdurará por obra y gracia de un enigma del que apenas se sabe nada y lo poco que se sabe, tan sólo son conjeturas, que incrementan, más aún, si cabe, su arcana idiosincrasia. Cierto es, así mismo, que uno, al verla, puede pensar que lleva allí mil años; o meditarlo mejor, para no caer en la trampa de la exageración y la burla de un mundo que se las da y se las toma de racional, y pasar más rápido las pesadas hojas del calendario histórico, acercándola a épocas más modernas; tal vez a ese siglo XVIII, que comenzaba a ser tocado por la influencia vital de lo que no tardaría en convertirse en el Grial o Cáliz Amargo de la Revolución Industrial y pensando no sólo en el romanticismo añadido de la época, sino también en esas oscuras hermandades de magia y masonería que comenzaban a aflorar de los subterráneos de las grandes ciudades, asumir la hipótesis de que tal vez un capítulo sangriento de que otro burlador, similar al de Sevilla, pagó cara la audacia de sus devaneos amorosos. Lógicamente, porque el tema atrae y las modas revolotean, yendo y viniendo como la bola en la ruleta de un casino, recordará -disculpen, si servidor se abstiene de quemarse los dedos en tan espinosa cuestión-, esa otra forma de ritual templario, que pone de manifiesto la eterna cuestión de si éstos no serían algo más que monjes y guerreros, o magos de capítulo secreto para dentro. La cuestión es que, todo el que pasa por la mencionada calle del Bisbe y atraviesa el puente que une la Generalitat con la casa dels Canonges, queda inmediatamente hechizado por el sublime magnetismo de unas cuencas vacías, una sonrisa fatal, helada por el hielo de la muerte y una daga que, asentada entre la base del cráneo y la mandíbula, recuerda la calavera de Adán y ese árbol o cruz primordial donde habría de inmolarse el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo: la calavera del puente de la calle del Bisbe.


domingo, 21 de diciembre de 2014

La Catedral de Barcelona


Situada en la Plaza de la Seu, en pleno centro de Barcelona, la catedral, dedicada a la figura de Santa Eulalia, es una obra cumbre, que no sólo conserva en su magnífica conjunción la magia de los canteros medievales, sino que además, es heredera, también, de una larga y cumplida historia, repleta de misterios y detalles por descubrir. En vista de parte de ella, quizás no sea en modo alguno aventurado pensar que quizás no fuera casualidad, que en éste preciso lugar donde sus piedras cantan la sinfonía del universo, elevando su voz hacia las esferas del infinito, se elevara, en tiempos prerrománicos, una iglesia que estaba bajo la advocación de la Vera Cruz. Y no parece ser casual, tampoco, que el primer convento-fortaleza que los templarios tuvieron en la Ciudad Condal -en cuyo solar, se eleva en la actualidad la llamada Casa de l'Ardiaca o Casa del Obispo-, se levantara a escasos metros de una de las portadas que transmite, simbólicamente hablando, esa luz de conocimiento o luz interior, que define el nombre de su madrina: Santa Llúcia o Santa Lucía. Tampoco parece casual, como vimos en la entrada anterior, que entre tanto símbolo, se localice también ese enigmático y maravilloso Jardín de la Oca, cuyo simbólico camino, recorre y desarrolla el peregrino en su trascendente epopeya hacia la Unidad. Ni la presencia, aunque sea como réplica, de esa singular Virgen Negra, que es Madre y Corazón de Catalunya: Nuestra Señora de Montserrat. Ni el enigmático misterio, irresuelto todavía, de la enigmática calavera atravesada por una daga, situada en el cercano puente que une la Generalitat con la Casa del Canonges. Tanto dentro de ese bosque inconmensurable, donde la hueca opacidad de los propios pasos parecen confundirse con los antiguos cantos druídicos, como en sus aledaños, todo es un sublime mundo simbólico por descubrir. Y es que, contemplar esta singular monumentalidad, no deja al espíritu indiferente; como tampoco le pasó inadvertido, aquél venturoso día del mes de octubre de 1211, a un visitante singular -San Francisco de Asís, cuya firma era una Tau-, cuando, apenas desembarcado en el puerto de Barcelona,dijo aquello de:

- Gracias, Señor, por haberme enviado aquí a cumplir tu mandato. Porque este lugar es la antesala del Paraíso.


lunes, 15 de diciembre de 2014

Catedral de Barcelona: el Jardín de la Oca


Piensa el peregrino, que quizás, por un golpe afortunado, ha jugado con paciencia y sabiduría, habiéndole acompañado la Diosa Fortuna en las tiradas de sus dados y al fin, recompensado, ha alcanzado la mágica Casilla 64: aquélla que, sumados sus dígitos, dan como resultado la Unidad. Pero es consciente, abre los ojos, aun entusiasmado por tanta belleza, sólo para descubrir que, aunque en realidad se encuentra frente a un hermoso y posiblemente único jardín de ocas, que hace mucho más atractiva aún, si cabe, la inconmensurable idiosincrasia de la catedral de Barcelona, no es ese Jardín, concepto de Paradisum y destino de buscadores de Sophia, que sueña con alcanzar todo neófito que recorre con abnegación y confianza ese infinito Ouroboros que, después de todo, es el Tablero del Juego de la Oca, el juego simbólico al que se presta todo peregrino.

Dicen que el número de ocas es inmutable en este jardín y que dicho número, trece, representa el número, de heridas sufridas en el martirio por la Patrona de la Ciudad Condal: Santa Eulalia. No la de Mérida, que, curiosamente, tiene una notable importancia cultuística, por ejemplo, en la brumosa Asturias, con especial relevancia, podría decirse, en una zona muy determinada, como es la del sacrosanto Monsacro, sino la de Barcelona; aquélla que, como contrapartida femenina, porta la misma cruz que San Andrés: con forma de equis o aspa. Marca que, además, algunos canteros medievales empleaban para advertir a sus compañeros -que cada uno imagine por qué-, de la existencia de peligros en el lugar.

El peregrino sueña contemplando las ocas y su perfección; animales sorprendentes, cuyas características les hacen de lo más completo, hasta el punto de llegar a dominar tres medios esenciales: la tierra, el agua y el aire. Y viéndolas, aprende también: si el románico ya le enseñó su danza de apareamiento, entrecruzando los cuellos, con los que forman ese inconfundible símbolo representativo del infinito  -como verá todo peregrino que pase, por ejemplo, por la portada principal de la iglesia templaria del Crucifijo, en Puente la Reina-, y ahora sabe, así mismo, cómo duermen: a la pata coja, como los excitantes juegos infantiles de toda la vida, que los niños de hoy en día apenas conocen, obsesionados por la maldición de las consolas y la tecnología.

Como todo Jardín que se precie, también en éste hay una hermosa Fuente, que aun en su sencillez, resume en su constitución parte de la antigua sabiduría aplicada al noble arte de la arquitectura. Es de planta octogonal y de la boca de los caños encajados en los rostros de los seres elementales, representativos de los antiguos cultos, el agua, cristalina, corre a borbotones.

En definitiva: un pequeño rincón paradisíaco, que complementa un claustro, en el que, por poco que nos pongamos a mirar, no dejaremos de sorprendernos con la magia de los antiguos canteros.


sábado, 13 de diciembre de 2014

Exteriores de la Sagrada Familia


'Gaudí quiso superar el neogótico, pues, como él decía, el espíritu del tiempo es otro. Y acertó en el siempre difícil equilibrio entre tradición y modernidad. Pero la Sagrada Familia atrae porque la síntesis arquitectónica, la "nueva arquitectura" que Gaudí quiere levantar, descansa sobre lo que el espíritu humano busca con afán: la proporción, la armonía, en definitiva, la belleza. La basílica vive del estupor y la admiración que despierta...'(1)

Como un canto que se eleva hacia la misma Gloria, fortalecidas sus raíces con los misterios de la tierra, los exteriores de la Sagrada Familia, como bien afirma Armand Puig, proporcionan esos detalles que el espíritu humano busca con afán: proporción, armonía y belleza. No es de extrañar, por tanto, que a su alrededor, en sus aledaños e incluso en esos autobuses turísticos que la circundan con similar lentitud que el paso de esas mismas tortugas que soportan las columnas de la portada del Nacimiento, grandes multitudes rindan su particular tributo de admiración, a una obra en la que después de todo, el genial visionario, Gaudí, dejó, bien visibles en tan monumental conjunto, los grandes mitos y paradigmas de la Humanidad, afines a todos los seres humanos, sin distinción de raza o de color. Dentro de tal riqueza, no es, sino el Simbolismo, la parte proporcional más colorida con la que Gaudí destapó los arcanos más cálidos de su alma, consignándolos en el holocausto de una divina invocación. La Magia de los Números -donde se ha de incluir el cuadrado mágico, que como el enigmático silogismo de la iglesia prerrománica de Santianes de Pravia, leídos en cualquier posición, suman siempre 33, la supuesta edad de Cristo-; el Laberinto -que no sólo recuerda a una brillante civilización, la minoica y el hogar del enigmático Minotauro, sino también la distribución de los templos subterráneos dedicados a la Gran Diosa, como el Cairn de la Reina Maeve o Mab, en Sligo, o los subterráneos del Castillo de Arianrhold, donde la tradición asevera que permanece cerrada para siempre la Puerta del dios Llyr, el equivalente celta al Jano romano-; la Espiral -ese Ojo en el Cielo, sobre cuyo iris gira en vertiginosa sucesión la chispa de la vida-, conocida por los constructores desde el alba de los tiempos y transportada indolentemente en la concha de los caracoles que se deslizan con pasmosa lentitud por las paredes exteriores de la cripta; la Serpiente, maltratado emblema de Sophia, que cambia de color, verde o dorado, según la intencionalidad del artista, en el Santo Cáliz que suele portar el Evangelista; el Gallo, símbolo solar y parte de la mística gnóstica convertida en la figura del Abraxas, de cuya adoración se acusó también a los templarios; la Salamandra y el Dragón, íntimamente ligados al noble arte de la Alquimia y a los conceptos de renovación e inmortalidad....

