martes, 26 de agosto de 2008

El Peregrino en Segóbriga

Hay una extraña quietud en el entorno del yacimiento, mientras espero a que se abran las puertas, permaneciendo, obstinadas, algunas nubes por encima de estas ruinas históricas, cuyos secretos, poco a poco, van retornando otra vez a la luz.
Se me hace raro traspasar las fronteras del Duero, a las que estoy tan acostumbrado y buscar en otra provincia, en otro lugar, piezas de ese monumental puzzle que es la Historia de este país. Tengo entendido que varias culturas han ido sucediéndose, progresivamente, en el lugar. Pero este no es un dato nuevo, sino una constante. Como en el mar, el pez grande se come al chico, y aquí, durante lustros, celtíberos, romanos, visigodos y sarracenos han estado devorándose unos a otros con una avidez inusitada.
El terreno que circunda el yacimiento está vallado y protegido por alarmas y vigilantes de seguridad, que me recuerdan, comparativamente hablando, a las cercas con las que los ganaderos del lejano Far West americano impedían que las vacas se mezclaran con las ovejas y de paso, ponían los cimientos de la propiedad privada. Ésta es, sin duda, una tierra de ovejas, y aunque echando un vistazo a los valles y colinas de alrededor no veo ningún rebaño, no me cabe duda de que los hay, y en abundancia.
Dos visitantes llegan pedaleando y dejan las bicicletas apoyadas contra la cerca de alambre. Luego, utilizan los contenedores de basura como mesa, y extendiendo un mapa, comentan entre ellos...

{continuará}

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