lunes, 25 de agosto de 2008

El Peregrino en el Cañón del Río Lobos: Romería de San Bartolomé y la Virgen de la Salud


Primera Parte

Crónica de un peregrino

Dentro del Año Mariano en el que nos encontramos, hubiera sido imperdonable no asistir a una de las romerías más emblemáticas de cuantas se celebran en la provincia, cuando no en España: la romería de San Bartolomé y la Virgen de la Salud, en el no menos inigualable y emblemático entorno del Cañón del Río Lobos.
Poco antes de las diez de la mañana, eran numerosos los romeros y peregrinos que, procedentes de diversos puntos del país, encaminaban juntos sus pasos en dirección a la pradera donde se asienta la ermita de San Bartolomé, a orillas del río Lobos y enfrente de la Cueva Santuario, cuya historia se remonta a épocas prehistóricas.
Para los que estamos acostumbrados a visitarlo con cierta frecuencia y disfrutamos del entorno sin cruzarnos apenas con nadie, semejante avalancha de gente no deja de producir cierto sobresalto cercano al shock. Sin embargo, enseguida nos reponemos, entendiendo que es normal que la gente acuda en tropel en un día tan señalado, pues no es ninguna falacia que la Virgen de la Salud -la cuál descansa en soledad en su capilla de la ermita de San Bartolomé durante la mayor parte del año- arrostra bajo su manto una larga, larguísima tradición de milagrera, que ha ido perpetuándose a lo largo del tiempo.
Es cierto que nos encontramos frente a una representación moderna de la Virgen original, que -al decir de los que tuvieron ocasión de conocerla- era 'pequeña y negra'. Tampoco se ven los exvotos -manos, brazos y piernas de cera en su mayor parte, según me han comentado algunos vecinos del pueblo de Ucero- con que los fieles agradecían la intercesión de la Virgen en su curación, y que antaño se exhibían en el interior de la ermita. Incluso el Cristo de la Agonía -un soberbio ejemplar de Cristo gótico en el que se pueden apreciar varias cualidades, entre ellas las de mostrar lengua y dientes y ofrecer una perspectiva de agonía y muerte, según sea la posición desde donde se le mira- ya no luce, tampoco, esa larga melena que le llegaba casi a la cintura.
Sería demasiado arriesgado decir que la Tradición, al menos en este caso, varía. Por eso diré que, bajo mi punto de vista, lo que ha variado en parte, es la costumbre. En efecto, igual de piadosa es la costumbre de encender velas y lamparillas, y hoy -titilando alegremente en ambas capillas- tanto la Virgen de la Salud como el Cristo de la Agonía, han recibido el agradecimiento y el cariño de los fieles.
También sería muy exagerado hacer comparaciones con otras demostraciones de devoción y afecto -como las que recibe el Jesús de Medinaceli en Madrid, por poner un ejemplo- pero sí puedo afirmar que el desfile de personas, tanto en el exterior como en el interior de la ermita para besar el manto de la Virgen, ha sido notable, hasta el punto de que hubo momentos en que se produjo algún roce entre los que entraban y los que salían.
Por otra parte, se hace extraño ver los puestos y chiringuitos que, como las caravanas de esos antiguos pioneros del lejano Far West americano, acampan en la pradera a uno y otro lado del río. Pero lo que desde luego sí que me pareció sublime e inolvidable, fue la visión de esa Virgen entrañable y querida sacada a hombros por los romeros y paseada, como una reina, por los alrededores de la ermita. Había momentos en los que su manto blanco, inmaculado, brillaba como la luz de una luciérnaga al ser alcanzado por los rayos del sol, teniendo, como decorado de fondo, esos riscos y farallones sobre los que volaban en círculos, quizás rindiéndole también pleitesía, alimoches, águilas y halcones peregrinos. Aunque claro, supongo que cada uno lo vivió y sintió a su manera.
Alrededor de las dos de la tarde, abandonaba la ermita de San Bartolomé, encaminándome hacia el segundo aparcamiento, pues, aunque a la hora que llegué pude haber subido hasta cerca de la pradera y aparcar en el monte, no me pareció correcto. Reconozco que tal decisión fue acertada, pues durante el trayecto, pude observar cómo se producían ciertos embotellamientos entre los coches que iban, los que venían y los peatones que se encontraban entre unos y otros.
En fin, todo un acontecimiento digno de recuerdo, que procuraré repetir en años venideros.




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