La Sagrada Familia: en definitiva, Proporción, Armonía, Belleza y Simbolismo.


(1) Armand Puig: 'La Sagrada Familia según Gaudí', El Aleph Editores, Barcelona, 1ª edición: mayo de 2011.

lunes, 8 de diciembre de 2014

En el Corazón de la Sagrada Familia


Sublime, como todo aquello que se hace con los parámetros del alma, penetrar en el corazón de la Sagrada Familia, constituye, no cabe duda, un viaje místico de proporciones tan desorbitadas, como la pasión de un hombre, Antonio Gaudí, cuya línea de pensamiento, no era otra que la ejecución de las Leyes de la Naturaleza, y por defecto, la aplicación de la Física de la Divinidad al servicio de ese pequeño pero genuino microverso al que el hombre se aferra con zarpazos de fiera, que es el Mundo del Espíritu. Hay quien sostiene, que Antonio Gaudí era un ferviente cristiano. Un cristiano convencido y ortodoxo al uso, que aparentemente compartía todos y cada uno de los postulados de una Santa Madre Iglesia que, en algunos casos, compartía y financiaba -posiblemente, más capaz en su labor mefistofélica de conseguir mecenazgos ajenos, que abrir sus propias arcas- unas obras que, a pesar de la incomprensión de la época, ya medraban para ser consideradas como Maestras en un futuro que, paradójicamente, reconoce su genialidad, pero olvida el respeto que siempre mostró hacia el entorno. Un respeto, que le llevaba, en todos los casos, a solidarizarse con él, de manera que la acción humana se adecuara siempre antes de destruir. Por eso, y aunque me lluevan críticas o me tachen simplemente de hereje -digo como en el hospital de Roncesvalles, donde tanto cristianos como paganos tienen cabida-, no puedo por menos que dejarme llevar por la sensación que tuve en el interior de este inmenso corazón vital de la fe: la de haber penetrado en el mayor templo artificial que haya visto en mi vida; un templo que imita, en grandiosidad y perfección el mejor de los templos que el hombre, en su genética ceguera, no termina nunca de reconocer: el de la Naturaleza. Frente a ello, sólo me puedo hacer una pregunta vital: ¿cuál era, en definitiva, la verdadera devoción del Maestro Gaudí?.  


jueves, 4 de diciembre de 2014

Cripta de la Sagrada Familia: visitando la tumba del Maestro


'El viejo había trabajado toda la vida con una sola idea. Y la idea estaba a punto de cumplirse. Había trazado el mapa, desplegado su proyecto durante años, conocía el emplazamiento correcto, los puntos, las coordenadas, las estructuras, la combinación de símbolos exactos, el lenguaje de los arcanos...' (1)

Camino de la Ciudad Condal, el peregrino mira distraído por la ventana del vagón de un tren, el AVE, que hace honor a su nombre. Al fondo del vagón, en caracteres digitales y rojos -como el color que tienen generalmente los números de su cuenta corriente-, los números de un cartel informativo, hacen que se le erice el bello de los brazos de la raíz a las puntas: 300 kilómetros por hora. Mira su reloj: apenas son las ocho de la mañana y el sol, sin duda tan somnoliento como él, comienza a desperezarse con la boca abierta de un titán. Hace unos minutos -o así se lo parecen- que dejaron atrás Guadalajara y a esa vertiginosa velocidad de crucero, están a punto de atravesar también la provincia de Soria, acercándose a Calatayud, representativa urbe aragonesa que cuelga como un collar de perlas majóricas alrededor de los restos de su castillo y del santuario dedicado a la figura de una Virgen Negra, la de la Peña, como así ocurre también -recuerda el peregrino-, en la segoviana Sepúlveda y en la alcarreña Brihuega, lugares donde, curiosamente, no faltó en tiempos la presencia de la Orden del Temple. Pronto, quizás demasiado para su gusto -piensa a continuación-, el Castillo de Ayub, los campos de frutas de la Almunia de Doña Godina y las vastas, infinitas inmediaciones de Ejea de los Caballeros, llave a las Cinco Villas, parecen sombras que se prolongan interminablemente en dirección a las ancas antediluvianas de ese mítico dios dormido que es el Moncayo, convertidas en pasado, al paso del tren, como esa lluvia caída y recogida en el cuenco plateado de la portentosa memoria del inefable maestro del tango poético, que fue Jorge Luis Borges. Igual que lluvia pasada resultan, además, las visiones inconstantes de una urbanita Zaragoza, de milagrosos pilares marianos desgastados siglo a siglo por los besos de los peregrinos y exquisitas dulzuras mozárabes; de una provinciana Lleida, adormilada a la vera de la magia de San Juan de la Peña y presa del embrujo de sus crismones jacetanos; y un suspiro más allá, el Camp de Tarragona, que posiblemente rebose paquetes turísticos a raudales, en esas mismas playas donde antaño embarcaban y desembarcaban las águilas de Roma.

El nerviosismo del peregrino aumenta a medida que el tren avanza, inexorable, hacia esa cita con el destina en la que se ha convertido ésta, su nueva peregrinación. Lejos, pues, al común de los usos, resulta un viaje interior que, no obstante, se desarrolla lejos de todas las rutas y los caminos tradicionales que desembocan en esa otra Roma hispánica -figurativamente hablando- que en el fondo es la ciudad de Compostela. Y curiosamente, el peregrino es consciente de que en esta breve, pero espera que intensa etapa de su nuevo viaje, el acercamiento al otro cabo más septentrional de la Península -el de Creus- le depare afortunadas sorpresas y provechosos descubrimientos. La Ciudad Condal -respira aliviado cuando tren detiene su marcha en la estación de Barcelona Sants- resulta para él, comparativamente hablando, ese nuevo Jardín de la Oca que pretende conquistar. Y es en su centro -mágico, magnético, maravilloso- donde espera -o desespera o desea o anhela o sueña, incauto aprendiz de Calderón- encontrarse, antes que nada, con la huella imprescindible, indeleble y sublime de un auténtico Maestro de Maestros, al que venera con absoluto respeto y devoción: Don Antonio Gaudí y Cornet.


Haciendo camino al andar, y siempre, siempre ligero de equipaje pero dejando huellas sobre la mar, el peregrino -aun sin ser discípulo de Castaneda, ni recurrir a los auxilios de un brujo yaqui o al dios dormido en el corazón del peyote-, el peregrino se deja llevar voluntariamente por la ensoñación. Piensa -mientras asciende a los pisos superiores por las lentas escaleras mecánicas abarrotadas de viajeros-, que después de todo, una estación es, en realidad, lo más parecido al Limbo -se santigua, pensando en Dante- que se pueda imaginar, donde decenas, cientos, miles de almas buscan desesperadamente un destino que alcanzar. Una especie de partir para regresar, donde confluyen y se mezclan las aguas tumultuosas de los ríos de la vida, formadas por esas insignificantes y microscópicas gotas de agua que son los seres humanos. Los amigos que esperan; los brazos que se tienden; el abrazo fraternal que te hace sentir como un pequeño dios. Grandes pequeñas cosas, en definitiva, que el peregrino agradece, valora y acto seguido deposita con melancólica ternura en la frágil cajita de cartón donde colecciona retazos de felicidad y barquitos de papel.

Chispa de la novedad, o más sencillamente rebrote de rebeldía luciferina por el que quizás siente con mayor intensidad que nunca los zarpazos de oculto catarismo desgarrar fatigosamente la costra con la que de niño intentaron rebozar su alma en los estrictos lodos de la ortodoxia, el peregrino aspira a pleno pulmón los aromas progresistas y refinados de una Barcelona que vive de espaldas al mar, pero siempre mirando a la cara a los Pirineos. Piensa, completamente convencido, que la Sagrada Familia -sus ojos no pueden y a la vez no quieren evitar dejarse llevar por la magia de su universal canto de sirena-, es algo más que otro templo; incluso, apurando lo inapurable -añadiría- mucho más aún que esa supuesta Catedral de los Pobres, como el Maestro quiso definir desde el principio su grandioso Proyecto. En realidad, supera con creces sus expectativas: esas que, soñadas desde la perspectiva de imágenes ajenas, le hicieron pensar en términos de maravilla al peregrino. Estar tan cerca, poder verla con sus propios ojos, tocarla con sus manos y sentir sus envolventes vibraciones atravesar su piel como la punta de una saeta, le hace pensar en ella como en un sublime canto a la Naturaleza; un canto especial, cuyas notas, hechas a base de esa carne indestructible de la tierra, que es la piedra, danzan en su imaginación siguiendo el enigmático compás de una sinfonía fantástica. Una melodía compuesta por unidades de medida, tercetos de mesura, cuartetos de armonía, quintetos de proporción y octavas de equilibrio.

