martes, 14 de diciembre de 2010

Despeñando santos en Sierra Mágina: la curiosa tradición del Pachuelo

La primera vez que lo ví, transfigurado en la pared del descansillo del hotel Casería San José de Hútar, en la serranía jienense de Mágina, pensé que se trataba de una Virgen. Una Virgen en la que, desde luego, no se evidenciaban, a simple vista, señales de románico o de gótico que podrían haber hecho las delicias para alguien que, como yo, siente pasión por este tipo de imágenes y el esotérico misterio que las envuelve. Tal vez, pensé, mientras intentaba acertar con la llave en la cerradura de la habitación número 205 -Peña Jaén-, hubiera suerte y se tratara de alguna representación de cualquiera de las famosas vírgenes negras -de esas, negras pero bellas, porque las ha tostado el sol, según el Cantar de los Cantares- veneradas en las cercanas ciudades de Úbeda y Baeza: la del Rosel y la del Alcázar, por ejemplo. Resulta comprensible: siendo precisamente la noche de mi llegada a tan carismático lugar, mi bisoñez regional hacía que me mantuviera a años-luz de algunas otras curiosas tradiciones que, como la del Juancaballo o la ya mencionada de las famosas caras de Bélmez, habrían de proporcionarme unos momentos inolvidables, en aquél memorable puente del Pilar.

El cuadro, realmente, es curioso; porque, si bien de lejos ofrece toda la apariencia de una venerable virgen, sobre todo por el manto que envuelve a la figura, un vistazo más atento echa por tierra tan equívoca suposición, dejando de manifiesto una figura barbada que, provista de capucha y báculo, garantiza una druídica prestancia.
Observándolo, cuesta trabajo, sobre todo para un neófito, como digo, identificarlo con ese, en apariencia, dignísimo santurrón conocido como San Francisco de Paula; o lo que viene a ser lo mismo, aunque autonómicamente hablando: el Pachuelo.


El Pachuelo -permítaseme a mí también utilizar el cariñoso apelativo popular- resulta que es un santo muy querido y apreciado en Albánchez; tan querido que, como San Saturio en Soria o San Frutos en Segovia, es su ancestral Patrón. Refiere la Tradición -y he aquí la ocasión para agradecer a Don Manuel Gila su espléndida aportación del tema, sin el engorroso inconveniente de tener que sobornarle con una copita de anís del Mono- que cada vez que se saca al Santo de paseo, llueve.
Esto suele suceder a primeros de mayo, durante las fiestas; y es creencia popular, que al menos uno de los días llueve. Hasta tal punto solía o suele cumplirse la tradición -y continúo aprovechando los inapreciables conocimientos de Don Manuel- que en la mayoría de las procesiones en las que por lo menos él ha sido testigo, llovía.

Y con la añorada, por no decir necesaria e imprescindible agua de mayo -que el refranero, además de popular, es soberanamente sabio- también llegaban las broncas del cura, que no veía con buenos ojos que, después de vestir al santo con la costosísima túnica y conseguir su intercesión ante las nubes celestiales, la gente, amedrentada, hiciera uso de su paragüas. Contemplada la cuestión bajo esa perspectiva, hemos de suponer que el cura tenía razón, porque, ¿acaso no era eso lo que se quería?.

Ahora bien, y he aquí que llegamos a ese punto crítico en el que ni siquiera la presencia del Santo conseguía que las nubes, veletas en ocasiones, se dejaran impresionar, al menos hasta el punto de dejar caer siquiera una gota. Lo popular, aunque atractivo, tiene también su vertiente, digamos, menos respetuosa o quizás a consecuencia de la desesperación más basta, y subiendo al santo hasta el barrio de Los Pilrreles -quien haya estado en Albánchez de Mágina, puede imaginarse dónde se encuentra este barrio- lo despeñaba desde un altozano.
Don Manuel no se moja -y nunca mejor dicho- sin embargo, a la hora de mencionar el resultado de tan extrema decisión. Claro, que dicha nefasta consecuencia, al menos para la buena imagen del santo, viene a ser similar, en mi opinión, con la que ocurre con ese otro famoso San Cucufato -recordado, incluso, por cantautores como Javier Krahe-, precisamente ese pobre santo al que la copilla -también popular, evidentemente- le chantajea para conseguir el deseo o la ventura solicitada, so pena de los cojones te ato.
En definitiva, tradiciones que, posiblemente olvidado el limo fundamental del que surgieron en el alba de los tiempos, continúan vigentes hoy en día, constituyendo un inmejorable caldo de cultivo para algo en lo que, no me cabe duda, somos afortunadamente ricos en este país: nuestro folklore.

2 comentarios:

Missis B. dijo...

Querido compadre,no fué una tradición sino más bien una traición en la guerra civil,pues el 18 de julio con un sol de justicia los republicanos sacaron a San Francisco de la Iglesia y le dijeron: ¿Anda a ver si ahora con el calor que hace eres capaz de hacer llover? y seguidamente lo lanzaron al vacio y sin que le diera tiempo a caer al suelo empezaron a caer rayos y a llover con una fuerza que hacia tiempo no era recordada.Besitos

juancar347 dijo...

¿Y viendo ese prodigio, hablando claro, no se acojonaron?. No sé, querida Missis B., pero independientemente de las burradas que como animales cada día más irracionales podamos cometer, este tipo de tradiciones se remonta a una época y a unos ritos que a pesar de todo, la Iglesia nunca consiguió tapar del todo. Fíjate que bajo mi punto de vista, enlaza con tradiciones similares, donde no se despeña al santo, pero sí realizan ritos con su cabeza (San Frutos y sus hermanos, por ejemplo). No obstante, me sigue pareciendo un santo muy peculiar, con esa túnica y ese aspecto de druida. Un abrazo