sábado, 1 de agosto de 2009

Valle de Boides: Monasterio Cisterciense de Santa María

No me preguntéis por qué, pero siempre que pongo los pies en un antiguo, milenario monasterio cisterciense, siento un extraña sensación. Una sensación que me induce a pensar que no estoy solo, y que otros pasos se funden con mis pasos y una sombra, alargada, misteriosa, pero en modo alguno siniestra, se pega a mi sombra de similar manera a como lo hace la lapa sobre las rocas de la playa o en las dársenas de los puertos.
La sombra a la que me refiero, de antiguo linaje y fantásticas referencias, se remonta al año 1118, cuando menos, y los pasos de los caballeros que nacieron para la Historia en aquélla fecha y sorprendieron al mundo en los siglos posteriores, aún resuenan en los edificios que un día los albergaron. Me refiero, como habréis podido suponer, a los Pauperes Frater Milites Salomonis Templi o pobres caballeros del Templo de Salomón.
Lejos de considerarlos una obsesión, comienzo a pensar en ellos como en un ardid con el que me sorprende el destino, sin importar el lugar en el que me encuentre y qué sea, en realidad, lo que esté buscando.
Juro que en mi pensamiento no sobresalía recuerdo alguno del Temple cuando decidí emprender este segundo viaje a Asturias y recalar en la belleza y las maravillas de la tierra de Villaviciosa. O, mejor dicho, para situarnos en ambiente: de la Comarca de la Sidra. Es más, de haberlo sabido, hubiera incluido entre las guías que viajaban conmigo en la bolsa, al lado de los equipos fotográficos y el cuaderno de notas, el libro de un gran amigo y especialista en la materia -Xavier Musquera- que seguramente hubiera variado, y mucho, mis andanzas por tan inolvidables lugares: 'La espada y la Cruz'; o lo que es lo mismo, respetando la reedición que tengo en casa, 'La aventura de los templarios en España'.
Pero sin adelantar acontecimientos, y en un intento de situarnos, no puedo por menos que decir que un lugar de tanta belleza y de sacrosanta esencia, como es el Valle de Boides, que se encuentra apenas situado a ocho kilómetros de distancia del casco urbano de Villaviciosa, en una ruta histórico-cultural que recomiendo encarecidamente, pues aquellos que se decidan a seguirla, podrán deleitarse, entre otras maravillas, con auténticas joyas prerrománicas, románicas y románico-góticas, como pueden ser, por ejemplo, Santa María de la Oliva, San Juan de Amandi, Santa María de Lugás, San Andrés de Valdebárcena, y por supuesto, junto al monasterio cisterciense de Santa María, con el que comparte valle y prado, San Salvador de Valdediós, conocido popularmente como el Conventín.
Cistercienses y Templarios, dos órdenes hermanas y un nexo común: San Bernardo de Claraval. No resulta estraño, pues, encontrar en el monasterio numerosas referencias a la vida, obra y milagros de éste.


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