Por fin, frente a la tumba del Maestro, el peregrino siente un breve, pero intenso estremecimiento, sin duda provocado por la emoción. Hace unos minutos, mientras la buscaba sorteando el gentío, ha visto, allá, en las capillas adyacentes, los rostros impertérritos, de mirada cruel y condenados a la inmovilidad eterna, de aquéllos siniestros hombres-ménsula que -ficción a la ficción, aunque a veces la realidad supera a la ficción- en una novela leída hace años -la ya citada Clave Gaudí, de Martín y Carranza-  pretendían desbaratar su labor, arrebatarle el Secreto, negar la Belleza al mundo. Este último concepto, el de Belleza, trae a la memoria del peregrino las ideas del Maestro en cuanto a lo incompleto de un estilo, el gótico, cuyos edificios, en su opinión, sólo adquirían belleza cuando estaban en ruinas y eran poseídos por la naturaleza. Mira la tumba, inmaculada, custodiada desde lo alto por una imagen moderna de Nuestra Señora -no obstante el detalle de la curiosa cruz monxoi que se aprecia en la basa-, con una rosa y algunos cirios peremnemente encendidos, y siente que no le cuadra con el espíritu humilde del Maestro. Piensa, entonces, que éste hubiera agradecido una tumba desmochada, cubierta de hiedra y caracoles -como los que se deslizan por las paredes exteriores- y una imagen románica o gótica de esa Magna Mater, negra, hierática y severa, pero justa, a la que, en su opinión de soñador, está convencido de que dedicó un templo que, un siglo después de su azarosa muerte, sigue en perpetuo crecimiento. Aún así, su emoción no varía ni un ápice. A pesar de verse arrastrado por la marea humana que también pretende ofrecer su homenaje particular al Maestro, el peregrino abandona la cripta totalmente obnubilado, pensando que, después de todo, una Gran Aventura está a punto de comenzar.

ANTONIUS GAUDI CORNET
Reusensis Annus Natus LXXIV Vitae Exemplaris Vir
Eximiusque Artifex Mirabilis Operis Huius Templi Auctor
Pie Oblii Barcinone Die X Junii Anni MCMXXVI
Hinc Cineres Tanti Hominis Resurrectionem Mortuorum Expectant



(1) Esteban Martín y Andreu Carranza: 'La clave Gaudí', Editorial Plaza & Janés, S.A., 1ª edición, abril de 2007.

martes, 25 de noviembre de 2014

Astorga: la cripta del Museo de los Caminos


Cripta es sinónimo de misterio, de agua pasada estancada en las palas de los molinos de la Historia, de ecos que resuenan huecos en matrices de peremne oscuridad. Tal vez por eso, cuando se tiene la oportunidad de acceder a una, el subconsciente, dudoso traficante de endorfinas y siempre terriblemente inquieto cuando no suspicaz, se prepara para afrontar aventuras con una cierta disposición a la incertidumbre. Como puerta simbólica hacia ese temido más allá -al vez a ello, ayude el adoctrinamiento de las viejas películas góticas- el ambiente en una cripta suele liberar, cuando menos en la imaginación, esencias fantasmales, presencias inadvertidas que se diluyen como polvo entre las sombras. La asociación entre el mundo de la materia y el mundo del espíritu, puede ser perfecta pero a la vez, inquieta. Panteón de recuerdos, también esta cripta del Palacio de Gaudí, actual Museo de los Caminos, vela, ajena al tiempo y a las leyes del espacio, salvaguardan con fidelidad infinidad de secretos. Es, por añadidura, receptora de viejas glorias, que atesora, si bien breves, algunos retazos del viejo mundo medieval. Un mundo y unos retazos que, en cuanto a sepulcros se refiere, nada tiene que envidiar a las magníficas glorias de la escuela palentina, cuyos talleres hicieron época en la gloriosa Carrión de tiempos ha. Antiguamente, se decía, parafraseando al mitológico semi-dios Hermes Trismegisto, que como es arriba así es abajo y hay quien sostiene la teoría de que los principales monumentos de la Antigüedad -entre ellos, las pirámides de Egipto e incluso el mismísimo Templo de Salomón- tenían esa ambivalencia subterránea. Quién sabe, entonces, si así fuera, los secretos que puedan ocultarse bajo unas losas que sostienen unos hercúleos sepulcros y que apenas besa ese tibio rayo de sol que se cuela a mediodía a través de los estrechos ventanales, coincidiendo en su centro geométrico. Un centro, donde sobresale el magnífico sepulcro de un caballero, quizás uno de esos fieles demandantes del Santo Grial que recorrieron en su momento, incansables, las rutas sagradas peninsulares, buscando su mágico Monsalvat.


Pero no simplemente en ese triste derroche creado para tributo del incorruptible Caronte que en definitiva es el Ángel Negro, se pueden encontrar singularidades de vana ilusión, postrer homenaje a la opulencia del poderoso finado, en escenas bien reconocidas de las viejas escuelas románicas, donde los modelos a seguir parecían ser, generalmente, los viejos mitos de la Adoración de los Magos, la figura celestial y superior del Cristo en Maiestas imbuido de Gloria en el interior de esa misma mandorla con la que los pintores góticos le representaban siendo apenas un recién nacido, o expresivas representaciones de caza, con todo lujo de detalles, en las que subyace un simbolismo sagrado que probablemente se remonte a esas primeras edades del hombre, cuando a través del espíritu de la víctima inmolada, el cazador se acercaba también a Dios. Escenas éstas que, curiosa y singularmente, parecen calcadas de las que se pueden encontrar, yendo, aproximadamente doscientos kilómetros más adelante, en la iglesia de San Francisco de Betanzos, bien representadas como secuencias en la parte superior de los laterales de la iglesia o, algo más cercanas al suelo, en el magnífico sepulcro de Fernán Pérez de Andrade, O Boo. La que aquí se custodia, según reza un pequeño cartel, formaba parte de un fragmento de retablo procedente de la iglesia de San Martín de Tours, en Molezuelas de Carballeda, provincia de Zamora. O lo que es lo mismo: procede de esa Ruta hermana, caminera y bastante concurrida, que es la llamada Vía de la Plata. Más cercanas, pero no menos singulares, serían la pila bautismal, así como algunos canecillos e interesantes capiteles, que en su día lucieron orgullosos en la iglesia o monasterio de San Juan de Montealegre, en la población leonesa de San Martín de Montes y cuya visión, además de producir una profunda tristeza en el vidente -entiéndase, simple y llanamente, en su acepción de ver, no de ver más acá y más allá-, hace que también se haga una idea, siquiera fragmentaria, de a dónde a ido a parar ese magnífico románico que un día, como la lluvia según Borges, aconteció en el pasado del Reino de León. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

Astorga: el Arte del Museo de los Caminos


El peregrino está impresionado por la magnificencia del edificio en el que se encuentra, así como por las destacadas piezas que alberga. Parado frente a la imagen de un Cristo, sacrificado –o convertido en voluntario cordero de Dios, comparativamente hablando- una vez aceptado el Cáliz Amargo ofrecido por el ángel en el Huerto de los Olivos. Es una talla anónima, del siglo XIII –una, no obstante, de las varias que hay-, aunque al parecer, procedente de Lagunas de Somoza. La cruz, de las denominadas de gajos, con probable forma de Tau, sobre la que permanece crucificado, así como la factura y algunos otros detalles -como el rostro, la sangre desparramándose por el antebrazo en forma de ramas o alegóricos árboles de la vida, el plexo solar remarcado en forma de cruz, la posición de los pies e incluso el fajín, independientemente del color- le resultan interesantemente familiares. Ha visto numerosos Cristos similares y recuerda, no sin interés, que detrás de algunos de ellos, se extiende la leyenda, cuando no una persistente tradición, de que fueron  o pertenecieron a los templarios. No sabe nada de éste, es cierto, pero sí sabe, no obstante, que aquéllos mantuvieron una estrecha relación con el Reino de León y no puede evitar preguntarse cuántas, de todas estas maravillas que le rodean –incluida una excelente colección de cruces procesionales-, y que de alguna manera se podría decir que completan una segunda y monumental colección de Arte Sacro en este impresionante Palacio de Gaudí, no provendrían de sus fortalezas, iglesias, granjas y demás posesiones. No muy lejos de él, en una pequeña sala, que alberga, sin embargo, otro gran tesoro mariano complementario del que se custodia en la cercana catedral, la visión de algunas imágenes no puede, si no, inducir en su mente el espíritu cabalístico de la suposición. Sobre todo, cuando una de ellas en particular, anónima, por supuesto, del siglo XIII también y procedente de Villameca, le atrae con un particular magnetismo en vista de su diseño y de su curiosa advocación: Virgen de las Nieves.

