sábado, 11 de abril de 2009

Peregrinando hacia el Misterio: las Cuevas de Olmedillo

Las cuevas de Olmedillo se localizan a unos tres kilómetros, aproximadamente, de Ventosa y a unos 13 kms de distancia de Sigüenza, formando parte, pues, de la provincia de Guadalajara. A medida que nos dirigíamos hacia alli -no sin antes detenernos en los campos adyacentes a Ventosa y recoger algunos fósiles- José Luis B.M., mi guía durante esta provechosa e interesante jornada del Jueves Santo, me fue poniendo en antecedentes sobre tan misterioso y enigmático lugar.
Su historia, en cuanto a habitabilidad, se remonta al Neolítico, cuando menos y alberga varios periodos históricos, siendo, por tanto, varias las culturas que, como los celtas, dejaron la impronta de su paso en ellas. Lugar frecuentemente visitado por espeleólogos, todavía, al parecer, no se ha localizado el fondo. Una tosca inscripción en el exterior de la roca, nos advierte de que se trata de una propiedad privada; de manera que, penetrar en su interior, es desafiar, de alguna manera, la legalidad. Por fortuna para nuestra curiosidad, nadie apareció, a excepción de un par de coches en una y otra dirección, cuyos ocupantes -bien por ignorancia, bien porque no les interesara el tema- apenas nos prestaron atención, continuando sin más su camino.
Quizás la parte menos atractiva de su historia, se encuentre en ese periodo histórico que va de la Edad Media hasta la Edad Moderna, en la que las cuevas de Olmedillo se hicieron tristemente famosas por los bandidos que habitaban en ellas. Bandidos que, ante la pasividad de las autoridades, robaban y asesinaban a los viajeros que se aventuraban por el lugar. Contarlo resulta relativamente fácil; pero tratar de imaginarse semejante trance, no deja de constituir, en el fondo, toda una experiencia terrorífica. Todavía hoy en día, la soledad del lugar, sobrecoge.
Se sabe, también, que durante la Guerra Civil, las cuevas estuvieron ocupadas por integrantes del ejército republicano que tenían su sede en Sigüenza. Conquezuela y su entorno, por contra, estuvieron ocupadas por elementos del ejército nacional, aunque -según me comenta José Luis- no hubo grandes batallas, pero sí algunas escaramuzas entre uno y otro bando.
Escalonados a varios niveles, llaman la atención los numerosos habitáculos, que hacen pensar, de alguna manera, en una pequeña ciudad subterránea, convenientemente ventilada por las numerosas aberturas practicadas en la roca. En la actualidad, las cuevas constituyen el hogar predilecto de numerosas aves -como los cuervos, por poner un ejemplo- y aunque no vi ninguno durante nuestra pequeña excursión, no descarto la posibilidad de alguna colonia de murciélagos en sus niveles más profundos.
Al pie de la carretera, nada hace suponer que el nombre del pequeño riachuelo que circula con cierta parsimonia, ni tampoco la triste fama que tuvo durante la fratricida contienda, sea el que dió título a una célebre novela: el Jarama, que nace en las proximidades.
Por último, y en espera de recabar más datos sobre tan misterioso e interesante lugar, señalar la presencia de restos de hogueras, más o menos recientes, que indican el pernocte de personas y la gran cantidad de orbes o motitas de polvo -que cada uno lo juzgue a su manera- que se recogen en las fotografías.
En las cercanías, aunque ya dentro del término de la Riba de Santiuste, se encuentran otras cuevas famosas, en las que se pueden apreciar numerosos grabados rupestres. Claro que éstas, sí están convenientemente vigiladas y su acceso, además de restringido, seguramente cueste dinero.

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