lunes, 1 de junio de 2009

Enclaves de Poder II

Santo Toribio de Liébana

Nací llamándome San Martín de Turieno, como así atestiguan algunas crónicas que se remontan, cuando menos, al año 828, siendo Eterio y Opila varios de mis primeros abades. De humilde señorío, los Picos de Europa fueron mi solaz y mi cuna. Entre sus brumas eternas, sus verdes valles y la solidez inquebrantable de sus montañas, fui creciendo y madurando, aunque no fue, si no, hasta el siglo X, cuando un acontecimiento -¿fortuíto?, dejo la pregunta en el aire, porque he de advertiros que no creo en las casualidades- consiguió que mi fama se extendiera, y que a partir de entonces se me considerara como un enclave de especial relevancia.

En efecto, dicho acontecimiento se produjo cuando en una cueva cercana -a la que desde ese momento se conoce como la Cueva de Santo Toribio o la Cueva Santa- se descubrieron los restos del santo, así como también las reliquias que habían sido traídas de Tierra Santa -es de suponer que por el propio Toribio- y puestas a buen recaudo en este rincón perdido del Monte Viorna. Porque no olvidéis que por aquél entonces, la Península estaba en poder de los invasores sarracenos, y en nuestra patria se libraba otra Cruzada. Otra cuestión, intrigante, en mi opinión, es el nombre del Santo Patrón, así como su referencia al toro. ¿No lo consideráis intrigante, teniendo en cuenta el culto dedicado por numerosos antepasados a este animal?.

En fin, es sólo un detalle posiblemente sin importancia, de manera que continuaré mi narración, añadiendo que no ha de resultaros extraño que, a raíz de tan feliz prodigio, la nobleza lebanense pusiera sus ojos en mí, contribuyendo a mi crecimiento con generosas donaciones, y asegurándose, de paso, un lugar bendito en el que reposar eternamente y ser recordados por la posteridad; porque, al fin y al cabo, bien vale el refrán aquél que dice que la vanidad es cosa de hombres.

Como es comprensible, imagino que os preguntaréis sobre las reliquias a las que hacía referencia. Os diré, en tal caso, que la más importante de todas, aquélla conseguida por Santa Helena -madre de Constantino- y definitivamente perdida en el desastre de Hattin o Hattina -pensad que el resultado de esta batalla significó el comienzo de la debacle cristiana y supuso, además de la pérdida de la Santa Cruz, también la pérdida del reino de Jerusalém, que ya jamás volvería a caer en manos cristianas- es un Lignum Crucis o fragmento del madero de la Cruz de Cristo, considerado, por su tamaño, como uno de los más importantes de toda la Cristiandad.

Reconocida, pues, la importancia del pequeño corazón que late en mi interior, os diré, así mismo, que recuerdo con nostalgia, muy a menudo, aquéllos tiempos de mi infancia. Y también, la miríada de pequeñas ermitas que, cuál estrellas, permanecían arremolinadas a mi alrededor, estando cada una de ellas bajo la advocación de un santo o una santa determinados: San Juan, María Magdalena, San Pedro, San Miguel, Santa Catalina...Algunas todavía las podéis ver hoy en día, como la de San Miguel, situada muy cerca de mi y desde donde podéis ver una panorámica tan extraordinaria de mi entorno, que su belleza -estoy seguro- se os quedará grabada en el corazón para toda la vida; otras, como la ermita de María Magdalena, por poner un ejemplo, sólo permanecerá en el recuerdo, y al no quedar ni rastro de ella, algunos incluso dudarán de su existencia. Pero creedme: existió.

Como también existieron -y éste sí es un dato comprobable- los obispos Juan de León, Raimundo de Palencia, Rodrigo de Oviedo y Martín de Burgos, quienes, en el año 1181, constituyeron la cofradía de Santo Toribio.

Covadonga

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El Puerto de Pajares

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