Observa, además, el peregrino, que se trata de una imagen curiosa; una imagen que, a pesar de ser, probablemente, de los siglos XII o XIII, no sólo ha perdido el sedentarismo o el trono isíaco típico de este tipo de imágenes marianas por antonomasia que entraron en Occidente a través de la puerta bizantina, sino que, además, tiene un detalle muy notable que, unido a su curiosa advocación, sugiere relevantes aunque hipotéticas interpretaciones: es completamente ajena a la figura del Niño. Sus manos están entrelazadas formando un hueco circular, que sugiere, no obstante, que la imagen puede estar incompleta y que en ese hueco pudo haber tenido un objeto muy singular, característica de la figura de la Gran Diosa Madre, como es la bola. Así mismo, considera el peregrino, que de las Nieves, es una advocación que le recuerda no sólo a la figura de la Gran Madre u otras deidades locales derivadas de ella, sino también, ciertas ermitas aisladas y solitarias que se localizan en puntos muy determinados y tradicionales, no ajenas a la cercanía de robledales cuyas ramas alojan ese parásito sagrado que los antiguos druidas cortaban con hoces de oro para hacer sus fantásticas pócimas, las cuales inducían, entre otros efectos, también visiones divinas, sustituyendo la ingestión de ciertas setas, como la amanita muscaria, precisamente conocida como el alimento de los dioses: el muérdago. Al menos, recuerda con particular nostalgia, uno de tales lugares, que se localizaría en la Sierra de la Demanda burgalesa, en un pueblo llamado Barbadillo del Pez, próximo a otro Barbadillo más relevante, el del Mercado, donde todavía se recuerda la figura de Doña Lambra, famosa en su papel de madrastra y ejecutora del triste destino de los legendarios Siete Infantes de Lara. Y recuerda, así mismo, atando cabos, que uno de sus descendientes, otro Lara, de nombre Ginés -¿djinn, jina?- fue el último templario del monasterio soriano de San Polo, si hemos de creer -y el peregrino, no ve por qué no- lo que cuenta el gran teósofo español, Mario Roso de Luna.



Tal vez tratadas con más decoro que en la catedral, si bien el resto de imágenes marianas son anónimas, salvo alguna excepción, no deja de ser un consuelo, en opinión del peregrino, que en casi todas se haya conservado, cuando menos, la procedencia, detalle por el que en su mente se desarrolla la idea de imitar el catálogo que Ambrosio de Morales realizó por encargo del rey Felipe II, quien, como se sabe, hizo del Escorial el mayor relicario del mundo, tal vez, como así afirman algunas fuentes, para contrarrestar los efectos de ese supuesto pozo o boca del infierno, sobre el que se encuentra ubicado.
Moderna, aunque no obstante hermosa -negra o no, hijas de Jerusalén- en su faceta de madre y reina, el peregrino contempla, así mismo, la impresionante talla realizada por Enrique Marín e Higuero, que responde, como no podía ser de otra manera, al popular nombre de Virgen de la Sede. Y nunca mejor dicho, puesto que se trata de una lograda Sede Sapientiae, que observa al visitante con ese conmiserativo hieratismo propio, como pensaba al principio, de las reinas-madres de otro mundo.
Completan la colección, algunas tablas de pintura gótica, entre las que destaca, anónima y del siglo XV, la vida y muerte de San Martín de Tours, el de la capa, como suelen conocerle en algunos pueblos.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Astorga: el Palacio Episcopal o Palacio de Gaudí o Museo de los Caminos


Piensa el peregrino, mientras se aleja despacio de la catedral y sus tesoros artísticos, en esos hombres, extraordinarios, sensibles, superdotados intelectualmente y definitivamente visionarios también que, por alguna curiosa razón que se le escapa, suelen nacer antes de tiempo y sufren, en mayor o en menor medida pero sufren al fin y al cabo, la incomprensión de una sociedad que todavía dista mucho de tener la suficiente madurez para comprenderles y aceptar la genialidad de sus obras, de sus ideas y de su particular visión del mundo. Y mientras piensa, siente que esas oscuras golondrinas que revolotean ocasionalmente por sus pensamientos, ponen en sus labios un nombre y un apellido, por los que siente una especial devoción: Antoni Gaudí. Si una de las figuras más asombrosas del Renacimiento italiano fue Leonardo Da Vinci, Antonio Gaudí fue -al peregrino no le cabe duda alguna-, el máximo exponente de una renacimiento espirito-intelectual, que despertando en esa Barcelona progresista de finales del siglo XIX y principios del XX -la Reinaixença-, devolvió la luz a un país que todavía se debatía entre las eternas sombras del barroco, herederas pertinaces de las inquisitoriales umbrías del felipismo escurialense. Era la época en la que el Santo Grial se había transformado en revolución industrial y Gaudí, a su vez, en ese Parsifal, que afortunadamente sí se hacía preguntas, hasta el punto de sentirse capaz de sanar la herida del Progreso -en su vertiente de copa amarga o sacrificio, pues no olvidemos que todo tiene su precio- estaba comenzando a levantar en ese peyorativo rey Anfortas, que no era, si no, la propia Naturaleza.
 
Dicen -piensa a continuación el peregrino, aunque ignora realmente si son buenas o malas las lenguas que así lo llevan, lo traen, me dicen, te digo y os cuento-, que en la inconmensurable joya arquitectónica que tiene enfrente, se inspiró otro genio moderno del dibujo, de nombre Walt Disney, para crear el castillo de su Bella Durmiente; una Bella -reflexiona el peregrino-, que no parece, sino una alegoría a ese lado femenino y aparentemente dormido -o silenciado por la berreá del macho-, que ya inspirados poetas, como Goethe, lo definían como el eterno femenino que conduce al cielo. Hacia el cielo, como brazos hambrientos de gloria, se extienden las torres de este edificio, encargado por Joan Baptista Grau i Valles, sacerdote y amigo -natural también de Reus, como el Maestro-, hacia 1886, cuando fue nombrado obispo de Astorga, como siglos antes lo fuera aquél otro y precursor Toribio, elevado a la máxima santidad y depositario en el monte Monsacro asturiano de una arca repleta de reliquias que previamente había traído de Jerusalén y que hoy reposan en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo. Cuenta la historia, que no la leyenda, que en aquellos momentos Gaudí se encontraba prácticamente absorbido en los proyectos relativos al Palacio Güell -donde algo decididamente templario debió de despertarse en su alma, pues incluso diseñó un templo de planta octogonal, incluida rotonda exterior, muy parecido al que los templarios tuvieron como Casa Madre en la Ciudad Santa, que se demolió a principios del siglo XX- y por supuesto, en su obra cumbre: la Sagrada Familia. Tal vez la muerte repentina de su amigo y protector, el obispo Grau, en 1893, supusiera que la Academia de Bellas Artes de San Fernando -órgano de control de edificios públicos y artísticos-, se mostrara incisivamente contraria a muchas soluciones de carácter neogóticos y típicas gaudinianas -como dirían algunos expertos, años después-, consiguiendo que Gaudí abandonara un proyecto que fue completado, entre 1907 y 1914, por el arquitecto Ricardo García Garreta, aunque, según se comenta, con modificaciones radicales, referidas, sobre todo, a su parte superior.
 
No obstante esas alteraciones del proyecto original, el peregrino piensa que hay suficiente esencia de Gaudí, como para no sentirse inmediatamente cautivado por su críptica belleza y la magia de esa geometría sagrada, cuyos símbolos fundamentales estuvieron presentes en todas y cada una de las obras que tan humilde pero Gran Maestro, realizó a lo largo de su vida. Y también, junto a la magia de ese mundo encantado de formas, medidas y dimensiones, el peregrino no deja de maravillarse de las obras artísticas que alberga -no en vano, por algo fue declarado también Museo de los Caminos-, y observándolas con atención, por unos minutos piensa estar en el Nirvana del aprendiz. Pero eso, claro está, forma parte de otra historia, cuyo recuerdo, procurará contar en breve.
 
Cae la noche cuando se dirige hacia el hotel, Avenida de Ponferrada adelante. En su mente, sin embargo, surge una pregunta: ¿qué hubiera pasado, de haberse colocado en lo más alto, la imagen de un ángel, como pretendía Gaudí, de cinco metros de altura?. ¿Y cómo sería ese ángel, sin alas, como los que custodian la Sagrada Familia?. ¡Qué rival para el espíritu maragato que vigila la ciudad desde la cúpula más alta de la catedral!.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

La Magia Gótica del Museo Catedralicio de Astorga



Después de observar con genuino interés esa cruz procesional o Lignum Crucis que, según se dice, perteneció a los caballeros templarios de Ponferrada, y dejarse llevar por el subyugante magnetismo de las formidables imágenes marianas que se localizan principalmente en la planta baja del museo, el peregrino centra ahora su atención, en el hechizo de los magníficos retablos góticos, que constituyen, qué duda cabe, otra de las glorias inherentes al lugar. Anónimos, aunque pertenecientes a reconocidas escuelas europeas, ofrecen una idea de ese tráfico cultural que, amparado en las vías de comunicación afines a los Caminos de Santiago, fue creciendo y evolucionando también, a medida que el estilo argótico –como lo definía ese gran enigma moderno que fue Fulcanelli- iba sembrando de maravillosos bosques de piedra –las catedrales- las principales ciudades de Occidente. Sus detalles y sus temáticas, no obstante, inducen en el pensamiento del peregrino ideas, preguntas y dudas, en algún caso tendenciosas, como tendenciosos son, supone, con cierto grado de causa, aquellos temas que bien podrían encuadrarse dentro de los misterios del Cristianismo.
La temática del primero de los retablos, que lleva el genuino título de La invención de la cruz, hace que su imaginación vuele lejos, a aquellos primeros tiempos del Cristianismo y a la figura, secundaria en este caso, de un emperador, Constantino, que fue el primero o de los primeros, según dicen, en utilizar los beneficios de la Religión como arma política de Estado, una vez asegurado el poder, después de los relevantes acontecimientos ocurridos supuestamente antes, durante y después de la batalla de Puente Milvio y la derrota definitiva de su rival, Magencio. En el retablo no aparece Constantino, pero sí Helena, su madre, aquélla que, después de peregrinar a los Santos Lugares se hizo, según la tradición, con la auténtica Vera Cruz, la cruz donde Cristo fue crucificado, el talismán sagrado que marchaba siempre al frente de los ejércitos cruzados cuando iban a entrar en batalla y que se perdió irremisiblemente en 1271 en la batalla de los Cuernos de Hattin, que fue el comienzo del fin del Reino Cristiano de Jerusalén y también, una vez perdida definitivamente Tierra Santa, parte del principio del fin de la más carismática de las órdenes religioso-militares de la época: la Orden del Temple.

