miércoles, 30 de mayo de 2012

Kontrasta: ermita de Nª Sª de Elizmendi


Siguiendo esa wouivre imaginaria que se extiende hacia la misteriosa Sierra de Urbasa –hogar tradicional de los mitológicos jentillaks-, cuyo recorrido hemos comenzado en Eguilaz, y aproximadamente a unos veinte kilómetros de Arrizala y su famoso dolmen de Sorginetxe, nuestra próxima parada, obligatoria, se localiza en el pueblo de Kontrasta. Allí, varada sobre un promontorio desde el que se divisa una extraordinaria panorámica, no sólo del pueblo sino también de los montes y valles de alrededor, la curiosa ermita de Nª Sª de Elizmendi ha de llamarnos, necesariamente la atención, por su singular idiosincrasia. Su aspecto, en cierto modo tosco, de transición a un románico que habría de deparar maravillas técnicas en el futuro, habla por sí mismo, a la vez, de su genuina antigüedad. Una antigüedad, dicho sea de paso, que todavía conserva parte de su particular esencia en esos símbolos solares –donde se constata también la presencia de la pentalfa pitagórica- que, aún de factura moderna, todavía se observan, cual manes protectores del hogar, en los dinteles de las casas aledañas. Símbolos que, dicho sea de paso, conforman una peculiar parte de esa particular filosofía escatológica que aún es posible localizar en algunas de las estelas funerarias de la zona –incluida la parte Navarra, donde un buen ejemplo, se puede localizar en Larraona- que durante siglos han traído de cabeza a los historiadores, generando multitud de hipótesis, algunas tan descabelladas, como aquellas que, ante la falta de seriedad para exponer una explicación basada en la lógica, ven en sus diseños motivos de origen extraterrestre.


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De la presencia romana en el lugar, queda buena constancia, así mismo, a juzgar por las lápidas y los restos de sepulcros que se aprecian tanto en la pared como en el suelo del muro sur, y que recuerdan el aprovechamiento de materiales que se aprecia en otras iglesias, como la del Cristo de San Sebastián, en la localidad burgalesa de Coruña del Conde. Ciclópeos, por su tamaño, los canecillos del ábside insisten en recordar unos motivos basados en cultos solares, donde no falta la presencia de ese Cristo o Luz del Mundo, de sorprendente aspecto bogomilo, ajeno al martirio de la cruz e ingrávido en el universo. Un universo circular, cuya materia primigenia es la piedra y que posiblemente comenzara a expanderse en épocas posteriores, generando la mandorla que habría de contener al Pantócrator románico. Poco o nada queda, aparte de esto, de cultos anteriores; pero a juzgar por la zona y la forma del promontorio donde se asientan sus cimientos, yo no descartaría la presencia, en tiempos primigenios, de algún dolmen o algún túmulo funerario, que se hubiera visto reducido al olvido por mandato de San Martín Dumiense.
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