jueves, 12 de abril de 2012

Molinaseca, un oasis en el Camino



La página web de su Ayuntamiento, define a Molinaseca como un oasis en el Camino. Y ciertamente que lo es, sobre todo para el peregrino que, viniendo de la maragata Astorga, ve en parte finalizadas las penalidades de su ruta por los intrincados caminos del monte Irago y el Valle del Silencio. Antes de entrar en la ciudad, su primera y a la vez obligada visita, se localiza en el peculiar Santuario -excesivamente modificado, hasta el punto de ofrecer un aspecto en extremo neoclásico, ajeno a todo rastro de lo que pudo ser su primigenia y original fábrica románica- de la Virgen del Camino, cuyo ábside, no obstante, conforma una prolongación de la gruta sobre la ladera, que indica, posiblemente sin margen de error, que el lugar debió de ser, en tiempos inmemoriales, un espacio sacro dedicado a cultos precristianos.

A continuación, y también como una prolongación de la calle más peculiar del lugar -la de los Peregrinos, como no podía ser de otra manera- el antiguo puente medieval, de piedra, constituye un gratificante bastión, elevándose al paso del río Meruelo, que precisamente en ese lugar, forma unas piscinas naturales, ideales para el baño en época de canícula. No ha de resultar extraño, además, que, una vez cruzado el puente, el peregrino que se enfrenta por primera vez a una calle larga y angosta, tenga la sensación de que no sólo se han detenido los oxidados mecanismos de los relojes, sino que incluso el tiempo mismo -generalmente hábil y escurridizo cual una anguila imaginaria- hubiera caído prisionero en la cárcel de ese no menos imaginario tablero mágico que es el juego de la Oca, y permaneciera, desocupado, aletargado y posiblemente embriagado, esperando la ocasión de verse liberado para continuar su inexorable camino. Pero es difícil que lo consiga, pues, por el aspecto, uno pensaría -si no fuera por la inoportuna presencia de algún edificio nuevo, que altera con su sola visión una armonia ancestral- que algún terrible hechizo -quizás similar al imperioso veto de silencio con el que San Genadio castigó a las criaturas del Valle del Silencio- se ha abatido sobre una calle, que todavía hoy, mantiene, al menos en la forma, a uno y otro lado, esas hospederías y tabernas, que hicieron de Molinaseca sin duda uno de los lugares más prósperos y acogedores del Camino Jacobeo.

Al final de la calle, allí donde ésta forma un ángulo de cuarenta y grados con la carretera que dos kilómetros más allá, desemboca en Ponferrada, una cruz de piedra -monxoi, a jugar por los escalones que la sirven de base- alberga un farolillo maragato que, de similar manera a aquél otro que se puede apreciar en Castrillo de los Polvazares, guarda con piadosa devoción una pequeña imagen de Cristo. Ambos, situados por delante de un mesón que hace esquina, parecen sugerir al peregrino la oportunidad de alimentar, por partida doble, alma y cuerpo. Y una vez después de hacerlo, y de vuelta al camino que, como he dicho, dos kilómetros más allá desemboca en Ponferrada y continúa hacia el monasterio de Carracedo y Villafranca del Bierzo, antes de enfrentar las penalidades de la ascensión al monte lucense de O Cebreiro, uno no puede pensar, si no, en ese efecto milagroso que hace, por un efecto óptico -o quizás, por un truco de la vieja Maya, la Ilusión- que la sencilla estatua de Iacobus, le bendiga y le diga hasta pronto, flotando sobre las aguas.

Difícil es, pues, que de una u otra manera, uno no se sienta parte integrada en la magia inmemorial de una región, El Bierzo, y unos pueblos que parecen haber nacido por y para el Camino de las Estrellas.




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2 comentarios:

KALMA dijo...

Hola! ¡Qué te han dedicado una calle peregrino! Un oasis al que tú le has dado un toque de "oxígeno", en las calles anchas que aún conserva Molinaseca se pueden buscar las huellas de los carros arrieros. Besos.

juancar347 dijo...

Hola, bruja. Todavía no, pero quién sabe, a lo mejor algún día me encuentro con alguna calle dedicada a los Caminantes Empedernidos. Seguro que esas calles de Molinaseca guardan muchas historias, muchos susurros y mucho gemir de ejes de ruedas de carretas. Cuando se pasea por ellas, es bueno aguzar el oído. Un abrazo