Óleo sobre tabla, del siglo XV, al peregrino le resultan curiosos algunos de los detalles en los que, piensa, la imaginación del artista anónimo recreó un paisaje idílico, europeo, impropio de la aridez de un lugar como Jerusalén y sin duda muy alejado de la -en teoría- siniestra constitución de un monte, el Gólgota -reposo, presumiblemente también, de Adán- donde supuestamente el santo madero quedó enterrado y olvidado. A Santa Helena la acompaña un número muy específico de damas, tres, y el peregrino, si no meticuloso al menos sí suspicaz, se pregunta si tal vez en la mente del desconocido ejecutor flotara el heterodoxo tufillo alusivo a la Triple Diosa, ego las Tres Madres Celtas, ego las Tres Marías.

 

Más curioso le resulta aun si cabe, otro óleo ejecutado sobre tabla y con técnica similar al anterior, igualmente del siglo XV, que llevando por título Aparición de Cristo resucitado a los apóstoles, muestra al racional e incrédulo Tomás -que no el Dídimo- introduciendo los dedos en la llaga producida en el costado por la lanza de Longinos, y se pregunta, intrigado, por qué a Tomás se le permite ese tocamiento –ver para creer, que no creer para ver- y la reacción, supuestamente ante el primer testigo de la Resurrección, María Magdalena, constituya todo un rechazo, bajo la fórmula de las palabras noli me tangere, es decir, no me toques, que suelen acompañar siempre esa otra representación.
Se pregunta a continuación el peregrino, observando las sobrenaturales escenas que acompañan la Vida, tentaciones, tormentos y muerte de San Antonio Abad -algo más modernas que las anteriores, pues pertenecen, según los especialistas, al primer cuarto del siglo XVI- si quizás el anónimo maestro también se inspiró en las grotescas concepciones del Infierno de Dante a la hora de representar a esos enojosos y eternos anarquistas de la tentación y la tortura beatífica, presentes en la vida de todo eremita, que son los demonios. Hay, no obstante, reflexiona el peregrino, algo decididamente familiar en ese tirar la casa por la ventana, que siglos después de muerto San Antón, se puso de moda en la Hesperia abatida y humillada del siglo VII y que originó hermosas leyendas, dignas de la más pura nobleza baturra, en la carismática vida de santos crepusculares, como San Frutos y San Saturio.
Más real, sin embargo, le parece la presencia del Ángel Negro, el Ángel de la Muerte, posiblemente mantenido a raya por ese Ángel de la Guarda, que en ocasiones no es tan buen pastor, pero que cuando está presente no permite que el otro haga trampas -como en las psicostasis románicas- con el reloj vital del humano -santo o no- elegido.
Posiblemente, más extraña e incluso una probable rareza, sea, por último, la representación de San Francisco -santo que firmaba, precisamente con la Tau que distinguía al bueno de San Antón-, y no por las señales de los estigmas de la Pasión -que ya hubo precedentes modernos que también dieron el campanazo, como los hermanos Bongiovanni- sino por la extraña representación de un Cristo dotado de alas, quizás representando a ese simbólico pelícano que se abre el pecho para alimentar a sus hijos, pero que, a la vez, y a través del dolor, también ofrece parte de ese Cáliz Amargo que otro ángel, a su vez, le presentó en el Huerto de los Olivos, antes de que el gallo cantara tres veces, Pedro le negara otras tantas y el madero esperara su carne y su sangre.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Nuestras Señoras de León


Proceden de santuarios, ermitas e iglesias de pequeñas parroquias que se extienden por infinitos montes, valles y llanuras. Algunas, quizás las menos, piensa el peregrino entristecido, aún conservan su antigua advocación. Pero la mayoría, ese grueso general que rompe y rasga con su sola presencia los velos isíacos del misterio y la tradición, son anónimas. Tampoco todas están en las mismas condiciones de conservación, pero en su mayoría, en especial aquellas que pertenecen a los siglos XII y XIII, conservan, cuando menos, un detalle en común: su excepcional hieratismo. Sus atributos, también salvo excepciones, portan un objeto que, al fin y al cabo, sonríe el peregrino, ofrece una singular pista sobre su milenario origen: la bola. La bola o esfera que define la esencia y a la vez la presencia, nunca eliminada del todo, de los primigenios cultos matriarcales a la figura de la Gran Diosa Madre. O a la Triple Diosa, posteriormente camuflada bajo la forma de las Tres Madres Celtas o las Tres Marías Cristianas, cuyos santuarios se encontraban cercanos entre sí, formando un signo púbico perfecto: el triángulo con el vértice invertido. Aquél símbolo primordial, al que en tiempos de Salomón se añadió otro triángulo superpuesto, con el vértice hacia arriba, que simbolizaba el falo fecundador del Padre. O lo que hubiera sido un equilibrio perfecto, como perfecto fue el equilibrio entre los dioses y diosas griegos del Olimpo, antes de que el iracundo Zeus diera un golpe de estado, haciéndose con el mando supremo y el poder. Revolución divina, que posteriormente ocurrió con el Yahvé de los judíos y el Dios de los cristianos. Alguna de ellas, simplemente con su advocación, por ejemplo, de la Blanca, hacen que el peregrino piense en esos Montes Albos o esos Montes Albanes, tan abundantes en los caminos y en cuyas inmediaciones, casual o causalmente, solía establecer posiciones una orden religioso-militar, que sentía una más que ferviente devoción por aquélla figura, Nuestra Señora, cuyo término ya comenzara a acuñar San Bernardo, su padrino espiritual: los templarios. En otras, anónimas, salvo una escueta numeración que al peregrino se le antoja una completa burla, se vislumbran símbolos de heterodoxa trascendencia, como las serpientes -o esas wouivres celtas, que a la vez definían las cualidades telúricas del lugar- dibujadas en el manto, que a la vez explicaría el por qué de la tenacidad legendaria de algunas imágenes a ser trasladadas del lugar donde, generalmente de forma milagrosa, fueron encontradas. Tal vez, incluso, la florida tradición atribuya al propio San Lucas la creación de alguna de ellas, o incluso al propio Santiago, que tan poco éxito, según la Leyenda Dorada, tuvo en sus primeras peregrinaciones a esta Hesperia donde el propio Hércules, milenios antes, triunfó en algunos de sus trabajos.

jueves, 6 de noviembre de 2014

La catedral de Astorga



La Maragatería. Y su capital, la Asturica Augusta romana: la moderna Astorga, siempre fiel al espíritu del Camino. De detrás de sus murallas, levantadas por la Legio X Gémina, aquélla que participara en las cruentas guerras cántabras, partió Santo Toribio, que fue su obispo, hacia las cumbres misteriosas del sagrado Monsacro asturiano para depositar el arca con las reliquias que había traído de Jerusalén, hoy día custodiadas en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, evitando que cayeran en manos agarenas. Es, pues, parte del ancestral espíritu de cientos, miles de años de Historia el que se deja sentir por una ciudad que, aunque rendida a las inevitables circunstancias del barbarismo moderno, todavía mantiene el florido sabor de las tradiciones. El peregrino lo sabe, y tal vez por ser consciente de ello, siente una emoción muy particular cuando recorre la Avenida de Ponferrada –puerta del Bierzo y corazón templario de León-, en dirección al casco antiguo, donde se levantan dos auténticas joyas del Camino, que ha venido exprofeso a visitar: la Catedral y el Palacio Episcopal, ésta última obra sublime del inimitable Maestro Antoni Gaudí que, reconvertido en Museo de los Caminos, bien que se nutre de ellos, para solaz de viajeros y peregrinos. Apenas faltan unos días para que el bifaz Jano deje abierta de par en par la puerta de la Jauna Coeli, aquélla que, por San Juan, libera toda la magia del solsticio de verano, y quizás motivado por ello, en el aire le parezca sentir efluvios con sabor a madera de roble sacrificada en las hogueras.
Hace calor, y si el sofoco no causa mella dejando perlas de salitre en la frente del peregrino, quizás se deba, así mismo, a la caricia salvaje de ese viento que levanta toldos y banderolas españolas, antes de retornar mohíno a su encierro en las mágicas cumbres del Teleno. El Teleno, el monte sagrado por excelencia, que todo leonés lleva en su corazón y hacia el que mira siempre sin importar lo cerca o lejos que se encuentre. Pronto, en su camino, el peregrino divisa, tras la custodia inmutable de unas murallas que son gemelas de las de la vecina ciudad de Lugo, unas estructuras de fantasía que elevan torres y agujas hacia la inmensidad del infinito. En su mente, finita y prisionera, no obstante, de los límites de las tres dimensiones, la comparación, recurso pobre pero inevitable, al fin y al cabo, hace que piense en ellas como en auténticos árboles de la vida que, simbólicamente hablando, conectan la tierra con el cielo. Curiosa, cuando menos como la misma Astorga, la hercúlea figura del maragato –que en tiempos sufrió el mal del rechazo, como el agote navarro o el vaqueiro de alzada asturiano-, corona una de las torres de la catedral, semejando un sobrenatural San Miguel que le indica al peregrino la dirección hacia el Oeste: aquélla que, indivisiblemente, han de seguir sus pasos hacia el Campus Stellae y aún más allá, todavía, hacia el imaginario Jardín de la Oca, que impera sobre ese extraordinario y simbólico lugar, también, donde reposa eternamente el espíritu de los antepasados, que es Occidente y su Finis Terrae. Como decía Antonio Machado: Caminante no hay camino, sino estelas en la mar.


