jueves, 19 de mayo de 2011

Simplemente Torres del Río

Hay algo especial en ésta apacible localidad navarra que despide al peregrino en la frontera con La Rioja. Algo intangible, pero sutil, que va incluso más allá del magistral misterio que envuelve a un icono de la arquitectura románica de planta octogonal, como es su peculiar iglesia del Santo Sepulcro.

Puede que sea un brote de paz interior que, irradiando de un objeto de poder -permítaseme tal expresión- como es su Santo Cristo, crucificado sobre una cruz florenzada, se desparrama por unas calles estrechas, algo enjutas en algunos tramos, pero donde las casas se hermanan con su proximidad.





Torres del Río sabe también a eclosión de ocas que atraen con el misterio de su esencia al peregrino trascendental que busca símbolos en su Camino. En sus calles se percibe el olor a ozono que dejan tras de sí los sudarios fantasmales de anónimos caballeros de la cruz paté, pobres en Cristo, que vagan en las medianoches sin luna, clamando reparación y justicia a una Historia prepotente que nunca quiso reparar en ellos.


Refugio tradicional de peregrinos; de misterios sin resolver; de partidas tradicionales afrontadas al calor de un fuego amigo; de bautizos de amistad; feudo de románticos que buscan huellas que malvados cierzos un día se llevaron, para no tornarlas nunca más.


Simplemente, Torres del Río: poco más, pero nada menos.



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