domingo, 13 de mayo de 2012

Tras las huellas del Maestro Frassinelli


‘Acabo de recibir su papeleta mortuoria. Murió en Corao, entre los vestigios de la antigua colonia romana; cerca de Santa Eulalia de Abamia, donde estuvo el sepulcro del Rey Pelayo; a corta distancia de Covadonga, donde dejará recuerdo imperecedero; a la vista de las Peñas de Europa, teatro de su vida salvaje y aventurera, y objeto de la pasión que le hizo olvidar todas las comodidades de la civilización y todas las aspiraciones de la vida…’ (1)

Hubo un extraordinario teósofo español, Mario Roso de Luna, al que popularmente se conoce como el Mago de Logrosán, que tuvo la fortuna de conocerlo personalmente. Debió de ser un encuentro notable, sobre todo cuando éste –como narra en su peculiar novela El Tesoro de los Lagos de Somiedo- comenzaba a adentrarse en el fabuloso mundo cultual astur, de la mano de Miranda, al que no tuvo ningún reparo en considerar como uno de los grandes adeptos de lo que en aquéllos tiempos se denominó como la Gran Fraternidad Astur, cuyo rastro, al menos en la actualidad, resulta poco menos que imposible de seguir. Tal admiración, como digo, sintió por la figura de este enigmático personaje de origen alemán, que a partir de entonces, comenzó a referirse a él como el Maestro de los Montes Herbáceos. No obstante la Justicia, por norma general ciega e incluso sorda con los humildes, ha querido revestirse de sentido común, al menos por una vez, y hacer que el nombre de Roberto Frassinelli quede definitivamente ligado al sobrenombre por el que era popularmente conocido: el alemán de Corao. Y esto, no es una cuestión baladí: si uno se persona en Corao preguntando por Roberto Frassinelli, posiblemente obtenga la duda por respuesta; ahora bien, si pregunta por la casa del alemán de Corao, todos sabrán orientarle.
Corao, para entrar un poco en situación, es un encantador pueblecito situado a escasos kilómetros del Gran Santuario de la Diosa Madre, que es Covadonga. Se localiza al pie de esa carretera AS-114 que, aproximadamente, cuarenta kilómetros más allá, desemboca en esa llave a los Picos de Europa, que es la pintoresca villa de Panes. Aproximadamente a un kilómetro de su casco urbano, en un altillo, se localiza también uno de los más emblemáticos templos del Principado: Santa Eulalia de Abamia. Un templo que, según la tradición, fue mandado construir por Don Pelayo, y en el que fueron enterrados éste y su esposa Gaudiosa. Aún cerrado a cal y canto, en su interior todavía se conservan ambas lápidas sepulcrales, así como los restos de este singular personaje, que fue Roberto Frassinelli, el alemán de Corao. Restos que, en un principio, recibieron cristiana sepultura en un nicho del pequeño cementerio situado a escasos metros de la iglesia. Una iglesia, que ha visto cómo las últimas reformas llevadas a cabo, la han restado no sólo buena parte de su atractivo original –de este detalle, tuve ocasión de comprobar el disgusto de los vecinos-, sino también numerosos elementos que, no cabe duda, hubieran sido claves para intentar desglosar el gran enigma de su curioso mensaje. Parte de este enigma, se puede apreciar aún en las labras de su portada principal. Una portada, en cuya visión uno se estremece, viendo por un lado la tortura a que son sometidos los condenados en el infierno –sobre todo observando cómo un pobre infeliz, está siendo cocido vivo por un demonio- y por el otro, la resurrección de los muertos, saliendo éstos de la prisión de sus ataúdes, aunque siendo atentamente observados por la terrible figura del que quizás sea el animal más persistente de la fascinante mitología astur: el Cuélebre. Del lado de los condenados, se aprecia también una hermosa talla que muestra a un demonio arrastrando de los pelos a un personaje. Algunos opinan que se trata de una mujer, dado su largo cabello, aunque sin tener en cuenta que los antiguos astures se dejaban el pelo largo (2), tal y como queda consignado en varias fuentes clásicas. Aquí, la tradición insiste en afirmar que se trata del traidor obispo godo, Don Oppas. En este lugar, ha de tenerse en cuenta, así mismo, que se levantaban tres dólmenes, de los que no queda rastro alguno, como tampoco queda rastro de las numerosas lápidas romanas que había en Corao y sus alrededores, muchas de las cuales indicaban lo costoso que había sido para las legiones romanas tomar este territorio.