 
Frente a la fachada occidental, obra de los arquitectos Francisco y Manuel de la Lastra, padre e hijo, respectivamente, el peregrino no puede evitar un intenso estremecimiento ante la idea de que está a punto de comenzar un pequeño viaje en el tiempo. Se asegura que aquí, donde se levanta este imponente bosque de piedra, hubo antes una iglesia prerrománica, tal vez visigoda, y otra románica, de la que al parecer se conserva, como testimonio, el año de su consagración: 1069. La catedral, aunque tardía, aplica, no obstante, esos milenarios conceptos con los que Bernardo de Claraval definía a Dios: ‘altura y anchura y profundidad y amplitud’. En su construcción, desde los comienzos de los trabajos, pocos años antes de la definitiva toma de Granada por los Reyes Católicos, hasta su finalización en el siglo XVIII, varios son los estilos artísticos que la definen; pero independientemente de ello, el peregrino tiene la certeza –como va comprobando a medida que profundiza en su visita-, de que los antiguos misterios están presentes. Posiblemente, uno de los más relevantes se localice en el cuerpo central de ésta magnífica portada occidental, frente a la que está detenido, y en el tema que trata: el descendimiento. Una obra sobresaliente en detalles, entre los que destacan el curioso recipiente que sostiene en sus manos, aparentemente, la de Magdala. Pero observando a la ingente multitud que se agolpa al pie de la cruz, al peregrino, recordando las posteriores historias del Grial, le viene a la mente la pregunta del millón: ¿José de Arimatea o Nicodemo?. Singular, así mismo, le parece la escena, en uno de los laterales, de la curación del ciego de Betsaida. No tendría, quizás, esa singularidad, si no fuera por el detalle de que el ciego, arrodillado ante Cristo, mantiene sujeto por una cordel a un perro. ¿Un precedente de San Roque -se pregunta el peregrino-, el santo más caminero, cuya presencia no es difícil encontrar en cualquier iglesia; una alusión a las hermandades canteriles o, por el contrario, una referencia a los perros de Roma, como así denominaban a la Iglesia algunos colectivos considerados heréticos, como los cátaros?.
Pero las sorpresas, como puede constatar el peregrino, continúan de puertas para adentro. Renacentistas o barrocos, todos los antiguos paradigmas están presentes en algunos de los arcosolios de unas capillas cuyas verjas, niegan el acceso: el hombre verde, el perro, el león apenas a unos centímetros del agnus dei, el racimo de uvas, símbolo representativo de esas antiguas deidades como Dionisos o Baco-Soter (Salvador), cuyas vidas tienen tanto paralelismo con la del propio Cristo. Su Retablo Mayor, obra del escultor Gaspar Becerra, considerado en algunas fuentes como la obra cumbre del romanismo español que, sin embargo, parece una pequeña calcomanía en comparación con la inconmensurable belleza de unas bóvedas estrelladas, que rozan la perfección.

 
Aunque la parte gótica se atribuye a Gil de Hontañón, observando las bóvedas estrelladas, el peregrino no puede evitar preguntarse si quizás fueran obra y no simple vinculación, de los arquitectos Juan y Simón de Colonia, cuya catedral alberga las supuestas reliquias de los Reyes Magos, y mirando, se congratula de que los efectos del terrible terremoto de Lisboa, de 1755, fueran mejor reparados que en otras obras cumbre del Camino, como la no excesivamente lejana iglesia de Santa María la Blanca, en Villalcázar de Sirga, provincia de Palencia.
 
Un hermoso juego de luz y sombras que se filtra por las vidrieras -lejos están, desde luego, de las originales que todavía luce la catedral de León-, despiden al peregrino, que no puede evitar, al salir, volver la mirada hacia el trascoro para echar un postrer vistazo a dos figuras que, no obstante impertérritas, parecen tener personalidad propia: Santo Toribio de Astorga y aquélla imagen mariana, por debajo, que todo el mundo conoce como La Milagrosa. Y de esto tratará la segunda parte de su visita: de Nuestras Señoras de León.

viernes, 24 de octubre de 2014

El Camino se viste de Otoño


Suele llegar sin avisar y a veces, como en la presente ocasión, disfrazado de veranillo de San Miguel, incluso en esos lugares donde parece que el gélido Bóreas se ha aposentado eternamente. De libre albedrío y de espíritu inquieto, deja una singular tarjeta de visita por todos aquellos lugares por donde pasa, jugando, ¡qué duda cabe!, con los colores gloriosos del ocaso. Si alguien le pregunta, diría que es el gran burlador, el pintor romántico por excelencia. O quizás, ocultando un rubor dorado en su sonrisa, dejaría que fuera otro quien viera en él al gran Maestro, aquél cuya prudencia deja hojas marchitas señalando el Camino hacia el Jardín de la Madre Oca. Hay quien dice, asegura y persevera -que para eso la vieja Hispania no sólo es tierra de pan y vino, sino también de dimes y diretes-, que se hace acompañar por una cohorte de dulces, gráciles y escurridizas mancebas a las que alguien, seguramente poseedor de un corazón de poeta, identificó -tal vez huyendo apresurado de las gentiles cortes occitanas después de que el Trovar dejara de ser un Arte afín a los caminos-, con las inalcanzables Musas. Es generoso con quienes le veneran, y antes de continuar camino, gratifica espléndidamente con la más generosa de las visiones. También es un amigo fiel del peregrino, y aunque no le deja mensajes trascendentes en las viejas piedras donde se arrodilla para solazar su espíritu, le enseña, no obstante en su caminar, el antiguo secreto de la muerte y la resurrección. Es el viajero serio, pero comprometido, que no rehúye la compañía pero tampoco la impone. Es como el verso inmortal del Poeta, aquél que exiliado en Francia, le describiera perfectamente cuando glosó aquello de quien quiera beber conmigo, tiene una copa en mi mesa, compartirá mi alegría pero también mi tristeza.
Es el Otoño, quien cubre con su maravillosa nostalgia, los viejos caminos peregrinos. 

jueves, 23 de octubre de 2014

Un pueblo y una parroquial: San Salvador



Como colofón a esta pequeña aventura por el siempre interesante entorno de los Montes Torozos, por la mente inquieta del peregrino circula el recuerdo de un pequeño pueblo, que lleva idéntico nombre que su iglesia parroquial: San Salvador. San Salvador, es un pueblecito castellano –de esos que duermen la siesta en la canícula al compás de las melancólicas cigarras-, situado entre Vega de Valdetronco –todo el que llega a su altura por la autovía de La Coruña, observa con curiosidad el armazón de una antigua iglesuca, situado prácticamente a pie de carretera-, y Torrelobatón, localidad de cierta importancia que, no obstante, parece relativamente pequeña en comparación con la fantástica mole de su bien conservado castillo medieval.
De románica medievalidad –recuerda gratamente el peregrino-, es la planta de la parroquial. Una parroquial, que a pesar de las reformas que se evidencian actualmente en su conjunto, puede presumir, desde luego, de mantener hasta cierto punto intacta esa mencionada solera artística románica, definitivamente perdida en otros pueblos del entorno, como el mencionado Vega de Valdetronco, Gallegos de Hornija, Villasexmir, el propio Torrelobatón e incluso, algo más allá, y antes de llegar a Wamba, el pueblo de Castrodeza, por no olvidar mencionar, de paso, a Peñaflor de Hornija, de cuya parroquial románica, casualmente dedicada también a la figura del Salvador, apenas quedan unas ruinas no exentas de cierto entrañable romanticismo.
Es esta aparentemente coincidencia en la advocación, la causante de que a la memoria del peregrino acudan recuerdos de las antiguas rutas peregrinas; aquéllas que, denominándose precisamente así –Ruta de los Salvadores-, encaminaban por lugares de misterio a los peregrinos que emprendían el Camino del Conocimiento en su ruta hacia el Oeste, siempre hacia el Oeste, en cuyo Finis Terrae, aguardaba –simbólicamente hablando-, la etapa final, la añorada Casilla 64, el Jardín de la Oca. O lo que es lo mismo: ese concepto tan sufí de Unicidad y retorno a la Fuente.
Por otra parte, si los peregrinos de antaño encontraban mensajes trascendentes en el alma de la piedra de esta arcana iglesia, en la actualidad, bien es cierto que su silencio es un olvido relativo, pues como muy bien demuestran los pequeños capiteles historiados del ventanal de su ábside, es de suponer que haberlos húbolos.
 
