miércoles, 14 de septiembre de 2011

Pueblines del Camín: Bandujo

Acceder a un lugar tan especial como Bandujo, conlleva, casi obligatoriamente, plantearse el ejercicio de una aventura en toda regla. Una aventura que, desarrollada en los límites del concejo de Proaza, comienza apenas se deja atrás la localidad de igual nombre -con restos de una lejana, cuando no misteriosa historia aún por descubrir en todo su esplendor- y se sigue la dirección de un cartelito que, situado a la derecha de la carretera general, que lleva, entre otros lugares de interés, al concejo de Teverga y a lugares tan pinturescos como San Martín y Villanueva, indica: Proacina y Bandujo. No bien tomado el desvío, resulta fácil dejarse llevar por la imaginación, e imaginar que nos estamos deslizando por los intrincados recovecos estomacales de una desproporcionada anaconda, con sus pendientes y sus bajadas, y entre unas y otras, curvas tan cerradas como la palma de la mano. Esto se hace más evidente, sobre todo, cuatro kilómetros más allá, una vez dejado también atrás el pueblo de Proacina.

Bandujo dista de éste, si los carteles no mienten, cinco kilómetros. Cinco kilómetros que, a medida que se recorren, parecen ser más; muchos más. Pero ésta ficticia distorsión temporal que se suele experimentar en carreteras secundarias, sobre todo cuando se recorren por primera vez, se ve inmediatamente compensada por la gratificante visión de un paisaje tan espectacular, que parece sacado de un cuento de hadas.



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Bien es verdad que Asturias no tiene, precisamente, fama de calurosa; pero ese día que me aventuré hacia Bandujo, el sol pegaba tanto, que sus rayos parecían levantar una barrera sobrenatural sobre las cimas de los montes más altos, dotándolas, imagino, con un aspecto similar al que pueden llegar a tener esos peligrosos efectos ópticos que conocemos con el nombre de espejismos. Tal aspecto, que se puede observar, sobre todo en algunas de las fotografías del segundo vídeo que ilustra la presente entrada, me hizo recordar, posiblemente encandilado por semejante belleza, los inolvidables paisajes que el artista y místico de origen ruso, Nicolás Roerich, hiciera de las herméticas montañas del Himalaya, allá por el primer tercio del siglo XX. Creo recordar que era la misma época -poco antes de la Segunda Guerra Mundial- en la que el novelista norteamericano James Hilton, hiciera soñar al mundo con Shangri-Lá o el Valle de la Luna Azul. No es menos cierto, que cuando vi el valle, allá, en lo más hondo, donde se asentaba el pueblo, pensé que Asturias tenía, también, un Shangri-Lá comparable al idílico valle soñado por Hilton.

Ahora bien, a pesar de su aislamiento ancestral, y de que aún conserva buena parte de su aspecto medieval, resulta evidente, también, que nada en la vida permanece siempre inmutable. De una quincena de años a esta parte, Bandujo comenzó a ser conocido en los medios de comunicación, y consecuentemente, sus vecinos fueron acostumbrándose a ver llegar turistas y curiosos, atraídos por la oferta de su belleza y singularidad. Alrededor de 1998, al parecer, para acceder al pueblo, apenas existía un caminillo rural, en el que pocos se atrevían a aventurarse. Pero es cierto, así mismo, que aquellos que lo hacían, no se arrepentían de su experiencia. Y es que Bandujo es especial, como veremos más adelante.

Muchos de sus elementos históricos, como la fortaleza que, al parecer, tuvo, se han perdido irremisiblemente. De ésta, tan sólo se conserva una torre que, por sus características, bien podría definirse como un auténtico donjón, dejando especular con la posibilidad de una procedencia, previsiblemente franca, de sus constructores. Hoy día, se ha reconvertido en vivienda privada, aunque aún luce en los pisos superiores el escudo armas de una de las familias más importantes del Principado, descendientes de los legendarios Quirós: los Álvarez Miranda. Anteriormente a su adquisición, la torre había pertenecido a los Tuñón, también emparentados con éstos últimos.




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Ocasionalmente, y hablando con la propietaria -o la mujer del propietario, que tanto monta- de lo curioso que debe de resultar eso de vivir en una torre, salió a relucir una de las leyendas con ella asociadas. Una leyenda, de las muchas que proliferan por Asturias, y que se refiere a las ayalgas o axalgas. Las axalgas -respeto el término, tal y como lo utilizaba la señora en cuestión- son tesoros escondidos, y sus antecedentes, por regla general, se remontan a la época de los moros. En realidad, y adoptando una postura a medio camino entre la ensoñación y la decepción, nos comentó que de la axalga que se suponía enterrada en la torre, nada de nada; que lo único que se encontró, cuando se removió el suelo de la base, fue un firme de piedra tan macizo, como el de las cercanas montañas.


No obstante, aparte de la posible existencia de axalgas, en la torre o en cualquier otro lugar del pueblo y sus cercanías, los enigmas de Bandujo no terminan ahí, sino que darían para rellevar varios folios, o en su defecto, dedicarle varias entradas, por lo que sólo mencionaré, siquiera sea por encima, alguno de los principales.


Quizás el más relevante, sea el de la Virgen de Bandujo y cierto medallón a ella asociado, que contendría parte de las reliquias originales -leche de la Virgen- que la tradición afirma que trajo Santo Toribio de Jerusalén, cuyo Arca o recipiente contenedor, terminó recalando en la cima del cercano Monsacro, hasta que fueron mandadas trasladar a la Cámara Santa de San Salvador, en Oviedo, por el rey Alfonso II el Casto. Lamento decir, que no pude entrar en la iglesia, la cuál, al menos exteriormente, no parece conservar ningún rastro románico o prerrománico, aunque sí un curioso aviso, situado por encima del pórtico de entrada:


'Entra aquí con atención, pues debes considerar que ninguno debe estar, sin respecto y devoción, 21 de octubre del año + 1926 +'.


Tampoco sé, exactamente, si por Bandujo o sus cercanías, pasaba la Senda de los Quirosanos, de la que oí hablar en La Carballosa. Senda que era utilizada, también -si no completa, al menos en parte- como camino de peregrinos. Y a peregrinos, probablemente, pertenecerían muchos de los numerosos restos humanos encontrados en Bandujo, sobre todo, en terrenos situados debajo de algunos hórreos.


Para terminar, decir que los hórreos, aparte de una herencia de arquitectura ancestral, constituyen también el foco de arcanas creencias, cuya prueba más evidente la encontramos en el mistérico simbolismo grabado en algunos de ellos, incluido uno, en particular, que luce una inscripción por encima de uno de los simbólos, cuya traducción aún no he conseguido descifrar.

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