A este respecto, es interesante hacer notar que en el referido discurso póstumo de Alejandro Pidal y Mon, se añade lo siguiente, con respecto a Frassinelli: las inscripciones copiadas por éste eran más fáciles de descifrar que los originales esculpidos en las antiguas piedras, y las carteras del arqueólogo alemán conservan los restos de monasterios y castillos que descubrió en sus largas correrías a pie, en los más apartados valles de las más remotas montañas, y de los que ya no existe ni la más lejana memoria.
Seguir el rastro de las colecciones de Frassinelli, es poco menos que imposible en la actualidad. Muchos de sus dibujos, quedaron en manos de amistades, cuyo legado, supongo que se habrán ido transmitiendo de generación en generación y otros muchos descansan en bibliotecas inaccesibles, como el Palacio Real e incluso en el mismísimo Monasterio de El Escorial. Dibujos que, de poderse consultar, estoy seguro de que arrojarían una luz superlativa a la historia cultural del Principado, y arrojarían mucha información sobre monumentos hoy día desaparecido y cuya memoria escrita se fue perdiendo, sucesivamente, en el transcurso de los nefastos años que siguieron a la revolución de octubre de 1934 y el posterior proceso de la Guerra Civil del 36, si bien antes, la desamortización de Mendizábal había echado al traste muchos otros.
La Casa de Frassinelli, en Corao, está actualmente en obras. Perteneció a la familia González-Teleña –a escasos kilómetros de Corao, en un alto con unas vistas preciosas, está el pueblecito de Teleña- y fue ocupada por Frassinelli en 1854. Será la futura sede de la colección privada de Don Maximino Blanco del Dago, que contará, según se puede leer en el cartel informativo, con detalles sobre historia local, destacando los apartados de cerámica asturiana, los relojes de Basilio Sobrecueva, la historia de Covadonga y los dibujos de Roberto Frassinelli, aunque de éstos últimos, o al menos de su número, mantengo ciertas dudas, que espero poder satisfacer en un futuro.
Al otro lado de esa mentada carretera general AS-114, y sobre un montículo enclavado en propiedad privada, se puede avistar la famosa Cueva del Cuélebre, donde Frassinelli realizó excavaciones, consiguiendo extraordinarias piezas arqueológicas que, según tengo entendido, regaló a sus amistades. Es significativo detenerse unos segundos a meditar y pensar que algunas veces, las leyendas se revisten de cierto halo de verdad, pues en la mitología, el temible Cuélebre era el guardián por excelencia de ricos tesoros.
No muy lejos de Corao, aproximadamente a un par de kilómetros, o a lo sumo tres, el pueblecito de La Estrada cuenta con una pequeña joya, igualmente cargada de leyendas: el Santuarín o Capilla de las Ánimas. Se trata de una pequeña capilla del siglo XVIII, única superviviente de las que jalonaban el camino Real, y a la que asocian numerosas leyendas, en las cuales aparece no sólo la figura del demonio, sino también la del sempiterno Cuélebre, alguna de las cuales, comentaré en una próxima entrada.
Covadonga y Frassinelli, están íntimamente ligados. De hecho, el diseño de la Basílica está basado –aunque no respetado en su totalidad- en los diseños de este singular personaje, que fue arqueólogo, dibujante, arquitecto, bibliófilo, literato, botánico y médico y que gracias a él, se salvó buena parte del legado ancestral asturiano, y que merece el honor de un libro aparte, cuando menos. Puede ser una tarea de futuro...
Un personaje extraordinario, Don Roberto Frassinelli y Burnitz, frente a cuya vida no puedo, si no, hacer propias las palabras de Roso de Luna, al final de la primera parte de su entrañable novela (3):

¡Las campanas del Santo Graal astur, sonaban, sonaban, hablaban, con el majestuoso tema wagneriano, y yo, pobre e ignorante Parsifal, precedido de Miranda, mi Gurnemanz, caía de hinojos anonadado, presa mi alma del estupor del infinito!...




(1) Pidal y Mon, Alejandro: ‘Discursos y artículos literarios’, Madrid, Ed. Trillo, 1887, pp. 351-360.
(2) Como, por ejemplo, en Estrabón, y como también refieren algunos viajeros modernos, basados en estas mismas fuentes, como Francisco de Paula Mellado, quien, en sus Recuerdos de un viaje por España, Ediciones de Arte y Costumbres, S.A., 1985, Tomo I, página 87, afirma: ‘…creemos que los astures llevaron como los godos un sayo corto de lana o de piel, grandisimos calzones muy forrados, y la cabellera larga y partida sobre la frente, pues así aparecen representados en dos monumentos de diversa época, pero de igual autoridad histórica, que son la columna de Arcadio en Constantinopla y la portada del monasterio de San Pedro de Villanueva, media legua de Cangas de Onís’.
(3) Mario Roso de Luna: ‘El tesoro de los lagos de Somiedo’, Editorial Eyras, 1980, página 94.

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