Aun así, el peregrino siente cierta nostalgia en el alma mientras se aleja del lugar, tarareando para sus adentros aquéllos inolvidables versos de François Villon, que nunca han dejado de preguntarse a dónde fueron las nieves de antaño.

jueves, 9 de octubre de 2014

Arroyo de la Encomienda: la iglesia de San Juan



Como se advertía en las primeras entradas dedicadas a esta ruta por los fascinantes Montes Torozos, el peregrino sabe que uno de sus mayores atractivos, radica en la presencia, durante la Edad Media, de las no menos fascinantes órdenes militares. Y de hecho, tiene la certeza del dominio de las dos órdenes principales, rivales, de hecho, pero cuyo acercamiento a su poderío y mediática idiosincrasia, constituyen, en el fondo, una no menos prodigiosa aventura histórica: la Orden del Temple y la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. Fundada ésta última por comerciantes de Amalfi algunos años antes que la primera, el peregrino es plenamente consciente de que el lugar al que se dirige, lleva el nombre de la encomienda que los caballeros del Hospital tenían en un lugar situado a apenas unos insignificantes kilómetros de Valladolid y otros tantos de Simancas, ciudad que destaca no sólo por ser la sede de un impresionante Archivo Histórico, sino también, por ser el lugar donde en el año 939, las tropas cristianas al mando del rey Ramiro II, consiguieron una de las más importantes victorias sobre el impresionante ejército musulmán enviado desde el emirato de Córdoba por Abdelrramán III, desbaratando una campaña que llevaba el significativo nombre del Supremo Poder.
La iglesia es de dimensiones reducidas, y aparte de algún añadido bastante más que posterior a ese siglo XII en el que fue levantada –por ejemplo, la sacristía-, se conserva en unas condiciones bastante aceptables. Observándola, a la mente del peregrino acuden los antiguos conceptos de equilibrio, proporción y medida que, entre otros, se consideraban, sine quanum, los principios fundamentales del arte arquitectónico. Es por ello que piensa, que amparados en su conjunto, entre los motivos decorativos de los capiteles que embellecen el pórtico principal de acceso al tempo, situado en el lado sur, destaque esa admirable variedad ornamental, que alterna graciosas referencias foliáceas –en cuya aparente e idílica austeridad, el cantero jugó también con los símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, como diría locuazmente René Guénon, así como con la magia de los números-, con la cándida representatividad de las aves, como representantes indisociables de ese matrimonio sagrado entre cielo y tierra, que lejos está de la sempiterna fantasmagoría de los mitológicos zarpazos veniales desplegados en las series de canecillos, bastante más castigados por la ira de los vientos, donde la imaginación juega con los demonios del paradigma. Y no obstante, observa el peregrino para sus adentros, el paradigma y sus demonios lanzan inconfundibles mensajes subliminales a poco que uno se deje vencer por la fascinante atracción de su naturaleza: la lechuza, ave asociada con la noche, con la luna, animal sagrado de la sensual Afrodita; los espinos, asociados con el tortuoso camino que lleva al calvario del Conocimiento; las arpías, pérfidas, voluptuosas hijas del engaño, siempre al acecho del incauto, que por algo en un principio fueron hijas de la mar; la serpiente a punto de devorar al grotesco sapo, que quizás pueda entenderse aquí también como una sublimación alquímica aplicada al espíritu; la sirena, lodo de los barros de antaño cuando no se diferenciaban de las arpías; la sempiterna pata de oca, transmutada en motivo foliáceo, con frutos o bolitas incluidos en número de tres -¿tal vez una referencia a la Diosa en su triple naturaleza?-, similares a las que se localizan en un capitel de la iglesuca románico del pueblecito burgalés de Basconcillos del Tozo, situado no muy lejos de Barrio Panizares, lugar donde se sitúa otro de los enfrentamientos del Cid con la pérfida Elpha.
 
Resulta difícil, siquiera utilizando todos los recursos de la imaginación, pensar qué bullía realmente en la mente del hombre medieval. Pero observando estos pequeños retazos de información, el peregrino piensa que, después de todo, quizás la búsqueda de estos idealistas monjes-guerreros, no estuviera demasiado alejada de la de sus hermanos del Temple. Una búsqueda, en realidad, inmersa en los avatares de una época oscura pero tremendamente espiritual, como fue aquélla quizás mal llamada Edad Media.


sábado, 4 de octubre de 2014

El Monasterio de la Santa Espina


Como ya apuntaba en entradas anteriores, apenas el peregrino puso los pies en el interior de la iglesia de Santa María de Wamba, recordó las palabras del venerable anciano que, descuidando por un momento sus obligaciones en la preparación de la santa misa en ciernes, le comentara, entre nostálgico y orgulloso, que apenas unos breves escalones separaban, como por arte de magia, varios siglos de Historia. Fue en el claustro, reformado en el siglo XVIII, pero donde todavía sobrevivía, milagrosamente, una de las salas capitulares románicas más hermosas de cuantas había contemplado en sus largos años de camino, incluida la del monasterio alcarreño de Monsalud, que conociera unas semanas después y que tan buenas sensaciones le dejara, independientemente del templarismo que, en su segundo viaje a la Alcarria, le otorgara Camilo José Cela, dejándose llevar por las tradiciones del lugar.
 
Quizá más versado en los aspectos modernos del monasterio, sobre todo a partir de finales del siglo XIX -aproximadamente, una cincuentena de años después de la Desamortización de Mendizábal- cuando se establecieron los monjes de La Salle para regir una escuela de capacitación agrícola, de los orígenes, envueltos en los impenetrables velos del misterio, apenas el hombre sabía lo que consta en cualquier libro o folleto informativo: que el monasterio se levantó, allá por el siglo XII, a instancias de Doña Sancha, hermana del rey Alfonso VII; que todavía conserva algunos notables enterramientos -entre ellos, el de un conocido ministro de la época de Franco-, y que la geometría sagrada, aplicada al ámbito de la arquitectura, ofrece un abanico de absorbentes maravillas, que dejan en un segundo plano los nombres de sus anónimos maestros.
 
Una vez a solas en el interior del templo, el peregrino se siente infinitamente pequeño frente a la altura de una nave abovedada, firmemente sostenida por unas columnas gigantescas, sólidas, remedos de piedra inmortal que sustituyen a los antiguos bosques sagrados de los primigenios habitantes de Iberia. Por su belleza y espectacularidad, el peregrino no tarda en caer rendido frente al hechizo del maravilloso cimborrio, en la magia de cuyos números, advierte aquél que parecía tener una relevancia especial para los constructores del Temple: el ocho. Encajado con esmerada precisión en un cuadrado, un círculo perfecto alberga una estrella de ocho puntas que, por su disposición, conforma, a la vez, una fantástica cruz de ocho beatitudes, que no sólo conlleva conceptos metafísicos, sino que además, ahí, sobre el plano y según la opinión de algunos autores, contiene parte de esas nociones de geometría aplicadas en la práctica.
 
El gótico, con su lenguaje críptico, flamígero e incompleto, según la opinión de ese genio irrepetible que fue Antoni Gaudí -recuerda el peregrino, que a pesar de todo, no deja de sentirse fascinado en su contemplación-, también está presente en una de las capillas laterales, que alberga, como un panteón natural, reliquias convertidas en polvo con sabor a antigua nobleza. Algo más allá, protegida por una especie de vaina con forma de bala -en la mente del peregrino, las comparaciones dejan de ser odiosas, y piensa que es muy similar a la forma de la torre que suele acompañar siempre a Santa Bárbara, oscura santa en la que algunas fuentes observan una referencia inequívoca a la de Magdala-, se conserva un fragmento de la más venerada de las reliquias, aquélla que no sólo le ofrece prestigio al lugar, sino que también le da el nombre: una santa espina de la Vera Cruz.
 
