jueves, 3 de mayo de 2012

Lagos de Covadonga: breve crónica de una excursión al misterio


'...antes de las siete ya estaba, paso a paso, caminando hacia el lago, deseoso de extasiarme ante el claro espejo de sus aguas diáfanas, y ver de cerca el lugar de aquel progidio que había leído antaño en Los Doce Césares del romano Suetonio, de que, al ir Galba a tomar posesión de la prefectura Tarraconense, cayó del cielo un rayo en el lago Cantábrico o Enol y aparecieron doce hachas de piedra, señal inequívoca, decían, de estar llamado el nuevo gobernador a vestir la púrpura de los Césares'. (1)

Mea culpa: emprendí este viaje, siguiendo las recomendaciones de un intrépido Caballero de la España Mágica, como fue aquél atrevido caminante llamado Juan García Atienza, recientemente fallecido. Dicen que todo viaje es un sueño; incluido el más largo de todos, aquél cuya amarra es cortada súbitamente por la Parca, para facilitarnos el retorno a los orígenes de la tierra. Tal vez Juan, instalado plácidamente al otro lado del espejo, haya encontrado respuestas a los múltiples interrogantes que se fue planteando en su incansable caminar. Puestos a especular -quizás porque la esperanza sea lo último que se pierde- tal vez se encuentre en estos momentos compartiendo una pinta de ambrosía con Roso de Luna y con Roberto Frassinelli, dos singulares personajes sobre cuya vida también especuló, y quienes, años, siglos quizá o incluso distancias estelares antes que él, emprendieron este mismo camino, deseosos, no cabe duda, de llevarse consigo algo más que el recuerdo de un lugar especial y evidentemente, inolvidable.
Hay santuarios, repartidos a lo largo y ancho de todos los caminos, que conservan entre sus muros inestimables objetos ancestrales; reliquias sagradas, que en muchos casos se ven alteradas y despedazadas por manos peregrinas que desean suerte y protección en su camino. Tal fenómeno ocurre, incluso, con algunas imágenes Crísticas con fama de milagrosas, como el Cristo del Relicario, de la Colegiata de San Pedro de Teverga o, como tuve ocasión de comprobar a finales del pasado mes de enero, con el Cristo de los Milagros que veneraban los templarios de Ponferrada: a ambos, curiosamente, les falta el dedo índice de la mano derecha. ¿Casualidad?, lo dudo mucho. ¿Deterioro involuntario?, pudiera ser. ¿Premeditación mesiánica?, posiblemente. Porque a veces, la fe y la pasión traspasan los límites del respeto -independientemente de las creencias- y seducen al hombre a cometer actos de injustificable sacrilegio.
A diferencia de éstos, otro acto sacrílego sería, en mi opinión, acudir a un Santuario ancestral, como es Covadonga y su entorno, y no dejarse seducir por la experiencia de saberse en un lugar mítico, sagrado y especial, cuyos efluvios antediluvianos atraen el corazón con la fuerza incontenible de un imán.

