viernes, 19 de noviembre de 2010

Don Quijote y el jardín encantado de Sierra Mágina

Podría comenzar la presente historia, a la manera cervantina, que bajo mi punto de vista, no es, si no un antecedente en el que se basaría posteriormente el érase que se era de los cuentos populares. Y tentado estoy de hacerlo, desde luego, porque los peores momentos que te puedes encontrar a la hora de escribir, son los comienzos y los finales. Los comienzos, porque han de generar el magnetismo suficiente para atraer la atención y conseguir el interés y la continuidad de la lectura; los finales, porque se acercan a esa cualidad, humana y sensorial, que es el paladar, y determinan el gusto.



El caso es que, se sea mejor o peor narrador, las historias te asaltan apenas das la vuelta a la esquina de tu casa: un gato negro que se cruza en tu camino de madrugada, cuando aún la luna sobresale pálida por encima de los tejados de las casas; el primer autobús, que pasa raudo como un fantasma por la calle, sin detenerse en una parada cuya marquesina, cinco minutos después, cobijará a los mismos viajeros de siempre; el bar en el que te detienes unos minutos a tomar un café, y en el que a veces coincides con alguien nuevo, que arrastrará consigo una historia diferente, tan sólo con su manera de dar o de no dar los buenos días...


Pero sin duda, la mejor de las historias se encuentra en ese lugar nuevo al que acabas de llegar. Un lugar que, pequeño o grande, tanto dá, siempre constituirá un universo por descubrir.

Es en ese lugar, de cuyo nombre sí quiero acordarme, que un matrimonio emprendedor decidió un buen día invertir sus ahorros, convirtiendo en hotel una antigua casería situada en las estribaciones de una sierra misteriosa que, por una curiosa desvirtuación ortográfica, cabe suponer, cambió su primigenia virtud de Mágica por Mágina.


Junto a la casería, haciendo pendiente y a la vez frontera natural con varias casas y en la distancia, con el infinito olivar jienense, un pequeño jardín custodia, celoso y engalanado de otoño, antiguos misterios que, aún sin remontarse a la época en la que los moros escondían sus tesoros con las malas artes de la hechicería frente al avance arrollador de los reinos cristianos, sí puede guardar cierta relación con el maleficio del olvido. Es por eso, sobre todo, que no tengo duda de que se trata de un jardín encantado, en el que de alguna manera, el tiempo se ha detenido con el fin de hacernos saber que estamos en un lugar especial.
Un lugar en el que existen pequeños estanques de aguas quietas que reflejan las lágrimas de la luna hasta bien entrada la madrugada; estanques en los que navegan, como en un pequeño triángulo de las Bermudas, hojas de mascarón quebrado y velas hechas jirones, sobrevoladas a trechos por libélulas que evolucionan graciosamente a través de las corrientes de las hadas. El sonido del agua del manantial, que se desliza pendiente abajo, hasta abrazarse con un río que aún conserva en su recuerdo la gritería de niños felices que hace años le confiaron sus barquitos de papel, con el noble y aventurero propósito de unirse a los buques corsarios de los Mares del Sur. Asientos de piedra que brotan de la tierra como casas de gnomos, encantadas y petrificadas sin remisión cuando los hombres dejaron de creer en ellos.
Antes de llegar a la curva, a mitad de pendiente y paralela a la corriente que desea ser doncella fluvial, un jardín privado agoniza sin remisión, guardando celosamente el nombre de un propietario que, a juzgar por el desconocimiento de las gentes del lugar, parece haber sido raptado por las hadas hace cientos de años.
Todo el que se acerque verá, a través de la vieja verja de hierro deslucido, a un hidalgo caballero, con casco y lanza en ristre, cabalgando un rocín flaco y escoltado por un galgo corredor, al que acompaña también, más fiel de corazón que por cabeza, un rubicundo escudero de nombre Sancho y apellido Panza, que tal vez -sólo digo, tal vez- encontró aquí, en este diminuto jardín encantado de la Sierra de Mágina, la ínsula prometida por un señor que, al igual que los grandes emperadores, como Federico II, reposa dormido en un lugar escondido, esperando el momento de retornar, con el fin de volver a picar espuelas y desfacer entuertos.


4 comentarios:

Malvís dijo...

Recuerdo que, en mi niñez, existía un huerto en Gútar de un propietario desconocido,cuyos jardines y fuentes se adornaban con mosaicos de colores con una leyenda, entonces, para mí, desconocida. Saltábamos la reja para obtener bastones del único bambú de la región,pero ignorábamos el mosaico de de sus bancos y fuentes. Luego, de adulto, comprendí que aquellas losas de colores reproducían la historia mejor contada de un Hidalgo universal. Y ahora pude disfrutarla en vuestra compañía.

Ella estuvo siempre allí. Quizá... esperándonos.

Un fuerte abrazo, Caminante.

juancar347 dijo...

Pude comprobar lo hermoso de esos recuerdos, sólo escuchando cómo nos los contabas. Posiblemente sea una persona insegura, pero de algo sí que no tengo dudas: nada ocurre por casualidad. La vida es un continuo aprendizaje y las lecciones, grandes o pequeñas, se muestran siempre en un punto indeterminado del Camino, en el lugar y en el momento que menos poder imaginar. Fue un auténtico placer conocer ese lugar. Un abrazo

Alkaest dijo...

Me parece que voy a volver a viajar solo... Esto de viajar en compañía de una tropa, tiene el peligro de que a todos se nos ocurran las mismas entradas para los blog, con el consiguiente impedimento de la repetición...

En fin, como diría Gila "es broma" -Gila el humorista, no el Sultán de Magina-, tendré que superarme para hablar de lo mismo sin decir lo mismo. Porque me niego a soslayar dicho mágico lugar, por mucho y muy bien que otros hayan hablado de él.

Compadre Juancar, pues te quedaste a las puertas, menester será que salte yo las tapias de dicho jardín...

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

Plantearte retos, mi querido Magister, es algo que merece la pena, pues estoy seguro de que eres capaz de superar cualquier historia o comentario. Y como en el fondo, todo contribuye a enriquecernos mutuamente (yo más contigo que al contrario) espero con verdadera ansiedad que saltes esa vaya y nos pongas en el camino de una gran historia. Ánimo y engánchate a la pluma. Ahora bien, en cuanto a lo de viajar solo, pregunto con todo el respeto: ¿quién te iba a olfatear entonces esas cruces paté que parece que me persiguen?. Un abrazo