sábado, 3 de enero de 2009

La magia de la óptica: supremacía de la Luz

'Las señales -algunas veces imperceptibles, otras muy claras- están a nuestro alrededor. Pero deben ser interpretadas con atención para que se transformen en una guía del camino'.
[Paulo Coelho: 'Vida, selección de citas', Editorial Planeta, 2007]

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Mi segunda visita al Monasterio de Veruela, coincidió con esa época que actualmente apenas significa nada para muchos -sobre todo en ésta época, inmersos en los preparativos de una Navidad en ciernes- pero que para el hombre antiguo de todas las culturas, y sobre todo para el hombre medieval, constituía una fecha de suma importancia: el solsticio de invierno. Contra todo pronóstico, el 21 de diciembre amaneció soleado, y el calor que desprendían los rayos del sol, penetrando a través del cristal del parabrisas mientras dejaba atrás la provincia de Soria y me adentraba en la provincia de Aragón, auguraba un día de felices perspectivas.
Este detalle, me hizo recordar este mismo día un año atrás, cuando en compañía de una amiga quisimos descubrir parte de la magia de uno de los lugares más hechizantes y enigmáticos de la geografía española: el Cañón del Río Lobos y la ermita templaria de San Bartolomé. Totalmente lo contrario, entonces sí que parecía que la Jauna Coeli, la Puerta del Infierno, había desatado toda la furia de la tempestad sobre la tierra, y aunque pudimos penetrar en la ermita, por turnos y a hurtadillas -¿verdad, compi?- no vislumbramos rastro alguno de los efectos que estábamos buscando. Puede que no fuera el momento apropiado; o simplemente cabe pensar que en San Bartolomé, después de todo, prevalezcan otros misterios, aunque no sea uno de ellos ese singular efecto lumínico que tanto llama la atención y a tantos visitantes y curiosos atrae todos los años en junio a la catedral de Chartres.
De igual manera que San Bartolomé, el Monasterio de Veruela es otro de esos lugares hechizantes, hasta el punto de darse uno cuenta, al poco de poner los pies en su sagrado recinto, de encontrarse en un lugar dedicidamente especial. Por si fuera poco, su cercanía a un enigmático, ancestral y celoso guardián de misterios, como es el Moncayo, le confiere, aún más, si cabe, una categoría estelar, que hace que merezca la pena visitar y conocer.
El Moncayo, lejos de estar enfurruñado, como de costumbre, aparecía tranquilo, vestido por completo de blanco satén, parpadeando coquetos sus ojos cumbreños al ser alcanzados, allá en lo más alto de sus cumbres, por los rayos del sol. El 'optimismo' del Moncayo, tan raro de observar incluso en épocas estivales, acrecentaba, pues, mi propio optimismo, y aunque en ésta segunda visita buscaba parte de la magia que no supe ver en la anterior ocasión, ese hado fatuo y malicioso llamado destino, quiso que no regresara a Madrid con las manos vacías.
En efecto, es difícil visitar un monasterio medieval -sea o no cisterciense- y no regresar al lugar de origen con las cámaras repletas de tesoros y la mochila llena de recuerdos. Veruela, desde luego, no es una excepción.
Precisamente allí, entre las soledades de su claustro -repleto de historia y mensajes encriptados-, Gustavo Adolfo Bécquer escribió parte de sus leyendas más famosas -pongamos, por ejemplo, 'El Gnomo'- legando a la posteridad un compendio de tradiciones, impresiones y vivencias, que lleva por título 'Cartas desde mi celda'. Pero no sólo a Gustavo Adolfo le debemos descripciones increíbles de tan emblemático lugar, sino que también hemos de recordar el importante trabajo de su hermano Valeriano, la visión de cuyas pinturas, nos ofrece suficiente testimonio de cómo era el lugar en el siglo XIX. Además, y sirva como dato de interés más que anecdótico, Valeriano Bécquer fue uno de los primeros en recopilar las curiosas y extraordinarias marcas dejadas en los muros por aquéllos escurridizos maestros canteros, cuyo rastro y mensaje es poco menos que imposible de seguir en la actualidad y que, bajo mi punto de vista, están muy lejos de constituir una simple contabilidad encaminada al posterior jornal del cantero que las labró y colocó, tal y como piensan numerosos historiadores.

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