La llegada de los fieles y el comienzo de la celebración de la Santa Misa, devuelven al presente a un peregrino, cuya mente comenzaba a bucear, quizás, en los oscuros cenotes de la Historia. Una Historia, cada vez está más seguro de ello, lejana, inmersa en charcos, ciénagas y pantanos susceptibles de interpretación. Largo es el Camino, piensa, abandonando tranquilamente el lugar, e infinitas sus maravillas y misterios.

domingo, 28 de septiembre de 2014

De Wamba a Urueña: Nª Sª de la Anunciada


Después de dejar atrás Wamba y sus ancestrales misterios, el peregrino recuerda la advertencia de Vicente Herbosa (1), relativa a Urueña, y posiblemente como aquél, una vez puestos los pies en tan singular villa, sienta, con un genuino estremecimiento de placer, que en su ruta iniciática por esta zona tan determinada de los Montes Torozos vallisoletanos, todavía se puede saborear un sorprendente esbozo del olvidado mundo medieval. Cierto es -no puede evitar pensar a continuación, con sobrecogedora nostalgia-, que nada es eterno y que las poderosas huestes del Padre Cronos y sus más pérfidos aliados, la mercenaria hombruna, también han pasado por aquí, aunque quizá no de forma tan determinante como en otros lugares de alrededor. Cierto es, así mismo, que Urueña aún conserva buena parte de sus antiguas murallas, y al igual que en otros lugares, como Betanzos, su iglesia gótica de Santa María -situada justamente a la sombra de su puerta principal- aún recuerda. en su adjetivo calificativo, del Azogue, parte de esas raíces sarracenas que, al igual que la palabra zoco, determinaban el mercado que se celebraba intramuros de la ciudad, independientemente de que haya opiniones tendentes a relacionarla con la antigua ciencia de la alquimia. Pero mucho más interesante aún, piensa el peregrino, mientras recorre en solitario unas calles en cuya rancia heráldica no faltan referencias a la más que probable presencia de nobles generosamente recompensados y órdenes militares como las del Temple y la de San Juan, sea el propio nombre de la villa, derivado, según los expertos, de la palabra prerrománica Uru-anna; es decir, agua que mana. Un importante vocablo que, en opinión de este incansable buscador de misterios, posiblemente diga mucho sobre los orígenes de este lugar y sobre todo, del lugar, extramuros, donde se asienta una joya arquitectónica, cuya armonía tan sólo se ve restada por los estúpidos añadidos realizados en los siglos XVII-XVIII, aquéllos lustros de ceguera arquitectónica en la que, como bien diría la guía del recinto, algunos minutos después, apenas se daba importancia al Patrimonio Artístico de épocas anteriores. Es más que probable -independientemente de las rapiñas modernas y los dólares americanos-, que buena parte de un románico que tuvo que ser excelente en la región, se hay perdido irremisiblemente.
 
En efecto, situada extramuros de la villa, junto a un hermoso trigal recién segado pero que aún muestra ese halo de dorada santidad con la que el verano comienza a dotar a los sufridos campos de la vieja Castilla, algunas fuentes de agua clara -esas venas de Anna, comparativamente hablando-, señalan el tranquilo, cuando no idílico lugar, donde se levanta una hermosa iglesia, cuyo nombre ya constituye, en sí, todo un enigma: Nª Sª de la Anunciada. Tal vez por eso, a medida que permanece en el lugar, los pensamientos del peregrino -como celosos cupidos intentando atravesar con sus flechas los tenaces corazones de las Musas del Pasado-, vagan hacia la oscuridad de unos orígenes imprecisos que, no obstante las pistas, piensa -hace horas que el sol ya salió por Antequera-, que en época indeterminadas de la Historia, bien pudieran haber estado consagrados a la Gran Diosa, a la Ana primordial que el tiempo y el Cristianismo convertirían en Santa Ana; es decir, en la Madre de la Madre.
 
De sus mistéricos orígenes, quizás lombardos, como apuntan algunas fuentes, el peregrino recuerda que generalmente se supone -y recalca lo de supone- que fueron auspiciados por doña María, hija del conde Ansúrez y esposa de Armengol IV del Sobrarbe, pero ahora bien, observando su estructura, esa familiar forma de basílica, en la mente de éste va tomando fuerza la impresión de que quizás éstos fueran más antiguos y se remontaran, cuando menos, a esa época perdida del reino visigodo. Le llama la atención, así mismo, ese magnífico cimborrio, de forma hexagonal, cuyas referencias orientales pudieron haber sido una herencia de la arquitectura que los cruzados importaron de Tierra Santa, teniendo o no sus antiquísimos orígenes en esa feliz Armenia -como piensan algunos estudiosos y amigos, como el profesor retirado Jesús García Castillo-, en cuyo monte Ararat, la tradición sitúa que recaló el Arca de Noé.
 
En el interior, abovedado y sobrio, en el que impera su cabecera trilobulada, el camerino central está ocupado por una talla original de la Virgen de la Anunciada, cuya auténtica belleza queda eclipsada por un ropaje que, ajeno, la oculta realmente a la contemplación de los fieles. Este detalle, común por otra parte a numerosas imágenes de época, consigue, en opinión del peregrino, que la atención se centre sobre otras piezas. Tal es así, que entre ellas, desde luego, destaca un pequeño retablo, algo deteriorado y no ajeno al polvo de los años, que si bien en su parte central muestra a San Jerónimo Penitente, con la calavera y el león como compañeros, en los laterales, hecho bastante inusual, muestra las figuras de seis santas, mientras que en la parte de abajo, risueños en ambos laterales, dos pequeños querubines se muestran indolentes e irrespetuosos con tibias y calaveras, tal vez felices de saberse portadores del verdadero secreto que se esconde detrás de lo que ocultistas y teósofos conocen como el Velo de Isis.

 
Autor, cuando menos, del libro 'El Románico en Valladolid', Ediciones Lancia, S.A., León, 2003.

sábado, 20 de septiembre de 2014

La iglesia de Santa María de Wamba


Como el tiempo, el tránsito estelar tampoco detiene su camino. El ciclo de Virgo está tocando a su fin y la inminente entrada de Libra anuncia la proximidad del otoño. El calor es menos sofocante y los días son más cortos que allá, a mediados de junio, cuando el peregrino, cansados sus ojos de vagar en solitario por las inconmensurables infinidades de los Montes Torozos, recaló en éste, un lugar, sin duda cargado de Historia y de Misterio: Santa María de Wamba. Apenas pone un pie en su interior, sabe perfectamente que no es necesario llegarse hasta el relativamente cercano Monasterio de la Santa Espina, para que un amable monje le susurre, confidencialmente y mientras se atusa con cansancio unos mechones de cabello que el tiempo ha ido cubriendo progresivamente de amarillenta escarcha, que tan sólo con el sencillo acto de subir unos breves escalones -cuatro, a lo sumo cinco, que son los que separan parte del antiguo claustro románico de la actual rectoría y de la iglesia-, el espíritu atraviesa, como Alicia a través del espejo, varios siglos en cuestión de segundos. De manera que, con cierta relativa seguridad, el peregrino sabe que aquí, en Wamba, la Historia, al igual que en la Troya de Schliemann, se superpone en estratos desiguales, pero inequívocamente interesantes. Visigodo, prerrománico, románico, renacentista o barroco no impiden, sin embargo, que en la inseparable compañera y amiga que es su libreta de notas, éstas se alternen con desorden, creando, no obstante, una cuando menos curiosa melodía. Tal vez no posea el melancólico carisma imprimido por William Shakespeare a sus inolvidables personajes de Oberón y Titania, pero allí está, gracioso, desafiante, luciendo sus dos pequeños cuernecillos, las manos ocultando el caramillo entre la floresta que le sirve de lecho, el alegre dios Pan. Un arcano celta, que parece observar con atención no exenta de ironía, la terrible lucha que mantienen el Diablo y San Miguel, en una psicostásis o pesaje de almas, en la que siempre el primero intenta hacer trampas. Algo más allá, semioculto en una resacosa penumbra que apenas logran diluir los diversos focos distribuidos a lo largo de la nave, un zapatero, ajeno a la lujuria, como piensan algunos y quizás también despreocupada su alma de otros méritos que no sean los propios de su trabajo, masca pacientemente la suela del calzado que está preparando. Algunos de los capiteles de la cabecera no son originales de la primera época visigoda, pero lo disimulan muy bien. Más difícil, sin embargo, de vislumbrar, son las maravillosas pinturas que en su día decoraron el ábside principal, de cuyos rastros, vegetales y animales, algún autor, seguramente sin temor a los terribles fuegos de la Inquisición, aventuró en su momento que podría tratarse de una alusión a la Kabbalah hebráica. Gótico y de una maravillosa ejecución, el pequeño retablo situado a la derecha de la nave, no muy lejos de la puerta principal, nos muestra, seguramente basado en el Pseudo Beda, el fuscus -como diría Álvaro Cunqueiro-, o rey negro, no obstante sin corona, en una magnífica escena de la Adoración. Pero sin duda, una vez visto ese poema al Leteo o río del olvido que es la Muerte, la parte más espectacular, situada en el mismo y geométrico ángulo sacro que la pequeña sala capitular, es esa no menos pequeña capilla, marcada por el Árbol de la Vida que, con forma inequívoca de palmera, hace de puerta a un pequeño oasis donde, aún depauperadas las antiguas pinturas, entre ellas se observa -y quizás por ello, el peregrino se pregunta a qué extrañas ceremonias se sometían allí los sanjuanistas-, una preciosa cruz de Malta.
 
Cuando éste sale de la iglesia de Santa María de Wamba y deja vagar sus pensamientos mientras pasea sin rumbo fijo por calles que, como ya se dijo en la anterior entrada, recuerdan hitos y lugares del Camino de las Estrellas, una extraña sensación invade su espíritu. Y al igual que François Villon, él tampoco puede evitar preguntarse, si no referido a la belleza, sí a los fascinantes enigmas de la Historia, ¿dónde estarán las nieves de antaño?.