martes, 25 de septiembre de 2012

Peregrino en Tazones


Es inevitable, pero hablar de Tazones implica, necesariamente, comentar, siquiera sea por aquello tan español de nobleza obliga, la anécdota histórica que une a este pinturesco pueblecito pesquero de la Ría de Villaviciosa, con la figura del emperador Carlos I de España y V de Alemania. Buenas o malas, las lenguas-que en España hay muchas, y bien sueltas, por cierto- afirman que una tormenta -desgraciadamente, nada dicen si fue provocada por bruxas, nuberos, ventolines o espumeros- alejó el navío en el que viajaba tan preeminente viajero, de su destino -probablemente uno de los principales puertos cántabros de la época, como Santoña, Laredo o Santillana del Mar, lugares, así mismo, de arribe de peregrinos, algunos de los cuales continuaban el Camino de la Costa o descendían por el puerto del Escudo hacia los misterios de las Merindades burgalesas, continuando viaje hacia la tumba del Apóstol, habiendo recogido el azufre tradicional de lugares como San Pantaleón de Losa, San Pedro de Tejada o Santa María de Siones- obligándole a recalar aquí, en la costa de Tazones y pernoctar cuatro noches en una recia casona de Villaviciosa, actualmente en reformas, situada a escasos metros de aquélla otra donde naciera uno de los ilustres, sapientes y recordados hijos de este entrañable Concejo de Maliayo: D. José Caveda y Nava.
Cuenta la anécdota, que motivados y evidentemente cansados de las sucesivas incursiones de rapiña y saqueo, o puede que quizás mal aconsejados por ese duende marujón de andar por casa, perverso por derecho de nacimiento, al que por estos lares hacen referencia como el diañu burlón -que por algo Asturias es un país de grandes y viejos Mitos- el emperador y sus acompañantes fueron confundidos con piratas, y a punto estuvieron de ser convenientemente escarmentados. ¡Y votu al diablu, lo terco que en ocasiones puede llegar a ser un asturianu cuando le resuenan los bemoles con un tema de invasión!. Díganselo a Don Pelayo y sus treinta asnos (1), y la que liaron en el Monte Auseba, convirtiéndose en los primeros ensalmadores que pusieron, así mismo, la primera cura contra la fiebre islámica, aplicando el infalible remedio de la estaca.
 
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Ahora bien, el pueblo, colgado como un delicado farolillo chino sobre la pequeña bahía de aguas color esmeralda, mantiene esa distribución urbanística hermestina y trismegista, tan propia de los Antiguos Misterios, con su barrio de Arriba, dedicado a San Miguel -seguramente, hubo algún avispado arquitecto medieval que leyó a Vitrubio y copió sus consejas para honrar de manera decorosa y geométrica a los dioses, en base a sus características y méritos- y su barrio de Abajo, más terrestre, apiñado, íntimo en sus rincones, oficiante de sudor, cal y teja, dedicado a un inquieto e inquietante santo caminero, como es San Roque. Si en el primero destaca, aunque eso sí, dándole la espalda a la mar bravía -que nunca se sabe lo que se va a quedar en aguas profundas y lo que puede recalar en la playa- la iglesia que, de cuna románica, cuyo rosetón sugiere rosas simbólicas con mimo en los laboratorios alquímicos cistercienses, en el segundo, qué duda cabe la Casa de las Conchas representa la magia informal de los caminos, a base de la acumulación del Símbolo por antonomasia, la vieira, rindiendo culto -con permiso de la Inventio, faltaría más- a la figura de un apóstol de armas tomar, tal Pelayo evangélico, como es Santiago el Mayor.
De la ancestral historia peregrina de Tazones, ofrecen digno testimonio las icnitas o huellas de dinosaurio repartidas por la costa que, aunque a merced de los valses naturales marcados por la subida y bajada de las mareas, recuerdan la más antigua de todas las peregrinaciones: la del hambre y la supervivencia.
En menor medida por motivos de supervivencia, aunque sí de hambre, y hambre verdaderamente golosa -sabiendo que lo que te vas a llevar a la boca es natural, fresco y rico, rico, que nada tiene que ver con el fiambre con sabor a serrín que te venden en los comercios de las grandes capitales- las mesas de los restaurantes, alineadas sobre ambos extremos de la avenida principal -y de hecho, la única, posiblemente despejada en los años sesenta, por si acaso Míster Marshall se perdía por Tazones, como se perdiera Carlos I- esperan, somnolientas y con la madera dorando al sol la brillantina de la sidra, la glotonería de unos turistas que ya comienzan a hacer las maletas, guardando los buenos recuerdos estivales en un rincón de éstas, junto al jabón de afeitar, el after shave y la pasta de dientes. Cerca de ellos, quizás por un curioso efecto de asociación, hay una tienda de artesanía que, de nombre La Ballena Azul, me recuerda a aquélla otra Ballena Alegre, situada en los bajos de un histórico y finado Café Lyon y la magia de unas tertulias o filandones que también el mar tragó. Recuerdos de un Madrid que ya no existe.
Como esa barquita solitaria, balanceándose suavemente al compás de las olas, mis recuerdos me dejan un agridulce sabor a pasado. Quiérase o no, siempre he sido un sentimental. Y créase o no, de Tazones siempre me he llevado un buen recuerdo, sin dejar -júrolo por la Santina- ningún recuerdo personal en el malecón.

(1) Eso creían los ejércitos de Munuza, ignorantes, qué duda cabe, del incendio que puede provocar la más leve de las chispas. Lo que demuestra, que la prepotencia puede terminar como Narciso: ahogada en su propia imagen.

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4 comentarios:

KALMA dijo...

Hola!
Cómo me gustan los pueblos pesqueros del norte, enclavados en la ladera y con el mar como espejo. Tazones se parece en foto a Coudillero, te ha quedado un vídeo precioso.
Seguro que todos esos personajes mitológicos que mencionas tuvieron que ver con la deriva de Carlos I, por aquello de España, imagino que ya en esa época eran antimonárquicos ];D
Oye, no se si veo mal o veo muy bien pero en un cubo de hormigón, de los protege olas, había un prohibdo cagar ¿No? Jajajaja.
Un besote.

juancar347 dijo...

Hola, bruja. Ves bien, de ahí mi último comentario en la entrada, pues soy muy respetuoso con el medio ambiente. Tazones es un pueblito pinturesco y muy marinero, más pequeño que Cudillero, pero similar, como dices, agolpado a la vera de su bahía, con un mar que, cuando está tranquilo, ofrece una maravillosa gama de tonalidades. El astur, como pueblo decente, no siempre acataba los caprichos de la monarquía, pero dado que la mitología ha estado muy presente en su vida cotidiana, bien pudiera ser que todos esos seres fantásticos tuvieran algo que ver en la deriva del Imperator. En estas fechas, tiene que ser un remanso de paz, un lugar ideal para evadirse. Sin duda, es uno de los pueblos que más me gusta, y de hecho, todos los veranos suele estar hasta arriba de visitantes. Me alegro que te guste. Un abrazo

pallaferro dijo...

Tu artículo es realmente inspirador, espero que continues sorprendiendo con estos pequeños momentos de fresca realidad y detalles.

Un abrazo

juancar347 dijo...

Edouard, lo intentaré, sobre todo si esa recomendación viene de parte de un gran Maestro como tú. La gente debería conocer tu opinión del pórtico de Santo Domingo, para saber de verdad lo que son detalles. Un abrazo y me alegro que te guste.