sábado, 28 de agosto de 2010

Molina de Aragón: Santuario de la Virgen de la Hoz

De igual manera que en el caso del Santuario de la Virgen de Jaraba, los orígenes aparicionistas y marianos de este santuario molinés de la Virgen de la Hoz, se remontan a los albores de ese prodigioso siglo XII, pródigo en episodios mistéricos envueltos en los avatares de un larguísimo, complicado y épico episodio nacional, al que la Historia, justamente, para variar, ha acertado en denominar como Reconquista.
Sorprendentes resultan, así mismo, los paralelismos que hacen de ambos lugares un foco cultual antiquisimo -numerosa es la huella celtíbera, por ejemplo, localizada a todo lo largo y ancho del Señorío de Molina, como demuestran, entre otros, los restos del castro de El Ceremeño, en la cercana población de Herrería-, así como el denominador común, que hace de la figura del pastor el vehículo predilecto por el que la Divinidad se manifiesta, transmitiendo su deseo de recibir culto en ese lugar preciso y no en otro.

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Quien haya acudido alguna vez a esta zona en concreto del Alto Tajo, coincidirá, no me cabe duda, en que sus pies han hoyado un lugar de extraordinaria belleza, conformado por una garganta, en cuyo cauce un río, el Gallo -recordemos el animal emblemático de San Juan Bautista- ha ido lamiendo, a lo largo de su desplazamiento, una formación rocosa ancestral a la que la Naturaleza, aparte de la ayuda recibida por la erosión, ha querido dotar de unas formas y contornos dignos de un pequeño mundo perdido en el interior de un microcósmico planeta denominado Fantasía. Hasta tal punto se percibe esta sensación de fantasía caminando por el Santuario y sus alrededores, que es difícil no preguntarse y a la vez maravillarse, cómo este ha podido sobrevivir intacto al pie de un impresionante farallón rocoso en cuya cima las rocas parecen mantener un milagroso equilibrio.


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Comprensible resulta, pues, que un lugar de tales características, no tardara mucho en verse revestido con el carácter sacro de la peregrinación y con la presencia, no sólo de monjes canónigos de San Agustín, que al parecer, fueron los primeros en asentarse, sino también, por monjes blancos del Císter, que ya estaban asentados en la cercana Santa María de Huerta y cómo no, si hemos de hacer caso a la tradición popular, por ese otro tipo de pioneros bernardos, que fueron los templarios.

Poco queda, es cierto, del primitivo santuario; y hasta es posible que la diminuta imagen mariana de aspecto románico que corona el Altar Mayor, sea tan sólo una reproducción moderna de la original. Pero es cierto que una visita merece la pena, y hasta es posible que -aunque de factura moderna- uno no deje de preguntarse qué se oculta, en realidad, detrás de las figuras simbólicas de los dos lobos que parecen proteger el umbral de la puerta de acceso a la casa de los monjes o del santero.

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