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Si bien mi ascensión a los Lagos se produjo de manera similar a como Roso describe en su novela su propia experiencia, a diferencia de éste, yo ascendí los once kilómetros que separan Covadonga de los Lagos, plácidamente acomodado en una cabalgadura veterana que, sumisa e incansable en estos ocho años de trote ininterrumpido por esos infinitos caminos, ha sabido ser un amigo fiel, aunque a veces tuviera que regresar a casa con el honor en entredicho, ayudándose de una oportuna muleta llamada grúa. Dos veteranos, pues, compartiendo aventura y buscando fantasmas en lo más excelso del Santuario de la ancestral Diosa Madre.
La carretera, estrecha y sinuosa, transcurrre como algo impropio, antinatural, por valles y quebradas donde la vegetación, en mayor o menor medida, ocupa un lugar de dominio y privilegio. Ésta es más exhuberante en los primeros tramos, allí donde bosque y selva se confunden y la zarza, a falta del capricho romántico de la piedra, se enreda alrededor de los troncos de los árboles, proporcionándoles una túnica natural de color verde oscuro. Helechos y espinos -plantas simbólicas relacionadas con todo camino de iniciación- protegen la superficie de una tierra en cuyo interior se ocultan y sobreviven con fuerza ancestrales raíces. La mejor perspectiva del monte Auseba y el Santuario se aprecia, posiblemente, desde el primero de los miradores que el viajero se encuentra en su camino: el Mirador de los Canónigos. Quiero pensar que en esos mismos bancos, a la dulce frescura de la sombra, Roso recuperó aliento en su atrevida ascensión -incluso en la época en que describe su visita al lugar, principios del siglo XX, la afluencia de gente había colmado todas las cabalgaduras- y Frassinelli soñó una obra de Arte, encontrando la inspiración para los bocetos de la futura Basílica, aunque éstos no fueran finalmente respetados en toda su extensión.
Aproximadamente tres kilómetros más arriba, otro mirador, denominado de la Reina -no resultará nada extraño, encontrar en el Principado miradores y caminos de peregrinación con semejante nomenclatura- exige una nueva parada. La vegetación se torna más huidiza y tal vez por ello, la visión de un paisaje fundamentalmente montañoso se vuelve, cuando menos, más romántica y espectacular: los bancos de niebla ascendiendo desde lo más profundo de los valles, filtrándose como el telón de fondo que oculta a la Estantigua, o a la Güestia o a la rondalla de almas en pena, si se prefiere, entre las cuñas de unos montes en gran parte vírgenes; las pequeñas aldeas, balanceándose en las laderas como barquitos de papel entregados a las airosas caricias del viento; los humores de las cocinas que calientan el primer café de la mañana, liberándose del abrazo mancilloso del hollín de las chimeneas; las rapaces, oteando en círculos en un cielo que hasta ayer mismo estuvo cargado de nubes; los ciervos, retornando prudentes al cobijo que les proporciona lo más profundo e inaccesible de los bosques... Y hacia el norte, allá donde el asfalto de los hombres no puede llegar, el faro eterno, inmutable y nevado de los Picos de Europa.
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Podría decirse que uno se topa prácticamente de bruces con el primero de ellos, el lago Enol -o Cantábrico- apenas se sale de una de las innumerables curvas del camino. Es un ojo azul, inmutable, quizás de cíclope que, no obstante, transmite la fría magnificencia de las estrellas, protegido por unos párpados de color verde esmeralda, que no son otros que aquellos que forman la hierba que se despliega a su alrededor. Sus aguas, tranquilas, transmiten una extraña paz, y no descartaría que en lo más profundo morara una arcaica xana, pues contemplándolas, juro que uno siente deseos de sumergirse en ellas y liberar para siempre todas y cada una de sus frustraciones. Aunque ahora bien, dejando aparte las fantasías particulares, algo de especial debe de tener este pequeño ombligo acuoso, pues en él situó Suetonio el episodio mágico de Galva, donde narra que, cuando se encontraba precisamente aquí, cayó un rayo del cielo y aparecieron doce hachas -número que se presta a numerosas conjeturas- que los augures vaticinaron como señal inequívoca de que el militar romano estaba predestinado a vestir la púrpura de los Césares. Sin embargo, algunas fuentes sitúan este episodio en otro lugar: en un lago de Medina de Pomar, en plenas Merindades burgalesas.
El lago Ercina -¿Encina, árbol sagrado de los antiguos moradores céltico-astures que habitaron estos pagos?- hemos de situarlo kilómetro y medio o tal vez dos kilómetros más adelante. Más cercano al fondo glaciar de los Picos de Europa y su imponente panorámica, su visión es como un espejismo: otro ojo polifémico, abriéndose al sol de la mañana y surgido en mitad de una verde pradera. Desde luego, es menos discreto que su hermano, el Enol, sensación en la que influye, no cabe duda, el aparcamiento anexo al restaurante habilitado apenas a algunas docenas de metros de sus orillas. Pero no cabe duda de que es igual de hermoso que aquél. Su hermosura, como la hermosura del lago Enol, instantes después de contemplarlos, parece sobrenatural y de alguna manera, recuerda a esas praderas celestiales que constituían el Valhalla o Paraíso -comparativamente hablando- de los indios norteamericanos. Lugares idílicos, aún a pesar de la interminable afluencia de visitantes. Creo que a dos o tres kilómetros a partir de este punto, hemos de situar el pequeño lago glaciar en el que se bañaba ascéticamente Roberto Frassinelli; lugar que, en homenaje a este Maestro que pasaba largas temporadas en estas maravillosas soledades, se conoce como el Pozo del Alemán.
Todos los regresos tienen un agridulce sabor. De vuelta a Covadonga, aún extasiado o quizás más bien, embriagado de belleza, imposible no dejarse llevar por un repentino sentimiento de pérdida. Me pregunto, si quizás es cierto que en el fondo de estos lagos mora el espíritu de una xana y su influjo, como una maldición, acompaña a todo aquél que sube hasta aquí por primera vez. A diferencia de Frassinelli, aún no he decidio instalarme en sus cercanías. Pero nunca se sabe: hay voces que trascienden incluso el tiempo. Y el tiempo, en definitiva, es el Gran Burlador. Seguir las huellas de los Maestros es una empresa ardua, pero también gratificante, en la que uno no sabe nunca lo que va a encontrar.

(1) Mario Roso de Luna: 'El tesoro de los lagos de Somiedo', Editorial Eyras, 1980, página 307.

2 comentarios:

KALMA dijo...

Hola Juancar! ¡Qué fotos tan bonitas! Últimamente tengo la escoba parada y no había volado por esta entrada tan mágica, que bonitos los Lagos de Covadonga, los 2, son como espejos donde se refleja el cielo, rodeados de montañas donde la nieve siempre está presente. Un sitio tan mágico, que te hace soñar y posiblemente alguna xana more en su interior. Un beso.

juancar347 dijo...

Hola, bruja. Tranquila, hay que poner a punto esa escoba para que vuele por esos sitios tan mágicos a los que nos tienes tú también acostumbrados. Subir a los Lagos es toda una aventura, aunque como sabes, el acceso suele estar restringido por las grandes afluencias. Su belleza es tan digna del entorno que, después de la experiencia, uno no sabe en realidad qué le ha gustado más. Su marco, incluido el cielo, les confiere, también, un toque especial. Es difícil no dejarse llevar por el sentimiento en un lugar así. Un abrazo