domingo, 7 de octubre de 2012

Una ruta mágica en el corazón de Asturias: el Desfiladero de las Xanas



La xana

Pues antaño afirmaba un cantarcillo:

- Cao la fonte llavando
po la mañana,
non yes la mio Pepina,
yes una xana...!

Es decir, yes un asombro, un milagro, un acabóse...Yes una maravilla de hermosura...Porque la xana es así, tan bonita y tan graciosa como un rayo de luz de amanecer. Todos los que saben de ella hablan de su belleza excepcional y dicen lo que dicen de las hadas los cuentos de los rapaces:
- Pues esta era una xana, linda, linda... (1)

Hay mitos que son tan antiguos como el mundo. Mitos tan arraigados entre los pueblos que, a fuerza de costumbre, se convierten en algo cotidiano. Tal vez por eso, por ese familiar costumbrismo, no hemos de sorprendernos si en una conversación, casual o premeditada, el aldeano astur habla de las xanas con la misma familiaridad e indiferencia, con que podría hacerlo de ese oscuro nubarrón que se observa hacia poniente y que no tardará en llegar al pueblo. Sabe, porque su contacto con la naturaleza es primordial y también su mejor escuela, que hay muchas probabilidades de que descargue agua; y aunque seguramente no lo diga, en su fuero interno maldecirá al nuberu que viaja dentro, y a su conocida y fastidiosa costumbre de hacer reventar la nube, en el sitio menos indicado y donde mayor daño puede hacer. Quizás ahora no tanto, pero hace algunos años, seguramente hubiera acudido corriendo a tocar la campana de la iglesia para ahuyentarlo; o, en su defecto, habría acudido al señor cura, para que éste exorcizara al nubarrón, valiéndose de su zapato, como marca la tradición. Porque dentro de la tradición mitológica asturiana, la xana, el nuberu y el cuélebre son, entre un sin fin de criaturas asociadas a la Naturaleza, los que con más fuerza y con más garantías de autenticidad, permanecen en la memoria colectiva del pueblo.
No hemos de extrañarnos, tampoco, si escritores y teósofos, como Mario Roso de Luna, describen sus encuentros con tales criaturas, ni tampoco merece la pena perder el tiempo, preguntándonos qué terrible verdad o qué infantil fantasía, se esconde detrás de tales aseveraciones. La palabra clave, quizás, ya se la diera, allá por los años setenta, un brujo-chamán, a todo un señor antropólogo, como Carlos Castaneda: la ensoñación.
Posiblemente sea esta facultad, la de ensoñar, la que realmente predisponga al alma humana a dejarse seducir por la ensoñación, cuando tiene la oportunidad de acceder, siquiera sea por un tiempo limitado, a un lugar donde la Naturaleza, eterna seductora, despliega todos sus inagotables recursos, con un poder hechizador, fuera de lo común. Asturias es, qué duda cabe, uno de tales lugares. Y dentro de su limitado universo geográfico, algunos lugares, por sus especiales características y virtudes, adquieren de inmediato ese carácter mágico y ancestral, que hace posible que el hombre, por más racional y objetivo que se crea, cambie de actitud y se deje llevar por esa corriente cultual que penetra en su alma a través de unos ojos que todavía no terminan de creerse todo cuanto están presenciando. Evidentemente, el Desfiladero de las Xanas, es uno de tales lugares. Por eso, su fama de mundo perdido, de mundo encantado, de hábitat de seres fabulosos, desde luego, no es en vano.

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Creo que, dicho lo dicho, añadir más palabras para describir un lugar como éste, sería del todo inútil. Aquí, bien que se pudiera aplicar ese refrán popular que asevera que una imagen vale más que mil palabras. Y créanme, merece la pena hacer el recorrido y sentir, a medida que uno se adentra por el desfiladero, la mirada oculta de la xana, que espera escondida la llegada de la noche para cepillarse sus largos cabellos al lado de las pozas que forma el río en su recorrido; los ojos espectantes del cuélebre, oculto allá, en lo más profundo de la cueva que lleva su nombre, y la de todos los seres ancestrales que habitan un lugar que ya era mágico, mucho antes de Dios fuera Dios y el sol diera en estos riscos, y los Quirós fueran Quirós, y los Velasco, Velasco.
Todo lo que se pueda añadir, pues, no dejará de ser, en el fondo, pura y dura especulación.


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(1) Constantino Cabal: 'Mitología asturiana: los Dioses de la Vida', Editorial Maxtor, 2008, página 71.

2 comentarios:

Alkaest dijo...

En Asturias es fácil creer en xanas, todavía quedan zonas de tierra vírgen donde el alma se encoge ante la grandiosidad, ante la fuerza indomable de la Naturaleza.
Zonas, donde nos sentimos empequeñecidos porque comprendemos que no somos más que otro elemento del mundo natural. Como las piedras, los árboles, el arroyo, o los animales.
Comprendemos, si tenemos un poco de raciocinio, que en este mundo importamos un comino, que estamos de prestado. Y por mucho que nos autoproclamemos "reyes de la creación"... es posible que seamos reyes, pero no dominamos la creación, solo la soportamos.
Y un día, tarde o temprano, ella dará buena cuenta de nosotros.
De nuestro miedo a esa realidad, a esa Naturaleza bella y apacible, pero también terriblemente destructora, nacieron las divinidades, los genios, duendes, y demás personajes mágicos, mediante los cuales intentar comprender lo incomprensible.
Son seres inquietantes o tranquilizadores, amigos o enemigos, bellos o monstruosos, pero que, entre bormas y veras, nos ayudan a soportar un mundo que no acabamos de comprender y nos atemoriza.

"Non alborió: mirai pe la ribera
Les xanines saliendo de la'spluma,
Engüeltes en sos túniques de gruma,
Y con madexes di oro'na praera..."

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

En realidad, somos unos huéspedes demasiado molestos para un mundo basado en la armonía; una armonía en la que, lógicamente, no pueden faltar los contrarios, pues ambos se complementan. Es una realidad, que la Tierra misma nos enseña desde el alba de los tiempos, y en esto coincido con tus apreciaciones. Si bien es cierto que aún queda mucho mundo por explorar, cierto es también que, por desgracia, el turismo agresivo hace tiempo que accedió a lugares como éste, especialmente diseñados para su disfrute en armonía, para gozar en su contemplación, para aprender de ellos -como decía San Bernardo en su Epístola 106-, y sobre todo para respetarlos. Aún así, qué duda cabe que detrás de los mitos y la forma en que aprehendemos de la grandiosidad benefactora o destructora de la Madre Naturaleza, existe también la dimensión X, aquélla que se nos escapa por limitación de sentidos, pero que, matemáticamente hablando, coexiste ahí. Asturias ha sido siempre demasiado especial, como para no mirarla con respeto. Un abrazo